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CONTEMPLEMOS TAMBIÉN LOS DOLORES DE LA DOLOROSA

Comencé este artículo como uno de los habituales del blog (pínchese) y para la fiesta de la Virgen de los Dolores (15 de septiembre) de 2016, pero prometí seguirlo aquí. Reproduzco íntegro el principio, y continúo después.


¡Oh vosotros, cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor como mi dolor, como el que me atormenta!

(Lam 1,12).

La amiga Elisa Shejtman nos ofreció su invitación a Despertar a la Pasión del Señor, y está muy lejano de ser el único lugar donde en este blog nos hemos ocupado de la Pasión del Señor[1]. De siempre la Iglesia ha vivido de la contemplación del Crucificado, visto como sufriente (mirada histórica) o visto como Redentor (mirada metahistórica que descubre los valores redentores de ese sufrimiento). San Francisco de Sales escribe:

“El monte Calvario, oh Teótimo, es el monte de los amantes. Todo amor que no se origina en la pasión del Salvador es frívolo y peligroso. Desgraciada es la muerte sin el amor del Salvador; desgraciado el amor sin la muerte del Salvador. El amor y la muerte están de tal manera entrelazados en la pasión del Salvador, que es imposible tener uno de ellos en el corazón sin el otro” [2].

Según San Alfonso María de Ligorio, San Buenaventura escribió: “¡Oh amable pasión, que divinizas al alma que en ti medita!” [3]

Modos de vivir la espiritualidad que no partan del dato axial “Dios me ha amado, ha muerto por mí, ha resucitado y sigue teniéndome hoy exactamente el mismo amor que entonces”, modos que no partan de ahí son modos erróneos por no decir que no son cristianos. Y es cierto que muchos no viven del Dato. Por eso, San Alfonso María de Ligorio se hacía una pregunta y la respondía:

“¿Cómo se explica, pues, que muchos cristianos se impresionen tan poco ante la pasión de Jesucristo? La razón es que pocos son los que se detienen a considerar cuánto padeció Jesucristo por nuestro amor” [4].

Pero hay mucho más que esto, si recordamos algunos testimonios de San Pablo. Son indispensables, como mínimo, los siguientes: 

“Cuando fui a vosotros, hermanos, proclamándoos el testimonio de Dios, no fui con superioridad de palabra o de sabiduría, pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, excepto a Jesucristo, y a este, crucificado” (1 Cor 2,2).

“¡Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14).

“Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,20).

Son, a no dudar, soberbios testimonios. Sobre el segundo, escribía el mismo San Alfonso María:

“Sobrado conocido tenía el Apóstol que Jesucristo había nacido en una gruta, que había vivido treinta años en un taller, que había resucitado y subido al cielo. ¿Por qué, pues, escribe que no quiere saber nada más que a Jesús crucificado? Porque la muerte padecida por Jesucristo en la cruz era la que más le movía a amarle, a obedecerle, a ejercer la caridad con el prójimo y la paciencia en las adversidades, virtudes que de modo especial practicó y enseñó Jesucristo en la cátedra de la cruz. Santo Tomás dijo “que en las tentaciones, la obediencia a Dios, la caridad con el prójimo y la paciencia en las adversidades; que por eso dijo San Agustín: “La cruz no fue sólo patíbulo donde Cristo padeció, sino también cátedra donde enseñó” [5].

Indudablemente, quien sepa que el Hijo de Dios ha ido a la muerte por él no puede encontrar de ningún modo otro título de gloria. Pero hace más a nuestro asunto el primer versículo, con toda su carga ejemplar para el discípulo: “No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, excepto a Jesucristo, y a este, crucificado”. Hoy suele crecerse en diversidad de saberes, y la fe se queda del tamaño del traje de primera Comunión. La lección de San Pablo nos llevará a la meditación asidua, diaria, continua, de Cristo crucificado y de su Pasión con sus detalles.

“Todo amor que no se origina en la pasión del Salvador es frívolo y peligroso.” Listo para sentencia.

* * *

En el presente artículo, sin embargo, me ocupo de otro menester, que es el estudio contemplativo de los dolores de María. Me parece claro como el agua clara que cuando rezamos el Rosario nuestro de cada día, excepcional escuela de contemplación y transformación –puesto que su fin es hacer nuestros los misterios, hacerlos habitar en nuestras vidas-, encontramos mil dificultades, lo mismo si se tiene formación que si no se tiene. Muchas de estas dificultades provienen del desconocimiento de los hechos que se trata de contemplar y sus condicionamientos históricos, o de no entender el sentido, o el sentido de algunos elementos del conjunto.

Quiero, pues, en este ensayo –que preveo más extenso que ligero- efectuar un recorrido por los dolores de María, que, por supuesto, no son solo los del Calvario. Ello puede tener diversas motivaciones; he aquí una lista posible:

– Son los sufrimientos de nuestra madre, y tienen que dolernos e inducirnos a la reparación y a la conversión.

– Le han dolido a Jesús –el mejor de los hijos- más que a María; y se nos dice por boca de San Pablo: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2,5).

– Nos iluminan sobre los dolores de Jesús y viceversa.

– Los dolores de María no son solo por Jesús (y por ella y por tantos de su tiempo y lugar), sino también por nosotros. Y eso hay que pagarlo.

– Los dolores de María son dolores corredentores. Todos los dolores –y todos los actos- de su vida entre la Anunciación  y la Cruz tuvieron un efecto de corredención sobre mí.

– Una reflexión de estas características ayudará a apropiarnos los misterios del Rosario.

——— POR COMPLETAR ———

[At. S. J. Ávila, S. 71,1.]


[1] Invito al lector a buscar a través de la entrada Pasión de Cristo, en las “etiquetas” de la derecha del blog..

[2] S. Francisco de Sales, Tratado del amor a Dios, Balmes, Barcelona 1945, 756.

[3] S. Alfonso María de Ligorio, Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo, introducción: Apostolado Mariano, Sevilla, s/d (3), 13.

[4] Ibíd., I, iii: 25.

[5] Ibíd.: 23.

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