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EL CORAZÓN DE MARÍA: UN TESORO ESCONDIDO EN LA IGLESIA

Conferencia para ser leída en el congreso del Apostolado Mundial de Fátima (Fátima, octubre de 2015)

1. Permíteme cantar tus alabanzas, Virgen Santísima; dame fuerzas contra tus enemigos.

Sacerdotes presentes, querido amigo Don Américo López, señoras y señores, hermanas y hermanos todos en los Sagrados Corazones, a quienes me encomiendo al comenzar esta disertación:

No pudiendo estar presente, se me concede presentar estas líneas, y yo se lo agradezco a la presidencia.

2. Nuestra fe –prudencial, como sabemos- en Fátima no debería tener bastante con los elementos que la Virgen ha hecho aparecer. Al contrario, se requiere un esfuerzo comprometido por elucidar teológicamente esos elementos; la teología es “la fe que busca entender” (dijo San Anselmo), y “una fe no pensada no es fe” (dice un aforismo medieval). No parece que sea suficiente limitarse a relatar, hasta el infinito y sin aportar nada nuevo, el potente fogonazo mariano que aconteció en 1917. Una vez más, la fidelidad no consiste meramente en un repetir; Fátima no lo es todo, sino una cumbre de una devoción multisecular y, desde luego, nunca un punto y final, sino más bien un punto de partida; en suma, la fidelidad a un testimonio no está en retenerlo, sino en acrecentarlo, y la mejor tradición es la que progresa1.

Para que dé fruto el árbol de la piedad, de la espiritualidad cordimariana, no nos basta con la estupefacción de aquellos (y de otros) acontecimientos carismáticos, sino que necesitamos una estupefacción que será mucho mayor cuando acudamos a encontrar la raíz de todo ello.

La raíz teológica. Toda espiritualidad hunde sus raíces en el plano doctrinal, lo mismo que no hay caridad sin verdad. Una vez que aceptemos –me parece evidente- que en el Corazón de María está amándonos Dios, hay una exacta formulación para nuestra espiritualidad cordimariana: “Amemos, porque él nos amó primero” (1 Jn 4,19)2.

Pero también es verdad que los acontecimientos de Fátima, Pontevedra y Tuy siguen esperando luz. Un Corazón se ha abierto ante el rostro del mundo. Y ese Corazón puede clamar con San Pablo: “Nuestro corazón se ha abierto de par en par […]. Abríos también vosotros” (2 Cor 6,11-13).

Fátima ha sido la máxima revelación, después de los versículos evangélicos Lc 2,19.35.51 -que forman parte de la revelación pública y normativa-, del Corazón de María. Pero, sencillamente, la Virgen, que viene a revelar su Corazón –y otros elementos que no son objeto de esta conferencia-, lo revela por algo, que en parte queda expreso, pero en grandísima parte no.

No sé si ahora diré un absurdo, pero, además, Fátima es, entre otras cosas, una revelación que podemos llamar política. Y puede irse perdiendo su fascinación cuanto más lejos vayan quedando el comunismo y aquellas guerras mundiales. Ojalá que para entonces tengamos preparada una cultura fatimita que muestre que –todavía y para siempre- Fátima sigue en pie, y la Señora no se marchó de la Capelinha.

3. En sintonía con el mensaje de Fátima –a la que llamo mi patria-, en algún lugar he escrito que la devoción a este amado Corazón de María no es cuestión de intimismos (si los intimismos se quedan ahí), sino que se trata de una cuestión misionera y evangelizadora3. La devoción al Corazón de María ha de ser la bandera del movimiento mariano, y hasta, si se quiere, la punta de lanza de nuestra espiritualidad evangelizadora. Porque es bien cierto que nos encontramos inmersos en momentos difíciles para la fe, y es más cierto que nos encontramos inmersos en un movimiento mariano y del Espíritu Santo que inexorablemente ha de traer el viento del remedio. Cuando hay amor, «la esperanza no defrauda» (Rom 5,5), y eso es Palabra de Dios.

Escuece, no obstante, comprobar la poca relevancia de este Corazón Inmaculado en la vida de piedad y en la pastoral de la Iglesia. Es el destino de las perlas preciosas submarinas y el de los secretos tesoros escondidos (cfr. Mt 13,44-46): que están escondidos hasta que alguien acierta a encontrarlos; pero, como alguien acierte a encontrarlos, corre a vender todo lo que tiene a cambio de ellos.

Tratemos de descubrir este tesoro para que nos santifique y para llevarlo a los demás. Si sabemos presentarlo, tendremos éxito: porque al amor de una madre, no se niega en principio nadie.

4. Todo lo que diré, sobre todo en la primera parte, tiene su origen, de forma directa o derivada, en el trabajo del claretiano español Joaquín María Alonso (1913-1981). Él fue uno de los mayores estudiosos que ha tenido Fátima y –entre otras muchas cosas- puso en pie, a partir de las enseñanzas de San Juan Eudes, una teología del Corazón de María que nos parece casi totalmente intachable. Presentaba él, por cierto, “el Corazón de María” como “alma del mensaje de Fátima”4.

5. Y cátate aquí que, según Alonso, el desconocimiento de la teología del Corazón de María es una de las causas de su rechazo.

La devoción al Corazón de María encuentra algunas oposiciones e incomprensiones; pero, entre ellas, no es la menor el desconocimiento casi absoluto de su profundo y misterioso contenido teológico”5.

O bien:

Solo cuando se comprende la dimensión teológica profunda que la constituye [la devoción al Corazón de María], se la admite no solo sin dificultad, sino con una veneración sincera que es preludio de una total renovación en la piedad mariana”6.

Es indispensable deshacer un equívoco: el de que el Corazón de María es lo mismo que María. Si así fuera, descartaríamos por superflua y redundante la devoción al Corazón. Algo peculiar, algo característico ha de tener, por fuerza, el Corazón de María que nos haga venerarlo y –lo adelantamos- proclamarlo como la vocación a la que tienden todas las devociones marianas. Corramos ya en pos de este algo diferente que nos explicará el Corazón de María y que justificará su devoción al distinguirlo (sin separarlo) de María misma. Por supuesto, casi todo lo que digo puede aplicarse al Corazón de Jesús, pero eso es evidente, y no hace falta señalarlo cada vez.

6. Nuestra devoción tiene una cuna de oro. En efecto, la devoción al Corazón de María nace en Lc 2,19: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”; Lc 2,51: Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”; Lc 2,34-35: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.

7. Tomo sobre mí la responsabilidad de individuar el objeto de una devoción erizada de complejidades, aunque a muchos les parecerá fácil; quiero saber qué es el Corazón de María, y me sale al paso, de buen principio, la que puede ser la más voluminosa de tales complejidades: qué estatuto otorgar al corazón orgánico de María. ¿Es este el objeto de la devoción? ¿Lo es como símbolo del amor de María?

No creo en tal reducción. El corazón carnal no puede dar lugar al culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) que el Maestro quiere. Y ofrezco dos razones. Una, vivida en mi propia experiencia, es que el Corazón, carnalmente entendido, se erige en una suerte de objeto interpuesto entre el orante y la Señora; perturba la oración.

Otra es aprendida de Alonso. Él defiende que la devoción al querido Corazón es la vocación ínsita en toda devoción mariana, en la medida en que sea verdadera y busque la santidad; y eso, porque la devoción al Corazón de María tiene la virtualidad suficiente para informar, interiorizar y purificar las demás devociones, y para ello no hace falta la aparición explícita de nuestra devoción, porque estará apareciendo si es que aparece su espíritu.

Pues bien, es sencillamente imposible que esa influencia la ejerza una devoción que se profesa a una víscera cardíaca.

Por otro lado, algunos rechazaban y rechazan por completo el elemento corazón en la devoción. Y ello equivale a cercenarla tanto, que, perdiendo su elemento material –por así llamarlo-, pierde su propia identidad y se desvanece como tal devoción. Toda devoción necesita un elemento sensible, y se pretende retirar, de la devoción al Corazón, el corazón.

Había otra tendencia disgregadora que no voy a describir. Es el caso que, en uno de sus mejores momentos, Alonso decide conservar el corazón carnal, pero como mero elemento material de ascensión al verdadero objeto, que iremos viendo cuál es. El corazón de carne no es el objeto. Y sépase de cierto que tenemos la convicción de que, al practicar esta operación, Alonso salva la devoción de la fractura de que estaba desde siglos amenazada; y esto, señores, equivale, simple y llanamente, a salvar en el plano teórico la misma posibilidad de la devoción.

Para el claretiano, el corazón orgánico es, sí, símbolo del objeto de devoción llamado Corazón de María; en cambio, no es el objeto, sino solo el mencionado elemento material de ascensión al verdadero objeto, que veremos cuál es.

8. Y es que debemos a continuación, en nuestro rastreo, preguntarnos por el significado del Corazón. Y lo que vamos a decir ahora es absolutamente fundamental para que se entienda todo lo que sigue. A saber:

Son dos cosas diferentes el corazón orgánico (que escribimos con minúsculas) y el Corazón (con mayúscula) de nuestra devoción. El Corazón de María no es un corazón, sino una espiritualidad y una devoción. Ahora bien, tal espiritualidad está determinada por el símbolo del corazón físico. Y eso permite albergar muchísimo significado, pero solo ese: el natural, el que se le adecua, el que de suyo trae el corazón; otra cosa no es posible: insuflar otro significado que el que nuestra cultura puede atribuir al corazón no sería natural, y no sería aceptado. De esta manera, hacemos lo único que aparece como correcto, que es esclarecer la cuestión guardando fidelidad al dato natural.

Y creo que no me equivoco si digo que, sobre ese dato, en nuestra cultura se han desarrollado dos significados para el corazón: la interioridad y el amor. Necesito y espero que estemos de acuerdo en ello, toda vez que, si no, no podremos entendernos en esta cuestión del objeto del Inmaculado Corazón de María.

9. En casi toda la literatura cristiana, comenzando por la Biblia y excluyendo quizás algún período y el período presente, ha predominado la interioridad, es decir, ese mundo inaccesible a los demás, abierto para Dios, donde se teme y se osa, donde se evoca y se olvida, donde el alma se relaciona con Dios en el sentido de aceptarlo o en el de rechazarlo. Una tal amplitud de significación pone al corazón en grado de albergar en sí una multitud de cosas, como veremos más adelante. Y la justificación natural de que se atribuya interioridad al corazón es tanto la centralidad material de este miembro como la importancia vital de sus funciones.

En cuanto al amor, dejando aparte que en algún momento se haya creído que residía en el corazón, el simbolismo natural de este se funda en que actúa como resonador o manifestador del amor. Nadie dejará de admitir que el amor también se encuentra entre la multitud de cosas que conforman la interioridad.

Sin embargo, hay corazones que no aman, y ese es un motivo para la primacía del concepto de interioridad para definir el corazón. Pero hablamos de María. Ingresad en su Corazón, y lo veréis hasta tal extremo inflamado en amor por Dios, por su Hijo, por los hombres, que Alonso tiene que definir el Corazón de María como “toda su vida interior fundamentada en el amor”7, fundiendo, casi identificando, ambas posibilidades, la interioridad y el amor.

Por tanto, en el caso de María, de hecho, la pregunta sobre la elección entre la interioridad y el amor puede resultar ociosa. El Corazón de María es amor, el Corazón de María es interioridad. En los demás corazones hay múltiples cosas (y eso es interioridad); en el de María, múltiples cosas y solo una cosa, en tanto en cuanto el denominador común de cada cosa es el amor, el amor, el amor. Se ha de ver aquí cómo Alonso otra vez se entrega a una operación de unificación, esta vez en lo que se refiere al contenido que podemos contemplar emblematizado por el Corazón de María.

Y es que, en primer lugar, el corazón –cualquier corazón- es una interioridad, un principio primero, una interioridad en el plano del ser, y, sin embargo, de un ser no estático, sino que ese corazón es la fuente, el origen, el principio, de la naturaleza de la persona.

No es lo esencial que luego eso haya sido referido al amor; porque, todavía, en relación con ese amor, debe distinguirse el amor como ejercicio psicológico del amor metafísico-constitutivo, el eros del agapé que distinguió y reunió Benedicto XVI en Deus caritas est8, el amor cercano a los sentidos y el amor que funda y se difunde porque “el bien es difusivo de suyo”, el cual atribuiríamos más a la interioridad. Si se nos permite una imagen, José Luis Martín Descalzo se ocupó de advertirnos (con estas o parecidas palabras) que “el amor de Dios es una cosa muy distinta del amor de un soldado que dice ternezas a una niñera”.

Es el caso que la devoción al Corazón de María, esta riqueza de significado, no solo la asume, sino que la transporta a “su plano absolutamente sobrenatural y único”9. Para defender este amor originante y fontal, Alonso esgrime dos autoridades de muy distinta importancia. San Pablo, en el capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios, muestra el amor como el que confiere valor a las acciones («si no tengo amor, nada soy», 1 Cor 13,2). Por su parte, son capitales dos pasajes de San Juan Eudes para entender el Inmaculado Corazón y por qué Alonso lo ve continuamente como un origen; si bien nos conviene reservar uno de esos pasajes para un poco más tarde:

Su corazón es la fuente y el principio de todas las grandezas, excelencias y prerrogativas que la adornan, de todas las cualidades eminentes que la elevan por encima de todas las criaturas, como el ser hija primogénita del eterno Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu Santo y templo de la santísima Trinidad […]. Quiere decir también que este santísimo corazón es la fuente de todas las gracias que acompañan a estas cualidades […] y además que este mismo corazón es la fuente de todas las virtudes que practicó […]. ¿Y por qué su corazón es la fuente de todo esto? Porque fueron la humildad, la pureza, el amor y la caridad del corazón los que la hicieron digna de ser la madre de Dios y consiguientemente poseer todas las dotes y todas las prerrogativas que han de acompañar a esta altísima dignidad”10.

10. Y si ahora pidiéramos a Alonso una definición de lo más esencial del Corazón de María, probablemente respondería:

El objeto de la devoción al Corazón de María es la Virgen bajo la razón formal que presenta el simbolismo integral del corazón; es decir, el amor como fondo y centro de la persona”.

Vayan ustedes pasmándose. El Corazón de María no es nada substantivo y, desde luego, no es una cosa, un objeto. Es una formalidad: la formalidad de ver a María de una forma entre otras posibles, a saber, desde el punto de vista de su amor. “El amor es la verdadera y absoluta razón formal de la teología del Corazón de María”11, la cual es una ciencia del amor de la Santísima Virgen12. Si el Corazón de María es una formalidad, deja atrás cualquier modo de materialidad, y su interiorización y purificación no pudo ser mayor. La mejor definición del Corazón de María que hemos encontrado son estas palabras de José Ruiz López, que podrían pasar por toda una síntesis de las posiciones de Alonso: el Corazón de María es “ver a María a través de su amor”13.

El Corazón no es una víscera. Es una formalidad. Es fuente y es principio. Para Alonso, el Corazón de María no puede ser la persona de la Virgen salvo que se entienda esta persona como principio de actos de amor. He aquí, con otras palabras, por qué se puede seguir manteniendo la devoción al Corazón de María, dado que esta devoción aporta algo específico. La interiorización ha desembocado, admirablemente, en la perfecta identificación personal entre el Corazón de María y María misma, a condición –eso sí- de que veamos a María a través de su amor. Al final del viaje, el Corazón de María no es María ni su amor, sino María en cuanto amante o su amor en cuanto amor personal de María.

11. Y el Corazón de María es la quintaesencia, la condensación, el acendramiento de cuanto insuperadamente fragante y santo hay en nuestra Madre tan amada. En la medida en que la santidad es un hecho que tiene lugar en el corazón –porque en él la persona acepta o rechaza a Dios-, en el Corazón de María tiene su hábitat la santidad de la llena de gracia (Lc 1,38), que significa en griego repleta-por-la-gracia, repleta hasta no poder más. Por eso, el Corazón de María tiene una especial relación –que aquí no puedo desarrollar ni mínimamente- con la Inmaculada Concepción. Él es el Inmaculado Corazón de María.

El capítulo 36 del libro de Ezequiel promete a los hombres una nueva Alianza –que será la Alianza en Cristo- caracterizada principalmente porque los hombres, recibido el Espíritu Santo, podrán cumplir los preceptos divinos. Y dice: “Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro interior un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (v. 26). Palabras muy parecidas tenemos en Jeremías 31 y 32. Es claro que, después de Jesús, la más santa es María; es claro también que su santidad comenzó, y comenzó a multiplicarse, en el momento de la Concepción. Es claro que esa inimaginable santidad está relacionada con un Corazón inimaginablemente santo, puro, acendrado y fragante. La santidad puede calificarse como la unidad de vida. Ustedes y yo luchamos por la santidad; y nuestros deseos, nuestro corazón, van siempre muy por delante de lo que realmente hacemos luego en la vida. En el caso de María, no fue así. Ella se dejaba hacer por el Espíritu que habitaba en su Corazón. Y, así, en su corazón nuevo, ella era la que más acogía al Espíritu que venía a acortar esas distancias entre el ser y el deber ser en las vidas de los hombres. Pásmense, señores, pásmense, ante la santidad de María.

12. Henos ya ante el rasgo del Corazón de María que más puede dar cuenta –en mi opinión- de todo este inventario de perfecciones maternales: la unidad. Estas son unas palabras de San Juan Eudes, referidas al Inmaculado Corazón:

Deseamos honrar en la Virgen […] no solamente un misterio o una acción; ni tampoco su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que […] el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad”14.

El Corazón de la Virgen, centro de la persona de María, puede conferir unidad a la teología mariana y puede informar todas las devociones marianas, interiorizarlas y purificarlas –y ser, por eso, la vocación que todas llevan en sí- única y exclusivamente si este Corazón Inmaculado se identifica radicalmente con la unidad personal de María. Es a este punto a donde yo, hoy por hoy, llego. En mi visión –habiendo hecho casi todo el viaje con Joaquín María Alonso-, el Corazón da a entender a María, también la mariología y también a la devoción mariana. Pero eso solo es posible si el Corazón se identifica, exactamente, conclusivamente, con la unidad personal de María.

Espero haber transmitido algo de lo que el Corazón de María es y contiene. Desearía haberos despertado o recordado el deseo de buscar esa perla preciosa con demasiada agua por encima, ese tesoro demasiado escondido en el campo de la Iglesia. Si lo he logrado, bien prepararéis para mí, como premio, lo mismo que pedía el juglar castellano: “un vaso de bon vino”. Tanto si sí como si no, os ruego la limosna de la oración por mi conversión y por las horas difíciles que atraviesa la Iglesia.

Sea alabado Jesucristo.

1 “El mero repeticionismo equivale a una traición al mensaje mismo y a un fraude al hombre” (K. Rahner, Escritos de teología, X, 12).

2El versículo insta, en realidad, al amor al prójimo, pero no encuentro mucha dificultad en aplicarlo también al amor a Dios.

3 Cfr. Miguel Ruiz Tintoré, Actualidad y vigencia perenne de la devoción al Corazón de María, fundadas en su condición “sacramental”, “Scripta de Maria” II/XII (2015), 161-207, la cits en p. 162.

4 Cfr., por ejemplo, Joaquín María Alonso, El Corazón Inmaculado de María, alma del mensaje de Fátima, “Ephemerides Mariologicae” 22 (1972) 240-303; 23 (1973) 19-75

5Joaquín María Alonso, La consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, 2 vols., COCULSA, Madrid 1960, vol. I, pp. 5-116, la cita en p. 115.

6Ibíd., 44.

7 Eius totam vitam interiorem in amore fundatam. Joaquín María Alonso, Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas Ss.mae Trinitatis, en Academia Mariana Internationalis, Alma Socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. VI, fasc. II: De Corde Immaculato B. V. Mariae, Romae 1952, 54-81, la cita en p. 74.

8 Cfr. Benedicto XVI, enc. Deus caritas est (2005), 3-11.

9 Cfr. Joaquín María Alonso, Doctrina y espiritualidad del mensaje de Fátima, Arias Montano, Madrid 1990 (póstumo), 183.

10 S. Juan Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios-I, introd., trad. y notas de Joaquín María Alonso, COCULSA (Cor Mariae,3), Madrid 1958, 132-133.

11 Joaquín María Alonso, Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas SS.mae Trinitatis, cit., 75.

12 Ibíd.

13 José Ruiz López, Inmaculado Corazón de María. Consagración y reparación, inéd., p. 18.

14 S. Juan Eudes, La dévotion au très saint Coeur et au très sacré Nom de la bienheureuse Vierge Marie, en Oeuvres complètes-VIII, ed. cit., 435.

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