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RASGOS GENERALES DE LA ESPIRITUALIDAD MARIANA EN SAN JUAN DE ÁVILA

Que tal es el amor de esta Señora, que, aunque derraméis

la sangre, es bien empleado por ella

(S. Juan de Ávila, Sermón 63,551).

Un tan destacado mariólogo y avilista como es Juan Esquerda Bifet ofrece en su blog un vocabulario mariano en el que incluye abundantes fichas especiales dedicadas a estudiar en las obras de San Juan de Ávila los temas examinados1. Nos ha parecido un adecuado punto de partida para estudiar la espiritualidad mariana de Ávila. Y lo hemos hecho tomando en cuenta las orientaciones de Esquerda, pero, sobre todo, aprovechando las remisiones que ofrece a las obras del santo, casi siempre estudiándolas mucho más por extenso de lo que Esquerda reseña: ya que, como mínimo, hemos procurado recorrer el parágrafo completo.

Nuestro método, por lo demás, no tiene secreto alguno: consiste en una combinación de la exposición con el comentario, permitiéndonos, para este, bastante libertad en cuanto al alcance.

Empleamos la ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila-II y III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1970, no sin dejar de advertir que las opciones en lo que se refiere a modernizar o no unos y otrros rasgos lingüísticos parecen algo caprichosas (en particular, nos lo parece en relación con los grupos consonánticos y las variaciones vocálicas).

Esquerda emplea exclusivamente los sermones marianos2 (quizá sea una crítica que pudiera presentársele), y por esa razón nosotros indicamos escuetamente el número de sermón y los números de línea de la ed. reseñada.

Presentamos las características de la espiritualidad mariana en un orden de simple enumeración, dado que no parece fácil encontrar entre ellos una estructura clara de dependencias.

En los siguientes términos:

1. Se diría que el apóstol de Andalucía, siempre que habla de María, se siente urgido por las palabras de ella en Caná: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Por eso, insiste incansable en que la devoción mariana no puede quedarse en unas prácticas. “¿Pensáis que es ser devotos de la Virgen, cuando nombran a María, quitaros el bonete no más? (63,530s.). La devoción mariana se encamina a ponernos y mantenernos en vías de vida cristiana.

2. Para Ávila, la devoción mariana es connatural al cristiano como la creencia en Dios es connatural al hombre, e incluso por esta vía se llega a probar la maternidad espiritual:

“Mirá, uno de los argumentos con que se prueba que hay Dios es este […], que todos llaman a Dios en sus necesidades de puro instinto de naturaleza […]. Luego […] Dios hay. Pues así acá ha puesto Dios este instinto en todos los cristianos de llamar luego a la Virgen María. En tiniendo una necesidad, luego: ‘¡Oh Señora, defiéndeme, ruega por mí a Dios!’ Y pues todos la llamamos en nuestros trabajos, señal es que ha puesto Dios en el corazón de ella que ruegue a Su Majestad por nosotros; luego pues es nuestra madre”3 (62,778-793).

Y no deberá dejar de notarse cómo, en esta identificación casi indudable de la intercesión con la maternidad, viene envuelta la concepción de la mediación mariana como ejercicio de la maternidad espiritual. No nos parece, de todos modos, que se trate de una novedad, aunque terminológicamente creemos que no llegó a troquelarse así hasta el siglo XX, y ello entre largas disputas.

Puede comentarse también el hecho de que San Juan ubique en el Corazón de la Virgen esa intercesión que es maternidad. Es el amor lo que conforma una maternidad, y “un hijo es un amor que se ha hecho visible” (Novalis)4.

3. Nos parece particularmente llamativa la estrechez del lazo que San Juan sin cesar establece, de modo indesligable, entre María y Cristo; y, con ello, sus consecuencias espirituales. En 68,247ss., encarece la fe indeficiente de María y su unión sin tacha con el Redentor, y la compara con la actitud de tantos que creen con “fe muerta” (cfr. St 2,17.26); pero trae a colación a quienes se prestan a la gracia de la conversión, y describiendo su dicha, en el árbol que presentará en el siguiente pasaje, el autor significa a María, y en el fruto, a Jesucristo:

“…le ha puesto [Dios] en el camino del cielo por los merecimientos y sangre de Jesucristo Hijo de la virgen María. ¿Cómo podrá este, viéndose tan remediado por el Hijo de la Virgen, dejar de decir con entrañas y lengua: ‘Bienaventurado el vientre que te trujo y las tetas que mamaste’ [Lc 11,27]? Si p0r comer del fructo de un árbol parece que le agradezco al árbol y lo bendigo, y si con comer de aquel fructo escapase de una ponzoña mortal, ¿cuántas veces diría: ‘Bendito sea Dios, que crió aquel árbol’!”5 (68,278-286).

El tema está permitiéndonos disfrutar de palabras singularmente bellas. Pero San Juan insiste, con mucha más belleza en esta ocasión:

“Por Señora tienen a la Virgen, y por muy obligados a sus servicios, los que han recibido la vida por el fructo de su vientre, que es Jesucristo. No se aparta de su corazón la memoria de ella, ni de su boca la alabanza de ella6; y a veces a solas, como el arcángel San Gabriel y Santa Elisabet, la bendicen; y, si es menester, la bendecirán delante de toda la infidelidad, aunque les cueste la vida. Mas los que no gozan del fructo de su vientre, no viven con la vida que trujo” (68,290-298).

Admirable, pues, la insistencia en el fructo de María, por quien hemos recibido la salvación. Sin Jesús, María no sería nada; sin María, el Hijo acaso no se hubiera encarnado7. Pocos autores han trazado con esta fuerza la unión del Hijo y la madre8, que nos ha obligado a comenzar refiriéndonos a la admonición mariana “haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Y, al ser tan íntima la unión, no solo nos abre el camino a Jesús por María, sino también el camino a María por Jesús, como se ve cuando -según lo leído- el convertido entiende que ha de dar gracias a María por haber dado a luz a quien lo ha justificado a él.

Y es justo aquí donde puede tener su mejor lugar una modesta crítica a Esquerda Bifet. El eminente mariólogo y avilista dice: “La espiritualidad cristiana es eminentemente cristológica y eclesiológica; por esto es también mariológica” (Esquerda, p. 1). ¿A quién está más unida María: a Cristo, o a la Iglesia? Por eso se pudo decir: “…es cristológica y mariológica; por esto es también eclesiológica”. No es cuestión de entrar en detalles, pero nos da la impresión de que Esquerda, inconscientemente, está proyectando, con fabuloso anacronismo, la sabida posición eclesiotípica en mariología, que arribó al Vaticano II y en él se enfrentó con la cristotípica. Contra la opinión quizás dominante, estamos bastante seguros de que el Concilio privilegió a la cristotípica sobre la eclesiotípica. En cualquier caso, no hay espacio ninguno para instalar la oposición en la descripción de la mariología de un santo del siglo XVI.

4. San Juan de Ávila remarca la importancia de la devoción mariana, que -como es muy común- califica de señal de predestinación.

5. Insiste en las señales de autenticidad, cuales son la invocación y otras, pero, señaladamente, la imitación9:

“¿Qué resta, sino que hagamos lo que está escripto: No dejes, hijo, la ley de tu madre [Prov 1,8]? Y ella misma nos dice: Bienaventurados los que guardan mis caminos [Prov 8,32]. Y si la amamos, imitémosla; si por Madre la tenemos, obedezcámosla. Y lo que nos manda es que hagamos todo aquello que su Hijo bendicto nos manda [cfr. Jn 2,5]. Porque el camino por donde ella ganó lo que tiene, la obediencia de Dios fue. Y si esta no tuviera, ningún cosa le aprovechara ser Madre de Dios según la carne; y toda persona que guardare la santa voluntad de Dios, será madre de Dios [cfr. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21] sigún el espíritu” (67,118-125).

Pervive en este sentir una tradición viva desde los Padres de la Iglesia, según la cual María es madre de Cristo según el corazón mucho más que según la carne; de hecho, en la frase “ninguna cosa le aprovechara ser Madre de Dios según la carne”, es casi seguro que hay algún recuerdo -siquiera sea inconsciente- de la famosa sentencia de San Agustín materna propinquitas nihil Mariae profuisse nisi felicius Christum corde quam carne gestasset10.

6. La presencia y el influjo de María aparecen de continuo en todos los momentos de la vida espiritual, comenzando por la primera disposición, efecto de la gracia preveniente: “Entiende que anda por tu corazón el favor de la Virgen María, que te ha alcanzado la gracia preveniente” (60,529-531). Para después: “Hermano, pasa adelante… porque crezca en ti la gracia de Dios. Porque así como hallaste a la Virgen fuerte y piadosa para que salieses de la escuridad de la noche a la lumbre del alba, de la mesma manera la hallarás también para que crezcas en la buena vida que con su oración te alcanzó” (60, 651-656).

7. La indesligable ligazón reseñada entre María y su Hijo tiene una consecuencia: si María (inmediatamente) nos conmina: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,59), entonces, “aquel tiene a la Virgen, que tiene a su Hijo o lo quiere tener; el que está en gracia le tiene” y también quien está en vías de conversión (66,308ss.). María, afirma expresamente Ávila, es ciertamente abogada de pecadores, pero

si no es oída, es porque no la oímos en el sermón que nos predica: Quodcumque dixerit vobis, facite. Si ella está rogando por mí arrodillada delante de Dios, yo estoy enhiesto en mi voluntad, duro con malquerencia, abominable con deshonestidades […]. Es impedida la oración de ella con nuestros pecados” (67,327-332).

8. “Por esto [por ser cristocéntrica], es verdadera ‘devoción’, porque es entrega al camino de perfección o de unión con Dios, a ejemplo de María y con su ayuda” (Esquerda, p. 3). Ciertamente, devotio se deriva de devoveo, “dedicar, consagrar”, etc., y por ello se traduce “voto, consagración, dedicación”, etc.: y esa es la entrega a que alude Esquerda; lo que late detrás de esta afirmación del teólogo es que solo a Cristo, a Dios, podemos tributarle una verdadera entrega, devoción, consagración, dedicación: verdad inobjetable, a no dudar; y es bueno advertir cómo la consagración a María (forma natural a que tiende necesariamente la devoción) se funda en el hecho de que María vivió y vive consagrada a Dios. “¡Ah, Yahveh, yo soy tu siervo, tu siervo, el hijo de tu esclava, tú has soltado mis cadenas!” (Sl 116,16). Solo así consagrarse a María puede ser consagrarse a Dios, y no un camino errado que nos hace perder: en definitiva, una idolatría.

Bibliografía

Ávila, San Juan de, Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila-II y III, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1970

Agustín, San, De sancta virginitate, 3: PL 40,398

Benedicto XVI, Enseñanzas de Benedicto XVI-IV: 2008 (José A. Martínez Puche, ed.), EDIBESA, Madrid 2009.

Grignion de Montfort, San Luis María, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, Sociedad Grignion-COMBEL, Barcelona 2006

íd., El secreto de María, Sociedad Grignion de Montfort-COMBEL, 200532

Pérez, Nazario, Vida mariana (Exposición y práctica de la perfecta consagración a la Santísima Virgen), Sal Terrae, Santander 19517

Ruiz Tintoré, Miguel Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, en la obra del P. Joaquín María Alonso. (tesis de licenciatura), Facultad de Teología del Norte de España, Burgos 2012 (inéd.)

Internet

Blog de Juan Esquerda Bifet: Compartir en Cristo indicativo es compartirencristo.wordpress.com/ (datos a fecha 25/4/2016)

Obras de mariología del autor de estas líneas: soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/las-glorias-de-maria/.

Abril de 2016


1 El blog lleva el título de Compartir en Cristo, y el indicativo es compartirencristo.wordpress.com/

2

Estos sermones fueron desde muy pronto editados por sí solos bajo el título de Libro de la Virgen María. Antes podemos ir, ya que, en la primera edición de las obras de S. Juan, en el segundo volumen de la tercera parte (1596), los sermones aparecían como dos Tratados de la Virgen Nuestra Señora. Debió de mantenerse la práctica de publicar el Libro hasta la aparición de la edición de Sala Balust y Martín Hernández, ya que nosotros poseemos un tomito, segundo de las Obras espirituales del Beato Juan de Ávila, que contiene el Libro de la Virgen Santa María, nuestra Señora, y se publica en 1941 (Apostolado de la Prensa, Madrid).

3 “No es menester detenernos a probar esta verdad [la maternidad espiritual de María]; pues fuera eso hacer injuria a los piadosos lectores, que la sienten sin duda profunda y tiernamente, por un como instinto de la gracia, así como por la voz de la naturaleza conocen a sus madres los pequeñuelos” (Nazario Pérez, Vida mariana (Exposición y práctica de la perfecta consagración a la Santísima Virgen), Sal Terrae, Santander 19517, 64).

4 Es en este ámbito de la maternidad respecto de nosotros donde el Corazón de modo natural despierta más intensamente nuestra adhesión y más puede convocar el corazón nuestro, porque pone ante los ojos lo más acendrado de lo más atrayente de María para nosotros, que es el amor maternal” (Miguel Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, en la obra del P. Joaquín María Alonso. (tesis de licenciatura), Facultad de Teología del Norte de España, Burgos 2012 (inéd.), 226. La comprobación de los hechos hace asegurar que los cristianos, que conocen tantos hermosos privilegios de María y que incluso saben que sin disputa el mayor es la maternidad divina, buscan a María por razón de su maternidad espiritual: porque ella es nuestra madre, y eso es en la práctica lo que pesa.

5 “Quien desee tener el fruto maduro y bien formado, debe tener el árbol que lo produce. Quien desee tener el fruto de vida -Jesucristo-, debe tener el árbol de vida que es María” (San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 164: Sociedad Grignion-COMBEL, Barcelona 2006, 109). Para Montfort, el árbol va mucho más allá de ser una simple metáfora: “Plantado este árbol [la verdadera devoción, la Esclavitud Mariana] en un corazón muy fiel, quiere estar expuesto a todos los vientos, sin apoyo alguno humano; este árbol, que es divino, quiere estar siempre sin criatura alguna que le pudiera impedir levantarse a su principio, que es Dios. Así que no ha de apoyarse uno en sus talentos naturales, o en su crédito o en la autoridad de los hombres, hay que recurrir a María y apoyarse en su socorro” (íd., El secreto de María, n.º 70: Sociedad Grignion de Montfort-COMBEL, 200532, 75).

6

Los editores no han consignado la procedencia de estas palabras que ponen en cursiva.

7 “Todo ha venido de Cristo, incluso María; todo ha venido por María, incluso Cristo” (Benedicto XVI, Lourdes, 14 de septiembre de 2008: Enseñanzas de Benedicto XVI-IV: 2008 (José A. Martínez Puche, ed.), EDIBESA, Madrid 2009, 332).

8 Una nota textual que puede hacerse casi por curiosidad es la siguiente: en este parágrafo se cita Ecclo 24,26: Transite ad me omnes qui concupiscitis me et a generationibus meis adimplemini. Y traslada las generationes como sus virtudes, que hemos de imitar. Pero en el Sermón 46,12-19, las generationes fruto de la Virgen son la Eucaristía. Y en el Sermón 61,228, son de nuevo las virtudes de María. Bien se ve que San Juan, saludablemente, no se sujetaba a unos principios rígidos en la interpretación de la Escritura, y, al parecer como se hace hoy, deja que el texto dé de sí todo lo posible mientras con ello no se incurra en abuso.

9 Vera devotio est imitare quod colimur: el adagio podría ser agustiniano.

10 S. Agustín, De sancta virginitate, 3: PL 40,398. Para abundar en el tema, Miguel Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María…, cit., 38-41. Puede consultarse por la internet, a través del indicativo soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/las-glorias-de-maria/. Y, de hecho, la profundización en la materia nos hizo decir en las páginas conclusivas que: “La devoción al Corazón de María [el espíritu, ha dicho San Juan de Ávila], rectamente entendido su objeto, resulta ser una coherente defensa, exaltación y celebración de la primacía de la gracia sobre la naturaleza en María, de lo espiritual sobre lo corporal, de lo perdurable sobre lo efímero, en el mismo orden de ideas en el que San Pablo exalta la “circuncisión del corazón” sobre la de la carne (cfr. Rom 2,28-29), y en el que el propio Jesús tiene en más alta estima la santidad que la maternidad de su madre (cfr. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21; Lc 11,27-28)” (o. cit., 231).

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