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«PERO… ¡ES QUE ME DA MUCHÍSIMA VERGÜENZA!»

25 octubre 2016

 

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Vergüenza… Es la vieja palabra compañera, cuando de la Confesión se trata… Como yo también soy penitente, oirás que te hablo desde tu propio bando, aunque también, sí, señor, con la experiencia añadida de quien también pertenece al otro. Y no te olvides de lo que vas a oír: “Contra vergüenza, frecuencia”. Nos vemos mañana en el confesonario; pero deja que me confiese yo primero.- Miguel


EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA-X: «PERO…¡ES QUE ME DA MUCHÍSIMA VERGÜENZA…!»


 

Pinchad aquí para el artículo primero: Lo primero, la definición

Pinchad aquí para el artículo segundo: El pecado que nos escalda

Pinchad aquí para el tercero: Pero… ¡si yo no tengo fe!

Pinchad aquí para el cuarto: Pero.. ¡si yo no tengo pecados!

Para el quinto: El infierno-I, aquí.

Para el sexto: El infierno-II, aquí.

Para el séptimo: El infierno-III, aquí.

Para el octavo, “Yo me confieso con Dios”, aquí. 

Para el noveno, “¡Es que volveré a cometer los mismos pecados…!, aquí.

Para el décimo, “Pero… ¡es que me da muchísima vergûenza!

Para el undécimo: “A vueltas con el dolor de los pecados”

“Y ciertamente, Señor, a cuyos ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no quisiera confesártelo? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti”

(San Agustín, Confesiones).

La única e irremediable desgracia es la de encontrarse algún día sin habernos arrepentido delante de un Dios que perdona

(Georges Bernanos, cit. por Fernand Lelotte, Ráfagas, Sígueme, Salamanca 21968, 64).

“La conversión es fácil, no hay en ella nada que abrume. ¿Eres pecador? Entra en la iglesia. Di: ‘¡He pecado!’ y te has librado ya del pecado”

(S. Juan Crisóstomo, Sobre la conversión, 3).

“La necesidad de la Confesión quizá lucha en lo vivo del alma con la vergüenza; pero cuando el arrepentimiento es verdadero y auténtico, la necesidad vence a la vergüenza”

(San Juan Pablo II, homilía, 16-III-1980).

“Que sea Dios quien vende las heridas, no tú, porque si tú, avergonzándote, quieres vendarlas, no te curará el médico (…). Con el vendaje del médico se curan las heridas, con el vendaje del herido se ocultan. ¿A quién las ocultas? A quien conoce todo”

(San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 31, 2, 12).

No me alegues que tus pecados son muchos, porque más poderosa es una gota de sangre que el Hijo de Dios derramó, si de ella te quieres aprovechar, que todos tus pecados para te condenar. Ni me digas: “¿Cómo, padre, enmendaré mi vida, que estoy mal acostumbrado, y me parece imposible dejar de vivir como vivo?” (…) Con un poco de gracia que el Señor eche en tu corazón, se deshará ese yugo de mala costumbre que te tenía debajo de sí y (…) te llevaba donde quería. Y si el demonio te tiene captivo (…), “yo os digo” -dice Dios- que (…) con el favor de mi brazo la “captividad será libertada de la mano del fuerte, y lo que asió y prendió el robusto le será quitado” (cfr. Is 49,24-25)

(San Juan de Ávila, Sermón 60)

Vergüenza, para pecar


¿Tienes vergüenza? Y yo comienzo por felicitarte, porque ya has dejado entender un deseo de confesarte. Pero encuentras el escollo de la vergüenza. ¿Sabes que te digo? Que yo también. También a mí, a veces, confesarme me da esa misma vergüenza. Considera, entonces, que te voy a hablar desde tu mismo bando, además de estar dentro del confesonario, por supuesto. Benedicto XVI recordó que los Padres de la Iglesia llamaban a la Penitencia laboriosus quidam baptismus: “un cierto Bautismo laborioso”1. Bautismo, porque devuelve al alma la pureza del día mismo en que la sacaron de pila; porque sus pecados no existen; porque es exactamente igual que si no los hubiera cometido. Laborioso, por los esfuerzos que cuesta, y singularmente, esta vergüenza tuya y mía.

San Josemaría Escrivá, siendo muy niño, sentía vergüenza cuando llegaban ciertas mujeres a su casa de visita, y se escondía bajo la cama. Su madre iba y le hacía salir con una frase: “Josemaría, la vergüenza, solo para pecar”. Bueno, también llevaba un bastón2

Y cuenta la leyenda cuánto un hombre se sorprendió al ver al demonio merodear, dentro de una iglesia, entre los confesonarios. Le pregunta: “Desgraciado, ¿qué haces aquí?” “Ando devolviendo a estos hombres una cosa que les quité hace tiempo.” “¿Y qué cosa es?” “¡La vergüenza!: se la quité para la hora de pecar, y ahora se la devuelvo para la hora de confesar.”3

Hermano, hermana mía: es el pecado lo que debería darte vergüenza; la Confesión, honra y alegría, además de un inmenso alivio.

No es tan difícil


Sabes además que el sacerdote te tratará bien. Parece ser que, en la enseñanza de San Juan de Ávila, todo el esfuerzo del confesor debe orientarse a lograr que entiendas cuanto más mejor lo mucho que Dios te ama. Y, además, el sacerdote te dará palabras de aliento y consejos concretos para tus dificultades. Por lo demás, no tengas la soberbia de creerte el mayor pecador del mundo: tus pecados, con mucha probabilidad, los habrá oído el cura por lo menos cien veces, por poco tiempo que lleve de sacerdote. Y, por lo mismo, lo más seguro es que, según te marches, se olvide de todo lo que has confesado.

Confesarse no es tan difícil como parece. Eso es lo que dicen muchos que se han confesado despúes de decenios. También quienes provienen de otras confesiones:

Para uno que no sea católico, la confesión debe de ser una cosa poco menos que imposible. Sin embargo, yo he tratado con no pocos convertidos que, después de haberse confesado, me han dicho con toda franqueza: “Padre, no es tan difícil como me había imaginado”.


Bertrand L. Conway, Buzón de preguntas, Razón y Fe, Madrid (5) 1954, 329

Pero es que en una Confesión de -por ejemplo- cuatro minutos pueden limpiarse cuarenta años -por ejemplo- de pecado. Así es. ¡Así es! ¿O no estamos llamando a la Penitencia “el sacramento de la alegría”? O no es el cristianismo la religión de la alegría?

¿Una vez al año?


Ahora, que no se trata de dejar pasar cuarenta años. Ni siquiera un año. Es cierto que el mandamiento de la Iglesia exige solo “confesar los pecados mortales una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar”. Sépase que será muy raro pasar un año sin confesar y sin cometer pecados graves, como dice Santo Tomás; porque los sacramentos son una necesidad.

Pero yo trato de decir otra cosa. La Iglesia ha mandado un mínimo indispensable; por tanto, no se trata de lo recomendable: eso es otra cosa. Uno puede, en cambio -y es muy recomendable- confesarse una vez al mes. Un año tiene doce meses. Imagina que vas por la calle y te encuentras doce billetes de a quinientos euros. Es cierto que nadie te obliga a llevártelos, ni a llevarte uno. Es cierto que tú no pecas si te llevas solo la mitad, y tampoco si no te llevas ninguno. Pero, en mi pueblo, señor mío, al que no se lleva los doce y rebusca además por si queda alguno trasconejado, a ese lo llaman ¡tonto!

También, los que confiesan una vez al año por cumplir el mandamiento son aquellos del cumplimiento, que equivale al cumplo y miento. Acuden al sacramento para que no les pongan en el cielo un cero rojo con ampollas de sangre, un pecado mortal. Vamos a suponer que lo consiguen, pero se vinieron a la iglesia dejándose el alma en casa, e hicieron una confesión de cartón piedra. ¡Qué lejos del Espíritu de Jesús, que quería “un culto en espíritu y en verdad” (Jn 4,23.24) y que tuvo que exclamar: Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (Mt 15,8); que, lejos del cartón piedra, quería fuego: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?” (Lc 12,49)!

Y es notable cómo, mientras que se puede suponer que en un año habrán pecado mucho más los de vez al año que los frecuentistas, resulta que normalmente cuentan un pecado o dos o hasta ninguno; y llega uno de Confesión semanal, y este cuenta seis, o siete, u ocho, y todos, al parecer, leves, claro está.

Teorema de la vergüenza


¿Sabes tú donde está el secreto para perder la vergüenza? Pues yo sí:

CONTRA VERGÜENZA >>>>>>>>>>>>>>>>>  FRECUENCIA.

Quien se acostumbra a la Confesión frecuente -¡qué bendición!- pierde los miedos con toda seguridad.

Como, evidentemente, el problema de quien tiene vergüenza es un problema con la mediación (de un sacerdote), tienes que leerte el artículo VIII, donde dejábamos esto listo para sentencia.

Vence la vergüenza. Alguno contaba: “Es muy distinto darle un beso a tu hija estando en gracia de Dios por primera vez en tu vida”.

Para entrar en la autopista de la dicha, hay que pagar peaje. Si no, no sería nuestra.

También en esto se cumple la sentencia de San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Unas palabras del Papa (adición realizada el 5-XI-2016)


“Pero, padre, ¡me da vergüenza!”. También la vergüenza es buena, es “salud” tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi País decimos que es un “senza vergogna”, un “sinvergüenza”. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas, también la vergüenza, pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz.


Audiencia general, 19-II-2014

Para postre


Y ahora, para postre, os convido a unas anécdotas suculentas:

…llega a la cárcel el juez y, lleno de amor, dice al prisionero: “Aquí tienes la lista de los crímenes y robos que has cometido; borra los que quieras y mañana te juzgaré por los que hayas dejado sin borrar”. Si este prisionero no los borrara todos, sería un necio.

Esto es la confesión.


Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables, Herder, Barcelona 1962, n.º 1609

Un viejo oficial de caballería (…) entró en una iglesia (…). Aquel militar ni siquiera había soñado en confesarse; pero las palabras del predicador (…) le tocaron el corazón (…).

Corrió a los pies del misionero e hizo su confesión; y fue tal el consuelo que experimentó, que se echó a llorar. Después siguió al predicador a la sacristía, y allá, en presencia de otros, dijo estas palabras: “Nunca he experimentado en mi vida un placer tan grande y tan puro. Mi soberano (…), en medio de todos los placeres, seguramente no es más feliz que yo”.

Es cierto lo que dijo San Agustín: “Más dulces son las lágrimas de los penitentes que todos los gozos de los teatros”.


Ibíd., n.º 1593

“Se habla a veces de la paz y de la alegría del reencuentro con Dios. Yo he conocido el sabor de esta paz y esta alegría (…). Pero actualmente, desde que mis pecados son más numerosos y más graves, esta alegría, después de haber sido perdonado, llega a la exaltación y casi al éxtasis. Vuelvo como un loco, rozado por los coches, cuyos chóferes me vociferan insultos entre la polvareda que arrastran. Salto sobre los raíles del paso a nivel. No me importa nada la muerte, y tengo la certidumbre de que en adelante entre Dios y yo todo estará unido, claro y maravillosamente sencillo.”


Ibíd., n.º 16114

Dicen que pasó Juan Pablo II, al final de una audiencia, junto a un matrimonio, y la esposa -sin pensárselo dos veces- acudió al Papa como quien se agarra a la tabla de salvación:

– Santo Padre, mi marido hace muchos años que no se confiesa, dígale algo.

El Pontífice no comentó nada, continuó su marcha; pero, de repente, volvió sobre sus pasos, se situó frente a aquel hombre, y le dijo:

– Vuelve. ¡Qué mal se está lejos de Dios!

La historia terminó como era de esperar, con la alegría del reencuentro con Jesús y con la vida de la gracia en el alma.


Julio Eugui, Mil anécdotas de virtudes, Rialp, Madrid 2004, 131


1 Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), 20. Remite en nota a S. Juan Damasceno, S. Gregorio Nacianceno y el Concilio de Trento.

2 Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei-I, Rialp, Madrid 1997, 33.

3 Cfr. Julio Eugui, Anécdotas de virtudes, Rialp, Madrid 2004, 134-135.

4 Así, entre comillas, sin citar un autor.

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