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ELLOS SIGUEN PASANDO

18 noviembre 2014

Julio Manegat

Valiéndome de una sutil maniobra, he recuperado este impresionante cuento, que tenía vivo en la mollera desde hace innúmeros años. Da título al libro de Julio Manegat (1922-2011) Ellos siguen pasando (Plaza y Janés, Barcelona 1979, leemos las pp. 131-135), en el que el autor ofrece unas combinaciones de realidad y ficción de excelentes resultados. Es evidente que el cuento de hoy supone una grave moraleja, pero no esperaréis que sea yo quien os haga el trabajo. Porque no.

«Y ELLOS SIGUEN PASANDO…»


Para David Huffstetler el día se insinuaba feliz. Era hermoso tener veinticinco años, estar a punto de casarse con la chica más bonita del pueblo, trabajar en lo que le gustaba mientras seguía los estudios de arquitectura, gozar de buena salud y no haber perdido el tiempo en su joven vida. ¿Qué se puede desear? Bueno, sí, tal vez que no nevase en las Montañas Rocosas, porque siempre es molesto tener que realizar un viaje en malas condiciones.

Porque el viaje, un par de cientos de kilómetros hacia el interior, tenía que hacerlo.

Aquellos planos también eran como un hermoso presentimiento de futuro. No podía dejar de llevarlos, como le habían pedido los arquitectos. Tanto más cuanto que él había dejado muchas de sus horas sobre aquellas líneas que eran ya una casa, habitaciones, escaleras, hasta voces de los futuros inquilinos.

Conducía tranquilo su viejo coche. Conducía tranquilo y dichoso, dejando que le adelantasen los vehículos más modernos, más impacientes. Arriba, hacia las montañas… ¡Qué hermoso es el país! Los abetos comenzaron a dibujar formas hacia las nubes. Entre ellos se oscurecían los márgenes de los campos, las quebradas, los techos de las granjas que, cada vez más solitarias, aparecían y desaparecían ante el cristal del viejo y bonito Ford.

Y fue apenas iniciada la áspera subida a las montañas cuando comenzó a nevar. Era una nieve suave, blanda, casi cariñosa. David sonrió pensando en Betty, que le esperaba, al regreso, en su casa, enamorada y tierna, tibia y presente. Pero la nieve comenzó a hacerse más espesa y la carretera se cubría de los copos, que, David lo reconoció así, empezaban a hacerse molestos. Cuando del motor salió aquel extraño sonido, David no se inquietó lo más mínimo, pero el ruido se produjo de nuevo. Una y otra vez, pareció que al motor le sucedía algo. El Ford comenzó a bajar la interminable cuesta entre abetos en el instante mismo en que, tras unos bruscos rugidos, el motor se paró.

David se dio cuenta en seguida de que no sería una avería fácil, sino todo lo contrario. Descendió del vehículo y, haciendo acopio de fuerzas y de habilidad, consiguió apartarlo de la carretera y detenerlo en un arcén, al lado mismo de unos arbustos ya cubiertos por la nieve. Levantó el capó y miró con atención. Tras unas rutinarias comprobaciones, se desalentó al convencerse de que, en efecto, aquella avería estaba dentro del bloque, seguramente en los cilindros, y nada podía él hacer. «Bueno, paciencia. Será cosa de regresar a casa y dar por finalizado el viaje. Lo siento por la urgencia que tenía James de entregar estos planos. Pero aquí no vale ahora lamentarse. Señor mío, a casa, y a darle una sorpresa a Betty.»

David, al borde de la carretera, llevaba ya una hora bajo la ya indudablemente copiosa nevada, intentando detener a alguno de los coches que pasaban en dirección a Green River, en el estado de Wyoming. Pero los conductores, sin hacer el menor caso de las señales del muchacho, seguían su camino.

David se estremecía de frío, empapado por la nieve, sin haber comido ni bebido nada en varias horas. Desechó desde un principio la idea de caminar, avanzando o retrocediendo, hasta encontrar un pueblo o una granja. Sabía perfectamente que el último pueblo estaba a no menos de treinta kilómetros y que el más cercano hacia adelante no estaría a menos de quince o veinte. Con aquella nevada, era imposible pretender llegar a pie. Y menos aún cuando la tarde avanzaba y la noche era un presagio de helada soledad. Tontamente pensó que si funcionase el coche, el motor del coche, pondría la calefacción y entraría en calor. Se rió de su pensamiento, puesto que, si funcionase el motor, ya no estaría él en aquella penosa y un tanto difícil situación.

Apenas podía distinguirse en la oscuridad de la noche. David encendió las luces del automóvil para llamar la atención a los conductores de los demás vehículos. Ya daba lo mismo que los coches pasasen en una u otra dirección: Lo único que importaba es que alguien se diera cuenta de que se hallaba en un grave peligro que, segundo a segundo, se hacía más evidente y desesperanzado. David agitaba cada vez con menos fuerza los brazos, intentando que algún viajero le hiciese caso. El desaliento le llegaba como a bocanadas de aire helado, de soledad helada, de miedo helado y cubierto de copos de nieve.

La noche se hizo insoportable para David cuando apenas pundo arrastrarse hasta el automóvil. Casi once horas habían pasado, y ni uno solo de los vehículos que transitaban por la carretera dejó de pasar de largo. David, aterrorizado, pensó que acaso creyeran que era un maleante que pretendía robar en la noche… Y su mente dejó de funcionar con equilibrio.

Acurrucado en el asiento delantero del Ford, apenas sus ojos podían ya distinguir las ráfagas de los autos que tan cerca se oían. Su mente era un desierto tan blanco como la nieve que se helaba en las bajas temperaturas. Pensó en Betty y supo que iba a morir. Entonces hizo un supremo esfuerzo y llevó la mano hasta la guantera.

Cuando por la mañana se detuvo el coche de la policía, los agentes no podían admitir aquella dolorosa escena que contemplaron: reclinado sobre el volante, el cadáver de aquel hombre joven que sostenía, aferrada a los muertos dedos, la pistola con la que se había disparado un tiro en la sien. Junto a la mano, en el asiento de la derecha, la apenas descifrable escritura del muerto: «He estado esperando once horas a que alguien se detuviese. No puedo soportar más el frío, y ellos siguen pasando…»

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3 comentarios leave one →
  1. 18 noviembre 2014 21:27

    Muy triste el cuento.

    Puede que no sepamos ayudar, o que no sepamos pedir ayuda, o que pidamos ayuda a quien no corresponde, o que no pidamos ayuda a quien nos puede ayudar, o que no nos dejemos ayudar, o quizás vamos cada uno a lo suyo y no nos preocupamos de los demás.

    A lo mejor si el del cuento hubiera esperado un poco más, hubiera parado alguien a ayudarle, o quizás no hubiera muerto.

    Creo que hay que darle una oportunidad a la vida y seguro que nos encontramos gente que merece la pena y que nos ayuda, incluso aunque no sea de la forma que esperamos, o a quien podamos ayudar.

    Todo este revoltijo de cosas es lo que ha pasado por mi cabeza al leerlo.

    Me gusta

    • 19 noviembre 2014 13:48

      Esperó once horas. Ya no había ningún “poquito más” que seguir esperando. Se había hecho evidente la insolidaridad que mata, la misma que mantiene once siglos en el hambre a tantas regiones de la tierra.

      David empuñó el arma; pero el gatillo lo apretamos nosotros mientras seguíamos pasando.

      Me gusta

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