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Soy cura: ¿qué pasa?

21 septiembre 2012

Un saludo, amigos que creéis y amigos que no creéis. A los que van a Misa todos los días y rezan las cuatro partes del Rosario, y a los que no pisan una iglesia desde el bautizo de sus tatarabuelos. Os quiero mucho, a los primeros… y quizás más a los segundos.

Yo me llamo Miguel. Yo soy cura. Un odioso, chupador, hipócrita e intolerante cura que se cree en posesión de la Verdad absoluta. Y encima, lo soy porque me da la santísima gana.

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¡ATENCIÓN, TRIPULACIÓN! ¡AL HABLA EL COMANDANTE DE ESTE BLOG!

20 septiembre 2012
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PRIMERO Y MÁS IMPORTANTE. Aquí, pese a las apariencias, no estamos solo para los católicos. Esto es un blog para otros cristianos, otras religiones, buscadores, alejados, agnósticos, ateos y hasta enemigos de la Iglesia. Después vienen los católicos. Mi amor es para todos, y más amor para quien más me escupa. Y para mayor claridad, pinchad en About.


DESDE JUNIO DE 2014, el blog amplía temática: publicará también sobre lo que se llamará letras, es decir, humanidades. Mucho cuidado:

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POR QUÉ OS DOY ESTE BLOG

19 septiembre 2012

CANCIÓN

(fragmento)

 

Hay que salir al aire,

¡de prisa!

Tocando nuestras flautas,

alzando nuestros soles,

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«QUE NO ME SIRVE DE NADA LA ORACIÓN DE PETICIÓN A LA VIRGEN»

10 octubre 2019
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Esta fue la séptima Carta Mariana (julio de este año), difundida como todas por la Fundación Montfort, de Barcelona. Tengo la culpa.

De todo un poco digo, y cosas -como veréis- en diversos sentidos, a propósito de la sensación angustiosa, que a veces tenemos, de no ser escuchados en nuestra oración a la Virgen. De todo un poco, y en diversos sentidos.

El problema

Nuestra Señora es mediadora de intercesión en calidad de madre, madre del Hijo y de los hijos. Como madre del Hijo, es seguro que Él le concede lo que pide. Y como madre nuestra, es seguro que pide por nosotros. Jesús la escucha como a madre, y ella nos escucha a nosotros como madre. Su amor ocupa todo el espacio en el que habíamos pensado que cabían nuestras dudas. Ella es la mediadora totalmente cualificada, si bien es mediadora “en” Cristo, “el único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim 2,5)

Por ella, Jesús adelantó su hora, la vez aquella, cuando en Caná le respondió: “Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4), para hacer a continuación la voluntad de ella. Y si ella puede hacer cambiar los planes de Dios, ¿qué no podrá lograr que yo le pida?

Siempre hemos dicho que Dios nos concede todo lo que por medio de ella le pedimos. Comparecer ante Dios sin ella es ir a juicio sin abogado. O, como decía el Dante:

“¡Oh mujer! Tú eres tan grande, tú tienes tanto poder, que el que quiere una gracia y no acude a ti, pretende que su deseo vuele sin alas”[1].

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Todo esto es totalmente verdadero. Y no hay más. Ahora bien, precisamente por serlo tiene más sentido hacerse esta pregunta: si la Virgen no me escucha, ¿por qué?; ¿cómo es posible? Si eso nos ocurre, eso -al parecer- también es verdadero, y entonces ¿cómo concilio yo lo uno con lo otro, si son inconciliables? ¿Es o no es infalible la oración a la Santísima Virgen?

Nada menos que esa es la pregunta. Y aquí entro yo con la muleta. Y digo:

Una sola respuesta a dos preguntas

La respuesta, en realidad, es la misma que si nos hubiéramos preguntado por qué no nos escuchara Dios; sobre el Uno y la otra, respuestas paralelas, como veréis. Un amigo me preguntó una vez cómo podía tener él mi devoción a la Virgen, si tenía la percepción de que ella no le escuchaba. Y a cabo de días, me escribió que no le respondiera, que había entendido que su problema era un problema de fe. Y la fe, en último término, siempre es fe en Dios.

Al cabo, la mediación mariana también es una obra de Dios, y por eso la respuesta es la misma si hablamos de Él que si hablamos de ella; y la mediación mariana incluye necesariamente que María está en comunidad de intención con Dios: siempre pide lo que sabe que Dios desea dar, lo que Dios desea que se le pida y que ella le pida. El acuerdo es perfecto, y no nos deja lugar a distinciones ni, por ende, a diferencias en la respuesta.

Soberana mentira

Y me urge decir que es falso que no se

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nos concede lo que pedimos. No me lo creo. Muchas veces ocurre que exigimos demasiadas evidencias (incluso el milagro) para creer. Yo hace años que me he encastillado en el Evangelio, y de aquí no me mueve ya nadie. Y leo: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7), y niego todas las evidencias en contra -las que me digan que no soy oído-, porque “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35), y yo puedo equivocarme, pero Jesús nunca y el Evangelio jamás. Esto es así, y no de otra forma. Y en caso de duda, aplíquese el verso de Santo Tomás: “No hay nada más verdadero que esta palabra de verdad”. Si afirmo que no se me escucha, llamo a Jesús mentiroso; prefiero decir que yo me equivoco en mi apreciación. Y no hay más.

Como la máquina del café

Por otra parte, solemos tener una concepción de la oración mercantilista y automática: presento una serie de palabras, consigo una reacción a mi favor; las meto en una ranura, sale por otro lado un vaso de logros como un café de oficina. Las cosas no son así. Nuestra oración está más para que, en ella, Dios me pida a mí mi corazón que para que yo arranque de Dios los bienes que creo que necesito.

Pasar por el aro

Y así, nosotros hemos de pasar por el aro de Dios, y no hacerlo pasar a Él por el aro nuestro. Nos va mucho en permitir a Dios que sea Dios y quedarnos nosotros en nuestro puesto y rincón. Y eso no es tan fácil.

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Nos cumple decir con autenticidad el fiat del padrenuestro: “Hágase tu voluntad…” (Mt 6,10), ¡y no “hágase mi voluntad en la tierra como en el cielo”…!; decir el fiat de Getsemaní: “Padre, si quieres,… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,39); el fiat de María: “Hágase en mí según tu palabra”   (Lc 1,38), el fiat que ella sigue por siempre pronunciando en el cielo, el que está hecho vida en la vida de sus hijos, el fiat que ya nunca callará.

¿Sabéis qué oración es siempre escuchada? La del que desea y pide lo mismo que desea Dios. Escuchada, quiero decir, si los hombres lo permiten, si no le ponen límites a Dios. Volvemos a encontrarnos aquí la mediación de esta Virgen que es la primera en desear la voluntad de Dios, en esa “comunidad de intención” con Él: ¡siempre se la escucha!, porque siempre anhela que se haga la voluntad de Dios.

Dijo el Maestro una vez:

“Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el  Espíritu Santo a los que le piden?” (Lc 11,13).

Daba a entender Jesús que aquello bueno que hay que pedir -aquello que por ser bueno a Dios le gusta dar- es el Espíritu, que es el Don por antonomasia; eso es lo que hay que pedir y lo que se nos dará. ¿Estábamos deseando otra cosa?

Será por esto por lo que el Catecismo nos advierte del riesgo de “apegarse más a los dones que al Dador?”[2]. Y mejor lo había dicho Job:

“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?” (Job 1,21; 2,10).

 Lo nuestro debe ser la indiferencia hacia los dones y el deseo de “solo Dios”, en expresión de San Luis María y de tantos santos.

Dios sabe cómo tiene que escuchar

Resulta, por añadidura, muy importante entender estas palabras:

“Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad filial (…). Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna” (Heb 5,7-9).

Y si no fue librado de la muerte, ¿cómo dice que fue escuchado? Fue escuchado “por su piedad filial”, por la que, al estremecedor “aparta de mí este cáliz”, le añadió el más estremecedor “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,39.42). Ambas voluntades expresadas por Jesús fueron oídas, porque sufrió

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la “consumación”, pero su muerte -su piedad filial- fue resurrección y vida y gloria para Él, y además, para multitudes fabulosas, esto es, “los que le obedecen”.

Y así, Jesús, que en principio pedía liberarse, fue oído  en un sentido mucho más profundo y que, a la postre, le ha complacido infinitamente más. Dios sabe lo que hace. Nosotros sabemos lo que queremos y lo pedimos; pero Dios sabe lo que nos conviene, y, con Él, lo sabe María. Cuentan las crónicas que un mendigo salió al paso de Alejandro Magno pidiéndole una moneda.

Y Alejandro lo nombró señor de cinco ciudades. Y le añadió: “Tú has pedido como quien eres; yo te doy como quien soy”. A buen entendedor.

Las reglas del pedir

También debemos aprender a pedir. San Agustín escribe que si algo no se nos concede, es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala: siendo malos, pidiendo mal o pidiendo cosas malas (o buenas que no nos convienen); y San Luis María enseña que hemos de pedir con “fe, humildad, confianza y perseverancia”[3].

Si la petición tarda en lograrse, también San Agustín enseña la razón. Nuestro fin es Dios mismo, y no somos capaces. Entonces,

“Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]”[4].

Lección de perseverancia, la que María misma dio en Caná, cuando siguió como si no hubiese oído la negativa (“haced lo que él os diga”, Jn 2,5), mostrando total seguridad, y eso, ante el primer milagro, que exigía más fe que ninguno, porque luego, para todos los demás, ya existieron precedentes.

Llamarla… ¿y ofenderla?

Por último, mi oración será más oída cuanto más santo sea yo. San Juan de Ávila predicaba con fuerza:

“Llamarla y ofender a Dios y a ella no es cosa que cumple”[5].

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“Y si no es oída, es porque no la oímos en el sermón que nos predica: ‘Haced lo que él os diga'(Jn 2,5). Si ella está rogando por mí arrodillada delante de Dios, yo estoy enhiesto en mi voluntad, duro con malquerencia, abominable con deshonestidades. Había de estar la lengua orando, está murmurando (…). Es impedida la oración de ella con nuestros pecados”[6].

“Sola, Señora, te dejamos orar, y cuanto tú amansas, nosotros enojamos: “Uno que ora, y otro que maldice; ¿la voz de cuál escuchará Dios? Uno que edifica, y otro que destruye; ¿de qué les sirve su trabajo?”(cfr. Eclo 34,28-29). Si ella está orando por mí, y yo, que había de estar llorando mis pecados, estoy pecando, ¿cómo ha de ser ella oída? Yo destruyo lo que ella edificó; ella está bendiciendo y yo blasfemando, murmurando y ofendiendo”[7].

Que, si Dios no es para nosotros el fin, será un instrumento o será la nada. No hay más posibilidades.

Y quien dijere lo contrario miente.


[1] Dante Alighieri, La divina comedia, Paradiso, XXXIII.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 2740.

[3] El secreto admirable del Santísimo Rosario, n.º 136.

[4] San Agustín, In I Ioannis, 4, 6: PL35, 2008s.

[5] San Juan de Ávila, Sermón 68, 16.

[6] Íd., Sermón 66, 18.

[7] Íd., Sermón 68, 23.

El Fichero-64: Y la tercera, el Corazón

20 septiembre 2019

Son tres las moradas principales, decía el Cardenal Bérulle, en donde podemos encontrar al Hijo de Dios: la primera en su seno eterno [el de Dios]; la segunda en su santa Humanidad; la tercera, en el seno y en el Corazón de la bienaventurada Virgen María.

Joaquín María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-II: Espiritualidad e influencias, COCULSA, Madrid 1958, 120. Parece cita literal de Bérulle.

El Fichero-63: El suicidio de Occidente

8 septiembre 2019


«En Occidente, la contraconcepción sistemática, junto con el aborto que contribuye a estimular, provoca una caída catastrófica, y pronto irreparable, de la natalidad. En unas decenas de años, se podrá quizá constatar que Occidente se habrá suicidado por la píldora y el aspirador de fetos.»

André Léonard, La moral sexual explicada a los jóvenes,
Palabra 1998 (3.ª ed.), pp. 101-102

¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR LA DEVOCIÓN A MARÍA? (CARTA SEGUNDA AL AMIGO DON TEODOMIRO)

16 agosto 2019

Le mandé a Don Teodomiro -que es maestro y con amor- la pasada Carta mariana porque le habían dicho que tanta devoción a la Virgen cuestionaba el lugar central de Cristo y de Dios. Parece que él se ha convencido de que, de eso, nada. Pero, como era de esperar, me escribe de nuevo y me pregunta que cuáles son los verdaderos límites de la devoción a María. Y yo le mando una nueva Carta mariana; esta vez, sin numeritos, porque no me apetece ponerlos.Miguel

Querido Don Teodomiro:

Se supone a buen suponer que no debo insistir mucho más en lo que le dije: que María no obtura el camino hacia Cristo. Son muchos los que en nombre de Cristo mandan a María, como en Belén, al establo, y no saben que Cristo está con ella y que al establo lo mandan; su celo por Cristo resulta anticristiano.

María pertenece a nuestra especie; pero, sin ser Dios, es tan divina como Dios ha querido hacerla -y nadie nos eche a nosotros la culpa-; divino no significa Dios, y yo no digo eso. Dudar de su excelencia, de la inimaginada santidad de su Corazón, de su hermosura de alma, de su perfecta fidelidad, de su amor, puede ser tanto como dudar de la omnipotencia de Dios, que es su Autor; si elogiar a María es elogiar a Dios -como elogiar un cuadro es elogiar a un pintor-, dudar de María es pararle los pies a la omnipotencia de Dios. Y ocurre que San Buenaventura explica que Dios, con toda su omnipotencia, “puede hacer un mundo mayor, pero no puede hacer una madre más perfecta que la madre de Dios”[1]. En ella, pues, el poder de Dios realizó todo su querer.

Y bien, si las cosas humanas se miden con medidas humanas, las divinas se miden con medidas divinas. Cuando pensamos en las cosas divinas con medidas humanas, Jesús puede repetirnos lo que a San Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás!… Piensas al modo humano, no según Dios” (Mt 16,23). Y yo no quiero, Don Teo, que Jesús lo llame a usted Satanás.

Si tal es María, la devoción a María es ilimitada, y con esto voy asomándole a usted mi respuesta. La devoción a María no debe dejar de crecer jamás. Fue también San Buenaventura el que afirmó: “Nadie puede ser demasiado devoto de María”[2]. Y corre desde aquellos siglos el aforismo de Maria numquam satis: “sobre María, nunca hay bastante”.

San Pablo VI enseñó -y hay que pesar cada palabra-:

“Nunca podremos cumplir plenamente nuestro deber de venerar a María, cuyo derecho a tales honores sobrepasa nuestros límites y nuestras posibilidades”[3].

“No se debe reprochar a nuestro beato [Maximiliano María Kolbe], ni a la Iglesia con él, el entusiasmo que ha consagrado al culto de la Virgen; ese entusiasmo jamás alcanzará el nivel del mérito (…). No se incurrirá jamás en una ‘mariolatría’, como jamás quedará el sol oscurecido por la luna”[4].

La cosa, para mí, es sencilla. Si debemos aspirar a Dios, como en efecto debemos; si ese Dios es ilimitado en su ser, en su amor, en cualquiera de sus atributos, como en efecto lo es; si María Santísima es el gran medio para unirnos con Él; si todo eso es así, entonces nuestra devoción a María Santísima ha de tender a ser ilimitada, como ilimitada es la meta (Dios) a la que queremos llegar por medio de esa devoción. San Pablo VI dijo también:

“El culto a María alcanza con frecuencia en la vida religiosa de muchos una prioridad práctica (…). Pero es María misma la que nos lleva en su vuelo trascendente hacia Dios”[5].

Prioridad práctica porque primero es el medio y luego el fin, porque primero subimos a la escalera y luego alcanzamos lo alto; María es primera porque Dios es el importante; ella es primera porque Él es el Primero. María es la escala de Jacob:

“Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo (…). Realmente, el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía (…). No es sino la casa de Dios y la puerta del cielo” (Gén 28,12-17).

Todo lo que se refiere a Dios en los caminos del hombre puede ser vivificado desde su íntimo núcleo si se deja actuar a la devoción mariana; y claro está que, por eso, puede ser vivificado también todo lo que se refiere al hombre y a los hombres. Y hace mucho tiempo que yo pienso que la verdadera marianidad, en la condición actual del mundo, debe tener dos rasgos muy acusados, que son la caridad y la misión.

Y, pues, Don Teo, nuestra devoción no deberá caer nunca en el escrúpulo que describe San Luis María, el de quienes “temen deshonrar al Hijo honrando a la Madre, rebajando a Aquel al elevar a Esta”[6]. No peco contra la Eucaristía si, en mi Comunión, introduzco a Jesús en el Corazón de la madre, como sugiere Montfort[7]. Ella no dejará nunca de ser la misma que en el Evangelio nos dice -únicas palabras que dirige “al público”- “haced lo que él os diga” (Jn 2,5).

El caso es que a nosotros puede asaltarnos un escrúpulo inverso. Hemos sido instruidos tanto tiempo en la necesidad de vivir todo marianamente, de hacerlo todo “por María, con María, en María y para María”[8], que hemos llegado a hacer de eso una segunda naturaleza, y puede que a veces -un ejemplo baste- algo se nos alborote dentro si llevamos un rato de oración y no hemos dirigido ninguna palabra a la Señora. Ese escrúpulo también hay que combatirlo, que no lo quiere Dios, y camine usted en “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8,21).

De esta forma, ¿no hay límites que poner a la devoción mariana? Respecto a la intensidad, paladinamente, no. Creo que hay que poner límites en cuanto a la forma. Se lo dije en la anterior Carta mariana, y a la enumeración que le hacía (en el número 6), le añado un par de cositas:

Porque vaya usted diciendo por ahí que la devoción mariana no es el Santo Rosario. Dígolo yo porque hay muchos que, en cuanto se les pregunta si tienen devoción mariana, contestan que sí, porque rezan el Rosario. Y me place, pero no por eso me confunde.

Distingamos la devoción de las devociones. El Rosario es una excelente devoción, una de las mejores, y ya tiene usted por estas Cartas[9] noticia de cuánto cariño le tengo; pero no basta, y menos si se reza como tantos de los que lo rezan. No se debe suplantar la devoción a María con el Rosario de María, ni arrinconar a María a un oscuro cuarto de hora en el crepúsculo. Y la verdadera devoción a la Santísima Virgen no es el Rosario, sino la consagración total por amor, porque queremos de veras a María, y cuando se quiere de veras, la inclinación indefectible es donarse a la persona amada.

Y, en segundo lugar, evite como la peste cualquier devoción a María que no conduzca a Cristo y a los hermanos. Insistiré en que la devoción nos lleva a Él, y si no, no es un defecto por demasiada devoción -como quieren los ignaros-,sino por devoción mal entendida; es pecado, no de la intensidad, sino de la forma; no es demasiada devoción: es demasiado poca.

Y nos lleva derechamente a los hermanos. Otra cosa sería falsear la religión. Los intimismos solos y el suspireo desmayado no son devoción mariana, sino más bien su decadente caricatura. Recios nos quiere la Virgen, y su amor es hoy y ha sido siempre motor de muy pequeñas y muy grandes iniciativas por los hombres. Y yo estoy, sí, en que nuestros días reclaman una devoción mariana en la que tengan un puesto especialmente señalado la caridad y la misión.

Queridísimo Don Teo -maestro y con amor-: Si -como le contaba en mi carta anterior- Dios no es límite para la marianidad nuestra de cada día, yo no sé ya quién lo puede ser; o, mejor dicho, me imagino quién puede ser ese límite: tendrá que ser el demonio, ni más ni menos. Que es quien está detrás de las erradas opiniones de los que quieren medir a María y a la devoción mariana con las varas con que se miden, únicamente, los paños de esta tierra de garbanzos.


[1] Speculum, 8.

[2] III Sent., d. 3, p. 1, a. 1, q. 1, ad4.

[3] Homilía, 15 de agosto de 1964.

[4] Homilía en la beatificación de Maximiliano María Kolbe: Acta Apostolicae Sedis 63 (1971) 821. Mariolatría sería una adoración a María.

[5] Insegnamenti di Paolo VI, VI (1968) 799.

[6] Tratado de la verdadera devoción, n.º 94.

[7] Tratado, n.º 270.

[8] Tratado, n.º 257.

[9] Véase Máquina de maravillas, o el Rosario rezado de verdad-I y II, publicados como Cartas marianas-I y II (febrero y abril de 2018 respectivamente).

ASUNCION DE LA SANTÍSIMA VIRGEN (15 agosto 2019)

14 agosto 2019
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Para vivir con mayor cariño la solemnidad de la Asunción, aquí Don Juan Esquerda nos da unas orientaciones.

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De Corazón a corazón:Vigilia: 1Cron 15,3-16,2 (Traslado del arca de la Alianza); 1Cor 15,54-57(“La muerte ha sido destruida por la victoria… por medio de nuestro Señor Jesucristo”); Lc 11,27-28 (“Dichoso el vientre que te llevó”) / Día: Ap 11,19-12,10 (“Una gran señal… Una mujer vestida de sol”); 1Co 15,20-27 (“Cristo resucitado… primicias… todos revivirán en Cristo”); Lc 1,39-56 “Bendita entre las mujeres… feliz la que ha creído”)

Contemplación, vivencia, misión: María Asunta es la prenda que Cristo nos da sobre nuestra futura resurrección. A ella ya la ha glorificado en cuerpo y alma, como “primicias” de todos los que viven en Cristo. Ella es el “icono” o figura de lo que debe ser la Iglesia, plenamente glorificada en Cristo, “mujer vestida de sol”. Quien cree en Cristo resucitado no tiene dificultad en admitir este regalo a su Madre y nuestra. Y esta ha sido la fe de…

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CARTA AL AMIGO DON TEODOMIRO, SOBRE QUE LE AFEAN SU DEVOCIÓN A LA VIRGEN

7 julio 2019

Que se distribuyó este febrero por correo electrónico a los corresponsales de la Fundación Montfort [*], y que fue la Carta mariana VI, y que además os pongo, muy mona y peripuesta, para aquel que se la quiera descargar.- Miguel


Id pinchándome aquí: 2019 2

 

Don Teodomiro es viejo amigo de viejas andanzas. El mudo sol de muchas tapias antiguas en la tarde sabe de muchas lagartijas con el rabo desmochado por dos niños que lo eran entonces. Me ha escrito Don Teodomiro -hoy maestro y con amor- porque le han afeado que tenga ese amor a la Virgen Santísima que se le come el corazón, y que llegue a vivir como esclavo de ella. Dicen que la devoción mariana debe limitarse y que, si no, obstaculiza el culto a Dios y a Cristo. Y yo le mando una Carta mariana con numeritos y todo.

Querido Don Teodomiro:

Tengan los tales objetores de usted -escrupulosos solo con María- sus teologías amputatorias para ellos solos, y su alma en su almario. Nosotros nos vamos con la Biblia, con la Iglesia, con el sentido común y con la despreocupación sobre el qué dirán… los botos.

Cuando piense usted que ha de elegir entre Jesús y María, hará daño a Jesús y hará daño a María. También a sí mismo, según San Pío X:

“Son unos miserables y desgraciados quienes bajo el pretexto de honrar a Cristo desdeñan a María, porque no saben que el Hijo no puede ser hallado si no es con Su Madre”[1].

Usted sabe que en esta casa nos arrojamos a consagrarnos a la Señora como esclavos, se lo tenemos dado todo sin excepción y vivimos cada segundo por, con, en y para María. ¿Imaginarán los impugnadores de usted que podemos vivir así sin tener el fundamento? Algo de ello le voy a decir.

1. Al elogiarla Isabel, María dice inmediatamente: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1,46). Sabemos así que no se guarda los elogios: que los encamina a Dios. Dice San Luis María:

“Nadie, pues, se imagine, como algunos falsos iluminados, que María, por ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador (…). Tan lejos está de ¡retener! consigo a las almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo (…). María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: ‘María’, no responde más que: ‘Dios'”[2].

Y, de hecho, la razón de nuestro culto mariano es la obra de Dios en la Virgen, como ella se ocupa de proclamar: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1,48-49). Esas generaciones somos nosotros. Nosotros no la amamos por nada que no dependa de Dios. Y jamás hubo artista (aquí el artista es Dios) que, al prodigarse alguien en elogios de sus obras, se enojara por no haberlo elogiado a él. Sería del género tonto.

2. San Pablo VI enseñó que debemos honrar a la Virgen porque “la Providencia hizo girar en torno a esta Mujer escogida su plan de salvación del mundo”[3]; e hizo un buen resumen de los fundamentos al decir:

“La devoción a la Santísima Virgen, insertada en el cauce del único culto que justa y merecidamente se llama cristiano –porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión, y por medio de Cristo conduce por el Espíritu al Padre-, es un elemento cualificador de la genuina piedad de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, refleja por íntima necesidad en la práctica del culto el plan redentor de Dios. Por eso corresponde a María un culto singular, porque singular es el puesto que ella ocupa dentro de dicho plan. Por lo mismo, todo auténtico desarrollo del culto cristiano lleva consigo necesariamente un sano incremento de la veneración a la Madre del Señor”[4].

La devoción, dice ahí el Papa, no nos las inventamos nosotros. Tiene la misma intensidad que tiene la presencia de María en la Redención, en el misterio cristiano. Y cuanto más se desarrolle el culto cristiano, más marianos vamos a volvernos. Porque, en ese plan, “María no es el centro, pero está en el centro”[5].

Yo no he conocido absolutamente a nadie, Don Teodomiro de mi vida, que tuviese devoción a la Virgen y no la tuviese a Cristo; mientras que he conocido a muchos que miran con recelo a la madre en nombre de los derechos del Hijo, marcándonos algo así como una línea hasta la cual podemos llegar. Son los devotos críticos de los que hablaba Montfort, que son tan devotos como yo samoano.

3. Recuerde usted la recomendación de San Pablo a los cristianos: “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2,5). De hecho, un sentimiento muy poderoso en el Corazón de Cristo fue (es) el amor a María. Argumentarán que era su madre, y contestaré que es también la nuestra: madre espiritual, lo que va más allá de lo corporal. Será buen estímulo para la marianidad nuestra de cada día el querer continuar los mismos sentimientos de amor a la Señora que en este mundo tuvo Jesús. El Hijo de María, que ha querido que fuéramos hijos de María, tiene -como dice San Juan Eudes- grandes deseos de que tengamos ante ella sus mismos sentimientos filiales.

En otras palabras, partiendo del dato de que somos cristianos, nuestro criterio es la actitud de Jesús. Y la devoción a María nació en la Persona de Jesús la primera vez que en su rostro floreció una sonrisa mientras su madre lo miraba[6].

Por lo tanto, Don Teodomiro, no se puede atacar a la devoción mariana en nombre de Cristo. Contraponer -¡nada menos!- a la madre y el Hijo es obra luciferina, y ahora ya lo he dicho con todas sus letras, y si no lo digo, reviento. Porque existen -yo lo fío- muchos de esta especie, que si no son siempre luciferinos, son los que menos unos desinformados. Combatir por Cristo la devoción mariana es como combatir a la Iglesia en ese mismo nombre de Cristo: olvidan que Él “amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25). El paralelo vale también en sentido literal, ya que María, como Inmaculada, es redimida (la primera y más perfectamente redimida), y además, en el decir de algún autor, Cristo se entregó por redimirla a ella más que por redimirnos a todos los demás.

4. “El consagrado siga consagrándose” (Ap 22,11). Siga Don Teodomiro consagrando todo instante de su vida a la Virgen. “El Señor está contigo” (Lc 1,28), le dijo el ángel, y

“su misión es unir a los hombres con Dios y acercar a Dios a nosotros, los hombres […]. Y como Ella es el esplendor de Dios más accesible a nuestra sensibilidad, quererla es querer a Dios oculto en sus gracias y encantos”[7].

Ciertamente, quererla es querer a Dios, no por identidad, sino porque en ella Dios se nos brinda. Él ha querido hacérsenos accesible en el rostro y en el Corazón de una madre, porque es el lenguaje  que nosotros mejor vamos a entender; de esas condescendencias divinas habló el profeta, y dijo: “Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas” (Os 11,4). El amor de María es expresión de la ternura de Dios. María es el rostro maternal de esa ternura. María es ella misma transparencia de Dios. En María, Dios nos sale al encuentro. Él ha querido que el regazo que fue amor para el Niño divino sea también regazo espiritual y cobijo de los hermanos que ese Niño se ganó.

Solo podemos quererla por ser ella quien es. Solo somos sus hijos porque ella es madre de Dios, y de su maternidad divina ha brotado su maternidad espiritual respecto de nosotros. La consagración a María tiene sentido en tanto en cuanto María vivió (vive) consagrada a Dios; solo así consagrarse a ella puede ser consagrarse a Dios, y no un camino errado que nos hace perder. “¡Ah, Yavé, yo soy tu siervo, tu siervo, el hijo de tu esclava, tú has soltado mis cadenas!” (Sl 116,16).

5. Y siendo niños (que es condición para el Reino, cfr. Mt 18,3), nos vamos a la madre porque somos niños, porque la necesitamos y porque nos da la gana. Y nos la dio Jesús -de nuevo Él- en la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27).

En realidad, se trata de una proclamación que anuncia algo ya acontecido. La maternidad espiritual (la maternidad respecto de nosotros), presente en germen en la maternidad divina desde la Encarnación, se hace plena en los espantos del Calvario -término de llegada de la fidelidad a Dios-, al ofrecer la Virgen al Hijo divino y sus dolores y ofrecerse ella con los suyos para nuestra salvación. Porque en ese momento, sufriendo ella por nosotros los dolores de parto que no tuvo en el parto virginal del Hijo divino, la maternidad respecto de nosotros ha sido completada (nunca hubo madre sin parto), y Jesús la ha dado a conocer al discípulo -que representa a todos los discípulos-, como él mismo lo narra, añadiendo que “desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,27).

Y fue la de María y Juan una relación que nosotros continuamos a nuestro estilo al consagrarnos a la Virgen; ya que San Juan Pablo II enseñó que las palabras griegas indican ahí más que una convivencia: apuntan a “una comunión de vida que se establece entre los dos”[8]: lo mismo, Don Teodomiro, que hacemos usted y yo… mientras nos lo permitan los no-devotos críticos. Pero quédeles bien claro que lo hacemos por iniciativa del Cristo en cuyo nombre, en cambio, ellos nos lo retraen. Es Él, siempre Él, el que tiene la culpa de nuestra devoción mariana.

6. Es mi modesta opinión que, en la devoción mariana, no puede darse pecado en la intensidad, sino en la forma. Nadie puede ser suficientemente devoto de la Santísima Virgen. En cambio, se puede ser inadecuadamente devoto.

Es inadecuadamente devoto, por ejemplo, quien usa la devoción como seguro que le permite seguir en sus pecados; quien se apoya para lo mismo en toda clase de promesas y devociones falsamente entendidas, como si la primera promesa de obtener el cielo no fuese la de quien “hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21); quien usa a María como un fetiche para obtener beneficios y nada más, quien espera solamente granjerías terrenas; quien pide cosas inadecuadas o malas o pide mal para otros; quien sujeta su devoción a la condición de que se cumplan sus peticiones; quien dirige a María interminables oraciones solamente vocales, como quien reza con la faringe y con el alma nunca; quien jamás deja que su devoción dé paso a la llamada a la conversión; quien busca como un loco desventurado continuas apariciones marianas por todo lo ancho y largo del planeta, quien las cree todas sin examinarlas como debe, quien hace de tales apariciones un arma arrojadiza contra la jerarquía de la Iglesia a cuya sumisión la Señora desea conducirnos a todos; y, por supuesto, los no-devotos críticos, sin olvidarnos de ellos y con un saludo muy especial del equipo de esta redacción.

Querido amigo: El buen padre de Montfort ha dicho una vez refiriéndose a Cristo:

“Para subir y unirse a Él, preciso es valerse del mismo medio del que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen”[9].

Le repito, por tanto, que la culpa de nuestra devoción es una divina culpa de amor. No tenga usted miedo de ir a Dios por el mismo camino que Dios ha seguido para venir a usted. Y entienda que Dios, que Jesús, ha demostrado de sobra su deseo de ser hallado con María. Recuerde, en resumen, que la misma boca del Maestro nos dejó otra sentencia:

“Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mt 19,6).


[*] Nombre actual de la anterior Sociedad Grignion de Montfort.

[1] San Pío X, Enc. Ad diem illum (1904): Acta Sanctae Sedis 36 (1903-1904).

[2] El secreto de María, n.º 21.

[3] San Pablo VI, 15-VIII-1964.

[4] Íd., Exh. Ap. Marialis cultus (1974),introducción.

[5] Palabras del P. José Kentenich a las que dediqué la Carta mariana IV (octubre de 2018).

[6] La idea es del P. H. Pinard de la Boullaye: “No busquen, por lo tanto, dónde nació la devoción a María. Ella tuvo su origen en la primera sonrisa del Niño-Dios (…). / No indaguen más en qué justos límites la devoción mariana debe contenerse. He aquí su regla, su medida. Amad a María, si puede ser, tanto como Jesús la amó (…). Su ejemplo nos dicta nuestro deber” (Marie Chef-D’Oeuvre de Dieu, pp. 23-24).

[7] M. Sánchez Gil, Mensaje de la devoción a María, Carmelitas de la Caridad, Madrid 1954, 8-9.

[8] Enc. Redemptoris Mater (1987), nota 130. Aduce las palabras de San Agustín: “La tomó consigo, no en sus heredades, porque no poseía nada propio, sino entre sus obligaciones que atendía con premura” (In Ioannis Evangelium tractatus, 119, 3: Corpus Christianorum/Series Latina, 36, 659).

[9] El secreto de María, n.º 23.

El Fichero-62: Digno de Dios

30 junio 2019
Icono ruso de la Virgen de Fátima

                Desde lo más profundo de mi ser, saludaré a tu Corazón Inmaculado, el primero bajo el sol que fue encontrado digno de hospedar al Hijo de Dios, procedente del seno del Padre… ¡Oh Corazón santo y amantísimo, en el cual tuvo inicio la salvación del mundo y en donde la divinidad, que trayendo al mundo la paz, ha besado a la humanidad!… Toda alma te glorifique, Madre de dulzura, y toda lengua de las gentes piadosas exalte por los siglos eternos la bienaventuranza de tu Corazón, del cual brotó nuestra salvación.

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Egberto de Schönau (1120?-1184), “Homilía de la Natividad de María”: “Patrologia Latina”, 95, 412-413

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