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EL PECADO QUE NOS ESCALDA

1 mayo 2016

No hay Confesión sin pecados. ¿Qué es el pecado? ¿Cómo sé yo que estoy en pecado? ¿Qué clases de pecados hay? ¿Se perdonan todos los pecados? Estas y otras cuestiones hacen hoy a mis dedos saltar de tecla en tecla, y a mi corazón quereros, incluso, más cuanto más pecadores, porque mi Señor dice “no necesitan médico los que están sanos, sino los enfermos” (Lc 5,31)…, y yo trabajo para Él.- Miguel

EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA-II:

EL PECADO QUE NOS ESCALDA

 

Pinchad aquí para el artículo primero: Lo primero, la definición

Pinchad aquí para el artículo segundo: El pecado que nos escalda

Pinchad aquí para el tercero: Pero… ¡si yo no tengo fe!

Pinchad aquí para el cuarto: Pero.. ¡si yo no tengo pecados!

Para el quinto: El infierno-I, aquí.

Para el sexto: El infierno-II, aquí.

Para el séptimo: El infierno-III, aquí.

Para el octavo, “Yo me confieso con Dios”, aquí. 

Para el noveno, “¡Es que volveré a cometer los mismos pecados…!, aquí.

Para el décimo, “Pero… ¡es que me da muchísima vergûenza!

Para el undécimo: “A vueltas con el dolor de los pecados”

 Es gracias a la medicina de la confesión como la experiencia del pecado no degenera en desesperación.- S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 311

“Si tuviésemos fe y viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror”

(S. Juan María Vianney, cit. por Juan XXIII, enc. Sacerdotii nostri primordia (1959), 3

“El pecado es un crimen infinito de lesa divinidad”

(Benedikt Baur, La confesión frecuente, Herder, Barcelona 1967 (5), 126).

“Pecar es obrar solamente con un fragmento de nosotros mismos”

(Gutave Thibon).

Museo de los pecados


En el tesoro que es el catecismo de mi niñez (2.º grado, texto nacional: todavía es mi brújula), el pecado se define como “desobediencia voluntaria a la Ley de Dios”. Y la Ley de Dios, ya sabéis que es la del monte Sinaí, entregada a Moisés; pero es la expresión positiva y verbal de otra ley que todos, estén donde estén y profesen la religión que profesen, o el ateísmo, o lo que sea, tienen impresa en el alma por el simple hecho de ser personas humanas: la ley natural.

Los tipos de pecados se establecen principal, pero no exclusivamente, en relación con la materia, es decir: con el objeto, con el acto realizado. Y son:

Uno. Graves o mortales. Son los que, por la gravedad del objeto, expulsan del alma la vida divina, esto es, la gracia, la presencia de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, la filiación divina. La consecuencia es que el alma que muere en pecado mortal se ha buscado el infierno (la muerte ahora eterna), y como lo quiere, a él se va con su propio petate.

Lo que ocurre es que, para que haya un pecado mortal, debe haber los siguientes requisitos:

a) Materia grave. A menudo es difícil discernir. Un aborto es un pecado extremadamente grave. En cambio, mientras que el robo es pecado, ¿cuándo es mortal? Robar un céntimo difícilmente es grave; robar 10.000 euros, casi siempre. Robar veinte euros a un rico no lo será; robárselos a un pobre probablemente lo será. ¡La moral no es una ciencia exacta!

b) Plena advertencia. Para que el pecado sea grave, es necesario también que el sujeto sea consciente de ello. Matar a un hombre es materia grave, pero si unos matos me lo tapan y yo creo que es un jabalí, no hay pecado ni siquiera venial, por más que duela. Ahora bien, no cualquier ignorancia nos exime de culpa. Veréis: en Sl 19(18),13, se dice: “¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta”. San Juan Pablo II, en un pasaje que no logro encontrar, decía, más o menos, que ciertamente es grande la libertad que tenemos de obrar según conciencia, pero más grande es la obligación de buscar la verdad; por eso el salmista no se siente justificado por no conocer las interioridades de su organismo moral, las leyes, etc.

Y Benedicto XVI vuelve sobre el mismo versículo para decirnos:

No reconocer la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía. Si Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme.


Benedicto XVI, Spe salvi, 33.

c) Perfecto consentimiento. Esto es a menudo muy discutible. Por poner un ejemplo claro, no hay perfecto consentimiento cuando, porque me amenazan con pistola para que lo haga, rompo la luna de una tienda y desvalijo el local.

Por lo demás, es frecuente que haya factores de muchos tipos que rebajen la gravedad del pecado, que hagan que el mortal sea venial, incluso que eximan de culpabilidad (esto es: no hay pecado). He aquí un ejemplo, sobre el pecado (grave) de masturbación, tomado del Catecismo de la Iglesia Católica, que no me dejará mentir:

Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral


Catecismo de la Iglesia Católica, 2352

Dos. Leves o veniales. Son leves los pecados que quebrantan la Ley de Dios, pero en materia de menor gravedad. También los pecados que puedan ser graves por la materia, pero se cometieron sin advertencia plena o consentimiento perfecto. Esta vez me voy al texto nacional en su tercer grado, y leo sobre los efectos del pecado venial:

El pecado venial disminuye el fervor de la caridad, nos dispone al pecado mortal y nos hace merecedores de las penas del purgatorio.


Comisión Episcopal de Enseñanza, Catecismo (Tercer grado. Texto nacional), Madrid 1962, 155

Hoy creo que toda la doctrina y la teología se abalanzarían, agresivas, sobre el término penas referido al purgatorio, pero no es mi tema, y me limito a apuntarlo.

La seriedad extrema del pecado


Ahora bien, como nos conocemos de hace tiempo, tengo que advertir que el hecho de que no sea mortal, sino venial, no quita a un pecado una importancia gravísima si, en lugar de enfocar la cosa por el lado de la materia, la advertencia y el consentimiento, nos fijamos en el solo dato de que son pecados. Y aquí dice el Catecismo de tercer grado (que, por haber sido promulgado por la Conferencia Episcopal, es magisterio de la Iglesia):

Debemos aborrecer el pecado más que a todo otro mal, porque el pecado, lo mismo el mortal que el venial, es un acto de desobediencia a Dios y una ingratitud hacia su amor infinito.


Comisión Episcopal de Enseñanza, o. cit., p. 155. (Las negrillas son mías.)

Me trae esto a mí el recuerdo de aquel lema, definitivo como una espada, que se proclamaba más anteayer que hoy: “¡Antes morir que pecar!”; y que a su vez me parece una perfecta traducción del versículo del Salmo: “Tu gracia vale más que la vida” (Sal 63(62),4).

Y el Beato Card. John Henry Newman testifica que

la Iglesia católica sostiene que si el sol y la luna se desplomaran, y la tierra se hundiera y los millones que la pueblan murieran de inanición en extrema agonía (…), por lo que a males temporales atañe, todo ello sería menor mal que no que una sola alma (…) cometiera un solo pecado venial, dijera deliberadamente una mentira o robara, sin excusa, un penique.


B. John Henry Newman, Apologia pro vita sua, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1977, 194).

Me parece que, sobre esto, no hace falta más.

Dos asuntejos


Pero creo necesario tocar algunos puntos más, independientes entre sí, pero concernientes todos al pecado.

Uno. ¿Perdona la Iglesia todos los pecados? Más correcto es decir que los perdona Dios por medio de su Iglesia, pero sí, siempre y cuando haya arrepentimiento y propósito de la enmienda (hablaré de esto). Y no existe excepción alguna. Alguno argumentará con las palabras del Señor: “El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca” (Mc 3,29; cfr. Mt 12,32; Lc 12,10). No me olvido de mi deber de escribir un poco más largo, en otra ocasión, sobre este tema, pero adelanto la conclusión: el pecado contra el Espíritu Santo es el de quien no quiere dejarse perdonar. Por parte de Dios, hay perdón pleno, clamoroso, efusivo; pero el otro no se deja. Y Dios, porque así se lo impuso, no violenta la libertad ni una vez en la historia. Imaginad una botella tapada debajo del grifo, porque el grifo es el perdón, y la botella es ese pecador. Y es que Dios siempre -sin faltar jamás- es Padre de todos a pesar de que muchos no sean hijos suyos. Prefieren el “Colacao”.

La Iglesia, así, ha recibido potestad para mediar en el perdón de todos y cada uno de los pecados, independientemente de su gravedad. Ahora bien, hay pecados de los que no puede absolver cualquier sacerdote, salvo peligro de muerte. Son pecados reservados. Un aborto, en principio, lo es, y ha de absolver el penitenciario de la catedral (omito otros detalles). Hay otros pecados reservados a la Santa Sede (y, ahora, pueden absolver los Misioneros de la Misericordia en cualquier lugar), como ejercer fuerza física contra el Papa. Si no se cuenta con la presencia de los Misioneros de la Misericordia, el procedimiento, al menos en caso de urgencia, es el de absolución y ulterior envío a la Penitenciaría Apostólica de una carta en la que se cuenten los pecados reservados que se han confesado, para que se imponga la penitencia correspondiente; supongo que hay que hacer alguna mención de los demás pecados graves confesados. Y por último, esta carta no puede escribirla el sacerdote, porque sería revelación del secreto de Confesión; debe escribirla el penitente.

Dos. Restitución. Lógicamente, quien se arrepiente de un pecado lamenta, con él, las consecuencias que pueda haber tenido para personas determinadas. Y, lógicamente, tiene el deber de reparar el daño causado. Normalmente se causa daño en el séptimo Mandamiento (“no hurtarás”) y en el octavo (“no dirás falso testimonio ni mentirás”); habrá que devolver el dinero, y eso hay muchas maneras de hacerlo, que conviene acordar con el confesor: porque no necesariamente, por el ejercicio de la restitución, ha de saberse quien cometió aquel hurto, defraudación, etc. O bien habrá que encontrar el modo de restituir la buena fama si hemos murmurado (difundido defectos de otros que son verdaderos) o calumniado.

Y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22)


Después de lo dicho, ¿es posible una visión positiva del pecado? No y sí. Ante todo, no, porque el Ofendido es el Infinito y el pecado (cualquiera, hemos podido ver) es infinitamente grave.

Y después, sí. Una vez me decía un amigo que “la Iglesia ha hecho cargar a la gente con la culpa”. Supongo que suponía que el pecado es invento nuestro. Pero está (por ley natural) en todas las conciencias humanas. Si es así, lo propio del cristianismo es haber venido con el remedio.

Recuerdo uno de aquellos sábados de noviembre en que rezábamos el Rosario por los difuntos en el cementerio de aquel pueblo burgalés. Y yo, de repente, me dejé pensar: “Los cristianos debemos de ser los únicos locos del mundo que no tienen inconveniente ninguno en cantar ‘Aleluya’, ‘¡Resucitará!’, ‘¡El Señor resucitó!’, ‘¡Cantemos y gocémonos!’, ante la evidencia de piedra de tantos muertos y de tanta muerte”.

Pero quisiera que adoptaseis la óptica positiva frente al pecado con una oración litúrgica (tampoco la Iglesia me deja mentir), porque, en pleno corazón del año litúrgico, en la Vigilia Pascual, hemos cantado el maravilloso Pregón pascual, que contiene estrofas de una intensidad como esta:

Él ha pagado por nosotros al Eterno Padre
la deuda de Adán
y, derramando su Sangre, canceló el recibo,
del antiguo pecado […].

Por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo, son arrancados
de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y son agregados a los santos […].

¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

Aquí tenéis la versión íntegra, en latín y en castellano.

Con este artículo, os propuse algunas versiones cantadas y más cantos pascuales..

Chicos, sabedlo: en la Iglesia solo hay alegría. La Penitencia es el sacramento de la alegría. Alguno ha dicho: “Lo que hacéis contra la Iglesia, lo hacéis contra la alegría”.


1 Pero hace una remisión: “Cf. S. Agustín, Sermo 352, 3, 8-9: PL 39, 1558 s.”

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