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FUNDAMENTOS DEL CULTO Y LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA

Conferencia de ingreso en la Sociedad Mariológica Española*

Córdoba, julio de 2017

«Os daré un corazón nuevo»

(Ez 36,26).

 

           

Señor presidente, queridos hermanos en el sacerdocio, queridos todos, hijas e hijos de Dios:

Presentación

 

Han de versar estos mis balbuceos de aspirante sobre la devoción y el culto al Corazón de María considerados en sus fundamentos. Dado lo escaso del tiempo, me limitaré a la cuestión del objeto de la devoción: ¿qué es el Corazón de María? Se trata, en efecto, de una cuestión bien difícil, por más que pueda parecer bien fácil[1]. No se suele distinguir suficientemente entre las locuciones María y Corazón de María, ni se entiende que hay algo en la segunda que en la primera no está. ¿Y cómo debe concebirse ese algo?

Estos y otros problemas –no podremos examinarlos todos- nos llevarán a conocer la especificidad del Corazón de María. Y una devoción solo es legítima cuando, en efecto, aporta algo nuevo. Necesitamos examinar si nuestra devoción al Corazón de María se contradistingue o no sobre la silueta de la devoción que podemos llamar general a María.

Ahora bien, como no me cabe duda de que ustedes aceptarán la especificidad que intento probar, tendremos resuelto el problema la legitimidad del culto y la devoción. Y ya se va viendo que estas cuestiones de la especificidad y la legitimidad están estrechamente imbricadas, y por lo mismo, no parece metodológicamente adecuado distinguirlas más allá de un cierto punto.

            Y es el caso que, en el trayecto que seguiremos, ha de hacerse patente además la excelsitud augusta del Corazón de María, si bien –quede desde aquí advertido- este Corazón se propone más, por obra del Espíritu divino, al corazón del cristiano, que, por obra del escritor o conferenciante, a la vía racional. Emplearé unas palabras del Itinerarium de San Buenaventura, porque, aunque él las escribiera a otro propósito, creo que se adaptan también al nuestro-:

Esto es algo misterioso y secretísimo, que solo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo […]. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano, pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; […] no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos […].

Este fuego es Dios […], y Cristo es quien lo enciende […]. Oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: ‘Te basta mi gracia’ [2 Cor 12,9] [2].

Debo advertir, por último, que muy a menudo lo que diga será aplicable al Sagrado Corazón de Jesús; entre la devoción a Este y la devoción al de María rige una ley de analogía en la cual la devoción al Corazón de Cristo es el primer analogado; no obstante, la analogía –como no podía ser menos- encuentra una hiato profundo en un dato fundamental y sagrado:

«La verdad del simbolismo natural que relaciona el Corazón físico de Jesús con la Persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria de la unidad hipostática»[3].

Las analogías entre Corazón y Corazón son tan obvias, que no es preciso estar anotándolas a cada paso.

Nuestra labor será suficiente si identificamos el Corazón de María en cuanto se contradistingue de la devoción a María en general, al menos mientras nadie nos presente problemas semejantes en relación con otra devoción mariana (advocación, aparición,  práctica, etc.).

  1. Individuación del objeto de la devoción 

Causa pena comprobar cuántos entienden que el Corazón de María es un sinónimo de María. De hecho, si eso es así, la devoción al Corazón es totalmente prescindible.

No son lo mismo. ¿Cuál es la diferencia? Debemos examinar el objeto de la devoción al Corazón de María.

  1. a) ¿El corazón de carne?

Distinguiremos, en ese objeto, entre el significante y el significado. Sin  duda, el significante es el corazón físico.

Y hemos de preguntarnos qué estatus otorgamos al corazón de carne. ¿Es el corazón orgánico de María el objeto de la devoción? La cuestión estuvo sobre el tapete desde los días de San Juan Eudes. En mi opinión, un eximio mariólogo español, el P. Joaquín María Alonso, C. M. F. (1913-1981), de esta Sociedad, resolvió definitivamente el problema y, quebrando dicotomías que se suscitaban, salvó en el plano teórico la misma posibilidad de la devoción.

Alonso despeja el corazón de carne del centro del escenario, para no contemplar en él más que un «elemento material de ascensión al espíritu»[4]. «El corazón de carne no sirve más que para fijar el espíritu»[5]. Por este procedimiento, Alonso

– evita concepciones cosificadoras del Corazón de María;

– termina con el hecho inevitable de que el corazón de carne, percibido como objeto, se interponga entre el orante y la Señora, en incongruente redundancia o duplicidad con ella;

– otorga fundamento a una posibilidad de delinear un concepto de Corazón de María que será centro de María, de la mariología y de toda devoción mariana; a esto hemos de volver.

Queda, pues, el músculo cardíaco reducido a la mera condición simbólica de índice, y el término indicado, el verdadero objeto de la devoción, es la persona de María en cuanto amante, como hemos de ver. Lástima que, por ser índice, un día y otro se cumpla el conocido adagio: «Cuando el sabio alzó su índice señalando a las estrellas, el necio se quedó mirando al dedo».

            Seguir tomando como objeto el corazón muscular equivale a degradar una devoción que, si algo es, es un culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23). 

  1. b) Objeto real de la devoción          

           Hasta aquí, cuanto se refiere al corazón como significante. Para acceder a su significado –para saber adónde indica el índice constituido por el corazón de carne-, escojo aceptar el simbolismo natural, entre otros criterios posibles, que no dejo de tener presentes[6]. Y es bien cierto que este símbolo ofrece muchas posibilidades, pero también que limita el campo de una forma muy orientadora. Al menos en nuestro ámbito cultural, es imposible emplear el  corazón fuera de dos significados secularmente admitidos.

            Ciertamente, así es, porque en nuestro ámbito cultural el corazón ofrece dos posibilidades. Puede ser la centralidad o interioridad de alguien o de algo, como cuando se habla del corazón de una manzana, o de un problema, o de un ámbito geográfico (París, corazón de Francia), etc. Este sentido es el que predomina en la Biblia[7] –donde el corazón es ante todo el lugar en que el hombre se encuentra con Dios o lo rechaza- y en toda la literatura cristiana, y el que está presente en los tres versículos del Corazón de María:

«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19).

«Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,34)[8].

– «María guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).

Podríamos escoger muchísimos versículos más, en los cuales el término corazón evoca la interioridad del hombre.

El corazón puede ser, también, el amor, sobre todo desde el romanticismo; el fundamento es su carácter de órgano manifestativo del amor. El que ama puede ruborizarse y sufrir una subida de la frecuencia cardíaca. Muchos aún creen que el amor reside en el corazón.

Pues bien, parece que se impone escoger entre las dos posibilidades: el corazón como interioridad, el corazón como  amor. De entrada, he de decir que la interioridad de María es, como saben, un abismo de amor. Si irrumpimos espiritualmente en el Corazón de María, haremos pie en el amor más enorme que tiene –todavía hoy- una mera creatura[9].

Y podemos aquí recordar a San Juan Eudes, que con la devoción al Corazón de María entendía -merece la pena fijarse bien-

honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad [10].

A todos nos viene a las mientes la proclama de Pablo:

            “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos.

            “Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada.

            “Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía” (1 Cor 13,1-3).

Nos son conocidas también las calificaciones de San Agustín y Santo Tomás para la caridad: el primero la llama vita virtutum[11], y el segundo, forma virtutum[12]. El amor es a las virtudes como la mano a los dedos.

Si esto es así, es totalmente lícito considerar el Corazón de María como amor, a condición de que -conciliando posibilidades- lo entendamos como San Juan Eudes: un amor que es origen de todo en la persona de María, central, original, fontal, un amor diffusivum sui, una interioridad, un centro. Joaquín María Alonso habla del «amor como fondo y centro»[13], de eius vitam interiorem in amore fundatam[14], expone que «como raíz y forma, el amor puede ser tomado por toda la vida íntima de María»[15]. Dado que no hay razón para renunciar a ninguna de las dos posibilidades -amor e interioridad-, porque ambas se encuentran en el Corazón, si se admiten las dos, no se pierde ninguna de las dos riquezas.

En suma, el Inmaculado Corazón es a la vez amor e interioridad, y ambos se funden, ya que entendemos aquí el amor como origen y raíz; lo cual permite entender comprendidos también, en términos sucesivamente más amplios como planos cinematográficos, la afectividad, la vida intelectiva en cuanto impregnada de amor, la interioridad formalizada por el amor, por último la persona misma en cuanto principio de actos de amor.

No es, pues, el Corazón de María un órgano, sino un principio, no un objeto (menos una cosa), sino una formalidad o modo de considerar: la formalidad de ver a María Santísima de una manera entre otras posibles, a saber, desde el punto de vista de su amor[16]. La mejor definición del Corazón de María que he encontrado son las siguientes palabras de José Ruiz López, que podrían pasar por todo un resumen de las tesis de Alonso: el Corazón de María es «ver a María a través de su amor»[17]. Es, dice Alonso, la persona de María en cuanto principio de actos de amor, el amor en cuanto configura la persona de María. Pero la persona solo puede ser el Corazón de María mientras la entendamos como fuente de amor; en otro caso, estamos venerando a María –acaso bajo una de sus advocaciones-, pero no habrá hecho entrada la especificidad que determina al Inmaculado Corazón[18].

Y todo ello, visto desde un punto de vista sobrenatural, resulta ser la misma santidad y la misma gracia de María, ya que en ella no existe diferencia entre el amor natural y el amor sobrenatural que constituye la santidad, entendida como unidad personal de vida. Es interesante que nos fijemos aquí en Ez 36, que contiene una fórmula de alianza (la efectuada, realmente, en Cristo), que se expresa con las palabras rituales de alianza («vosotros seréis mi pueblo»), pero inextricablemente unida al corazón:7


«Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro  interior un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vuestro interior y haré que caminéis según mis preceptos […]. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36,26-29).

Y no podemos olvidar la perícopa también bellísima, también contenedora de una fórmula de alianza vinculada al corazón nuevo,  de Jer 31-32:

«Y ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios. Les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman todos los días… Pactaré con ellos una alianza eterna, por la que no cesaré de seguir haciéndoles el bien, y pondré en sus corazones mi temor para que no se aparten de mí. Me gozaré haciéndoles el bien» (Jer 32,38-41; cfr. 31,33-34)[19].


Joaquín María Alonso, de la mano de San Juan Eudes, ha visto en la espiritualidad cordimariana esa renovación del corazón prometida en el Antiguo Testamento, posible solo por la colación del Espíritu Santo, realizada, por ende, solo en la Nueva Alianza y cumplida en María en su «última plenitud»[20]. Y es que estas dos perícopas anuncian, nada menos, esa Nueva Alianza que se realizará en Jesucristo, cuando, por el Bautismo, la donación del Espíritu suprimirá la distancia entre el corazón y la Ley; cuando Él, cancelando la división en el alma del creyente, renovará a este desde el interior –que es el corazón-, y con ello le tornará posible el cumplimiento de la Ley, porque se la introducirá en el corazón en forma de gracia[21]. La religión cristiana es, decididamente, una religión del corazón[22].

Todo ello se realiza en María, en quien no existió ni existe un solo instante en el que ella haya dejado de amar al mismo tiempo las  cosas naturales y las sobrenaturales con ese único y unificado Corazón que ella tiene. El Corazón de María es la santidad de María, y si ella no tuviera Corazón, no sería nada.

  1. Consecuencias 
  1. a) Corazón como unidad 

Esta concepción del objeto, que, por el momento, no he de disimular que se trata de la del P. Alonso si le he entendido bien, hace de tal objeto un foco que arroja una potente luz. Al ver en el Corazón de María el amor en cuanto principio de la interioridad y en cuanto formalidad personal, Alonso lo pone en condiciones de informar toda la persona de la Virgen; de informar toda la mariología; y de informar toda forma de espiritualidad mariana. «Toda la belleza de la hija del rey está en el interior» (Sal 44,14, Vg). En la concepción de Alonso, todas las excelencias de María pueden ser enfocadas como partes potenciales de su amor, y por lo tanto de su Corazón, y de forma correlativa, todas las devociones marianas vienen a ser partes potenciales de la devoción al Corazón.

El Corazón de María puede informar todas las devociones marianas, puede interiorizarlas y puede purificarlas en el mismo alto grado en que se presenta como una instancia capaz de conferir unidad a la mariología. Y ello depende de una sola y evidente razón, que es su radical identificación con la unidad personal de María. 

  1. b) Virtualidades que entraña el entender el Corazón como un órgano espiritual

La devoción al Corazón de María es una devoción difícil. Ello explica muchas oposiciones. Las pretensiones, aparentemente injustificadas, de entenderla como forma, vocación, etc., de las devociones –que tienen además fundamento en revelaciones como la de Fátima- encuentran a menudo reticencias que provienen de entenderla como una devoción más; y ello resulta de un entendimiento cosístico de su objeto. Pero en la medida en que,   lejos de entenderlo como el corazón muscular, se ve en él un Corazón que es formalidad y que es amor como principio y fuente, el Corazón de María deja de ser una parte de María para ser –sencillamente- toda María, aunque vista –y esta es condición fundante- bajo aquella formalidad que contradistingue -con especificidad propia y por tanto con legitimidad y sentido: aquellos por los que yo preguntaba desde el principio- la devoción al Corazón de María de la devoción general a la Santísima Virgen.

  1. c) Tránsito de lo corporal a una altísima espiritualidad

Y esta devoción, en apariencia tan material (un corazón), es elevadísimamente espiritual, es un culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23)[23]. Nuestra devoción al Corazón de María, rectamente entendido su objeto, resulta ser una coherente defensa, exaltación y celebración de la primacía de la gracia sobre la naturaleza en María, de lo espiritual sobre lo corporal, en ese orden de ideas que, entre otras formas, se significa en la Escritura con la idea de la circuncisión del corazón frente a la de la carne[24], y en el cual San Pablo reclama un «culto razonable» (Rom 3,25; 12,1; 15,15s.), que podría equivaler al «culto en espíritu y en verdad» (Jn 4,23).

En ese mismo orden de ideas, igualmente, el propio Jesús -que dice el Evangelio «que sabía lo que hay en cada corazón» (Jn 2,25)- tiene en más alta estima la santidad que la maternidad de su misma madre (cfr. los llamados «evangelios antimarianos»: Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21; Lc 11,27-28[25],  y los comentarios de San Agustín[26] y otros padres). Enseña Jesús también que

lo que entra por la boca no hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca: eso sí hace impuro al hombre (…). Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias (Mt 15,18-19).

Está diciendo el Maestro que la carnalidad de unos alimentos u otros no comporta mayor o menor moralidad, frente a los acontecimientos del corazón de cada persona, que sí la comportan; el acto bueno nos hace buenos; el malo, malos. La moral radica en el corazón, aunque puede decirse quizá que este último extremo no está estrictamente revelado aquí, donde la referencia es solo al pecado. Lo que nos importa es que se expresa esa primacía de lo espiritual sobre lo carnal, y se emplea para expresarlo la carnalidad del símbolo del corazón.

Residenciar todo lo mariano en un núcleo espiritual –y la historia de la piedad ha querido cifrar ese núcleo en el Corazón, como una opción entre otras en principio posibles- vale tanto como extraer la quintaesencia de todos y cada uno de los aspectos de la persona, de las cualidades y de los episodios vitales de la Virgen María. Y esto es, ciertamente, abrir la puerta a una espiritualidad excelsa. 

  1. d) Unidad y santidad 

Pocas preguntas nos quedan ya. ¿Qué es lo que está más en el fondo del Corazón de María? Yo no vacilo hoy en afirmar que su naturaleza de unidad. El Corazón de María es una especie de última instancia  de María, que confiere -como queda dicho- la unidad a la persona de María, la unidad a la mariología y la unidad entre todas las devociones marianas. El Corazón de María es el non plus ultra mariano: por lo mismo que es lo más alto, no existe un más allá al que subir. El Corazón de María es la quintaesencia de todo lo relativo a la persona de nuestra madre. En palabras de Alonso:

“La devoción al Corazón de María destaca enormemente esta unidad verdadera [la de la persona de María], en cuanto que nos invita a penetrar en aquella raíz de donde procede todo lo íntimo del alma: «quia ex corde exeunt cogitationes…» No dividamos, pues, a la Virgen en muchos objetos materiales, sino retengamos el verdadero objeto formal [i. e., razón para la veneración] que guarda la unidad en todas las formas en que se expresa sensiblemente o simbólicamente la devoción en general a la Virgen. Este objeto formal tiene su propia expresión perfecta y simbólica en el Corazón […]. Los símbolos por los que se expresa cada una de las devociones no son sino manifestaciones sensibles de una única razón formal; mientras que el Corazón Inmaculado de María expresa esta misma razón formal, entendida en su unidad formal, como raíz y causa de todas.

[…] La última unidad […] es la unidad superior personal […].

La unidad personal de la Virgen fue la mayor después de Cristo […]. Todos los movimientos y funciones, tanto del cuerpo como del espíritu, se reducen a una sola raíz plenamente personal en la Virgen; y su expresión perfecta y simbólica es el Corazón[27].

Segunda pregunta: ¿qué es lo más excelso de este Corazón, que concita de inmediato el amor y la entrega de quien se encuentra frente a él con un espíritu propicio? A no dudar, la santidad. Habrase de tener en cuenta que estamos hablando del Corazón de la Inmaculada. Es cierto que la unidad y la santidad son inseparables; ya que la santidad es unidad de vida, y podríamos recordar aquí varios extremos que hemos examinado.

Pero, si bien es cierto que la unidad personal (tal como nosotros la entendemos aquí) y la santidad son inseparables, no por ello nos está vedado el distinguir. Y, puesto que el Corazón de María es «ver a María a través de su amor», y la caridad o amor es la reina de las virtudes, quien cultive esta devoción se acercará como más no es posible a la santidad de la Reina Inmaculada.

No nos está vedado el distinguir, y nosotros reconocemos a la unidad del Corazón el rasgo de conferir unidad a María, la mariología y la piedad mariana. Y reconocemos a la santidad del Corazón lo que de más valor existe en él.

 

Conclusión

Solo nos queda una conclusión obligada. En nuestra exposición, hemos seguido de cerca -pero no sin aportaciones personales- a Joaquín María Alonso. Y este autor insistía con ahínco en el estatus que tiene la devoción, cuestión que he dejado hasta aquí asomar solamente. Sin afirmar que fuese la devoción más excelente[28], afirmaba que era la vocación a que toda otra devoción mariana estaba internamente llamada, si es que se cultivaba con autenticidad de espíritu[29]. Ni siquiera hacía falta que la persona conociese nuestra devoción.

            “En una palabra: la devoción al Corazón de María es la forma de todas las devociones marianas. Y así como sin la caridad no existe verdadera virtud sobrenatural en su estado completo de virtud, ni siquiera la fe y la esperanza, como dice Santo Tomás, así igualmente sin esta devoción, no existe verdadera y auténtica devoción mariana»[30].

No es difícil de comprender tal acentuación, según todo lo que acabamos de saludar en el Corazón de María, desde la interioridad hasta la santidad de la Virgen, pasando por su amor, la condensación de su vida y virtudes, etc. Pero sí conviene aludir a la razón particular por la que Alonso afirma esa naturaleza de vocación para la devoción; a saber: está en condiciones de informar, de interiorizar y de purificar cualquier devoción mariana[31].

Y las tres cosas las hace desde el instante en que esas otras devociones se imbuyen de un genuino espíritu de verdadera marianidad, porque en ese instante están viviendo del espíritu del Corazón de María.

Santa Laura Montoya afirmaba que el Corazón de María es «el lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad». Yo prefiero otra fórmula: «el Corazón de María ha de ser nuestro punto de encuentro con el Espíritu Santo». Un elemento, el corazón, que tomamos como símbolo, nos transporta, por ser símbolo y por el contenido de ese símbolo en nuestras culturas, al reino de la magia esplendente de lo más hermoso de una pura criatura que se llama María: el centro, el amor, la unidad, la condición de quintaesencia de María, su santidad y tanto más. Hoy que nos urge –justamente- informar, interiorizar y purificar la religiosidad popular, este Corazón puede servirnos a maravilla, si sabemos proponerlo bien; y esta es solamente una faceta entre muchas que nos muestran la actualidad de la devoción; la cual -téngase presente, porque la tendencia suele ser quizá a un intimismo autónomo de Narciso- deberá mostrarse siempre decididamente unida a la caridad y a lo apostólico y misionero.

            Nada más. Alabado sea Jesucristo.


[*] El ingreso no se produjo.

[1] Más por extenso he tratado el tema en M. Ruiz Tintoré, “¿Qué es el Corazón de María? Objeto de esta devoción en la obra del P. Joaquín María Alonso (1913-1981)”: Anales de teología 15 (2013) 433-479. No obstante, en algunos aspectos mis puntos de vista han evolucionado de entonces acá.- Todas mis obras que se reseñan en este ensayo pueden consultarse en mi blog informático personal, a excepción de “La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María”. Para lo demás -incluyendo variedad de otros ensayos marianos-, bastará con el siguiente indicativo: soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/las-glorias-de-maria/

[2] S. BUENAVENTURA, Itinerarium mentis in Deum, 6: Opera omnia, 5, 313.

[3] Pío XII, enc. Haurietis aquas, «AAS» 48 (1956) 344. En palabras de José María Bover, “la devoción al Corazón de María debe concebirse analógicamente respecto de la devoción al Corazón de Jesús […]. Es decir, que los elementos que la integran deben ser, proporcionalmente, los mismos que integran la devoción al Corazón de Jesús. La verdad de este principio, así entendido, es evidente […]. Prueba que las prerrogativas ya reconocidas de María deben guardar con la divina maternidad, que es su razón de ser, la misma proporción que las de Jesu-Cristo guardan con su divina filiación o con la unión hipostática, en la cual radican. La analogía, que es parcial identidad y parcial diversidad, recibe en nuestro caso la diversidad de la que media entre la maternidad divina y la unión hipostática; y la identidad, de la uniforme tendencia o significación de las prerrogativas o denominaciones. Al decir, por ejemplo, que la exención de todo pecado en María es análoga a la de Jesu-Cristo, expresamos a la vez la parcial diversidad y la parcial identidad […]: la diversidad, por cuanto la de María […] es un simple privilegio, mientras que la de Jesucristo, derivada de su divina filiación, es de estricto derecho; la identidad, por cuanto es uniforme el sentido de ambas denominaciones; pues tan exenta estuvo María de todo pecado por privilegio, cuanto lo estuvo Jesu-Cristo por derecho” (J. María Bover, “Problemas fundamentales de la devoción al Corazón Inmaculado de María”: Revista Española de Teología 4 (1944) 94-95. Por mi parte, he dedicado unas páginas a la relación entre ambos Corazones en Miguel Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, en la obra del P. Joaquín María Alonso, tesis de licenciatura, Facultad de Teología del Norte de España, s/ed., 2012, 139-147.

[4] J. María Alonso, “Sobre una teología del Corazón de María”: «Ad Maiora» 9 (1956) 35 (es conferencia en Balmesiana, ¿Barcelona?, de 1943, inéd. hasta este momento).

[5] Íd., El Corazón de María en S. Juan Eudes-II (Espiritualidad e influencias) (COCULSA, Madrid 1958)200.

[6] Una voz también insigne como es la de Narciso García Garcés (fundador, él, de nuestra Sociedad) establece cinco criterios que deben conjugarse para determinar el objeto de la devoción: a) Usus et valor huiusmodi verbi in sensu profano et populari certo attendi debet. b) Sensum vocis cordis in S. Scriptura oblivisci non possumus. c) Debemus item considerare quid nomine “cordis” intelligatur in devotione sacratisimi Cordis Iesu. d) Sciendum quid senserint primi apostoli et fautores devotionis SS. Cordium Iesu et Mariae. e) Denique criterium maximum esto doctrina Ecclesiae, sive in officialibus documentis, sive in liturgia (N. García Garcés, De Immaculato Corde Beatae Mariae Virginis seu quid veniat nomine “Cordis” et quodnam sit obiectum proprium eius salutiferae devotionis: in Pontificia Academia Mariana Internationalis, Alma socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. II-fasc. II: De Corde Immaculato B. V. M., 32-33). La primacía, excesiva cuando menos, otorgada al Magisterio -como norma próxima de la Revelación (criterium maximum esto)- frente a la Escritura (oblivisci non possumus) es característica de su tiempo, como sabemos, y de largo tiempo antes y algún tiempo después (hasta el Vaticano II). Pero resulta más sorprendente que el valor del criterio de Escritura se tome del criterio magisterial (o tradicional): Est enim Scriptura primarius fons ex quo liturgia immaculati Cordis desumitur, etc. Yo he privilegiado siempre el primer criterio (porque en realidad no se trata de otra cosa cuando hablo del simbolismo «natural» del corazón), y por lo demás, los he empleado todos en un momento u otro, aunque con poco acento -he de reconocerlo- en el criterio magisterial. Ocurre, no obstante, que los límites del presente trabajo no darán lugar a la exhibición de todos los criterios.

[7] Las siguientes palabras de García Garcés avalan diversos extremos que defiendo en este ensayo: In S. Scriptura cor sensum obtinet amplissimum: est enim centrum roboris et energiae vitalis physicae, centrum similiter totius vitae spiritualis (supponit enim pro potentiis superioribus: memoria, intellectu, mente) necnon vitae affectivae, cum cordi tribuantur vitia et virtutes, dolor et laetitia, amor et odium. Y todo lo que sigue nos interesa de manera particular, como se ha de ver en seguida: «Quandoque etiam, licet raro, amorem significat», uti scienter notat Pujolrás [H(enricus) Pujolrás, Cultus Purissimi Cordis B. Mariae natura et fundamenta (Milano 1943, 17)]. Unde in S. Scriptura, voce “cordis” potius quam amor, principium vel centrum amoris et vitae spiritualis universae debet intelligi (N. García Garcés, ibíd.).

[8] Muy a menudo, en la Escritura, son fluidos e intercambiables términos como corazón, espíritu, alma, vida, etc. En Lc 2,34 (citado), está plenamente justificado hablar del corazón, y así lo ha hecho la tradición iconográfica, que, durante siglos, ha representado el Corazón de María atravesado de cinco o siete espadas. En la patrística, la tradición la encontramos, por ejemplo, en Orígenes: «¿Cuál es la espada que traspasó el corazón [no el alma] de María?«(Orígenes,  In Lucam homilia XVII: PG 13, 1845). San Máximo Confesor escribe con insistencia: «Oh madre del Señor, en tu corazón ha penetrado la espada que Simeón te había predicho. Entonces se clavaron en tu corazón los clavos que atravesaron las manos del Señor […]. Los incontables sufrimientos y heridas del Hijo repercutían en tu corazón» (S. Máximo Confesor, Vida de la Virgen, 78: CSCO 22, 67). Todavía más incisivo es Jorge de Nicomedia: «¿Quién podría contar los numerosos golpes que en esta circunstancia atravesaron el corazón de la madre? […] Se desgarró el corazón de su madre […]. Entonces una espada más penetrante se clavó en el corazón de la Virgen […]. Mientras en la mano se clavaba el clavo, en el corazón se abría una herida mortal» (Jorge de Nicomedia, In Sanctissimam Mariam adsistentem cruci, Oratio 8: PG 100, 1457-1489). También es cierto que modernamente se han propuesto interpretaciones diferentes -algunas bien sugestivas- para  la espada de Simeón.

[9] Cfr. M. Ruiz Tintoré, “Actualidad y vigencia de la devoción al Corazón de María, basadas en su condición sacramental”: Scripta de Maria II/XII (2015) 169.

[10] St. Jean Eudes, La dévotion au très saint Coeur et au très sacrè Nom de la bienheureuse Vierge Marie, en Oeuvres complètes-VIII, éd. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 435.

[11]  De laudibus quartets.

[12] II-II, q. 8.

[13] J. María Alonso, “El Corazón de María en la teología de la reparación”: EphMar 27 (1977) 343.

[14] Íd., Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas Ss.mae Trinitatis, in Academia mariana internationalis, Alma Socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. VI, fasc. II (PAMI, Romae 1952) 74.

[15] Íd., “El Corazón de la Inmaculada”: Verdad y Vida 15 (1957) 335.

[16] Cfr. M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos…, cit., 147-155.

[17] J. Ruiz López, Inmaculado Corazón de María. Consagración y reparación, inéd. en mi poder, 18.

[18] En realidad de verdad, no estamos haciéndolo bien en cuanto a la denominación. Digo esto porque, hacia 1911, una aparición de nuestro Señor a Berta Petit (1870-1943) le dice: «El Corazón de mi Madre tiene derecho a ese título de Doloroso, y yo lo quiero situado antes del de Inmaculado, porque lo ha adquirido por sí misma. La Iglesia ha reconocido lo que yo mismo hice en su Concepción Inmaculada. Es necesario ahora, y yo quiero que sea comprendido y conocido el derecho que tiene mi Madre a un título de justicia« (É. Glotin, La Biblia del Corazón de Jesús [Monte Carmelo, Burgos 2009], 590). Según esto, la denominación del Corazón –que algunos ya emplean- es la de Corazón Doloroso e Inmaculado: porque –dice el Señor- el título de Dolorosa se lo ganó María por méritos propios, mientras que el de Inmaculada es un privilegio gratuito. Surge la cuestión de identificar en qué medida la variación en el nombre supone una variación en la devoción, que toma, a mi parecer, algunos tintes diferentes.

[19] Ha de llamar la atención esta formulación, quizá la más honda de la Esritura, de la naturaleza del temor de Dios: si normalmente el temor induce a la huida, cuando se trata de Dios y del justo, produce el efecto contrario.

[20] Cfr. J. María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-I: Historia y doctrina (COCULSA, Madrid 1958), 146; II: Espiritualidad e influencias (COCULSA, Madrid 1958), 18-21.

[21] Se lee igualmente en el Sal 119: «En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti… Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón» (Sal 119,11.32). A propósito de nuestro breve comentario de Jer y Ez, parecidamente se expresa Luis Sánchez Navarro: «Por medio de Jesús, el Padre ha realizado esta promesa [la de Ez 36,26] de manera desbordante: porque ese “espíritu nuevo” es el espíritu del Hijo que en el corazón del redimido clama “Abbá, Padre”. La “ley escrita en el corazón” que prometiera [sic] Jeremías para la nueva Alianza (el “Nuevo Testamento”: Jer 31,31-34) es Cristo mismo, ley personal que vive en el creyente y lo vivifica. La realidad nueva del corazón cristiano es la revelación de una presencia. En él ha entrado a morar la Trinidad divina« (L. Sánchez Navarro, La revelación de una presencia: el corazón en Pablo y en Juan, en Carlos Granados-José Granados (eds.), El corazón: urdimbre y trama, Burgos 2010, 81).

[22] «Quien hace el bien llega al umbral del templo; quien ama alcanza el santuario» (Rabindranath Tagore, Pájaros perdidos-Luciérnagas, Barcelona 2005, 77). Y es cierto que no nos referimos en primer plano al sentimiento; pero lo es también que le atribuimos un papel destacado. Estamos hablando de María, y el cardenal Ratzinger declaró por un lado: «La verdadera devoción mariana garantiza a la fe la convivencia de la “razón”, a todas luces indispensable, con las no menos indispensables “razones del corazón”, como diría Pascal […]. El hombre no es únicamente razón ni solo sentimiento; es la unión de estas dos dimensiones […]: la devoción a María […] asegura […] a la fe su dimensión humana completa» (card. J. Ratzinger-V. Messori, Informe sobre la fe [Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 51985] 115-118). Pero, por otro lado, siendo ya Papa Benedicto XVI, enseñó: «Todo en la Iglesia, toda institución y ministerio, incluso el de Pedro y sus sucesores, está “puesto” bajo el manto de la Virgen […]. Se trata de un vínculo […] que en todos nosotros tiene naturalmente una fuerte resonancia afectiva, pero que, ante todo, tiene un valor objetivo» (homilía, 25-III-2006). Las siguientes palabras apuntan, por último, una función que -en el ámbito de lo cordial y cordimariano- puede desempeñar la piedad a la Virgen: «El órgano para ver a Dios es el corazón purificado. A la piedad mariana podría corresponderle provocar el despertar del corazón y realizar su purificación en la fe. Si la miseria del hombre actual es desmoronarse cada vez más en puro bios y pura racionalidad, la piedad mariana podría contrarrestar tal “descomposición” de lo humano, y ayudar a recuperar la unidad en el centro, desde el corazón» (J. Ratzinger-H. U. von Balthasar, María, Iglesia naciente, Encuentro, Madrid 1999, 26).


[23] Cfr. M. Ruiz Tintoré, “Toda la belleza de la hija del rey está en el interior (Sl 44,14, Vg): Fundamentos de la teología del Corazón de María en la obra del P. Joaquín María Alonso”, EphMar 62 (2012) 506.

[24] Cfr., al menos, Lev 26,41; Dt 30,6; Jer 4,4; Hch 7,51; Rom 2,28-29.

[25] Los textos son los siguientes:

«Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: “¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que desean hablar contigo”. Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?” Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”” (Mt 12,46-50). El paralelo de Mc es casi idéntico. En cuanto a Lc, Jesús da una respuesta algo distinta: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21).

«Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” Pero él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”» (Lc 11,27-28).

[26] Cfr., al menos, Sermo 25, 7-8: PL 46, 937-938; es de S. Agustín el más conocido texto de la patrística sobre el Corazón de María: Materna propinquitas nihil Mariae profuisset, nisi felicius Christum corde quam carne gestasset (De sancta virginitate, 3: PL 40, 398). Alonso glosa a S. Agustín: «…ni la Madre hubiera llevado a tal Hijo en su seno, sin antes haberlo llevado en su Corazón: toda la teología de la maternidad divina tiene un subsuelo caliente bajo el rescoldo del Corazón de María» (Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a J. María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, 2 vols. (COCULSA, Madrid 1960), vol. I, 5-116., la cita en p. 49). Es la maternitas prius corde quam ventre, también quia in corde, ideo in ventre (cfr. Hugo de San Víctor, De Beatae Mariae virginitate: PL 176,872), y además, durante mucho más tiempo en el Corazón que en el vientre, porque en el Corazón Jesús permanece para siempre). El Verbo divino no entró en este mundo por el vientre de María: entró por el Corazón de María; y el vientre fue un segundo escalón. Es un tema crucial que he de desarrollar algún día.

[27] J. María Alonso, “El Corazón de la Inmaculada”, art. cit., 332-333.

[28] «Los cultos a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, están llamados a ser […], no una devoción más entre las otras, ni siquiera la más importante; sino la forma de todas las demás, sin la cual las “otras” no son verdaderamente tales» (Joaquín María Alonso,  La Consagración al Corazón de María, cit., 38; la negrilla es del autor, la cursiva mía).

[29] Me he ocupado de ello en M. Ruiz Tintoré, “La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María”, EphMar 63 (2013) 467-485

[30] J. María Alonso, La consagración al Corazón de María, cit., 40. La negrilla, en el original.

[31] Sobre estas tres notas, cfr., sobre todo: El Corazón de María en S. Juan Eudes-II, cit., 109-110; La consagración al Corazón de María, cit., 38-40, 88-90. Puede verse también M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos…. cit., 20-26; íd., “La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María”, art. cit., 473-478.

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