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A VUELTAS CON EL DOLOR DE LOS PECADOS

15 diciembre 2016

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Eso del dolor de los pecados tiene mucho que entender. Pero no creáis que en este artículo trato solo de eso; también del propósito, de la satisfacción, de la penitencia, del examen de conciencia… y de la Virgen, “enfermera del hospital de la misericordia de Dios”… Faltaría más.- Miguel


EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA-XI: A VUELTAS CON EL DOLOR DE LOS PECADOS


Pinchad aquí para el artículo primero: Lo primero, la definición

Pinchad aquí para el artículo segundo: El pecado que nos escalda

Pinchad aquí para el tercero: Pero… ¡si yo no tengo fe!

Pinchad aquí para el cuarto: Pero.. ¡si yo no tengo pecados!

Para el quinto: El infierno-I, aquí.

Para el sexto: El infierno-II, aquí.

Para el séptimo: El infierno-III, aquí.

Para el octavo, “Yo me confieso con Dios”, aquí. 

Para el noveno, “¡Es que volveré a cometer los mismos pecados…!, aquí.

Para el décimo, “Pero… ¡es que me da muchísima vergûenza!

Un hombre cometió un pecado horrendo. No tenía consuelo. Acudió a ver a un sabio ermitaño, el cual le entregó un cáliz y le dijo: «Tendrás perdón el día en que consigas llenar este cáliz».

El pecador se las prometía tan felices: ¡Llenar el cáliz! ¡Solamente llenarlo!

Y acudió a una fuente y colocó el cáliz bajo el caño. Extrañamente, el cáliz no se llenaba. Y acudió a un riachuelo y sumergió el cáliz. Y el cáliz no se llenaba. Angustiado, acudió a un río y hundió el cáliz hasta el fondo: lo sacó vacío… Hasta que un día, después de haberlo intentado en la orilla del mar y haber sacado el cáliz seco, no pudo más con el peso de su culpa, y se echó a llorar desesperadamente, como quien ha sido vencido por la vida. Y no se dio cuenta, y sus lágrimas llenaron el cáliz, y al verlo prorrumpió en gritos de júbilo y acción de gracias, porque su pecado estaba perdonado.

Esto está aquí.

Uno. Pepito Pie y su monstruoso crimen abominable


Imaginaos ustedes, oigan, que en el cole Pepito ha pinchado la pelota de Juanito. El profe lo ha visto, y, antes de empezar la clase siguiente, los pone cara a cara y obliga a Pepito a pedir perdón a Juanito; y Pepito se lo pide.

Lo hemos pillado: así, obligado, no es sincero, y por eso, su petición no es válida. No está en absoluto arrepentido, y solo ha pedido perdón porque el profe lo obligaba. En conclusión, para que la petición del perdón sea válida, se requiere el arrepentimiento; por otro lado, no cuesta nada adivinar que el arrepentimiento ha de incluir el propósito de no volver a pinchar pelotas.

Pero podemos seguir. Ahora imaginamos que no le pide perdón ni con profe ni sin profe. Sin duda, Juanito puede perdonarlo porque es bueno y caritativo; pero Pepito ni lo merece ni ha ido a buscarlo.

Por último, imaginamos que Pepito pide perdón, Juanito se lo otorga, y el primero, emocionado por la generosidad de ese perdón, le regala una pelota para compensar la que rompió. Se me cae una lágrima…

Todo esto parece bastante razonable, ¿no es así? Trasladémoslo ahora al mundo de nuestro sacramento.

Dos. La contrición (el dolor de los pecados)


Lo más importante en este sacramento -más que la confesión de los pecados, siempre que no se deje ninguno grave conscientemente (porque esto haría inválida la Confesión y constituiría un pecado gravísimo)-, lo más importante es el arrepentimiento eficaz. Si no estamos arrepentidos o no tenemos intención de evitar los pecados que confesamos, la Confesión es inválida y es pecado también gravísimo.

Hemos visto a Pepito pedir perdón obligado. No había, por tanto, dolor por haber pinchado la pelota, ni, seguramente, mucho propósito de no pinchar más. Puede haber dolor imperfecto de atrición, eso sí. Pero todos sabemos que en la clase nadie se creyó la petición de perdón: ni los condiscípulos, ni el profesor, ni Juanito, y el que menos, el mismo Pedrito.

El arrepentimiento por los pecados, necesario para la Confesión, se llama  dolor de contrición. El Concilio de Trento lo define como “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar”. Es contrición perfecta cuando brota del amor de Dios sobre todas las cosas. Es contrición imperfecta atrición cuando se sigue de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna u otras penas; la contrición imperfecta no es el ideal, pero es suficiente para la Confesión de cualquier pecado. De hecho, muy pocas veces se consigue la gracia de una contrición auténtica.


Esos actos de aversión interior a las faltas no constituyen únicamente una condición previa del alma para la recepción del sacramento de la penitencia, son su parte esencial. De ellos depende que haya verdadero sacramento, ellos determinan la medida de la eficacia del sacramento, la del crecimiento en la vida divina y del perdón de los pecados (…). En el sacramento de la penitencia que recibimos, nuestros actos personales de penitencia son elevados de la esfera meramente personal y son unidos con la virtud de los padecimientos y muerte de Cristo, que operan en el sacramento. Aquí es donde resplandecen toda la gracia y el provecho del sacramento de la penitencia.


Benedikt Baur, La Confesión frecuente, Herder, Barcelona 1967 (5), 14 


Es recomendable -dice el Catecismo- preparar la Confesión con un examen de conciencia a la luz de la Palabra de Dios. Incluso señala los textos más indicados: Sermón de la montaña (Mt 5-7; Lc 6); Rom 12-15; 1 Cor 12-13; Gál 5; Ef 4-6.

Una nota sobre “la resolución de no volver a pecar”. Primero, que es absolutamente exigible por la Iglesia por la propia naturaleza de las cosas. Hemos hablado de un arrepentimiento eficaz. Si Pepito pide perdón a Juanito mientras planea pincharle por la tarde otra pelota, Pepito es un cínico, su confesión no es auténtica, hay para darle dos guantadas. Acusarse en Confesión de lo que pensamos seguir haciendo es cosa que no tiene absolutamente ninguna lógica. Quien se arrepiente se esfuerza por cambiar; si no, no se ha arrepentido. Eso lo ve hasta mi vecino del quinto. Que se ha hecho masón.

Y cuando el confesor aprecia que no hay arrepentimiento eficaz (los pecados no duelen o el propósit0 falta), después de una conversación comprensiva y amorosa en la que exhorta al penitente a cambiar de actitud, está obligado a negarle la absolución si persiste en tal actitud. En efecto, el mismo penitente es quien cierra las puertas, contradiciendo él mismo lo que él mismo pide en el sacramento.

El propósito de no pecar debe hacerse para siempre. Sí, señor. Y por eso decía algún santo que si nos confesáramos bien, en muy poco tiempo estaría resuelto el altísimo problema de nuestra santidad, porque ese propósito lo cumpliríamos. Ahora bien…

Ahora bien -y aquí viene el segundo punto de nuestra nota sobre la resolución-, la Iglesia, para la Confesión, nos pide el propósito, no el cumplimiento. ¿Que me estoy contradiciendo? No. Nos pide, en el momento de la Confesión, el propósito firmísimo, todo lo firme que podamos. Si luego -quizá ese mismo día- el demonio vuelve a poder con nosotros, nosotros hemos pecado otra vez en esa materia, pero no hemos pecado contra el sacramento. La Iglesia es madre, la Iglesia conoce nuestra debilidad, a la Iglesia le ha dado Dios el poder de las llaves… y en la Iglesia volverá a conferirnos el buen Dios su perdón si lo pedimos. Jesús mandó perdonar “setenta veces siete” (Mt 18,22) -es decir, todas las veces-, ¿y no va a cumplirlo Él?

Por otra parte, si, por ir de caída en caída, nos parece que no deberíamos confesarnos, o que la Penitencia no es eficaz, andamos mal. Ya tratamos de esto (“¡Es que volveré a cometer los mismos pecados…!”)pero lo recuerdo -para ese del fondo que se mete los dedos en la nariz-: nunca huyáis de la medicina por razón de la enfermedad.

Me parece que ya está dicho. Ahora bien, por otro lado, no es cierto que cometamos siempre los mismos pecados. Con un ejemplo muy tosco, un asesino en serie se confesará del mismo pecado, el crimen, pero no hay dudar de que, con el tiempo, serán menos los cadáveres.

Alguien muy cogido por el pecado de impureza, si es fiel a la confesión -frecuente es la que él necesita- y confía en Dios, en la fuerza del Espíritu Santo que se nos entrega en este sacramento y en la Santísima Virgen podrá quizás estar años comido de ese pecado, pero un día se dará cuenta de que cae con menos frecuencia, y por último, otro día se la dará de que no cae. Son palabras del Señor: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,19). Y entonces volverá la vista atrás, y se dará cuenta de que -seguramente- sus pecados han ido perdiendo gravedad con el tiempo. Eso, chavalín de los mocos, se llama la Confesión.

Y cuando os hablo de la Virgen, no os coloco un pegote; San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, la llama “enfermera del hospital de la misericordia de Dios”[1] y “universal limosnera de todas las misericordias que Dios hace a los hombres”[2]. No sé si a alguien le parece poco.

Y ahora, os endoso un examen de conciencia para facilitar las cosas. 


Lo propuso el Papa Francisco en la Cuaresma de 2015.

En relación con Dios:

Uno.¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad?
Dos. ¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta?
Tres. ¿Comienzo y termino mi jornada con la oración?
Cuatro. ¿Blasfemo el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos?
Cinco. ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico?

Seis.¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago?
Siete. ¿Me rebelo contra los designios de Dios?
Ocho. ¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

 En relación con el prójimo:

Nueve. ¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo?
Diez. ¿Juzgo sin piedad, tanto de pensamiento como con palabras?11. ¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos?
Once. ¿Soy envidioso, colérico o parcial?
Doce. ¿Me avergüenzo de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?
Trece. ¿Soy honrado y justo con todos, o alimento la cultura del descarte?
Catorce. ¿Incito a otros a hacer el mal?
Quince. ¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio?
Dieciséis. ¿Cómo cumplo mi responsabilidad en la educación de mis hijos?Diecisiete. ¿Honro a mis padres?
Dieciocho. ¿He rechazado la vida recién concebida?
Diecinueve. ¿He colaborado a hacerlo?
Veinte. ¿Respeto el medio ambiente?

 En relación con nosotros mismos:

Veintiuno. ¿Soy un poco mundano y un poco creyente?
Veintidós. ¿Como, bebo, fumo o me divierto en exceso?
Veintitrés. ¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes?
Veinticuatro. ¿Cómo utilizo mi tiempo?
Veinticinco. ¿Soy perezoso?
Veintiséis. ¿Me gusta ser servido?
Veintisiete. ¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones?
Veintiocho. ¿Nutro venganzas, alimento rencores?
Veintinueve. ¿Soy misericordioso?


[1] Sermón 60, 18.

[2] Sermón 60, 32.

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2 comentarios leave one →
  1. 15 diciembre 2016 13:59

    ¿Tu vecino del quinto se ha hecho masón? Lo que le faltaba…
    Estos de la confesión me están gustando mucho, y maravilloso el examen de conciencia.

    Me gusta

  2. 15 diciembre 2016 23:38

    Reblogueó esto en Laus Deo.

    Me gusta

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