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“MÁS JOVEN QUE EL PECADO” (LEYENDO LA “INEFFABILIS DEUS”)

Permíteme cantar tus alabanzas, Virgen Santísima.

Dame fuerza contra tus enemigos.

(“Más joven que el pecado”: Bernanos)


He leído estos días la carta apostólica Ineffabilis Deus, en la cual el Papa B. Pío IX promulgaba en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de María. He pensado que podía ofreceros algunas impresiones [2], y a fe mía que no parece mala manera de celebrar esta fiesta.

Se llevaba -como el mismo Papa apunta- desde los mismos orígenes creyendo y dando testimonios innumerables en favor de esta verdad, pero ningún Papa consideró hasta entonces la necesidad de una definición dogmática, sobre todo -pienso yo- porque casi todo el mundo en la Iglesia estaba ya creyéndolo -y cada vez con mayor veneración-, máxime si hacemos caso omiso  de ciertas disputas académicas.

El pasaje central -y resaltado por la tipografía- reza así:

“Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y por consiguiente que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano” (n.º 18).

Se inspira en parte en otra declaración (no definición) de Alejandro VII (1665-1667) que el propio Pío IX aduce:

“Antigua es por cierto la piedad de los fieles cristianos para con la Santísima Madre Virgen María, que sienten que su alma, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo,, fue preservada inmune de la mancha del pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de su hijo Jesucristo, redentor del género humano” [3].

  1. La fórmula definitoria

Y ahora nos importa atender a lo que dice y lo que no dice la definición dogmática. Y si es eso lo que hemos de hacer, por un lado prescindiremos de cuanto no está contenido en el párrafo definitorio, pero por otro tendremos que interpretar lo definido en el sentido que marca el resto del documento, o, si así se quiere decir, leer el texto en su contexto, y no utilizar como pretexto ni el tal texto ni el contexto tal. Intentémoslo.

Lo que dice:

a) María fue preservada inmune del pecado original. Las disputas que había concernían al extremo de si fue concebida sin pecado o santificada en el seno materno después de haber sido concebida con pecado, pero luego explico el por qué de esta postura. Importa señalar, por lo tanto, que era creída por todos la santidad eximia de María, a quien los orientales llamaban la Panagía, La “Todasanta”.

b) La preservación se dio en el primer instante de su concepción, no en un momento posterior, ni siquiera inmediato. Había que remarcar esto contra la postura de los maculistas, quienes defendían que la santidad de María no dependía de una Concepción Inmaculada, sino de una confirmación en gracia: Dios hace a María incapaz de pecar, pero después de una concepción afectada por el pecado como los demás.

c) Se trató de una singular gracia y privilegio de Dios omnipotente. Debemos entender en su genuino sentido la palabra La Inmaculada Concepción no ha sido concedida jamás a otra persona. Y ello no deja de ser verdad si se nos menciona la persona de Jesús, inmaculado también: porque en su caso era mérito y derecho lo que en María fue gracia y privilegio.

d) La Inmaculada Concepción se da en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Aquí hay mucho trasfondo, y es precisamente aquí donde las discusiones entre los maculistas y los inmaculistas tenían su fundamento último. San Pablo había proclamado sin excepción que “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que está en Cristo Jesús” (Rom 3,23). Con esta premisa, parecía imposible la Inmaculada, y la Virgen habría pecado. Se creían atisbar, incluso, en el Evangelio algunos pecados de María (siempre leves, por supuesto). Parecía, ciertamente, que la doctrina de la Inmaculada chocaba frontalmente con la afirmación de San Pablo, que es (obviamente) un principio superior. Si todos han pecado, María también, y no es Inmaculada, sino redimida.

Llegó el siglo XIII, con la figura monumental del teólogo Juan Duns Escoto. Este autor solucionó el problema. Es cierto que todos somos redimidos, pero ¿por qué hay que pensar en una única modalidad de Redención? A nosotros, los maculados, nos “levantan” con el Bautismo (y luego con la Confesión cuantas veces haga falta); a María, Dios la redime anticipando los méritos de Cristo, a fin de que, por su sangre, ella no contraiga el pecado original. Y leemos en el Oficio de hoy:

         “Ninguno del ser humano

como vos se pudo ver;

que a otros los dejan caer

y después les dan la mano.

            “Mas vos, Virgen, no caíste

como los otros cayeron,

que siempre la mano os dieron

con que preservada fuiste.”

Hay que llamar la atención sobre un hecho extraño. Mientras que sobre varios aspectos incluidos en la fórmula definitoria se ha extendido el Papa en las páginas precedentes, en cambio, sobre este -la redención preservativa-, que fue el caballo de batalla hasta el siglo XIII, no dice absolutamente nada hasta la fugaz alusión que hace en la fórmula; y lo hace, además, en unos términos que parecen por un lado patrocinar la doctrina de la redención preventiva, y por otro, no querer comprometerse demasiado con ella. ¿Reserva del Magisterio, que siente el deber de no favorecer una corriente teológica frente a otras?

e) En fin, esta doctrina es doctrina revelada y debe ser creída necesariamente por quienes deseen formar parte de la Iglesia católica.

Lo que no dice la fórmula:

a) No dice nada de la santidad de María, pero quien lea el resto del documento quedará convencido de la fuerza con que la ensalza el B. Pío IX. El principio que nos hace santos es la gracia que Dios nos otorga por su misericordia, pero “es tanta la bondad de Dios con los hombres, que quiere que sean méritos nuestros los que son dones suyos”[4]. En el archisabido decir de San Agustín, “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. En otras palabras: a la gracia hay que corresponderle mediante la fe; y “la fe sin obras es fe muerta” (St 2,26). Es la curiosa paradoja: nos justificamos por la fe, no por las obras, y resulta que debemos practicar las obras para testificar la fe, y solo para eso. Eso hizo María.

b) En ningún momento Pío IX habla de una impecabilidad de María. Me cuesta mucho dudar de la legitimidad de la postura que la defienda, pero esa no es mi postura. La cuestión es: o bien una imposibilidad de pecar, o bien una posibilidad, que María realizó, de no pecar. Suponerla sujeta a la posibilidad de pecar no es en modo alguno rebajarla, antes bien es ensalzarla, si es que -como sabemos-, de todas las tentaciones que tuviera, no cayó en ninguna jamás. Suponerla imposibilitada de pecar es encerrar en un recio corsé el desarrollo de su santidad. Y debe tenerse en cuenta que la santidad de María es la resultante de la gracia de Dios más la correspondencia de ella. ¿Dónde están los teólogos que se quejan de los dogmas marianos porque, dicen, alejan a María de los hombres? Vénganse conmigo.

2. En torno a los argumentos

Merece la pena volver sobre los argumentos, siquiera sea a riesgo de incurrir en repeticiones.

a) La redención preservativa. Sobre este argumento, habiendo expuesto cuanto arriba queda, no hay necesidad de volver.

b) La maternidad divina. No aparece en la fórmula, pero parece imposible no entenderla implicada. Por lo demás, en el resto del documento sí se emplea como argumentación. Por recoger solo dos ejemplos, en el n.º 15 se recogen argumentos que han sido dados para la Inmaculada, y se dice -hermosamente-, por ejemplo, que “mucho convenía que, como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad”. En el n.º 12, se nos dice:

“La gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica”[5].

No hay duda, ciertamente, de que la maternidad divina fue el fundamento de la Concepción Inmaculada. A ella se le adapta maravillosamente este versículo: “El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el altísimo consagra su morada” (Sal 46(45),5). Se corrobora aquí a la perfección un principio mariológico que José María Bover exponía:

“…El llamado principio de analogía […]. La devoción al Corazón de María debe concebirse analógicamente respecto de la devoción al Corazón de Jesús […]. Es decir, que los elementos que la integran deben ser, proporcionalmente, los mismos que integran la devoción al Corazón de Jesús […]. Las prerrogativas ya reconocidas de María deben guardar con la divina maternidad, que es su razón de ser, la misma proporción que las de Jesu-Cristo guardan con su divina filiación o con la unión hipostática, en la cual radican. La analogía, que es parcial identidad y parcial diversidad, recibe en nuestro caso la diversidad de la que media entre la maternidad divina y la unión hipostática; y la identidad, de la uniforme tendencia o significación de las prerrogativas o denominaciones. Al decir, por ejemplo, que la exención de todo pecado en María es análoga a la de Jesu-Cristo, expresamos a la vez la parcial diversidad y la parcial identidad […]: la diversidad, por cuanto la de María, radicada en su divina maternidad, es un simple privilegio, mientras que la de Jesu-Cristo, derivada de su divina filiación, es de estricto derecho; la identidad, por cuanto es uniforme el sentido de ambas denominaciones; pues tan exenta estuvo María de todo pecado por privilegio, cuanto lo estuvo Jesu-Cristo por derecho”[6].

¿Qué decir del decuit, potuit, fecit? Fue muy repetido: “convino, Dios pudo, luego lo hizo”. En versión semipoética: “¿Quiso y no pudo? No es Dios. ¿Pudo y no quiso? No es Hijo. Digan, pues, que pudo y quiso”. En algún lugar de este blog he rechazado el argumento. Me basaba en que el decuit era una proyección de lo que hubiéramos hecho nosotros, y la analogía -ya se sabe- es en parte igualdad y en parte diferencia. No podíamos basarnos en un argumento que llevaba dentro -por su naturaleza como argumento- su propia posibilidad de ser falible.

Pero estamos viendo cómo el dogma de la Inmaculada se basa en la maternidad divina, en la conveniencia de que tal Hijo tuviese tal madre: es un decuit, es una analogía. Y es el Magisterio de la Iglesia el que así está razonando -aunque el enunciado de autos no aparezca por ningún sitio-. Hoy pienso, pues, que se debe aceptar el argumento -la Inmaculada como exigencia de la maternidad divina-, y lo pienso simplemente porque veo que esa es la mente del Magisterio.

Y aún podemos dar otro paso. El argumento “convino” lo tomamos de lo que hubiésemos hecho nosotros si se nos hubiese dado formar a nuestra propia madre (visto desde el punto de vista del Verbo), o, si queréis, formar a la de nuestro hijo (esde el punto de vista del Padre). Es, pues, una cuestión de filiación. Y San Pablo ha enseñado que de Dios “procede toda paternidad/familia en los cielos y en la tierra” (Ef 3,15). En este caso, en realidad, no estamos ante una analogía, sino ante una identidad. El padre es padre como el Padre es Padre del Hijo y el hijo es hijo como el Hijo es Hijo del Padre, y tirando de ese hilo -no imitándolo-, y aunque sea con muchas y muy grandes diferencias, en un padre está el Padre y en un hijo está el Hijo.

Desde este punto de vista, el argumento decuit, potuit, fecit, que pasa del terreno de la analogía al de la realidad, es irrebatible so pretexto de que se trata de analogía.

c) ¿Y qué dice la Escritura? El fundamento inequívoco, que el Magisterio señala sin duda, es el saludo de Gabriel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Llena de gracia es en griego kejaritoméne, y parece que la traducción más exacta sería repleta por la gracia hasta no caber más. Es, puesto que hablamos de gracia, el Espíritu Santo que le llena el alma y que no deja lugar a ningún pecado. Y eso es la Inmaculada Concepción vista desde un ángulo positivo: en una habitación con las ventanas abiertas, entra la luz o la gracia; pero es que, donde entra la luz, desaparecen las tinieblas. La Inmaculada Concepción, como dogma, concierne solamente a la carencia de pecado; aunque podamos dar por hecho que la causa es esa presencia del Espíritu Santo en el alma.

Por lo demás, el B. Pío IX se refiere a la Inmaculada como doctrina “que maravillosamente esclarecen y declaran las divinas Escrituras” (n.º 17). Se refiere a buena cantidad de ejemplos aducidos por la Tradición, aplicables a María solamente en sentido translaticio.

Y, en fin, un argumento que no aparece completo en la definición porque no puede aparecer, porque se trata de una masa verdaderamente aplastante, es la Tradición que, arrancando de los primeros orígenes del cristianismo, arrulló a la Inmaculada, de forma siempre creciente, hasta los tiempos en que el Papa escribía -y en ello estamos todavía, como este escrito se gloría en mostrar-. No cabe en la definición, pero el Papa se ocupa bien de mostrar hasta qué extremo llega a ser caudaloso ese río, porque la Tradición es, junto con la Biblia, la otra fuente de Revelación divina.

Séame permitido añadir un argumento muy querido para mí, y que supone la cooperación de María a la Redención, doctrina común consignada con toda evidencia en el Vaticano II. La carta a los Hebreos dice: “Nos convenía, en efecto, que el Sumo Sacerdote fuera santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores”  (7,26). A mí me parece que se puede pensar que también era necesario que la cooperadora en la Redención, la Mediadora, la sacerdotisa -ella lo es, digan que no- fuese santa, inocente, inmaculada.

 

 

¿María exenta de la Redención? Antes bien, María la primera y más perfectamente redimida y, en su Asunción, la primera y más plenamente glorificada. Ha dicho algún autor -y no me sorprende- que Jesús se encarnó más para redimir a María que a todos los demás.

¿A cuántos les parecerá que la Inmaculada se sale del mundo…? Pues resulta que ser inmaculado es la vocación de todo cristiano, si es que no miente San Pablo: Dios “nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia por el amor” (Ef 1,4). Y miren: yo he pensado que qué pena que el traductor hubiese escrito “sin mancha”, y no “inmaculados”. Pero quizás así es mejor. Lo inmaculado es lo que no se ha manchado. Lo “sin mancha” es… lo que se ha manchado, pero ha pasado por el confesonario.

Cuentan que unas monjas mantuvieron este diálogo con Pío IX:

– Santo Padre: ¿Qué sintió en el momento en que proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción? Porque le veíamos como transformado y con el rostro iluminado.

– En el momento en que declaré que la doctrina que enseña que la Virgen María fue concebida sin pecado original es un dogma de fe, sentí un conocimiento tan claro y tan grande de la incomparable pureza de la Virgen María que nadie podría describir; mi alma quedó llena de alegrías nunca sentidas. Reunid todas las grandes alegrías de vuestra vida: las del día de la primera Comunión, las del día de toma de hábito y del día de la profesión, las de las bodas de plata, etc., y tendréis una pequeña idea de lo que mi alma sintió en aquella fecha memorable.

La Virgen Inmaculada, y su fiesta, y su novena, y su vigilia, así como las imágenes que les traen el recuerdo, son en muchas ocasiones la puerta por donde pueden entrar los jóvenes que están en la periferia del no creer o del no practicar. Los hechos lo demuestran, y en esto me refiero sobre todo a las trascendentales vigilias de la Inmaculada. ¡No perdamos estas tradiciones! No perdamos la comba de las consagraciones a la Virgen. ¿Buscamos santos, o hacemos reuniones?

Y es que cuentan que una joven escribió a su madre, y le pedía un espejo. A cabo de dos semanas, recibió la respuesta en la forma de una caja muy grande acompañada de una carta: “Querida hija: Te mando tres espejos. En el primero verás lo que eres…” La joven abrió la caja, y había tres cajas menores; abrió la primera, y era un simple espejo de mano. “En el segundo verás lo que serás…” El susto fue mayúsculo al abrir la segunda y encontrar una calavera con dos huesos. “Y en el tercero, verás lo que tienes que ser…” Abrió la muchacha la caja, y sacó una hermosa copia de una Inmaculada de Murillo.


Solemnidad de la Inmaculada de 2016


[2] Empleo la ed. de José A. Martínez Puche y Juan Gil Aguilar, Documentos marianos pontificios, EDIBESA, Madrid 2002, 45-62. No ofrecen las notas, pero eso pertenece al orden de las cosas que me perdonarán mis hermanos de blog…

[3] Constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum, 8-XII-1661.

[4] Próspero de Aquitania, Capitula pseudo-Caelestina seu Indiculus.

[5] Estas alusiones recuerdan unas hermosas palabras de Santo Tomás y otras del Cardenal Cayetano:

“La Santísima Virgen, por ser madre de Dios, obtiene del bien infinito, que es Dios, una dignidad en cierto modo infinita” (Suma teológica, 1, q. 25, a. 6, ad 4).

“Una unión íntima en virtud de una consanguineidad carnal con la humanidad asumida por el Verbo de Dios se llama, con toda propiedad, afinidad a Dios. De manera que los familiares de Cristo según su humanidad son familiares de Dios, por la misma razón que Dios es nombre de divinidad. La cual no es consanguínea a nadie: pero la naturaleza humana, por fuera, palpa los límites de la divinidad, lo mismo que una esposa que llega de fuera de la familia al tálamo del vientre virginal. Y así, la madre de Este se considera constituida afín a Dios.- No a todos [los consanguíneos de Cristo] se les debe la hiperdulía […], sino solo a la Santa Virgen, porque solo ella tocó los límites de la divinidad por propia operación natural, mientras lo concibió, lo dio a luz y parió y lo amamantó con su propia leche” (Comentario a la Suma de Sto. Tomás, In II-II, 103, 4 ad 2).

[6] José María Bover, Problemas fundamentales de la devoción al Corazón Inmaculado de María, “Revista Española de Teología” 4 (1944) 94-95.

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