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María y la “rumia” de la Palabra en Lc 2,19.51

María guardaba todas estas cosas sopesándolas en su corazón (Lc 2,19).

Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51).

A ella. ¿A quién, si no?

            Nos incumbe aquí tratar de desentrañar cuanto se pueda los versículos enunciados, para apercibirnos de la actitud que adopta ante la Palabra de Dios aquella que con toda evidencia el Espíritu Santo ha querido ofrecernos como modelo de escucha a la Palabra. Aquella que, como ha enseñado Benedicto XVI, “al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada”. Aquella que prorrumpió en el más anchuroso a la Palabra divina y por cuyos labios le daba la humanidad la bienvenida. Aquella que…

La limitación que a mí mismo me impongo, al restringir el ensayo a los versículos en cuestión, se debe, simplemente, a la voluntad de examinarlos con cierto pormenor. Y así, después de ajustar el enfoque delineando las interpretaciones básicas que se han propuesto, me ocuparé del alcance del participio symballousa (conferens, “ponderando”), del contenido de rhémata (verba, omnia haec…) y, más brevemente, de las diferencias de matiz entre las dos voces que se suelen traducir al español por guardaba, tanto en el v. 19 como en el 51. Y trataré de extraer algunas inferencias conclusivas.

1.   Interpretaciones básicas 

a) Histórica. Se ha defendido no pocas veces que en ambos versículos se encuentra de manifiesto la voluntad de Lucas de indicar de dónde ha tomado las informaciones que suministra sobre estos evangelios de la infancia. Así lo leyó, en el siglo XVII, San Juan Eudes, que añade una glosa en estos términos:

“Si estamos tan obligados a los Santos Evangelistas de habernos dejado por escrito y sobre el papel los misterios de nuestra redención, cuánto más debemos estarlo a la Madre del redentor de haberlos escrito y conservado en su Corazón, para declararlos luego a los Apóstoles que los han anunciado a todo el mundo”.

Así lo creyó también Harnack. Y a su opinión se sumó Lagrange, que  comenta:

“Es ese el pensamiento del autor del evangelio. La Madre de Jesús ha conservado todas estas cosas en su Corazón. Podía, por lo tanto, repetirlas. Ella sola ha conocido toda la historia en su fondo más secreto. Lucas parece muy bien designarla como su fuente, ya que es necesario usar de ese nombre […]. Nada impide el admitir lo que parece insinuar: que él mismo o aquellos a quienes ha interrogado han tenido la felicidad de escuchar a la Santísima Madre de Dios”.

En la actualidad, esa interpretación más se desestima que se defiende. Un trato directo de Lucas con la Virgen se considera más que improbable. Algo más verosímil, quizás, se considera la posibilidad de que hayan revertido en el tercer Evangelio, de forma indirecta, confidencias tenidas por María con otra u otras personas. Entre otros elementos de juicio, parece ser que hay que tener en cuenta que Lc muestra un apreciable desconocimiento de las condiciones históricas, sociales, culturales del marco que describe. Y, no obstante, no dejamos de preguntarnos si el género literario al que se adscriben los relatos de la infancia de Jesús no hace prescindibles ciertas exactitudes que es en otros géneros donde habría, si acaso, que buscarlas.

b) Sapiencial. Se debe tener, por supuesto, presente esta interpretación, con arreglo a la cual la actitud de María es la actitud propia de los sabios, que realizan un ejercicio de memoria activa, cordial, incisiva, recordando en la mente y en el corazón los hechos pasados y extrayendo de ello sus implicaciones para el presente. Y es, a la verdad, una interpretación tan obvia que no requiere mayores comentarios.

c) Apocalíptica. En tercer lugar, están quienes enjuician los versículos de nuestro interés como formas literarias características del género apocalíptico, y se aduce, por ejemplo, el paso en que Daniel, tras la visión del hijo del hombre, relata: “Yo, Daniel, quedé turbado por estos pensamientos y se me demudó el color del rostro; pero lo guardé todo en mi corazón” (Dn 7,28). Guardar algo en el corazón será, según esto, una paremia que se emplea para llamar la atención sobre lo que se narra. Habría que entender, quizá, que el lector debe hacer lo propio, alojando también en el corazón los contenidos que se ven recalcados por la fórmula.

Nos preguntamos, no obstante, si cabe adscribir al género apocalíptico estos relatos de la infancia. Y, en cualquier caso, téngase presente que la interpretación no da cuenta de un elemento primordial, la especificación symballousa, conferens, de la que luego nos hemos de ocupar.

He aquí, pues, las tres interpretaciones principales que se han dado. A nuestro entender, lo que en substancia debe mantenerse, sea cual sea la que se prefiera, es lo que Joaquín María Alonso expresa: que la voluntad de Lucas es indicar que

“María está situada en el centro de la reflexión cristiana sobre los misterios de la infancia de Jesús […]. El corazón de María, según las fuentes evangélicas, aparece como la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo”.

Juan Esquerda Bifet habla del Corazón de María como memoria contemplativa de la Iglesia:

“Se trata del Corazón de la Madre de Dios, que medita la Palabra del Padre, asociándose a Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo […]. La Iglesia encuentra allí su ‘memoria’, donde resuena todo el evangelio […].

“En el corazón de la Madre de Jesús, la Iglesia encuentra la ‘memoria’ […].

“La comunidad eclesial y todo creyente se siente[n] invitado[s] a acudir al Corazón de María, para encontrar en él el eco de todo el evangelio. Hoy esta meditación mariana engloba la realidad histórica de todos los días, porque el evangelio sigue aconteciendo en el Corazón de María y en el corazón de la Iglesia”.

2. Symballousa

 

Symballein designa la acción de meditar, comparar, confrontar, sopesar, interpretar, ponderar, colacionar. Vale tanto como poner juntas unas cosas y otras, verlas en su relación y su conjunto, entenderlas desde nuevos puntos de vista. La misma raíz se encuentra en la palabra symbollon (el símbolo), que viene a ser la carta de la fe, ya que, confrontando los componentes de la fe propia con los componentes de la de otro, los cristianos vienen a reconocerse, como se hacía con aquellas dos piezas de un mismo objeto que, rotas, se entregaban a dos personas para que en el futuro pudiesen acreditarse la una ante la otra. En palabras del autor de la ponencia a la que referimos el presente ensayo:

“Meditar tiene aquí el sentido de ‘enfrentar’, poner frente a frente, unas cosas con otras, comparar entre sí (o con otros acontecimientos o palabras) lo que se conserva porque ha dejado huella profunda y duradera. Lc 2,19 incluye una precisión sobre el modo como se guardan las cosas: relacionándolas unas con otras, ponderándolas. María no hace depender su fe/aceptación de una comprensión previa (racionalismo), pero tampoco es un fideísmo; se fía e interioriza, cree y conserva cuidadosamente todo”.

Se trata, pues, de un ejercicio de la memoria continuado y, sobre todo, activo. El depósito de lo contemplado, vivido, leído, no queda como un mero sedimento en un estrato insignificante de la persona, sino que, al contrario, se constituye en eje, en criterio de valoración y de visión, en fuente que mana siempre en la persona de quien recuerda, pero no solamente recuerda.

            Nos parece que la actitud de María que se describe con el participio symballousa queda designada con justeza en el término rumia, tal como –a propósito, justamente, de Lc 2,19- lo hacen Joaquín María Alonso y Juan Esquerda Bifet, y tal como, en la tradición benedictina, se aconseja hacer con versículos de la Palabra divina. Éstas son las palabras de Esquerda:

“Meditar era, pues, para María, poner algo ‘con’ y ‘juntamente’ (sym) para ‘confrontar’ (ballousa), como quien busca una nueva luz. De esta manera, la Palabra de Dios se convertía en sus mismos latidos, de modo repetitivo y sincrónico, como quien ‘rumía’ o mastica algo para encontrar su verdadero sabor”.

En fin, merece la pena traer a colación también la honda descripción de Joseph Ratzinger:

“María ve en los acontecimientos ‘palabras’, un acontecer que está lleno de sentido, porque procede de la voluntad de Dios, dadora de sentido. Traduce los acontecimientos en palabras y profundiza en las palabras introduciéndolas en el corazón –[…] donde se comunican […] contemplación exterior e interior, y, más allá de lo individual se hace visible la totalidad y comprensible su mensaje-. María ‘combina’, ‘confronta’ –une lo individual al todo, lo compara y examina, y lo ‘guarda’-. La palabra […] no queda encerrada en una primera comprensión superficial y después olvidada, sino que el acontecer exterior recibe en el corazón el ámbito de la permanencia y así puede ir desvelando paulatinamente sus profundidades sin que el carácter único del evento quede difuminado”.

3. Rémata: el objeto de la rumia de María

 

            Ahora bien, ¿cuál es el objeto de toda esa contemplación activa de María? En el texto griego está expresado con el sintagma ta rémata en ambos versículos. Rema vale tanto como palabra, y en griego bíblico, además, como suceso, cosa. Pero no siempre se ha entendido así.

Hemos encontrado una aclaración peregrina. Su autor la introduce al citar el versículo 19 en estos términos: “Maria autem conservabat omnia verba haec (pastorum Puerum adorantium) conferens in Corde suo”; pero él mismo, al citar, a continuación, el versículo 51, obviamente no puede hacer aclaración parecida –porque el versículo no sigue a unas palabras-; y, como el término es el mismo, parece que no se puede traducir, sin más, palabras.

            San Ambrosio ha percibido el doble valor de rémata cuando nos certifica de que “María conservaba todas las cosas del Señor en su corazón, tanto los dichos como las acciones”.

San Juan Eudes percibe también correctamente ese doble valor:

“[María] Llevó siempre en lo más íntimo del Corazón los misterios y las palabras divinas sobre la Pasión de Cristo y todos los demás hechos, conforme a aquellas palabras: María conservaba…”.

S. Jerónimo había trazado con mano maestra una triple referencia –perfectamente armónica con el doble valor que señalamos aquí- a la actitud de María de meditación de lo leído en la Escritura, lo oído del ángel y lo visto en la experiencia. Son palabras de oro:

“Meditando en su corazón, se daba cuenta de que las cosas leídas se armonizaban con las palabras del ángel […]. Veía al niño recostado […], aquél que era el Hijo de Dios […]. Lo veía recostado, y ella meditaba las cosas que había oído, las que había leído y las que veía”.

Para San Beda, María también confronta o colaciona lo leído y lo visto:

“Guardando, pues, las leyes del decoro virginal, no quería decir a nadie los misterios de Cristo que conocía, pero comparaba lo que ella había leído que debía suceder con lo que veía que venía sucediendo, no explicándolo con palabras, sino conservándolo encerrado en su corazón”.

San Lorenzo Justiniani, más tarde, hará una triple distinción como la de San Jerónimo: “María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando”.

Y no deja de ser valiosa, para puntualizar un aspecto en el que es fácil no reparar, la aclaración de San Juan Eudes: en el versículo 19 –situado a continuación del nacimiento y de la adoración de los pastores-, María medita lo sucedido en la infancia, pero el 51 forma parte ya de un resumen conclusivo sobre la vida oculta, y San Lucas lo refiere a ese período, más duradero, de la vida de Jesús.

Rémata, pues, por léxico, por exégesis y por teología, comprende tanto lo oído (las palabras) como lo visto y experimentado (las cosas); o, si se quiere ver así, lo que María ha leído en la Escritura, lo que ha oído de unos y de otros –de Gabriel, de Isabel y Zacarías, de los pastores…- y lo que ha visto y palpado. “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la vida se manifestó” (1 Jn 1,1-2). Todo eso es lo que, como un tesoro infinito,

se guarda en el Corazón de María: porque, también, “donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón” (Mt 6,21).

4. Synteréo-diateréo

 

            Existen diferencias de matiz entre estos dos verbos, empleados respectivamente en el versículo 19 y en el 51. Informa José Luis Cabria de que

synteréo tiene un sentido más amplio que el de ‘recordar’, es más bien recordar como algo propio, en la acepción de ‘guardar’ o ‘conservar’. El verbo diateréo conlleva el matiz de guardar con cuidado, con diligencia, con actitud de guardar dentro, en el interior, es decir, ‘guardar haciendo penetrar la palabra en el corazón’. Por ello algunos traductores incluyen un adverbio clarificador del matiz”,

como, en efecto, hace la Biblia de Jerusalén, que traduce “conservaba cuidadosamente”.

De lo dicho se sigue que la de María será para siempre la actitud que la Iglesia deberá imitar en su contemplación de la Palabra. Es diáfana la intención del Espíritu Santo de proponérnosla como modelo en esto, también en esto diríamos si la escucha de la Palabra no incluyese, en cierto sentido o en muchos sentidos, todas las demás actitudes del cristiano.

Para el sacerdote, pensamos que una lección aparece con particular claridad. La Palabra es un tesoro que se debe destilar ante todo y siempre en la intimidad del corazón.

Hoy más que nunca, el Magisterio de la Iglesia nos exhorta a no dejarnos atrapar en el vértigo de las múltiples ocupaciones pastorales de forma que descuidemos aquello que va dentro, en el corazón: la Palabra divina.

Y cuando vemos a María en la guarda de la Palabra; cuando la vemos instalarla, definitiva, pero no estáticamente, en el corazón de su Corazón; cuando además sabemos –pero no era tema del presente estudio- que en ella la Palabra se ha encarnado porque ella misma encarnaba la Palabra, que el Corazón meditativo ha sido quien ha arrancado del Padre la Palabra definitiva y que ella es madre en la carne porque lo es antes en el Corazón; entonces nos vemos urgidos a separarnos de la vorágine y, antes de la vorágine y durante la vorágine, llenar bien el corazón nuestro. Porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34), y nosotros queremos decir la Palabra de Dios y no nuestras vanas palabras.

Miguel Ruiz Tintoré – miguelruiztintore@gmail.com – 2010

Permisos de difusión y reproducción: El autor de esta obra autorizará expresamente su libre difusión o reproducción, por cualquier medio, siempre para buen fin, citando como mínimo el autor y el título; para ello, se solicitará antes permiso a: “miguelruiztintore@gmail.com“; si se pensare en ponerla a la venta, será necesario pedir antes permiso por el mismo medio, y la respuesta más previsible es la concesión de tal permiso. La contravención de estas disposiciones podría dar origen a acciones judiciales.

 

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