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«YO ME CONFIESO CON DIOS»

1 octubre 2016

Resultado de imagen de cONFESIÓN CON dIOSMuchos son los que aseguran que “se confiesan con Dios”. ¿Obtienen los tales el perdón? ¿Realmente es necesaria la mediación del sacerdote, que puede ser más pecador que uno? ¿De dónde se ha sacado eso la Iglesia?- Miguel


EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA-VIII: “YO ME CONFIESO CON DIOS”


 

Pinchad aquí para el artículo primero: Lo primero, la definición

Pinchad aquí para el artículo segundo: El pecado que nos escalda

Pinchad aquí para el tercero: Pero… ¡si yo no tengo fe!

Pinchad aquí para el cuarto: Pero.. ¡si yo no tengo pecados!

Para el quinto: El infierno-I, aquí.

Para el sexto: El infierno-II, aquí.

Para el séptimo: El infierno-III, aquí.

Para el octavo, “Yo me confieso con Dios”, aquí. 

Para el noveno, “¡Es que volveré a cometer los mismos pecados…!, aquí.

Para el décimo, “Pero… ¡es que me da muchísima vergûenza!

Para el undécimo: “A vueltas con el dolor de los pecados”

              “Nada podría perdonar la Iglesia sin Cristo: nada quiere perdonar Cristo sin la Iglesia. Nada puede perdonar, si no se arrepiente, o sea, al que ha sido tocado por Cristo. Nada quiere mantener perdonado Cristo al que desprecia a la Iglesia. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre [Mt 19,6]. Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia [Ef 5,32]”

(Beato Isaac de Estella, Sermón 11: Migne, Patrologia Latina, 194, 1728-1729).

“Una vez más es necesario volver al concepto auténtico del sacramento, en el que hombres y misterio se encuentran. Hay que recuperar plenamente el sentido del escándalo, de que un hombre pueda decirle a otro: «Yo te absuelvo de tus pecados». En ese momento —como igualmente en la celebración de cualquier otro sacramento— el sacerdote no recibe su autoridad del consenso de los hombres, sino directamente de Cristo. El yo que dice «te absuelvo» no es el de una criatura, sino que es directamente el Yo del Señor”

(Card. Joseph Ratzinger, en íd.-Vittoio Messori, Informe sobre la fe, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1985 (5) 70).

Yo distingo tres casos


Uno. El primero es, por ejemplo, el del sujeto que está en el desierto de Kalahari sin posibilidad de confesar, además de sobradito de calor. Este señor, si se confiesa con Dios, lo más seguro es que obtenga el perdón, aunque probablemente bajo la condición de confesarse cuando un día pueda hacerlo. Porque tiene el votum sacramenti, el “deseo del sacramento”, por un lado, pero por otro, resulta que quien desea beberse una cervecita se la bebe en cuanto tiene ocasión.

Dos. El segundo caso es el del que no conoce la Penitencia (normalmente, por no conocer la fe). Es un caso equiparable, aunque lo que este ha de recibir es el Bautismo –que, junto con la fe, nos hace cristianos, y que limpia el pecado original y todos los personales cometidos hasta entonces-; la Penitencia vendrá cuando vuelva a pecar. Y así, algún Padre de la Iglesia (habitualmente, yo me sé las frasecitas de ellos, y me olvido del autor) llamó a la Penitencia la “segunda tabla de salvación después del Bautismo”.

Tres. Y viene por último el caso de quien conoce la Penitencia y puede recibirla. Si está en pecado grave, este señor añade un pecado contra la Penitencia al no recibirla, en la medida en que tiene obligación de convertirse. Quizá lo que este señor no traga es la mediación de un hombre.

Ciertamente, Jesús estableció esta mediación, principalmente cuando dijo:

Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos.


Jn 20,22-23

Razones: la mediación


Vayamos de los principios más altos a los argumentos que me encontré en la calle. Lo primero que es evidente es que se trata de una voluntad de Dios, y a ella hay que atenerse. Pero ¿por qué puede haber tomado Jesús esta resolución? ¿Por qué no confesarnos directamente con Dios, sin pasar por un tercero interpuesto, que puede ser más pecador que yo, y a quien –tantas veces- le huele el aliento que es un asquito?

Vemos, en primer lugar, que la Redención efectuada por Jesús es una mediación entre el Padre y nosotros. El hombre había cometido pecado, y cualquier pecado es de una gravedad tal que el hombre no puede repararlo; eso, por ser ofensa a Dios, independientemente de que, por la materia, haya pecados leves y graves. Ahora bien, el único que debe reparar una ofensa es el que la infirió. Por otro lado, Dios no debía reparar -¡era el ofendido!-, pero, por su omnipotencia -y Dios “manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia”[1]-, podía hacerlo. Si os paráis a pensar, verdaderamente, la cosa no tenía solución; pero todo tiene solución cuando se trata del amor de Dios. Y la solución que se le ocurrió a Dios fue absolutamente maravillosa: hacer un Mediador que, para poder serlo, tenía que ser Dios y hombre, y de ese modo, poder y deber.

Pero, si se imponía esa regla, Dios tenía que cumplirla hasta sus últimas consecuencias. Y “el Verbo se hizo hombre” (Jn 1,14). De otro modo, habría fingido ser mediador; de este, lo fue de verdad. La única solución a nuestro pecado era tomar esa condición en que se anudaban los dos cabos. Y los dos cabos -Dios y hombre- se anudaron exactamente cuando la Virgen dijo hágase (Lc 1,38) y se produjo la Encarnación.

Ahora bien, Jesús un día se fue, y quedó en pie la necesidad de perdonar los pecados. Hacían falta mediadores, que ya no hacía falta que fuesen dioses-hombres, porque ahora su sacerdocio es posible como participación del de Cristo, hunde las patas en él. Hay muchos sacerdotes y un solo sacerdote. La mediación de los sacerdotes no es cosa nuestra: es cosa de Cristo, en quien somos sacerdotes, participando de su sacerdocio. Por nosotros mismos, jamás podríamos haber tenido tan sobrehumano poder -“¿quién puede perdonar los pecados, sino solo Dios?” (Mc 2,7), pensaban unos escribas de Jesús, acusándolo de blasfemia-; hundimos las patas en el sacerdocio de Cristo.

Y esta es nuestra mediación. Nuestra mediación encarnada, para que todo fuese como en Él y diferente de Él. Por un lado, no somos nada, y quien se confiesa con nosotros no se confiesa con nosotros, sino con Cristo, en Quien estamos. Por otro lado, si nosotros faltamos o si alguien no viene -acaso porque cree “confesarse con Dios”, y exceptuando los casos de imposibilidad o desconocimiento-, la mediación no se da, y los pecados permanecen. Volvamos a lo principal: “A quienes perdonéis los pecados,…” Es palabra de Cristo, y no vamos a cambiarla. Es lo principal.

Y, si esto es verdad, resulta -ni más ni menos- que confesarse con el sacerdote es la única manera de confesarse, verdaderamente, con Dios.

Consecuencias


Ahora bien, Dios mira por sus hijos. Y la presencia de un mediador humano en la Penitencia tiene grandes ventajas; a mí se me ocurren las siguientes:

Uno. Jesús podía haber establecido la “Confesión con Dios” y por hilo directo. Es cierto que “la gracia de Dios está por encima de sus sacramentos” y actúa también fuera de ellos. Pero no la estableció, y por tanto, si yo “me confieso con Dios”, rehúyo “la Confesión de Dios”. La ventaja que quería señalar aquí es: que si la Confesión fuera sin intermediarios, vaya usted a saber si Dios me perdonaría o no. En cambio, con un sacerdote -y aunque le huela el aliento-, yo oigo la fórmula de la absolución, yo veo el gesto de la mano, y si yo creo -más bien sí- en la Iglesia, yo no tengo duda razonable del perdón.

Dos. La confesión con confesor nos evita posibles engaños. Dios no nos avisaría, de ordinario, de que no estamos suficientemente arrepentidos, de que hay que tener también el propósito de enmienda, de que nos estamos reservando un pecado del que no queremos convertirnos, etc. De todas estas cosas -al menos de las dos primeras-, el confesor, aunque se dará menos cuenta que Dios-como es elemental-, nos avisará.

Tres. El acto de humildad que hace el penitente al someter su vida personal a un hombre no es cosa de desdeñar, tanto por el mérito que supone como porque aumenta esa virtud de la humildad. Y hay que añadir que quien se confiesa con frecuencia lo sabe.

Cuatro. El consejo que el confesor da al penitente puede ser de gran ayuda en el mejoramiento interior y en la superación de aquellas barreras que nos parecían insuperables… acaso porque teníamos un poco de lado la Confesión.

Cinco. En continuación de lo anterior, según las circunstancias, la Confesión puede ser un lugar donde mantener la conversación de dirección espiritual. También, en muchas ocasiones, la Confesión es el momento en que la dirección nace: “Oiga, Don Tal, yo necesitaría…”

Conclusión


En fin de cuentas, lo que cuenta aquí es la Palabra de Dios. Y a ti, que me dices que te confiesas con Dios, tengo que decirte:

– “Yo me confieso con Dios”. Pues es de institución divina que nos confesemos con Dios a través de la mediación de un hombre.

– “Yo me confieso con Dios”. Pues la mejor manera de confesarse con Dios es confesarse con un sacerdote.

– “Yo me confieso con Dios”. Pues Dios te ha dicho que no lo hagas. Buenas tardes.

Adición de no poca importancia (5-XI-2016)


Me olvidé de un aspecto importantísimo, que me ha recordado hoy la lecura del Papa Francisco:

Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote.


Audiencia general, 19-II-2014

 

[1] Papa Francisco, Oración para el Jubileo de la Misericordia.

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12 comentarios leave one →
  1. Clara M permalink
    9 octubre 2016 16:18

    Han sacado una aplicación para el móvil sobre la confesión. Es para buscar si hay algún cura confesando cerca del lugar donde te encuentras. Se pueden apuntar curas para que metan en la aplicación el horario en el que van a estar confesando y el lugar.

    Pongo los enlaces al vídeo en el que lo explican y a la página de la aplicación:

    http://confesorgo.com/tiendas-app

    Me gusta

    • 9 octubre 2016 22:08

      Insigne iniciativa, por cierto. Muchas gracias, Clara María. Yo creo ciertamente que -si rezamos, condición de siempre-, esto puede facilitar mucho las cosas a la causa de la Confesión, que es la causa de quienes confiesan.

      Me gusta

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