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«POR FIN, MI INMACULADO CORAZÓN TRIUNFARÁ». CONCEPTO DEL CORAZÓN DE MARÍA EN EL P. JOAQUÍN MARÍA ALONSO, FIGURA ESTELAR DE FÁTIMA

Comunicación ofrecida el 23 de junio de 2017 en el congreso Pensar Fátima, celebrado (con motivo del centenario de las apariciones) del 21 al 24 de junio, en el centro Pablo VI, de Fátima 

 

“Os daré un corazón nuevo”

(Ez 36,26).

 

Joaquín María Alonso (español nacido en 1913 y muerto en 1981) fue cofundador (1951) y director (1968-1977) de la revista “Ephemerides Mariologicae”; impulsó el mayor proyecto editorial que ha existido jamás sobre el Inmaculado Corazón: la colección Cor Mariae, de la que se publicaron, al parecer, veinticuatro volúmenes; proyectó el Centro Mariano “Cor Mariae Centrum”. Otras iniciativas cordimarianas de Alonso son: la Sociedad Teológica de los Sagrados Corazones (1958); y, sobre todo, una ingente labor de estudio y divulgación de los acontecimientos de Fátima, Pontevedra y Tuy; su Historia crítica de Fátima hubiese constado probablemente de otros veinticuatro volúmenes en dos series, pero nunca se publicó como él la concibió, sino que terminó por incorporarse -supongo que no completa- a la Documentación crítica de Fátima publicada por el santuario entre 1992 y 2013.       Otros méritos de Alonso son la difusión de los mensajes de Pontevedra y Tuy y la vicepresidencia (1973-1980) del Ejército Azul de Nuestra Señora de Fátima). No podemos dar aquí la lista completa de su bibliografía, pero un cálculo aproximado de la extensión de su obra mariológica en general arroja la cifra de 6.000 pp. de una hondura poco frecuente, sin olvidar que escribió también sobre otras temáticas.

Para él, el Corazón de María es el alma del mensaje de Fátima, según examina en un minucioso artículo así titulado que, a nuestro juicio, no deja lugar a dudas.

Un hombre tan centrado en el Corazón Inmaculado de María -por su condición de religioso claretiano, su ejercicio de mariólogo de altos vuelos, su dedicación a los estudios fatimitas- no es extraño que se dejase desafiar por las preguntas últimas. Y si el Corazón es el alma de Fátima, hay que saber qué es este Corazón. Porque no es, como parece, una pregunta baladí, sino, al contrario, bien difícil. Si la Virgen ha venido a Fátima a traernos su Corazón, la ambición de Alonso tenía que ser saber qué era ese Corazón; qué tenía en mente la Señora cuando hablaba de su Corazón. Por supuesto que puede ayudar el conocimiento del Corazón de Jesús, pero nos parece que ese conocimiento no está hecho, y además, el hecho de la unión del Corazón de Cristo con la naturaleza divina en el marco de la unión hipostática marca una línea divisoria[2]. En cualquier caso, las analogías entre Corazón y Corazón son tan obvias, que no es preciso estar anotándolas a cada paso.

 

No suele distinguirse suficientemente entre las locuciones María y Corazón de María, ni se entiende que hay algo en la segunda que en la primera no está. Serían para muchos expresiones sinónimas. La importancia de este hecho reside en que, si el Corazón no aporta nada, no queda sino abandonarlo; carece de especifidad. ¿Y cómo debe concebirse ese algo que defendemos que el Corazón aporta? ¿Qué es el Corazón de María?

En el trayecto que seguiremos, ha de hacerse patente la excelsitud augusta del Corazón de María, si bien este Corazón es propuesto más por el Espíritu divino al corazón del cristiano que por el escritor o conferenciante a la vía racional. Emplearé unas palabras del Itinerarium de San Buenaventura, porque, aunque él las escribiera a otro propósito, se adaptan también al nuestro-:

 


Esto es algo misterioso y secretísimo, que solo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo […].

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, […], pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura […]; pregunta a Dios, no al hombre; […] no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente […] [3].


  1. Individuación del objeto de la devoción 

El trayecto que seguiremos tiene dos partes. Estableceremos el objeto de la devoción según Alonso (y en la medida en que yo haya entendido), y después sacaremos un pequeño número de consecuencias importantes.

Y así, debemos buscar el objeto de la devoción al Corazón de María, dejándonos llevar por las reflexiones de Alonso.

 

 1. a) ¿El corazón de carne?

 Distinguiremos, en ese objeto, entre el significante y el significado. Sin  duda, el significante es el corazón físico.

Y hemos de preguntarnos qué estatus otorgamos al corazón de carne. ¿Es el corazón orgánico de María el objeto de la devoción? La cuestión estuvo sobre el tapete desde los días de San Juan Eudes y Santa Margarita María. En mi opinión, el P. Alonso resolvió definitivamente el problema y, quebrando dicotomías que se suscitaban, salvó en el plano teórico la misma posibilidad de la devoción.

Alonso despeja el corazón de carne del centro del escenario, para no contemplar en él más que un “elemento material de ascensión al espíritu”[4]. “El corazón de carne no sirve más que para fijar el espíritu”[5]. Por este procedimiento, Alonso

– evita concepciones cosificadoras del Corazón de María;

– termina con el hecho inevitable de que el corazón de carne, percibido como objeto material, se interponga entre el orante y la Señora, en incongruente redundancia o duplicidad con ella;

– otorga fundamento a una posibilidad de delinear un concepto del Corazón de María que será centro de María, de la mariología y de toda devoción mariana; a esto hemos de volver.

Queda, pues, el músculo cardíaco reducido a la mera condición simbólica de índice, y el término indicado, el verdadero objeto de la devoción, es la persona de María en cuanto amante, como hemos de ver. Lástima que, por ser índice, un día y otro se cumpla el conocido adagio: “Cuando el sabio alzó su índice señalando a las estrellas, el necio se quedó mirando al dedo”.

Seguir tomando como objeto el corazón muscular equivale a degradar una devoción que, si algo es, es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).

 

 1. b) Objeto real de la devoción

        Hasta aquí, el significante. Para acceder a su significado –para saber adónde indica el índice constituido por el corazón de carne-, Alonso ha escogido aceptar el simbolismo natural, entre otros criterios posibles, que no dejaremos de tener presentes. Y este símbolo ofrece muchas posibilidades, pero también limita el campo de forma muy orientadora. Al menos en nuestro ámbito cultural, es imposible emplear el  corazón fuera de dos significados secularmente admitidos, a saber, la interioridad de alguien o algo -como cuando hablamos del corazón de una manzana, o de un problema, o de un lugar (París, corazón de Francia), etc.-; y el amor, sobre todo desde el romanticismo, habida cuenta de que el corazón es un órgano manifestativo del amor: el que ama puede ruborizarse y sufrir una subida de frecuencia cardíaca; muchos creen aún que el amor reside en el corazón. El sentido primero, de interioridad, predomina en la Biblia –donde el corazón es ante todo el lugar en que el hombre se encuentra con Dios o lo rechaza- y en toda la literatura cristiana, y el que está presente en los tres versículos del Corazón de María:

– “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2,19).

– “Una espada atravesará tu alma” (Lc 2,34).

– “María guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51).

Podríamos escoger muchísimos versículos más, en los cuales el término corazón evoca la interioridad del hombre.

Pues bien, parece que se impone escoger entre las dos posibilidades: el corazón-interioridad, el corazón-amor. De entrada, he de decir que la interioridad de María es, como saben, un abismo de amor. Si irrumpimos espiritualmente en el Corazón de María, haremos pie en el amor más enorme que tiene –todavía hoy- una mera creatura[6].

Y podemos aquí recordar a San Juan Eudes, que con la devoción al Corazón de María entendía -merece la pena fijarse bien-


honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad [7].


A todos nos viene a las mientes la proclama de Pablo:

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos” (1 Cor 13,1), etc.

Nos son conocidas también las calificaciones de San Agustín y Santo Tomás para la caridad: el primero la llama vita virtutum, y el segundo, forma virtutum[8]. El amor es a las virtudes como la mano a los dedos.

Si esto es así, es lícito considerar el Corazón de María como amor, a condición de que -conciliando alternativas- lo entendamos como San Juan Eudes: un amor que es origen de todo en la persona de María, central, original, fontal, un amor diffusivum sui, una interioridad, un centro. Joaquín María Alonso habla del “amor como fondo y centro”[9], de eius vitam interiorem in amore fundatam[10], expone que “como raíz y forma, el amor puede ser tomado por toda la vida íntima de María”[11]. Dado que no hay razón para renunciar a ninguna de las dos posibilidades -amor e interioridad-, porque ambas se encuentran en el Corazón, admitiendo las dos, no se pierde ninguna riqueza.

En suma, el Inmaculado Corazón es a la vez amor e interioridad, y ambos se funden, ya que entendemos aquí el amor como origen y raíz; lo cual permite entender comprendidos también, en términos sucesivamente más amplios como planos cinematográficos, la afectividad, la vida intelectiva en cuanto impregnada de amor, la interioridad formalizada por el amor, por último la persona misma en cuanto principio de actos de amor.

No es, pues, el Corazón de María un órgano, sino un principio, no un objeto (menos una cosa), sino una formalidad o modo de considerar: la formalidad de ver a María Santísima de una manera entre otras posibles, a saber, desde el punto de vista de su amor[12]. La mejor definición del Corazón de María que he encontrado son las siguientes palabras de José Ruiz López, que podrían pasar por todo un resumen de las tesis de Alonso: el Corazón de María es “ver a María a través de su amor”[13]. Es, dice Alonso, la persona de María en cuanto principio de actos de amor, el amor en cuanto configura la persona de María. Pero la persona solo puede ser el Corazón de María mientras la entendamos como fuente de amor; en otro caso, estamos venerando a María –acaso bajo una de sus advocaciones-, pero no habrá hecho entrada la especificidad que determina al Inmaculado Corazón.

Y todo ello, visto desde un punto de vista sobrenatural, resulta ser la misma santidad y la misma gracia de María, ya que en ella no existe diferencia entre el amor natural y el amor sobrenatural que constituye la santidad, entendida como unidad personal de vida. Es interesante plantearlo bíblicamente desde Jer 31,33-34; 32,38-41; Ez 36,26-29. Los tres pasajes contienen una profecía de alianza y los tres la refieren al corazón, porque este conocerá la ley del Señor. Citaré solamente Ez 36,26-29:


Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro  interior un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vuestro interior y haré que caminéis según mis preceptos […]. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.


Alonso, con San Juan Eudes, vio en la espiritualidad cordimariana esa renovación del corazón prometida en el Antiguo Testamento, posible solo por la entrega del Espíritu Santo y perteneciente, por tanto, a la Nueva Alianza, y cumplida en María en su “última plenitud”[14]. Las perícopas citadas anuncian la Nueva Alianza de Jesucristo por la cual el Espíritu Santo suprimirá las distancias entre el corazón y la Ley; cuando Él, cancelando la división en el alma, renovará al creyente desde el interior -que es el corazón-, y con ello le hará posible el cumplimiento de la Ley, porque se la introducirá en el corazón en forma de gracia. La religión cristiana es, decididamente, una religión del corazón.

Todo ello se realiza en María, en quien no existió, ni existe, un solo instante en el que ella haya dejado de amar al mismo tiempo las cosas naturales y las sobrenaturales con ese único y unificado Corazón que ella tiene. El Corazón de María es la santidad de María, y si ella no tuviera Corazón, no sería nada.

  1. Consecuencias

 a) Esta concepción alonsiana del objeto hace de este un foco que arroja una potente luz. Al ver el Corazón de María como amor en cuanto principio de la interioridad, y al afrontarlo como formalidad personal, Alonso lo pone en condiciones de informar toda la persona de la Virgen; de informar toda la mariología; y de informar toda forma de espiritualidad mariana. “Toda la belleza de la hija del rey está en el interior” (Sal 44,14, en la versión Vulgata). En la concepción de Alonso, todas las excelencias de María pueden ser enfocadas como partes potenciales de su amor, y por lo tanto de su Corazón, y de forma correlativa, todas las devociones marianas vienen a ser partes potenciales –es expresión del claretiano- de la devoción al Corazón.

El Corazón de María puede informar todas las devociones marianas, interiorizarlas y purificarlas en el mismo alto grado en que se presenta como una instancia capaz de conferir unidad a la mariología. Y ello depende de una sola y evidente razón, que es su radical identificación con la unidad personal de María. 

b) La devoción al Corazón de María es una devoción difícil. Ello explica muchas oposiciones. Las pretensiones, aparentemente injustificadas, de entenderla como forma, vocación, etc., de las devociones –las cuales tienen además fundamento en revelaciones como la de Fátima, cuya alma es el Corazón, y ahí está Santa Jacinta para decir:


tú (Lucia) te quedas aquí para decirles que Dios quiere establecer en el mundo la devoción del Inmaculado Corazón […]. Di a todo el mundo que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella […]; que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios se la ha entregado a Ella, etc. [15]-,


esas pretensiones de entender la devoción al Corazón de María como el alma de todas las devociones a María[16], encuentran a menudo reticencias que provienen de entenderla como una devoción más; y ello resulta de un entendimiento cosístico de su objeto. Pero en la medida en que, lejos de entenderlo como el corazón muscular, se ve en él un Corazón que es formalidad y que es amor como principio y fuente, el Corazón de María deja de ser una parte de María para ser –sencillamente- toda María, aunque vista –y esta es condición fundante- bajo aquella formalidad que contradistingue- la devoción al Corazón de María de la devoción general a la Santísima Virgen.        

c) Y esta devoción, en apariencia tan material (un corazón), es elevadísimamente espiritual, es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23)[17]. Nuestra devoción al Corazón de María, rectamente entendido su objeto, resulta ser una defensa, exaltación y celebración de la primacía de la gracia sobre la naturaleza en María y en todos, de lo espiritual sobre lo corporal, en ese orden de ideas que, entre otras formas, se significa en la Escritura con la idea de la circuncisión del corazón frente a la de la carne[18], y en el cual San Pablo reclama un “culto razonable” (Rom 3,25; 12,1; 15,15s.), que podría equivaler al “culto en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).

En ese mismo orden de ideas, igualmente, el propio Jesús -que dice el Evangelio “que sabía lo que hay en cada corazón” (Jn 2,25)- tiene en más alta estima la santidad que la maternidad de su misma madre (cfr. los llamados “evangelios antimarianos”: Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21; Lc 11,27-28,  y los comentarios de San Agustín[19] y otros padres). Enseña Jesús también que


lo que entra por la boca no hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca: eso sí hace impuro al hombre (…). Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias (Mt 15,18-19).


Está diciendo el Maestro que la carnalidad de unos alimentos u otros no comporta mayor o menor moralidad, frente a los acontecimientos del corazón, que sí la comportan. La moral radica en el corazón. Lo que nos importa es que se expresa esa primacía de lo espiritual sobre lo carnal, y sin embargo, se emplea para expresarlo la carnalidad del símbolo del corazón.

Residenciar todo lo mariano en un núcleo espiritual -y la historia ha elegido el Corazón- vale tanto como extraer la quintaesencia de todos de los aspectos de la persona, de las cualidades y de los episodios vitales de la Virgen María. Y esto es, ciertamente, abrir la puerta a una espiritualidad excelsa.

d) Pocas preguntas nos quedan ya. ¿Qué es lo que está más en el fondo del Corazón de María, lo más radical, la razón última? Yo no vacilo hoy en afirmar que su naturaleza de unidad. El Corazón de María es una especie de última instancia de María, que confiere -como queda dicho- la unidad a la persona de María, la unidad a la mariología y la unidad entre todas las devociones marianas. El Corazón de María es el non plus ultra mariano: por lo mismo que es lo más alto, no existe un más allá al que subir. El Corazón de María es la quintaesencia de todo lo relativo a la persona de nuestra madre. En palabras de Alonso:


La devoción al Corazón de María destaca enormemente esta unidad verdadera [la de la persona de María], en cuanto que nos invita a penetrar en aquella raíz de donde procede todo lo íntimo del alma: “quia ex corde exeunt cogitationes…” [Mt 15,19]. No dividamos, pues, a la Virgen en muchos objetos materiales, sino retengamos el verdadero objeto formal [i. e., razón para la veneración] que guarda la unidad en todas las formas en que se expresa sensiblemente o simbólicamente la devoción en general a la Virgen. Este objeto formal tiene su propia expresión perfecta y simbólica en el Corazón […]. Los símbolos por los que se expresa cada una de las devociones no son sino manifestaciones sensibles de una única razón formal; mientras que el Corazón Inmaculado de María expresa esta misma razón formal, entendida en su unidad formal, como raíz y causa de todas.

[…] La última unidad […] es la unidad superior personal […].

La unidad personal de la Virgen fue la mayor después de Cristo […]. Todos los movimientos y funciones, tanto del cuerpo como del espíritu, se reducen a una sola raíz plenamente personal en la Virgen; y su expresión perfecta y simbólica es el Corazón [20].


Segunda pregunta: ¿qué es lo más excelso de este Corazón, que concita de inmediato el amor y la entrega de quien se encuentra frente a él con espíritu propicio? A no dudar, la santidad. Habrase de tener en cuenta que estamos hablando del Corazón de la Inmaculada. Es cierto que la unidad y la santidad son inseparables; ya que la santidad es unidad de vida, y podríamos recordar aquí varios extremos que hemos examinado, sobre t0d0 la significación de Ez 36,26-29.

Pero, si bien es cierto que la unidad personal (tal como nosotros la entendemos aquí) y la santidad son inseparables, no por ello nos está vedado el distinguir. Y, puesto que el Corazón de María es “ver a María a través de su amor”, y la caridad o amor es la reina de las virtudes, quien cultive esta devoción se acercará como más no es posible a la santidad maternal de la Reina Inmaculada.

No nos está vedado el distinguir, y nosotros reconocemos a la unidad del Corazón el rasgo de conferir unidad a María, la mariología y la piedad mariana. Y reconocemos a la santidad del Corazón lo que existe en él de valor, lo único que hace posible todo este panorama de maravillas que estamos descubriendo.

 

 Conclusión

Solo nos queda una conclusión obligada. Alonso insistía con ahínco en cierto estatus que tiene la devoción, cuestión que he dejado hasta aquí asomar solamente. Sin afirmar que fuese la devoción más excelente[21], afirmaba que era la vocación a que toda otra devoción mariana estaba internamente llamada, si es que se cultivaba con autenticidad de espíritu[22]. Ni siquiera hacía falta que la persona conociese nuestra devoción.


En una palabra: la devoción al Corazón de María es la forma de todas las devociones marianas. Y así como sin la caridad no existe verdadera virtud sobrenatural en su estado completo de virtud, ni siquiera la fe y la esperanza, como dice Santo Tomás, así igualmente sin esta devoción, no existe verdadera y auténtica devoción mariana  [23].


Ahí está Alonso para señalarnos, sin necesidad de ir más lejos, que la devoción al Corazón de María es el “alma del mensaje de Fátima”.

No es difícil de comprender tal acentuación, según todo lo que acabamos de saludar en el Corazón de María, desde la interioridad hasta la santidad de la Virgen, pasando por su amor, la condensación de su vida y virtudes, etc. Pero sí conviene aludir a la razón particular por la que Alonso afirma esa naturaleza de vocación para la devoción; a saber: está en condiciones de informar, de interiorizar y de purificar cualquier devoción mariana[24].

Y las tres cosas las hace desde el instante en que esas otras devociones se imbuyen de un genuino espíritu de verdadera marianidad, porque en ese instante están viviendo del espíritu del Corazón de María.

 

 

        

 

 

Santa Laura Montoya afirmaba que el Corazón de María es “el lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad”. Yo añado otra fórmula: “el Corazón de María ha de ser nuestro punto de encuentro con el Espíritu Santo”. Un elemento, el corazón, que tomamos como símbolo, nos transporta, por ser símbolo y por el contenido de ese símbolo en nuestras culturas, al reino de la magia esplendente de lo más hermoso de una pura criatura que se llama María: el centro, el amor, la unidad, la condición de quintaesencia de María, su santidad y tanto más. Hoy que nos urge –justamente- informar, interiorizar y purificar la religiosidad popular, este Corazón puede servirnos a maravilla, si sabemos proponerlo bien; y esta es solamente una faceta entre muchas que nos muestran la actualidad de la devoción; la cual -téngase presente, porque la tendencia suele ser quizá a un intimismo autónomo y narcisista- deberá mostrarse siempre decididamente unida a la caridad y a lo apostólico y misionero.

Nada más. Alabado sea Jesucristo.


[1] Todas las obras mías aquí citadas y otras marianas pueden verse en mi blog personal, usando el indicativo soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/las-glorias-de-maria/

[2] “La verdad del simbolismo natural que relaciona el Corazón físico de Jesús con la Persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria de la unidad hipostática” (Pío XII, Haurietis aquas, 48).

[3] S. BUENAVENTURA, Itinerarium mentis in Deum, 6: Opera omnia, 5, 313.

[4] Joaquín María Alonso, “Sobre una teología del Corazón de María”, Ad Maiora 9 (1956), 35. (Es conferencia en Balmesiana, ¿Barcelona?, de 1943, inéd. hasta este momento).

[5] Íd., El Corazón de María en S. Juan Eudes-II: Espiritualidad e influencias, COCULSA, Madrid 1958200.

[6] Cfr. Miguel Ruiz Tintoré, “Actualidad y vigencia de la devoción al Corazón de María, basadas en su condición sacramental”: Scripta de Maria II/XII (2015), 169.

[7] St. Jean Eudes, La dévotion au très saint Coeur et au très sacrè Nom de la bienheureuse Vierge Marie: Oeuvres complètes-VIII, éd. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 435.

[8] II-II, q. 8.

[9] Joaquín María Alonso, “El Corazón de María en la teología de la reparación”, Ephemerides Mariologicae 27 (1977), 343.

[10] Íd., Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas Ss.mae Trinitatis, in Academia Mariana Internationalis, Alma Socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. VI, fasc. II, PAMI, Romae 1952, 74.

[11] Íd., “El Corazón de la Inmaculada”, Verdad y Vida 15 (1957), 335.

[12] Cfr. Miguel Ruiz  Tintoré, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, en la obra del P. Joaquín María Alonso (Tesis para la obtención del grado de licenciatura en teología dogmática), Facultad de Teología del Norte de España/Sede de Burgos, 2012, 147-155. La obra se tiene en la biblioteca del santuario.

[13] José Ruiz López, Inmaculado Corazón de María. Consagración y reparación, inéd. en mi poder, 18.

[14] Cfr. Joaquín María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-I: Historia y doctrina, COCULSA, Madrid 1958, 18-21.

[15] Sor Lucia, Tercera memoria.

[16] Cfr. Miguel Ruiz Tintoré, “La devoción al Corazón de María, corazón de todas las devociones a María”, Ephemerides Mariologicae” 63 (2013) 467-485 (con error en la paginación).

[17] Cfr. M. Ruiz Tintoré, “Toda la belleza de la hija del rey está en el interior (Sl 44,14, Vg): Fundamentos de la teología del Corazón de María en la obra del P. Joaquín María Alonso”, Ephemerides Mariologicae 62 (2012), 506.

[18] Cfr., al menos, Lev 26,41; Dt 30,6; Jer 4,4; 9,24-25; Hch 7,51; Rom 2,28-29.

[19] Cfr., al menos, Sermo 25, 7-8: PL 46, 937-938; es de S. Agustín el más conocido texto de la patrística sobre el Corazón de María: Materna propinquitas nihil Mariae profuisset, nisi felicius Christum corde quam carne gestasset (De sancta virginitate, 3: PL 40, 398). Es la maternitas prius corde quam ventre, también quia in corde, ideo in ventre (cfr. Hugo de San Víctor, De Beatae Mariae virginitate: PL 176,872), y además, durante mucho más tiempo en el Corazón que en el vientre, porque en el Corazón Jesús permanece eternamente). Alonso glosa a S. Agustín: “…ni la Madre hubiera llevado a tal Hijo en su seno, sin antes haberlo llevado en su Corazón: toda la teología de la maternidad divina tiene un subsuelo caliente bajo el rescoldo del Corazón de María” (Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, COCULSA, Madrid 1960, 49). San Bernardo ha dicho con genialidad que a María (en la Encarnación) “la encontró la gracia llena de gracia” (Sermo de aquaeductu, 12).

El Verbo divino no entró en este mundo por el vientre de María: entró por el Corazón de María; y el vientre fue un segundo escalón.

[20] Joaquín María Alonso, El Corazón de la Inmaculada, art. cit., 332-333.

[21] “Los cultos a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, están llamados a ser […], no una devoción más entre las otras, ni siquiera la más importante; sino la forma de todas las demás, sin la cual las “otras” no son verdaderamente tales” (Joaquín María Alonso,  La Consagración al Corazón de María, o. cit., 38; la negrilla es del autor).

[22] Me he ocupado de ello en Miguel Ruiz Tintoré, “La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María”, EphemeridesMariologicae 63 (2013), 467-485.

[23] Joaquín María Alonso, La consagración al Corazón de María, o. cit., 40. La negrilla, en el original.

[24] Sobre estas tres notas, cfr., sobre todo: Joaquín María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-II, o. cit., 109-110; La consagración al Corazón de María, o. cit., 38-40, 88-90. Puede verse también Miguel Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos…, o. cit., 20-26; íd., “La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María”, art. cit., 473-478.

 

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