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EL INFIERNO-I

14 julio 2016

El objetivo del presente artículo, como el del que siga o los dos que sigan, es explicar -en la medida en que pueda- qué es y qué no es el infierno, y las distintas maneras en que la Penitencia puede librarnos de él.Miguel


EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA-V: EL INFIERNO-I


Pinchad aquí para el artículo primero: Lo primero, la definición

Pinchad aquí para el artículo segundo: El pecado que nos escalda

Pinchad aquí para el tercero: Pero… ¡si yo no tengo fe!

Pinchad aquí para el cuarto: Pero.. ¡si yo no tengo pecados!

Para el quinto: El infierno-I, aquí.

Para el sexto: El infierno-II, aquí.

Para el séptimo: El infierno-III, aquí.

Para el octavo, “Yo me confieso con Dios”, aquí. 

Para el noveno, “¡Es que volveré a cometer los mismos pecados…!, aquí.

Para el décimo, “Pero… ¡es que me da muchísima vergûenza!

Para el undécimo: “A vueltas con el dolor de los pecados”

¿Quién condenará? ¿Cristo, el que murió…, el que

está intercediendo por nosotros?

(Rom 8,34).

Os vivificó con él, y perdonó gratuitamente todos nuestros delitos, al borrar el pliego de cargos que nos era adverso, el cual canceló clavándolo en la cruz

(Col 2,13-14).

El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo”. Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar, sino para salvar […]. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo […] y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 6791


Qué… “era” el infierno, cosa que “nunca” fue


Los maestros, casposos y con palo en mano, nos decían del infierno unas cosas… Pero ¿saben? Eso -que inculcaban los curas en el corro de la catequesis- no era lo que decía el Magisterio de la Iglesia. Y por no enseñar el Magisterio de la Iglesia -y por otros motivos-, la broma se nos ha vuelto en contra luengo tiempo ha. Porque presenten ustedes a algún compañero un infierno con llamas y tridente, y díganle encima que es ¡nuestro Padre! quien para allá nos envía (caja certificada), y por quien soy les prometo que se irá el compañero por la otra calle, y a fe mía que tendrá razón. La Iglesia que todavía pervive en el imaginario colectivo sigue siendo la que denunció Blas de Otero:


¡Santiago y cierra España! Derrostran con las uñas
y con los dientes rezan a un Dios de infierno en ristre.”


Y si eso fuera cierto, yo no tragaría a los curas.

Entiendo que es injusto juzgar otras mentalidades, que suponen otros repertorios conceptuales y otra simbólica, sin estar a la altura en conocimientos de historia; pero algo parecía, en algunos entonces, hacer necesario imbuir el miedo. Y se nos ha vuelto en contra.

El chascarrillo, tendré que adaptarlo, porque nadie haría desde tal púlpito tal propuesta referida al infierno; pero yo soy así, y yo lo adapto. Un cura, en el sermón, animaba al personal a pretender el cielo. “¡Venga! ¿Quién quiere ir al cielo…?” Levantaron la mano todos menos uno. “Y tú, hermano, ¿es que no quieres ir al cielo?” “Pues sí, padre…, pero yo no voy con la excursión.” Y lo adapto: la excursión que desde no sé yo cuántos siglos nos tienen montada para huir del infierno supone un infierno que no sé antaño, pero hogaño no se cree ni el pobre Simón.


Ayer tarde, en la función,

cuando el cura predicaba,

toda la gente lloraba

menos el pobre Simón.

¿Por qué no lloras, Simón?”,

le pregunta la tía Ustoquia.

Yo no soy de la pirroquia,

y los que lloran lo son.”


Pero quede bien alto y claro que esas excursiones, que prédicas tales, que los tridentes y ¡sobre todo! el Dios que arroja con sadismo al fuego a un hijo suyo fueron desarrollos espurios e ilegítimos del depósito de la fe, esto es, de la Escritura y la Tradición, custodiado por el Magisterio. Jamás en el depósito ni el Magisterio se encontraron degeneraciones tales. Y me avala el Vaticano II cuando exhorta a que se procure evitar “los abusos que acá y allá se hubiesen introducido”2.

Me gusta la destreza con que Joseph Ratzinger lo emblematiza, examinando el distinto tratamiento que se otorgó al artículo de fe del juicio de todos los hombres, por Cristo, al fin de los días:


La conciencia cristiana ha hecho del artículo de fe en el juicio una forma que prácticamente puede llegar a destruir toda la fe en la redención y en la promesa de la gracia. Vemos, como ejemplo, la profunda contraposición entre el maran atha [el “¡Ven, Señor Jesús!” de nuestros primeros, cfr. Ap 20,20] y el Dies irae [cantado, pinchad aquí] [textos latino y español, pinchad aquí]. El cristianismo primitivo, con su oración “Ven, Señor nuestro”, ha explicado el retorno de Jesús como acontecimiento lleno de esperanza y alegría; ha visto en él el momento de la gran realización, y se ha orientado a él; ese momento fue para los cristianos medievales el terrible “día de la ira” (Dies irae), el día del estremecimiento de pavor y temor, el día de la miseria y la calamidad. El retorno de Cristo es todavía juicio, día de la liquidación de cuentas para todos los hombres. En tal visión se olvida lo más decisivo: el cristianismo se reduce prácticamente a un moralismo; asimismo es privado de ese respiro de esperanza y alegría que constituye su más auténtica manifestación vital.


Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo-II, Movimiento Cultural Cristiano, Madrid 2007, 673.


Qué “es” el infierno, como fue y como será para siempre, amén


El infierno -para ir abriendo boca- no es un lugar, sino un estado. No es un lugar, porque las almas, sin cuerpo, no pueden trasladarse. Yo no voy al cielo o al infierno como voy a Barcelona o a Madrid. No. Yo entro en estado de cielo o de infierno como, en vida, entraba en estado de alegría o gratitud o entraba en estado de angustia o de odio.

Y es un estado del que no se sale: está determinado por la conducta moral que se ha seguido; y hay que saber que, después de la muerte, nadie -sin excepción- tiene ninguna otra oportunidad de mérito o demérito: ni los que entran en estado de cielo, ni los que entran en estado de infierno, ni los que entran en estado de purgatorio (porque su purificación es pasiva). Todos permanecen en el estado en que murieron (con la salvedad del purgatorio, porque la naturaleza del purgatorio es un progreso hacia el cielo). Pues bien, en el estado de infierno, como -según lo dicho- la conciencia sigue aferrada a esa obstinación en el mal, esa actitud eterna genera un estado de muerte también eterna4, labrada por uno mismo, como se ve y como veremos.

Sepan vuesas mercedes que en el infierno se padece una pena de daño y otra de sentido. Consiste la primerita en la privación de la vista, del goce, de la amistad de Dios, y la espantosa aflicción psicológica que ello produce. Es la trituradora sensación de una total soledad, con el conocimiento de que se la ha procurado uno mismo.

La pena de sentido, consecuencia de la de daño, está representada muchas veces en la Biblia por el fuego, pero eso fácilmente puede ser metafórico, y el Magisterio ha enseñado (30-IV-1890) que no es fuego. Hoy se piensa en


esa desarmonía profunda e intrínseca al mismo ser del condenado, que se siente roto en todas sus apetencias, deseos y aspiraciones. El “yo” del alma separada (…) se halla como descoyuntada. Una tal desarmonía y ruptura personal que implicará también al cuerpo resucitado (…).


Aurelio Fernández, Teología dogmática, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2009, 1042


Suena un poco lejano, pero no cabe duda de que es peor que el fuego.


1/ Aligerado de numerosas referencias bíblicas, que podéis ver aquí.

2/ Concilio Vaticano II, constitución Lumen gentium, 51.

3/ Resulta imposible dejar de brindaros también esta cita del mismo libro magistral:


Estas dos posibilidades, expresadas con las palabras cielo e infierno, son posibilidades del hombre, pero de modo muy distinto, de modo completamente diverso. El hombre puede darse a sí mismo la profundidad que llamamos infierno […]. Él no quiere recibir nada, […] quiere ser autónomo. Es expresión de la cerrazón en el propio yo.

[…] quiere […] bastarse a sí mismo. Si esta actitud se realiza en su última radicalidad, el hombre es intocable, solitario. El infierno consiste en querer-ser-únicamente-él-mismo, cosa que se realiza cuando el hombre se encierra en su yo. Por el contrario, la esencia de arriba, lo que llamamos cielo, consiste en que solo puede recibirse, de la misma manera que el infierno consistía en que el hombre solo quería bastarse a sí mismo. El “cielo” es esencialmente lo no-hecho, lo no-factible; con terminología de escuela alguien ha dicho que es como gracia de un donum indebitum et superadditum naturae (un don indebido y añadido a la naturaleza). El cielo como amor realizado siempre puede regalarse al hombre; su infierno, en cambio, es soledad de quienes no aceptan el don, de los que rehúsan el estado de mendigos y se encierran en sí mismos.


Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo-II, Movimiento Cultural Cristiano, Madrid 2007, 61


4/ Cfr. Aurelio Fernández, Teología dogmática, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2009, 1040.

 

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