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ACTUALIDAD Y VIGENCIA PERENNE DE LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA, BASADAS EN SU CONDICIÓN «SACRAMENTAL»

Miguel Ruiz Tintoré1

Actualidad y vigencia perenne de la devoción al Corazón de María, fundadas en su condición «sacramental»

(Publicado en Scripta de Maria, serie II, XII (2015). Agradezco a Don José Antonio Riestra, director, el permiso para incluirlo en el blog.)

Sumario (no apareció en la revista)

I. Objeto de la devoción al Corazón de María

II. Condición sacramental del Corazón de María

III. «Razones del corazón»

IV. Cor ad cor loquitur, o cómo funciona una devoción

V. Una religión humanizada. Actualidad y vigencia de la devoción

Conclusiones

Abreviatura

Bibliografía

Resumen (distinto del que apareció en la revista)

La tesis que –partiendo de las concepciones de Joaquín María Alonso (1913-1981)- se intenta ilustrar es que el Corazón de María y la devoción a él revisten un cierto carácter sacramental por participación, y que por esa razón la devoción es actual y lo será siempre, más allá de manifestaciones históricas. Ahora bien, dado que lo sacramental –por obedecer a la ley de la Encarnación- es siempre un puente entre lo humano y lo divino, el Corazón de María reviste una contextura teológica constantemente paradójica que cela lo que revela y que hace que veamos y que no veamos los fulgores de lo divino que se nos ofrecen en él. Dios, conocedor de nuestra psicología, se nos ofrece y nos ofrece su amor en la ternura maternal de María –y el Corazón es la cifra y quintaesencia de María-, en quien, como escondido, nos espera. María humaniza lo divino, y su Corazón es una verdadera transposición maternal del misterio de la Encarnación. Por lo demás, es imprescindible rechazar el corazón de carne –aunque sea imbuido de simbolismo- como objeto de la devoción, y consecuentemente, reformar la iconografía. El autor, en fin, ve en el Corazón de María “el lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad” (B. L. Montoya), y el lugar de cita con el Espíritu Santo.

«Allí habrá calzada y camino, y será llamado Camino Santo. Nada inmundo pasará por él, y les resultará camino andadero, ni los más simples se extraviarán… Y caminarán los repatriados. Regresarán los redimidos del Señor, llegarán a Sión con gritos de júbilo e infinita alegría en sus rostros, traerán regocijo y alegría y desaparecerán la pena y los lamentos»

(Is 35,8-10).

«El despertar de la fe pasa por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al misterio de lo eterno»

(Papa Francisco, enc. Lumen fidei (2013), 40).

A fe que nos parece necesario plantear el tema que nuestro título enuncia. Ante todo, para nosotros se trata de una cuestión misionera y evangelizadora. Los intimismos van en un plano no ya segundo, sino secundario. La devoción al Corazón de María ha de ser la bandera del movimiento mariano, y hasta, si se quiere, la punta de lanza de nuestra espiritualidad evangelizadora. Porque es bien cierto que nos encontramos inmersos en momentos difíciles para la fe, y es más cierto que nos encontramos inmersos en un movimiento mariano y del Espíritu Santo que inexorablemente ha de traer el viento del remedio. Cuando hay amor, «la esperanza no defrauda» (Rom 5,5), y eso es Palabra de Dios.

Y hablar de la actualidad de esta querida devoción podría significar informar de la vigencia de hecho que tiene hoy por hoy, en la medida -enorme- en que la tiene en la religiosidad de las gentes; podría significar llamar la atención sobre los fenómenos carismáticos como Fátima y, actualísimamente, Medjugorje. Pero no pretendemos eso.

Acontece, por lo demás, que Fátima, al mismo tiempo que propone valores imperecederos, es también una aparición política, y se puede tener -erróneamente, sí- la percepción de que su valor desaparece o mengua cuando la guerra o el comunismo pasan a la historia. Es una razón más para buscar y predicar, en un lenguaje de hoy, aquello imperecedero que vino como medio de salvación cuando vino la Señora «más brillante que el sol»2.

Es nuestro objetivo presentar la contextura teológica, humano-divina y divino-humana, que creemos descubrir en esta devoción calificada por Joaquín María Alonso, «en su unidad inseparable con el Corazón de Jesús, como el medio más extraordinario de salvación para nuestro tiempo»3; y devoción en la que vemos nosotros, por necesidad, la bandera de ese movimiento mariano, que, inseparable asimismo del Espíritu Santo4, está deparándonos frutos de santidad que redundarán en pasmo para todos. Solo que la espectacularidad no es ley del Reino.

Comprendida esa contextura, el alma de esta devoción según la entendemos nosotros, se verá con claridad su vigencia, su actualidad, y, estrictamente hablando, su perennidad. Nuestra reflexión se permitirá algunos meandros que, como se comprobará, desembocan, en favor de nuestras tesis, en las páginas más conclusivas.

No hablaremos, pues, de hechos, sino de razones; y no olvidamos a los que practican la fe, pero nuestro pensamiento va más a los queridísimos alejados de la fe o de la práctica. Queremos hablar para nuestro tiempo, pero en dependencia de la intemporal estructura teológica de esta devoción, que se hace imperativo desgranar aquí. En efecto, nuestra tesis es que esta devoción, por su propia naturaleza y no por razones sentimentales ni, menos, epocales, ocupa un lugar especialmente privilegiado para que todos los hombres, y el hombre alejado, puedan, de la forma más natural y proporcionada, transitar de lo humano a lo divino. Decimos, pues, que el Corazón de María es, para nosotros, un paralelo de los sacramentos, la llave con que se abre una Iglesia, el puente para el Gran Acceso. Todo eso decimos, y aún hemos reservado cosas más inadmisibles todavía para tantos mariómacos de nuestros días…

Nuestro vuelo arranca y se alimenta de la obra del enorme mariólogo precitado, Joaquín María Alonso, C. M. F. (1913-1981), que es, si no nos equivocamos, quien se ha ocupado contemporáneamente del Corazón de María con más extensión y hondura. Y resulta casi un deber deplorar aquí el olvido lamentabilísimo en que la figura del claretiano está cayendo, porque es oro de la mejor calidad el que se está dejando perder la ciencia mariana. De todos modos, recogido el testigo que el estudio de Alonso le entregó, nuestro pensamiento ha avanzado –en esta materia que es el Corazón de María- algún trecho más allá.

I. Objeto de la devoción al Corazón de María

«La palabra corazón […] concita lo humano y lo divino

a la unidad, al Amor y al misterio» (Pablo Brogeras)5

Y aunque no es de estricta necesidad exponer aquí esta cuestión, que hemos dejado por escrito -con los errores en que hayamos incurrido- en diversos lugares6, sin embargo, no parece posible expresar bien lo que necesitamos sin mostrar lo que entendemos por Corazón de María. Solo así se comprenderá bien la posibilidad del tránsito, que describimos, de lo más material a lo más excelso: la sacramentalidad de esta devoción, e igualmente el sentido en que la afirmamos y los límites que creemos que a tal calificación hay que poner.

La cuestión que abordamos puede parecer fácil, y no lo es en absoluto7.

La dificultad que trae explicar el objeto de esta devoción proviene de varios frentes: a) la particular condición sémica que la configura, es decir, la condición sacramental; b) las complicaciones a que la ha sometido la historia doctrinal, junto a la del Sacratísimo Corazón del Salvador; c) las deformaciones nacidas de la práctica; d) los diversos estratos de significación de este Corazón (lo que vale tanto como decir su riqueza, y no podía ser de otra manera tratándose de la Virgen Santísima). Se han añadido, en suma, obstáculos históricos a las ya de por sí consistentes dificultades internas. Y, sin embargo, después de la labor de Alonso, nos parece, sin más, que el problema puede darse por substancialmente resuelto en teología; no, ni mucho menos, en el conocimiento del pueblo, ni en el de sus pastores8, ni en la práctica, tan a menudo deplorable por lo demás.

Debe aclararse, antes de empezar, que no es lo mismo el Corazón de María que María. Hay algo que no dice la segunda expresión y la primera sí, y es algo que nos interesa altamente. Solo eso da razón de la especificidad de esta devoción mariana, y solo por este motivo la devoción goza de legitimidad y puede mantenerse. El compromiso, ahora, es precisar en qué consiste eso.

a. La devoción al Corazón de María ni nace en Fátima, ni con S. Antonio María Claret, ni con S. Juan Eudes. Su cuna es la más alta: el Evangelio: Lc 2,19: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón»; Lc 2,51: «Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón»; Lc 2,34-35: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»9

b. Los tratadistas han solido alinearse en la tendencia iniciada por la escuela francesa y, en particular, San Juan Eudes, o en la línea de los teóricos de las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María (y debe distinguirse entre la santa y los teóricos). Para estos teólogos, el Corazón de Cristo –se ocupan en primer término solo de este Corazón- es su corazón de carne, y como símbolo solo de su amor, y solo de su amor a los hombres; la línea eudista se acerca a un concepto más espiritualizado, en particular cuando se destaca el llamado por Eudes corazón divino de María, que puede entenderse como la inhabitación trinitaria en el alma de la Virgen; se trata del centro donde la persona se encuentra con Dios.

Entre ambas tendencias se mueve, ya hasta hoy, la historia doctrinal de las devociones, «entre la pura fisiología y el puro emblema»10: tantas veces excesiva, miopemente apegada a un concepto de corazón unívoco, que es la víscera cordial -imbuida de simbolismo-, e incapaz de entender otra cosa; y en otras ocasiones, demasiado evanescente, vaga, sin asideros humanos, incursa en angelismo por excesiva renuencia a aceptar los motivos sensibles, y en riesgo de perder su simbolismo en imprecisión y metáforas, como el propio Joaquín María Alonso -declaradamente eudista- reconoce11.

Tenemos dos problemas principales: ¿qué estatuto reconocer al corazón de carne? ¿Qué tenemos derecho a reconocer simbolizado en el símbolo Corazón de María? Examinamos el primero.

No nos es lícito venerar en el Corazón de María la víscera cardíaca imbuida de simbolismo, práctica quizá más frecuente de lo deseable. Nos apartaríamos del culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23) que el Maestro quiere; un corazón concebido carnalmente no puede dejar de presentarse como objeto interpuesto entre el orante y la madre. Además, Alonso concluyó que la devoción al Corazón de la Virgen es la vocación interna a todas las demás devociones marianas, porque a todas informa, interioriza y purifica; y ello, sin necesidad de la aparición expresa del Corazón, lo mismo que no aparece el alma de un hombre ante sus propios ojos12. Y es imposible que un Corazón que no sea exclusivamente espiritual opere ese influjo.

Alonso se ha negado al corazón de carne, como se ha negado a tendencias más espiritualizantes que propendían a desligar la devoción de su símbolo, con el riesgo de desvanecerla como tal devoción (específica) a un Corazón. Y, negándose, igualmente, a otras tendencias de nuevo disociadoras, solo admite en el corazón carnal un elemento material de ascensión a lo espiritual13, al verdadero objeto de la devoción. Es de justicia decir que, a nuestro modo de ver, actuando en estos términos, Alonso literalmente salvó en el plano teórico la unidad de la devoción, que se encontraba de largos siglos amenazada. Y eso vale tanto como salvar, en el plano teológico, la misma existencia de la devoción.

Reivindica la condición puramente simbólica del corazón orgánico. En otras palabras, y es lo que interesa, subraya fuertemente su sacramentalidad. El cuerpo es sacramento del alma, que la expresa y que remite a ella:

«La teología del Corazón de María […], fundada en la íntima conexión entre el cuerpo y el alma de la Virgen, pretende adentrarse en lo más íntimo de la Señora basándose en su relación simbólico-sacramental; que expresa maravillosamente el símbolo del Corazón»14.

Tenemos la opinión de que, de toda la obra cordimariana de Alonso, este sencillo párrafo puede estar siendo el centro. La convicción que expresa, al describir en estos términos la estructura teológica constitutiva de la devoción -convicción derivada, obviamente, de una antropología que sabemos perenne15-, puede dar razón del resto completo de sus desarrollos, y es, igualmente, la que nos ha traído a nosotros a proseguir en la reflexión y sugerir lo que en estas páginas sugerimos.

Pero, tratándose de una devoción a un Corazón y necesitando toda devoción un objeto/referente, abandonar el corazón carnal sería diluir la especificidad de la devoción y, por ende, su sentido. Hay que ver, nos dice Alonso, en el corazón carnal el motivo sensible de ascensión al verdadero objeto, y este verdadero objeto será, no el símbolo, sino lo simbolizado. Y así, tras ocuparnos del significante, nos cumple dejarnos hechizar en los dominios de lo significado.

c. Contra lo que la cultura dominante entiende por corazón, el corazón es interioridad antes que sentimiento y que amor16. Está claro que el sentimiento es solo parte de la interioridad; y se verá que el Papa, al describir bíblicamente el corazón, ubica la afectividad en lugar final casi secundario; y lo cierto es que, en conjunto, la descripción puede tenerse por perfecta desde el punto de vista escriturístico.

No son oscilaciones que se le escaparan a Alonso:

«Es necesario que la devoción al corazón de María reexamine el simbolismo que ha utilizado hasta ahora. Si, superando la reciente decadencia semántica, usamos el término corazón en su significado original, suscitará en nosotros una imagen mucho más profunda y rica de contenido, no limitada a la esfera afectivo-sentimental. Para lograrlo es necesario superar más de dos siglos de historia, durante los cuales esta noble palabra -palabra-clave- siguió estando anclada o, mejor dicho, varada en un primer tiempo en las arenas del preciosismo francés, que impregna los textos de Santa Margarita María, y luego en las del romanticismo alemán, que domina todo el s. XIX. A pesar de ello, en la literatura cristiana esta palabra-clave permaneció abierta a una semántica plenamente humana y con sólidas raíces teológicas»17.

Es una opción evidente que compartimos. El corazón es interioridad. ¿De qué hablamos cuando hablamos del corazón de un problema, o de una manzana, o de una teoría?

Pero planteemos una sencilla cuestión. Hay corazones que no aman. Los hay que odian. Ingresad en el Corazón de María y comprenderéis de inmediato que esa interioridad fundamental está abrasada de un amor tan enorme como la propia interioridad, y que no cabe en esa interioridad, y que se precipita en torrente sobre los hijos. Por eso Alonso tiene que definir el Corazón de María como eius totam vitam interiorem in amore fundatam18, fundiendo, casi identificando, ambas posibilidades. La pregunta sobre la elección entre la interioridad y el amor puede resultar ociosa. El Corazón de María es amor, el Corazón de María es interioridad.

Dos autoridades, de importancia dispar, esgrime Alonso para su concepción del amor originante o fontal. 1 Cor 13 muestra el amor como el que confiere valor a las acciones («si no tengo amor, nada soy», 1 Cor 13,2). Por su parte, son capitales estos pasajes de San Juan Eudes para entender el Inmaculado Corazón y por qué Alonso lo ve continuamente como un origen:

«Su corazón es la fuente y el principio de todas las grandezas, excelencias y prerrogativas que la adornan, de todas las cualidades eminentes que la elevan por encima de todas las criaturas, como el ser hija primogénita del eterno Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu Santo y templo de la santísima Trinidad […]. Quiere decir también que este santísimo corazón es la fuente de todas las gracias que acompañan a estas cualidades […] y además que este mismo corazón es la fuente de todas las virtudes que practicó […]. ¿Y por qué su corazón es la fuente de todo esto? Porque fueron la humildad, la pureza, el amor y la caridad del corazón los que la hicieron digna de ser la madre de Dios y consiguientemente poseer todas las dotes y todas las prerrogativas que han de acompañar a esta altísima dignidad»19.

«Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad»20.

Por último, hace Alonso un razonamiento filosófico que, burdamente resumido, consta de dos partes. «El “ambiente verbal” cristiano-sobrenatural nos invita» (cierto que es esto, como punto de partida, un poco brumoso) a ver en el corazón una interioridad o fondo, pero no estático-óntico como la ousía aristotélica, sino dinámico-ontológico a la manera del arkhé, Parménides o Platón: en fin, el corazón es origen, fuente, principio que en todo momento sostiene la actualidad del ser.

En segundo lugar, argumenta que la reducción de todo eso al amor es hecho posterior de segunda importancia. Pero, ya en ese ambiente, además debe distinguirse -esto es, sin duda, sumamente importante- entre un concepto natural del amor y el concepto que en filosofía y teología nos hace hablar de la caritas, de un amor que se identifica con el bonum diffusivum sui, del amor que permite a San Juan proclamar que Deus caritas est (1 Jn 4,8.16)21.

Con tal amplitud de términos -ni a la persona ni, menos, a la Virgen hay quien pueda reducirlas-, concibiendo el amor como difusivo y como principio, Alonso puede presentar en toda su posible anchura el objeto de la devoción, en sucesiva ampliación de términos, como planos cinematográficos: el Corazón de María es el amor, o la afectividad, o la interioridad, incluso la vida intelectiva en la medida en que está impregnada de amor, o la persona; ahora bien, la persona, máxima amplitud que es posible conferir al símbolo cordial, no puede ser entendida en el Corazón si no es en cuanto principio de actos de amor, y en seguida aclaramos por qué.

d. Este Corazón bendito ¿es amor a Dios o a los hombres? Los tratadistas del Corazón de Jesús decretaron que Este representaba solo el amor a nosotros. Nos parece cuestión evidente; nos limitamos a responder: amor a Dios y a sus hijos, y a negarnos a argumentar22.

e. Debe notarse que el Corazón de María no es una realidad de tipo substantivo, y, desde luego, no es una cosa; es una formalidad: la formalidad de ver a María desde un punto de vista entre otros posibles, a saber, desde su amor.

Esto se desprende de las concepciones de Alonso, y la interiorización del objeto de la devoción no pudo ser mayor. Estamos muy lejos del corazón de carnicería; lo hemos dejado abajo como índice.

La mejor definición del Corazón de María que hemos encontrado son las siguientes palabras de José Ruiz López, que podrían presentarse como síntesis de las elaboraciones de Alonso: el Corazón de María es «ver a María a través de su amor»23.

f. Estamos ahora en lo fundamental. El Corazón no es una víscera, sino un principio. Alonso dictamina que el Corazón de María no puede ser la persona de la Virgen salvo que se entienda la persona en cuanto principio de actos de amor24; por eso no es lo mismo hablar del Corazón de María que hablar de María, y por eso la devoción al Corazón de María posee una especificidad propia y privativa.

El Corazón de María es la persona de María en cuanto principio de actos de amor, la persona de María en cuanto cualificada por el amor, y por eso el Corazón es fondo, centro, raíz y forma; es el amor en cuanto configura la persona de María; la persona de María como fuente de amor y el amor de María como amor personal. Y todavía Alonso aclara que el Corazón de María es «una cualificación personal, no una sustantivación de una cualidad personal»25. Hablar de María amante (cualificación personal) no es lo mismo que hablar del amor de María (sustantivación del amor).

Al final del viaje, nos encontramos la perfecta identificación personal entre el Corazón de María y María misma, a condición –eso sí- de que veamos a María a través de su amor26. Al final del viaje, el Corazón de María no es María ni su amor, sino María en cuanto amante o su amor en cuanto amor personal de María.

g. Todavía no hemos dicho nada. El Corazón de María no sería nada si no fuera la santidad de la «llena de gracia» (Lc 1,28). Nos corresponde ahora decir lo máximo y, por supuesto, decirlo mal.

Alonso nos tiene dicho que «la unidad personal de la Virgen fue la mayor después de Cristo»27. La santidad es el máximo exponente de la unidad personal. Santidad es un amor que se entrega a Dios en exclusividad, pero una exclusividad en la que, cuanto más grande es, más caben todos28. Santidad es la reconciliación del ser con el deber ser, y eso es unidad del corazón. Y, como Alonso enseña, en María «no existió un solo instante en el que [el] amor natural no fuera al mismo tiempo sobrenatural»29, no existió un instante en que ella dejara de amar las cosas sobrenaturales con su corazón natural y las naturales con su corazón sobrenatural, o, mejor, de amar al mismo tiempo las cosas naturales y las sobrenaturales con ese único Corazón que ella tiene, y que en su caso es más único que en el caso de nadie después de Cristo.

El Corazón de María es la santidad de María, y si ella no tuviera Corazón, no sería nada.

h. Y así, Alonso define: «El objeto de la devoción al Corazón de María es la Virgen bajo la razón formal que presenta el simbolismo integral del corazón; es decir, el amor como fondo y centro de la persona»30.

Preferimos quedarnos con la más entrañable definición de José Ruiz: «Ver a María a través de su amor»31.

i. Y todavía creemos que debe preferirse otra palabra para definir el amado Corazón. En nuestra opinión, lo que se presenta como denominador común de todo y da cuenta de todo es el aspecto de unidad. Este Corazón que es la unidad de la santidad es la unidad de la persona de María, y por lo mismo puede reconducir a unidad la ciencia mariológica, y ser el sentido verdadero de todas las devociones marianas, a las que informa, interioriza y purifica32.

La santidad es la coincidencia entre el ser y el deber ser: no ir el corazón por delante y la vida, renqueante, por detrás, sin alcanzar nunca a realizar los deseos del corazón. Es necesario que cese el desgarramiento y llegue la paz: «Busca la paz y corre tras ella» (Sl 34,15); sería perfecta fórmula para definir la vida espiritual. Pues bien, ¿no es ese el gran fruto de que podemos gozar los cristianos desde que la Redención de Jesús nos ha dado el Espíritu Santo? Se nos había dicho con el gozo de quien promete a quien ama:

«Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras manchas y de todos vuestros ídolos os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas» (Ez 36,25-27).

He aquí el Espíritu Santo, y con él, el Bautismo, el perdón, la renovación interior que nos entrega un verdadero corazón, y, con él, la verdadera capacidad de vivir según Dios, emancipados del régimen de aquella Ley que marcaba deberes sin ofrecer la gracia para cumplirlos. La donación del Espíritu Santo ha suprimido la distancia entre el corazón y la Ley, ha cancelado la división en el alma del creyente.

Joaquín María Alonso, de la mano de San Juan Eudes, ha visto en la espiritualidad cordimariana esa renovación del corazón prometida en el Antiguo Testamento, realizada en el Nuevo y cumplida en María en su «última plenitud»33. Por eso, los textos del corazón nuevo (porque faltaría añadir Sl 51, Jer 31,33-34 y Ez 11,19-20) pueden ser tomados también como base para nuestra espiritualidad cordimariana34. Por eso, también, el prefacio de la Misa del Inmaculado Corazón de María35 da gracias a Dios, porque “diste a la Virgen María “un corazón… nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza”.

II. Condición sacramental del Corazón de María

  1. Es obvio que se habla de sacramentalidad en sentido analógico limitado, si -como es de rigor- contemplamos el término desde su significación teológica. Y es obvio que lo que se quiere sobre todo señalar es esa posibilidad de « adentrarse en lo más íntimo de la Señora»36, existente por la conexión del cuerpo y el alma, que funda una relación simbólica y sacramental por la que tan grandes cosas son posibles. Esa conexión, esa relación es un nudo que se nos ofrece en el Corazón de María. Y el sentido básico de sacramento es el de «signo eficaz que significa y realiza la gracia». El Catecismo nos dice que «los sacramentos son signos eficaces de la gracia […]. Los ritos visibles […] significan y realizan las gracias propias de cada sacramento»37.

Pues bien: intentamos contemplar el Corazón de María como signo que atrae hacia su belleza, y una vez llegados a ella, nos transporta a los dominios del Espíritu y la gracia. «Con correas de amor los atraía» (Os 11,4). Nuestra tesis es que la conformación teológica radical de la devoción es esta, y que, si tenemos razón, la devoción está llamada a perdurar para siempre. Alonso dictamina:

«Quienes nos hablan de ir derechamente al Cristo, ni siquiera se daban cuenta [de] que se fabricaban un Cristo a su medida. Y [de] que el mismo Cristo no quiso venir a nosotros sino empleando la mediación de su humanidad, la mediación de su carne, de su Iglesia, de sus Sacramentos, de sus símbolos y, sobre todo, de su bendita Madre. Es decir, negaban de hecho una ley que ellos mismos tanto hacían ensalzado: la ley de la encarnación»38.

Y pensamos que esta es la grandeza de nuestra devoción: su virtualidad de catapultarnos de lo más material a lo más alto. Pero esta grandeza lleva consigo una tarea que nunca estará terminada del todo. Porque siempre habrá que combatir y contrarrestar -con la piedad, con la educación de los fieles, con la teología, con el arte- la tendencia a quedarse anclados en el símbolo, en el corazón de carne, sin alcanzar a ver suficientemente el verdadero altísimo objeto del que este corazón es elemento material de ascensión. «Cuando el sabio alzó su índice indicando a las estrellas, el necio se quedó mirando al dedo.» Este es el problema que desciende con el don.

Será necesario renovar la iconografía. ¿Quién dijo que había que representar el corazón muscular todas y cada una de las veces que se representara el Corazón de Jesús o el Corazón de María? [nota ya existente]. La convicción de San Juan Eudes era que el Corazón de María era «el Corazón del alma» de la Señora [n. ya existente]. Nosotros pedimos que se encuentren nuevas y múltiples formas de representación, que nos hagan mirar a las estrellas. Nosotros estamos persuadidos de que la perfecta representación del Corazón de María es la que coloca en el Corazón de la Señora la figura del Espíritu Santo. Y, de hecho, la oración colecta de la Misa en honor del Corazón de María saluda en él “un santuario del Espíritu Santo”39. Nosotros sabemos que las relaciones entre el Espíritu y el Corazón de María arrojarán una luz cegadora cuando sean estudiadas a fondo. Nosotros, en el Corazón de María, hemos de ver al Espíritu Santo.

Pero ha de notarse cómo justamente es esa misma condición sacramental de la devoción al Corazón de María la que la marca, y además de manera inexorable, para crearle las aludidas continuas dificultades y para que el necio no vea las estrellas. En nuestra opinión, la raíz del problema es la siguiente. El título Corazón de María se encuentra en una situación de condominio, y bien desconcertante, entre lo que él es en el organismo físico de María, o sea, el corazón de carne, y lo que de él hacemos como objeto de devoción y culto. Es las dos cosas, y, si bien nos interesa la segunda, no obstante el fundamento es la primera (una vez que aceptamos su simbolismo). El caso del Corazón de María no es como el caso de la rosa, que representa a María: esta es una llana metáfora. El Corazón de María es, más bien, sinécdoque: una parte que representa a un todo sin dejar de pertenecer a él.

Y está bien claro que no nos preguntamos qué es el corazón de carne, sino lo que nosotros, como hombres religiosos, hacemos con ese corazón de carne puesto en función religiosa. Y, con ello, nos preguntamos también por el grado de adecuación entre lo uno y lo otro: entre el corazón-víscera y el Corazón de nuestra devoción. Ciertamente, no podemos hacer cualquier cosa: el símbolo del corazón ofrece unas enormes posibilidades, pero también impone unos límites. Nuestra cultura nos ofrece la opción de la interioridad y la opción de la afectividad. Lo demás sería abusivo y, por lo mismo, no triunfaría.

Nos parece que lo nuclear en el problema del objeto de las devociones a los Corazones de Jesús y María se encuentra, exactamente, en la identificación operada de la devoción con su propio símbolo, identificación posible por la condición simbólica de sinécdoque, o, lo que es lo mismo, lo que hemos calificado de una situación de condominio. El problema está constituido por la naturaleza de una devoción en la que se identifican el objeto y su símbolo. Y no nos las habemos con un problema lingüístico sin más -teóricamente solucionable si dejáramos de hablar de devociones a los Sagrados Corazones y habláramos de devoción al Amor de Jesús, al de María-. Ocurre que no podemos retirar los Corazones sin anular las devociones.

Las precedentes pueden parecer lucubraciones que se quiebran de sutiles; pero lo que con ellas queremos probar es lo siguiente: esta extraña condición sacramental que Jesús y María han querido para las devociones a sus Corazones conforma toda una contextura teológica que supondrá para siempre su gloria y su peligro. Mirar al dedo o a las estrellas. Y, muy a menudo, quedarse perplejos y no entender. Pero la raíz, el gozo, es que el Corazón de María es Casa para el hombre y para Dios, y que allí Dios no se mueve de su espera.

b. Se habrá apreciado una aparente contradicción, pues que decimos que «no podemos retirar los Corazones sin anular las devociones» -y así es, porque se perdería la especificidad de estas, y por lo tanto, su sentido y su misma legitimidad-; y decimos por otro lado que la representación del Corazón con un corazón obstruye más que facilita la devoción, y así, deben buscarse nuevas formas creativas, y, para nosotros, «la perfecta representación del Corazón de María es la que coloca en el pecho de la Señora el símbolo del Espíritu Santo». Pero permítasenos alegar lo siguiente:

a) El Corazón de María no es su símbolo; el Corazón de María no es un corazón: sino una espiritualidad; y la devoción al Corazón de María no es devoción a un órgano; antes bien su símbolo debe remitirnos al verdadero objeto.

b) El verdadero objeto, si se nos admite lo que hemos dicho en el apartado I, perfectamente puede representarse con el Espíritu Santo. La “llena de gracia” (Lc 1,28) es la repleta de Espíritu Santo. Hemos concluido que el Corazón de María es la Virgen-en-tanto-que-ama, y resulta que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5). El Corazón de María es la Virgen del Espíritu Santo, y la potencia divina del Paráclito es lo que explica tanto amor en un corazón meramente humano, sin olvidar la correspondencia personal de la Señora. En fin, no tratamos de identificar al Espíritu con María, pero sí de sugerir su intimidad. Y no creemos que la representación propuesta pueda ser ocasión de equívocos. Ojalá lo sea de preguntas.

c) No por ello puede prescindirse de incluir el corazón orgánico, a fin de que, como Alonso reclama, la devoción no se pierda en evanescencias indebidas.

d) La inclusión del Espíritu Santo nos parece ser el medio más preciso de acercar al devoto que contempla al Corazón de María contemplado, y de alcanzar con ello el fin sacramental que cualifica a la devoción. Esta, por añadidura, se nos hace más expresamente teologal.

e) El modelo perfecto es Jesús, representación perfecta del Padre, y Jesús dice: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). La perfecta representación es la identidad, y el corazón de carne como ha sido representado hasta hoy queda astronómicamente lejano de la santidad del Salvador y de la de su madre.

f) Desde el punto de vista de su calificación semiótica, el Corazón de María40 es un signo mixto, en el sentido de que se funda en una convención, y existe, no obstante, cierta base natural; esa cierta base opera como fundamento de la convención, así como del alcance que al símbolo puede dársele: el Corazón es centro personal y el corazón es resonador del amo41. Y todo ello nos autoriza a emplear la representación que proponemos.

c. Llegados a este punto, es imperativo examinar el Corazón de María sometiéndole los criterios de la teología sacramentaria. Y tenemos lo siguiente:

a) Entre los teólogos y en el Magisterio, predomina con gran ventaja el concepto de sacramento como signo eficaz, hasta el punto de que es el que hace un momento leíamos en el Catecismo. San Agustín habla de signo sagrado42. La teología subsiguiente los llamará signos eficaces de la gracia. Santo Tomás explica:

«Puede llamarse sacramento a una cosa, bien porque tiene en sí una santidad oculta, y entonces sacramento es equivalente a secreto sagrado, bien porque se ordena a la santidad como causa, como signo o bajo otro aspecto cualquiera. Nosotros aquí hablamos, especialmente, de los sacramentos en cuanto implican relación de signo»43.

Scheeben da la siguiente definición:

«Entendemos por sacramentos de la Iglesia, en sentido estricto, aquellos signos externos que significan y nos comunican la gracia de Cristo. Con ello queda dicho también, en principio, que contienen un misterio grande y, por consiguiente, precisamente en su calidad de sacramentos son grandes misterios»44.

b) El sacramento ha sido descrito también como un encuentro con Cristo. E. Schillebeeckx observa que «toda relación humana […] se da a través de la corporeidad». Y es solo «su corporeidad la que descubre su interior». Y a esta ley se sujeta el sacramento, que es pura ley de Encarnación:

«En la idea del “encuentro con Dios” se halla una referencia a nuestra experiencia natural de la existencia. Sin este significado mundano humano del encuentro, el concepto teológico del “encuentro con Dios” no tendría sentido alguno para nosotros. En virtud de la peculiaridad y corporeidad del encuentro humano, la revelación religiosa y la fe religiosa tienen un aspecto corporal de visibilidad y perceptibilidad histórica»45.

Es concepto que desemboca en el Catecismo, el cual describe la acción litúrgica como «un encuentro entre Cristo y la Iglesia»46.

c) Se ha descrito el sacramento en términos de comunicación. G. L. Müller describe un arco de proporciones soberbias:

«El Dios trino es, ya en sí mismo, comunicación de amor personal. En la encarnación queda incluido el hombre –y con él el universo entero- en el acontecer de esta comunicación trinitaria. La humanidad de Jesús es el protosímbolo de la comunicación humano-divina, luego continuada, prolongada y concretada en el espacio y el tiempo en la Iglesia. Pueden aquí entenderse los sacramentos como formas de ejercitación de esta comunicación mediadas por la Iglesia»47.

De nuevo el Catecismo respalda una tal concepción. Resume A. Fernández:

«El Catecismo de la Iglesia Católica consigna que “la comunicación que el Padre ha hecho de Sí mismo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia” (CCE 79). Por ello, el término “comunicación”, como sinónimo de “dispensación sacramental”, también se menciona en el Catecismo con citas expresas de santo Tomás (Symb. 10) y del Catecismo R0mano (I, 10,24) (CCE 947). En este mismo sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica, bajo el sintagma genérico “Economía sacramental”, emplea con evidente sinonimia los términos “sacramento”, “comunicación” y “dispensación” (CCE 1076; 1088)»48.

Por lo demás, es tarea ineludible apuntar la consideración de Cristo como protosacramento o sacramento primordial o sacramento del Padre: el Verbo encarnado es el primer sacramento como signo, como encuentro, como comunicación. Scheeben indica que, en Él, la Trinidad está unida con la carne, de tal modo unida, que «queda oculta en la misma»49. Y debemos apuntar también la consideración de la Iglesia como sacramento de Cristo, aunque San Juan Pablo II hubo de apostillar que «en el texto conciliar la sacramentalidad de la Iglesia aparece distinta de aquella que, en sentido estricto, es propia de los sacramentos»50.

Una conclusión se impone: la de sacramento es una noción que hay que concebir en una analogía desusadamente amplia. Su analogado más sublime –no necesariamente el analogatus princeps, porque esta es otra cuestión- es Cristo, «sacramento del Padre». Le sigue la Iglesia, «sacramento de Cristo», instrumentum separatum [Christi] –hubiese dicho Santo Tomás- a través del cual nos son dispensados los siete sacramentos. Y existen, por lo demás, innumerables realidades sacramentales en la vida, en la creación, en las obras humanas, en las que el único y mismo Dios y Señor nos llama a encontrarle con su mismo grito único y diferente.

Son los inabarcables saludos del Padre. Pero, en su calidad de sacramentos, ya en sentido propio, ya en sentido análogo, están marcados del Primero al último por una ley de desventura de la que somos culpables: y es que, o no oímos los gritos, o nuestra audición es siempre insuficiente. Dice, de nuevo, Scheeben:

«En el sentido de que hay unión de lo oculto con lo visible, los misterios del cristianismo en su mayoría son misterios sacramentales […]. Lo sobrenatural, en el sentido más elevado, se unió en este caso [Cristo], del modo más íntimo y real, con la humanidad visible, con la carne […], y se unió de tal manera que, si bien está presente substancial y personalmente en la carne, no obstante queda oculta en la misma»51.

No ha de ser muy difícil lo que queda por hacer: aplicar al Corazón de María los criterios reseñados. En los siguientes términos:

a) ¿Es el Corazón de María un signo eficaz de la gracia? En seguida se ve que sí, puesto que llama la atención por su hermosura52, y a partir de ahí convoca a la veneración e imitación del tesoro de hermosuras internas de esta Virgen-en-trance-de-amar que sabemos ya que es el objeto de la devoción. Todo lo bello que se atisba en el símbolo del corazón es emisario o embajador de la belleza impar que nos convida a cruzar el puente y pasar a la orilla de la santidad.

b) ¿Es el Corazón de María un encuentro con Cristo? Con toda evidencia, y cuando no, la causa será el fiel cristiano, que «limitará la audición». También los sacramentos actúan ex opere operato, sed non ponentibus obicem. Como los sacramentos como encuentro, el Corazón es una experiencia corpóreo-humana de lo divino. En absoluto hace falta explicar aquí cuánto nos lleva María a Jesús; en su lugar, conviene remarcar cómo lo propio de su Corazón es ser una especie de quintaesencia o condensación de toda la persona de María, de su vida, sus prerrogativas, sus acciones, su santidad, su amor, y cómo la devoción a algo así debe necesariamente llevar a Jesús con una fuerza de arrastre muy particular. Explicaba Joaquín María Alonso cómo la devoción al Corazón es la vocación interna de toda devoción mariana que quiera ser sincera, y explicaba que ello se debía a la capacidad de la devoción de informar, interiorizar y purificar las demás devociones. «El Corazón de María es el corazón de las devociones a María»53, y si María es el mejor camino para ir a Jesús, el mejor camino para ir a Jesús es el Corazón de María.

c) ¿Es el Corazón de María, su devoción, una comunicación? Podemos resumir la descripción de Müller en estos términos: sacramento es «comunicación trinitaria de amor personal en Jesús y mediada en la Iglesia». Pues bien: aquí encontramos implicadas dos cuestiones: el Corazón de la Santa Virgen ubicado por Dios en el origen de los sacramentos –toda vez que «María no es el centro, pero está en el centro»54, y está en el centro porque Dios la pone ahí-; y ese mismo Corazón como sacramento-comunicación por sí mismo.

Sobre lo primero, tenemos que el Beato Pablo VI nos recordó lo siguiente: «Los antiguos Padres enseñaron que la Iglesia prolonga en el sacramento del Bautismo la Maternidad virginal de María»55. Pero más adelante56 expondremos cómo la maternidad virginal –tanto la divina como la espiritual- es un hecho del Corazón.

San León Magno enseñaba:

«El origen que Cristo ha tomado en el seno de la Virgen, lo ha puesto en la fuente bautismal; ha dado al agua aquello que había dado a la Madre. En efecto, la virtud del Altísimo y la sombra del Espíritu Santo que hizo que María diese a luz al Salvador es la misma que hace que el agua regenere al creyente»57.

Y no hará ninguna falta recordar cómo el fiat (Lc 1,28) de María brota del Corazón. «Lo que sale de la boca procede del corazón» (Mt 15,18)58. Más adelante hacemos algunas alusiones más a la maternidad del Corazón y al fiat que nace del Corazón. Pero aquí se ve la estrecha vinculación del C0razón de María con el nacimiento de los sacramentos, para el que quiera aceptarlos como «comunicación trinitaria de amor personal en Jesús y mediada en la Iglesia».

Y si Cristo es el protosacramento, sacramento primordial y sacramento del Padre, si de Él emanan –comunicación de la Trinidad- todos los sacramentos, por amor, en la Iglesia, entonces María, la «hija de su Hijo» -como hermosamente dijo el Dante-, en tanto que madre del protosacramento, es madre feliz de todos los sacramentos; «todo ha venido de Cristo, incluso María; todo ha venido por María, incluso Cristo»59, e incluida también la Iglesia en la que se nos dispensan los sacramentos, porque también de ella María es la madre.

Sobre la cuestión del Corazón de María como sacramento entendido como comunicación –cuestión diferente en la medida en que no se refiere a los momentos fundantes, sino a la fecha de hoy-, podemos decir lo siguiente:

Müller nos presenta a Cristo como «protosímbolo de la comunicación humano-divina». Esta prosigue después por la mediación de la Iglesia, «permanente encarnación del Hijo de Dios» (nos atenemos ahora a la famosa calificación de Möhler)60, que nos dispensa los sacramentos. No cabe duda de que la más eminente forma de comunicación es la Encarnación, y en cualquier caso, todo lo demás, y en especial los sacramentos –esas «huellas» de que el Hijo ha venido-, son hechos de la historia de la Encarnación, que termina por ser la única historia digna de ser contada.

El Corazón de María es, hoy, símbolo de la Encarnación. También por este título hemos de reconocerle un parentesco bien estrecho con los sacramentos. En el apartado V, hemos de hablar de nuestra necesidad de «ser levantado[s] a Dios con escalas humanas»61, de la razón de ser de María, que no es otra que la de poner a Dios a disposición del hombre y a la inversa; del Corazón de María como paralelo de la Encarnación. Y todo ello es participación en la sacramentalidad.

d. Queda algún aspecto por reseñar. En el punto 1 de este apartado, indicábamos la gloria, pero también la desventura, que su conformación teológica supone para la devoción al Corazón de María. Es lo que ocurre con los sacramentos, tal como hemos dicho con palabras de Scheeben: «Si bien está presente substancial y personalmente en la carne, no obstante queda oculta en la misma»62; estas palabras, referidas a la presencia de la Trinidad en la Carne de Jesús, pueden aplicarse a todos los sacramentos. Y así, la condición sacramental del Corazón de María entraña forzosamente para esta devoción una gloria y una desventura de la que ya hemos dejado reseña. El índice apuntará a las estrellas, y airoso es el índice que admirarán algunos.

Es lo propio del sacramento, porque es lo propio de la Encarnación, primer Sacramento. Benedicto XVI enseñaba que en Dios hay como dos grandezas. Una es la que le atribuiríamos, la grandeza de ser omnipotente y de crear –se ha dicho que, siendo Dios, la creación no es ningún mérito-. Otra es la grandeza de la kénosis, de hacerse vulnerable, del pesebre, del trabajo y del Madero. Esa –decía Benedicto XVI- es la «grandeza digna de Dios», esa es lo difícil para Él, pero la índole de esa grandeza justamente hace que nosotros no podamos percibirla, y «de haberla conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria» (1 Cor 2,8). Era perdón y caridad, pero también era verdad, el grito del crucificado: «¡No saben lo que hacen!» (Lc 23,34). Y si Cristo es el Sacramento Primordial, y los demás sacramentos, participaciones del Misterio, también los siete sacramentos quedan afectados por la ley de la incomprensión, y también todas las demás realidades sacramentales, sin dejar el Corazón de María.

e. ¿Es (ya) el Corazón de María un sacramento propiamente? En nuestra opinión, es obligado reconocer que la sacramentalidad es una realidad amplísimamente participable y participada, que empieza en Cristo, Sacramento Primero, continúa por la Iglesia63 y termina, en la exposición habitual, por los siete sacramentos que la Iglesia nos administra. Sin embargo, en la Edad Media hubo muchos llamados sacramento como el pan o el agua benditos, la coronación del emperador, el rito de armar un caballero; se tenía, sin embargo, conciencia de la condición especial de los siete sacramentos. Y en la Edad Media y en todos los tiempos, han sido –reconocidos o no- sacramentos por participación el amor limpio64, la lealtad en el trabajo, el juego de los niños, la belleza del amanecer, la poesía, la abnegación de una hija que cuida a una madre… Son los saludos de Dios, y falta que sepamos verlos como tales. En un nivel de participación superior, tenemos la santidad65. Benedicto XVI ha presentado a los santos como exégesis viva de la Escritura, y exégesis sin la cual nuestra exégesis quedaría trunca, y ha apelado a la sentencia de San Gregorio: Viva lectio est vita bonorum66.

Pues bien: el lugar, en esta «participación sacramental» de los que no son sacramentos, del Corazón de María, no tenemos que asignárselo nosotros; ya se lo tiene asignado la teología. Se trata, sencillamente, del lugar más alto después de Jesús67. El Corazón de María es el mayor sacramento de todo aquello que no es sacramento. Corazón de María: «corazón humano perfectamente insertado en el dinamismo de la santísima Trinidad»68, triclinium totius Trinitatis69, quasi centrum vitae trinitariae70.

No hay duda, por lo demás, de que existe más relación entre María y su Hijo que entre ella y los sacramentos (en todos los cuales está presente y ejerce de mediadora).

f. El Corazón de María no es sacramento en sentido propio, sino analógico. Hay que repetir que María es el mayor sacramento de todo lo que no es sacramento. No existe empeño más poderoso que el suyo, después de Dios, de llevarnos al Cristo que, merced a la ley de Encarnación, se oculta y no. En María, lo que de verdad interesa –principio de lo demás- es su centro, su Corazón, y ese está abrasado de un amor que, conocido, arrebata y subyuga. Nos cumple ahora preguntarnos: establecidas las analogías con los sacramentos, ¿qué diferencias existen? Nosotros encontramos las siguientes:

Primero, no es un rito que los hombres realizan, por más que pueda haber formas de devoción que incluyan ritos. El Corazón puede ser celebrado de múltiples formas libres, muchas de las cuales ya han cristalizado en el repertorio de la piedad (fundamentalmente, la reparación, la consagración y los Cinco Primeros Sábados).

Segunda, no está instituida por Cristo, ni podía estarlo por lo que se acaba de decir.

Tercera, el símbolo/materia no es un elemento natural, sino natural orgánico.

Cuarta, mientras que la mayoría de los sacramentos son obligatorios, esta devoción no; aunque sea el eje indispensable de una verdadera devoción a María, incluso sin conocimiento consciente del Corazón como tal71.

Y el Corazón de María es un principio que no es sacramento, pero participa de las cualidades de los sacramentos, participa de la ley de Encarnación y, por ende, de lo que esta conlleva. «Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Jn 1,5). Es lo que ocurre a los tesoros escondidos y a las fastuosas perlas submarinas (cfr. Mt 13,44-46)72.

III. «Razones del Corazón»

De siempre la apologética nos dijo que para creer eran precisas tres condiciones: «Un triple concurso: el de una inteligencia investigadora, el de una voluntad recta, y el de la gracia, sin la cual no puede llegarse hasta Dios»73. Podemos dar por supuesta la gracia, ya que, siendo justamente la más importante, no va a faltar: «Si lo buscáis, se dejará encontrar» (2 Cró 15,2; cfr. v. 4). Clarifica las cosas un pasaje de César Izquierdo:

«El conocimiento humano no es un conocimiento “desinteresado”, en el que la inteligencia se mueva hacia la verdad independientemente de otros factores vitales. Más bien lo que sucede es que en la medida en que el conocimiento es más comprometido, es toda la vida la que acompaña y afecta a las facultades cognoscitivas. Así, ante un objeto no experimentable y muy comprometedor, el asentimiento no llega a la certeza del mismo modo que en el caso de un conocimiento necesario o experimentable y de escaso compromiso.»74.

Nos parece evidente que la dificultad cae casi siempre del lado del compromiso que la adhesión supone, y depende mucho menos del asunto de la inteligencia investigadora. Cerramos las poternas del corazón para que Dios no exista o para que los pecados de la Iglesia sean la justificación de los nuestros. Porque los argumentos…, por un lado, son fáciles de entender si escucháramos con sencillez, y por otro, muy a menudo no los escuchamos, no vayan a ser verdad, ya que «vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen» (Jn 3,19-20).

«¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón…» (Sl 95,8). Y es muy probable que tradicionalmente se haya hecho de estas cuestiones un tratamiento en exceso racional. Resulta ser, en nuestra opinión, que el otro riel también debe cuidarse, y más. El riel del corazón, que tiene mayor relevancia.

He aquí, en efecto, que abrimos Lumen fidei (2013), del Papa Francisco, y nos dirá, lo primero, para presentar la fe, un título que abrevia el versículo joaneo «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Se trata de una encíclica cuya comprensión no resulta fácil por sabidos motivos históricos75, pero no cabe duda de dos cosas:

a) Se preocupa de poner de relieve los dos polos de la fe, que se presuponen y que remiten uno a otro: amor-verdad, oído-visión, confianza-razón. Se señala cuidadosamente con ello la posibilidad del diálogo entre la fe y la razón.

b) Por razones, creemos, de fidelidad a la revelación bíblica en conjunto, y también de responsabilidad en la descripción de nuestra configuración antropológica, los aspectos de amor, oído, confianza, fe son subrayados claramente con mayor fuerza.

Y es muy notable este acento. Creemos justificado acopiar algunas citas que acabarán siendo de provecho para nuestro tema. Pero recuérdese que el corazón no debe ser concebido en términos de exclusiva sentimentalidad, sino, antes y más, de la interioridad del hombre, donde, sobre todas las cosas, este recibe a Dios o lo rechaza. Nos permitimos usar la negrilla:

– «…la verdad tiene necesidad del amor […]. Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva […]. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca. Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, en unión con la persona amada. En este sentido, San Gregorio Magno ha escrito que amor ipse notitia est, el amor mismo es un conocimiento, lleva consigo una lógica nueva76» (24).

«La fe cristiana es, por tanto, fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16)» (15).

– «Los evangelistas han situado en la hora de la cruz el momento culminante de la mirada de fe, porque en esa hora resplandece el amor divino en toda su altura y amplitud. San Juan introduce aquí su solemne testimonio cuando, junto a la Madre de Jesús, contempla al que habían atravesado (cfr. Jn 19,37): «El que lo vio da testimonio, su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis» (Jn 19,35) […]. En la contemplación de la muerte de Jesús, la fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente, cuando se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia» (16).

– «Sin esta conformación en el Amor, sin la presencia del Espíritu que lo infunde en nuestros corazones [el Amor de Dios] (cfr. Rom 5,5), es imposible confesar a Jesús como Señor (cfr. 1 Cor 12,3)» (21).

Sobre todo, y en particular por la cita paulina: «Es necesario reflexionar sobre el tipo de conocimiento propio de la fe. Puede ayudarnos […] San Pablo, cuando afirma: «Con el corazón se cree» (Rom 10,10). En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo. La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad». El amor es, así, un modo de conocimiento, que según estos datos, es el que abre puerta a la fe (26).———- Esta frase es una glosa mía, y corrijo el error cuando me envían el art. para corrección de pruebas: “… ver la realidad” (26). El amor es, así, un modo de…”

– «Solamente así, mediante la encarnación […], el conocimiento propio del amor podía llegar a plenitud […]. La luz del amor se enciende cuando somos tocados en el corazón, acogiendo la presencia interior del amado, que nos permite reconocer su misterio […]. San Agustín, comentando el pasaje de la hemorroísa que toca a Jesús para curarse (cfr. Lc 8,45-46), afirma: “Tocar con el corazón, esto es creer”77» (31).

– «La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor» (51).

Somos conscientes de haber hecho la selección con el criterio parcial que nos interesa, pero creemos aun así que son más abundantes y relevantes los pasajes que subrayan la importancia del amor en la conformación de la fe que aquellos otros que resaltan el peso del elemento veritativo o racional. Por lo demás, hemos dicho y dejado ver cómo el Papa muestra la circular implicación de uno y otro.

«Con el corazón se cree» (Rom 10,10). El autor de la encíclica, que sabe muy bien qué es el corazón en la Biblia, nos lo ha explicado: ante todo, una interioridad. La interioridad puede abrirse o cerrarse a ese amor que trae esa luz: a la fe. Nunca será lo mismo que aceptar un teorema de matemática que no me afecta a la vida. Por lo mismo, habrá de ser el corazón el que crea, porque el entendimiento no entiende de amores; entiende de teoremas.

Y es el amor el que ha de abrirse al Amor. Hablamos de la fe y, en apariencia, de su inicio; hablamos de toda la fe: la de toda la vida y en toda su intensidad. Hablamos del movimiento mariano y del movimiento del Espíritu Santo. Hablamos de santos.

El amor ha de abrirse al Amor. Es la divisa del B. Card. Newman: Cor ad cor loquitur. Esto quede ahora apuntado, pero sabemos: que la aceptación de la fe es diálogo entre dos amores; que igualmente lo es la conversión nuestra de cada día; que si esto es así, el corazón, por más que no sea reducible a afectividad, algo tendrá que decir. La conversión de la cabeza no empieza por la cabeza: empieza por el corazón. Y en cuanto a la Santísima Virgen, trasladaremos aquí un juicio de Alonso:

«Podemos aquí hablar, con una deliciosa y tópica metáfora, de un “Reinado de amor”, de María Reina de los corazones, porque efectivamente la Virgen es Reina nuestra por su Corazón»78.

Para la consagración a María –escribimos nosotros glosando a Alonso-,

«el fundamento mariológico es la maternidad espiritual de María, que tenemos perfectamente expresada en el Corazón de María79, y el fundamento antropológico-mariano es el amor que, de modo natural, esa maternidad, ese Corazón, ese amor maternal suscitan de nuestra parte»80.

Qué bien viene, pues, en este momento, recordar la archisabida sentencia de Pascal: «El corazón tiene sus razones que la razón no entiende».

Pero, si hablamos de María, la cita obligada es la del Card. Ratzinger:

«La verdadera devoción mariana garantiza a la fe la convivencia de la “razón”, a todas luces indispensable, con las no menos indispensables “razones del corazón”, como diría Pascal. Para la Iglesia, el hombre no es únicamente razón ni solo sentimiento; es la unión de estas dos dimensiones. La cabeza debe reflexionar con lucidez, pero el corazón ha de estar caldeado: la devoción a María […] asegura de este modo a la fe su dimensión humana completa»81.

IV. Cor ad cor loquitur, o cómo funciona una devoción

Hablamos de Encarnación, hablamos de synkatábasis: de una devoción como un dispositivo espiritual en que Dios, por María y, mejor, en María, se pone a disposición del hombre. A través de la fe y la conversión, el Corazón de María necesita entregarle la dicha al hombre.

Quedan hechas ya las advertencias sobre nuestra selección de Lumen fidei. Sea como sea, hoy tenemos más claro que la fe no se describe como un contenido noético que se alberga en un circuito cognoscitivo y termina por generar un amor. Mucho hay de eso, pero Francisco enseña que la cuestión consiste mucho más en pasmarse ante un amor y, en consecuencia, acogerlo en un amor; enseña que lo central es el amor, y la verdad viene como incluida en el amor. Los mejores creyentes y aun teólogos, con difíciles excepciones, encontraron su fe en el regazo materno, y esa fe sigue alimentándose de la misma raíz. Podrán hacérsenos todos las reparos y serán todos justos, pero, desde Lumen fidei, quizá la cuestión de la fe tiene otro acento, y el elemento que prima es el amor. Debe recordarse, además, que esta fe es inseparable de la conversión: fe sin obras es fe sin fe, y quien se fascina ante el que ama arrastra ante él la vida. Por estas razones, el planteamiento de Lumen fidei nos sirve para todas las personas cuando queremos relacionarlo con nuestro Corazón de María, estén en la situación en que estén, hasta tanto no sean perfectos como el Padre (cfr. Mt 5,48).

Cor ad cor loquitur. Nuestro problema, dice el Papa, es de amor. Los libros importan menos.

Pero nos ha de tocar el amor. Hemos de conocer «el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16). Hemos de aprender a mirar un crucifijo. Hemos de dar entrada al amor que ha sido derramado en nuestros corazones (cfr. Rom 5,5). Hemos de tener corazón para creer (cfr. Rom 10,10), corazón que se abra a la verdad y al amor, al gran amor de Dios, y se deje transformar. Hemos de toparnos con el amor originario de Dios, para que nuestra vida entre en el dinamismo de este amor. Necesitamos ser tocados en el corazón, como dice Francisco, y tocar con el corazón, según dice Agustín.

La encomienda no carece de dificultades. Y bien: «¿Quién nos retirará la piedra?» (Mc 16,3).

He aquí que «al mirar a la Virgen, se aviva en sus hijos la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón», apunta Benedicto XVI indicando el camino82. Entra en escena nuestra devoción: «El Corazón de María lleva a efecto el querer de Dios de urgirnos “el retorno al amor de[l] Padre, por el amor a la Madre”»83. Y resulta ser que, justamente, «el fin del culto al Corazón de María es […] que los hombres vean en el Corazón de María la caridad de Dios y crean que Dios es caridad»84.

Y es que «Dios-Padre se la ha escogido [a María] precisamente, no para manifestarse como Dueño y Señor del Universo, sino para descubrirse en una donación amorosa que se quiebra en ternuras maternales»85. Dios, sabedor de que los hombres aceptamos mejor el amor de la madre, diríase que tras ella se vela, que irisa su propia augusta belleza al trasluz de su madre, criatura; y María es, de este modo, el rostro femenino de la ternura de Dios. «Dios nos pide nuestro amor por medio del C. [Corazón] de su Madre que lo es nuestra»86, como casi a la inversa enseña Benedicto XVI: «Quieres a todos con amor materno, que fluye del mismo corazón de Dios Amor»87. En María, lisa y llanamente, hemos de ver a Dios, no porque sea Dios, sino porque en ella Dios está como en nadie, que eso significa llena de gracia (Lc 1,28). Séanos permitida una cita más, inapelable, de San Juan Pablo II:

«Las palabras que Cristo crucificado dirigió a su Madre y al discípulo predilecto [cfr. Jn 19,26-27] han conferido una nueva dimensión a la religiosidad […]. En el rostro maternal de María los cristianos reconocen un reflejo singularísimo del amor misericordioso de Dios, que, con la mediación de una presencia materna, hace más comprensible su solicitud y su bondad de Padre. María viene a ser la figura que atrae a los pecadores y les muestra, con su dulzura y clemencia, el ofrecimiento divino de reconciliación.»88.

Cor Mariae ad cor hominum loquitur… Ni existe nada que hable mejor al hombre, para presentarle el amor y urgirle la correspondencia que ha de salvarlo, que la cercanía cálida de una madre, ni existe en una madre nada más materno que el corazón; se es madre en virtud del amor, se es hijo merced al amor.

Así, a través de la intuición del Corazón de María, esto es, del amor de la madre espiritual, que manifiesta, que aproxima, que patentiza el amor del Padre, el hombre se siente potentemente urgido a entregar su amor. Amor con amor se paga.

Alonso expone que la presencia de la madre humanizando la religión, y con tal presencia la percepción de aquello que es más propio de una madre, su amor y su ternura, al tener lugar de modo intensísimamente eficaz a través del símbolo o cifra del Corazón, suscitan de modo natural la correspondencia del cristiano, que se siente impulsado con fuerza –aquella de la dulzura- al entregamiento de su propio corazón: «Dame, hijo mío, tu corazón» (Prov 23,26).

Y, defiende Alonso, en la medida en que la percepción de la santidad, y sobre todo del amor, de María se hace profunda y quemante en el contacto con su Corazón, en esa medida el Corazón de María constituye una vía privilegiada de espiritualidad, en esa medida la consagración mariana se hace necesariamente –por evolución interna y natural- cordimariana, en esa medida toda espiritualidad mariana se torna, asimismo, cordimariana89.

Cor ad cor loquitur. La actitud propia de esta devoción es una experiencia inmediata y genuinamente humana, porque arranca de la percepción del amor de la madre y del modo más natural entrega la correspondencia con el amor propio; y ello, no por una impuesta exigencia de justicia, sino del modo más natural propio de los hijos. «Nuestro corazón se ha abierto de par en par… Abríos también vosotros» (2 Cor 6,11-13). Se trata de devolver amor por amor, y en ello están implicados los resortes más cardinales de nuestra psicología. Se trata, pues, de una devoción connatural con lo más básico de nuestra personalidad. La devoción al Corazón de María es llevar a María en el corazón.

El colocar en el centro el amor de la madre espiritual de los hombres es lo que confiere a esta devoción su enorme capacidad de convocatoria. «Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo» (Ct 8,7). El reclamo poderoso de esta devoción es la ternura maternal. Es en calidad de Corazón de la madre nuestra como el Corazón de María tiene mayores cosas que decirnos. Y es la percepción del amor y de la santidad de María, que en su Corazón tenemos, lo que hace de la espiritualidad cordimariana la vocación hacia la que toda otra devoción mariana está internamente llamada a crecer.

«Amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19)90. Si la devoción ha sido adecuadamente inculcada, si no ha habido resistencia, si se cumplen quizá otras condiciones, la persona ha «conocido el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16), y entonces prorrumpe en la jubilosa exclamación: «¡Amemos!, porque ahora sabemos que nos aman». La ha tocado el amor con su noticia. Le ha traído su lógica felicitante. «Vio y creyó» (Jn 20,8). Han venido la fe y la conversión: el corazón ha podido creer, o cambiar, porque ha sido tocado por otro Corazón de insospechable amor que embriaga, y porque a él mismo le ha sido otorgado tocarlo. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19,9).

V. Una religión «humanizada». Actualidad y vigencia de la devoción

Dictamina Alonso en tiempos religiosamente difíciles, y por añadidura de guerra mundial:

«En este momento […] se nos propone el Corazón91, el amor de la Virgen-Madre, como transvasando al mundo moderno el concepto, indudablemente difícil, de lo sobrenatural católico […]. Este mundo actual necesita que todo este maravilloso orden divino le sea propuesto como nacido primero de un decreto, singularmente amoroso del Padre celestial, aceptado con amorosa y libérrima voluntad por el Hijo, y llevado a cabo, más tarde, gracias al consentimiento de la Virgen Madre […]. Ved aquí el humanismo de Dios […]. Y ved también cómo a través de lo más elemental y primigenio: amor, corazón, Madre, puede encontrar este mundo desquiciado el pivote de lo sobrenatural […].

»El ansia de redención […] de ciertos espíritus modernos, deben encontrarla en su divinización, por la incorporación a Cristo, y ésta no se hace sino en cuanto Cristo se incorporó a nosotros encarnándose en el seno virginal […]. Dios realiza el misterio de nuestra reintegración a lo sobrenatural por amor; ese amor se hace posible por un consentimiento libre de una excelsa criatura humana […]; y ese consentimiento brota […] del Corazón Ido. de la Virgen Madre de un Dios-hombre. Espíritus exigentes: ahí tenéis algo primario, algo elemental en que realizar vuestro humanismo integral: es decir, el histórico, el real, el sobrenatural, el único posible…»92.

Vemos aquí ese carácter sacramental que avala nuestra devoción, como medio por el que podemos acceder a lo sobrenatural católico, a la divinización, «a través de lo más elemental y primigenio: amor, corazón, Madre», lo cual es algo innegablemente humanista: «humanismo integral». El acontecimiento espiritual genéricamente descrito, pone de manifiesto la actualidad de la devoción, en la medida en que las actitudes de los hombres, en muchos rasgos esenciales, son todavía las mismas. Pero pone de manifiesto con toda evidencia que esa actualidad coyuntural deriva de una actualidad que debemos llamar perenne. El hombre siempre será hombre, y siempre necesitará «ser levantado[s] a Dios con escalas humanas»93, muy humanas, muy divinas, como la escala de Jacob (cfr. Gén 28,12)…

«Toda esta religión humanizada de la “agapè” del Padre, en el Hijo por el Espíritu Santo, es la que se manifiesta en el Corazón de la Madre»94. La función de la madre de Dios siempre fue humanizar lo divino; poner a Dios a disposición del hombre. De las palabras de Alonso sacamos en conclusión que el Corazón de María tiene el secreto para el mundo que necesita esas «escalas humanas».

Así es. El Gran Acceso al Padre no es el esfuerzo de los titanes. Dios ha venido a llevarnos. Cuentan que Teresita de Lisieux se vio frente a una escalera alta; en lugar de subir, María descendió y subió a la santa en brazos. Verdad o no, me parece encontrar mucho parecido con la devoción al Corazón de María.

No cabe duda de que hay mucha significación muy humana y muy universal en el Corazón de María que hace de él el símbolo que está llamado a aprovechar a todos -porque todos podrían entender- para acercarse a Dios. Es muy humano eso de que las madres besen, y si en el Corazón de María es el cielo quien busca y besa a la tierra, desdeñar la devoción es prescindir de la oportunidad de la más grande dulzura de la historia.

Pero la clave de este humanizar lo divino se hace evidente: es la ley de Encarnación, por la que el Corazón de María es un Punto de Encuentro, en paralelo con el gran Encuentro de Dios y el hombre en la Persona de Cristo, que tuvo lugar en María misma. Debe añadirse con valentía que esa entrada del Verbo en el mundo no tiene lugar por el vientre de María, sino por el Corazón de María: la maternitas in corde que los padres leyeron en palabras de Jesús (cfr. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21), «que sabía lo que hay en cada corazón» (Jn 2,25); el vientre es un segundo escalón. Pero, por trascendental que sea, no es materia que quepa en este ensayo95. En cambio, sondearemos algunos hechos, que nos pondrán sobre aviso de la seriedad de la devoción.

a) Aceptamos el parecer de Alonso96 de que el asentimiento de María (cfr. Lc 1,38), consciente de la misión del Hijo, lo es también de su maternidad espiritual sobre los hijos. Saberse madre del Salvador es saberse madre de los salvados; quod est causa causae est causa causati. Discrepamos en un punto: su maternidad sobre nosotros es maternidad espiritual, y no parece posible mientras no hay gracia ni Espíritu, por lo que pensamos que en el momento del fiat (Lc 1,38) y hasta la Cruz («Mujer, aquí tienes a tu hijo», Jn 19,26) hubo de ser una maternidad germinal que no parece que pueda denominarse sino gestación97.

Sea como sea, es forzoso admitir que el fiat brotó del Corazón. Que es (recuérdese): la interioridad, la santidad, el amor. «Lo que sale de la boca procede del corazón», ha sentenciado el Señor (Mt 15,18).

En consecuencia, Jesús es Hijo del Corazón de María, y yo en mi lugar también. Nuestra condición de hijos de María no es una especie de segunda consecuencia o derivación de la filiación mariana de Cristo, sino que está incluida en esa filiación como en una cápsula, aunque con todas las diferencias indudables. Y el «aquí tienes a tu hijo» (Jn 19,26) es como la última y sobrecogedora consecuencia del «darás a luz un hijo» (Lc 1,31), y en el Corazón de María por el que el Verbo hizo pie en la historia, allí estábamos con Él, aunque fue espiritualmente y fue de forma todavía germinal. Pero es más: así como es evidente que Él no ha dejado nunca de estar en este Corazón, así lo es también que nosotros tampoco.

b) His dictis, nuestro punto de encuentro no habrá de ser carnal, sino espiritual98. Si ya entonces –en la Encarnación- hemos encontrado al Verbo allí, sepamos dónde dulcemente está. Si postulamos la necesidad del Corazón de María, de María, de las mediaciones, no estamos haciendo más que corroborar la fe en el misterio de la Encarnación. «Ser levantados a Dios por escalas humanas». Dios se abaja porque el hombre no puede subir.

c) Debemos entender la devoción al Corazón de María como una transposición maternal del misterio de la Encarnación; también los sacramentos son la Encarnación que se nos pone al paso cada día. El Corazón es misterio infinitamente inferior al Misterio y dependiente de Él, pero paralelo a Él en trance de ponerse a su servicio, y participante -en su grado y manera- de su misma finalidad y su capacidad unitiva de los hombres con Dios. Si la Encarnación de Cristo es sacramental, se deberá decir lo mismo, subordinadamente, análogamente, del Corazón de María.

d) Con múltiples razones hemos presentado el Corazón de María como punto de encuentro entre Dios y nosotros. La Beata Laura Montoya afirmaba que «el Corazón de María es el lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad»99. Para siempre, desde que lo fue en la Encarnación. La Encarnación se hace cada día en los siete sacramentos, en los que Cristo protosacramento se nos entrega por la Iglesia, sacramento de Cristo; y se hace en otras realidades cuasi-sacramentales o que participan de la sacramentalidad que deriva del Verbo encarnado: entre las cuales no ocupa precisamente un lugar secundario el Corazón de María.

Junto a la descripción de la B. Laura, a nosotros nos gusta contemplar en el Corazón «el lugar de cita con el Espíritu Santo». En fin, resulta totalmente lícito aplicar, en sentido translaticio, el exultante versículo del Apocalipsis: «Esta es la morada de Dios con los hombres» (Ap 21,3).

Conclusiones

1. El Corazón de María (lo que vale tanto como decir la devoción a él) puede ser visto como sacramento por analogía y participación. Esta condición determina su gloria y su desventura: nos proyecta, por un lado, al amor, a la imitación de su santidad, a los dominios del Espíritu; por otro, al seguir, como todo sacramento, la ley de la Encarnación, cela lo que revela y solo es apto para quienes tengan un corazón sincero dispuesto a escuchar.

2. Ya presentamos en otro lugar la devoción al Corazón de María como corazón de las devociones a María100. Ninguna de las razones que dábamos allí era coyuntural ni se circunscribía a un tiempo determinado. Lo mismo creemos haber hecho hoy, y creemos haber probado, para nuestra devoción, no simplemente la innegable actualidad, sino también el hecho inmutable de que esa actualidad hunde sus raíces en una peculiar contextura teológica: su naturaleza sacramental, capaz de hacernos presentes en esta orilla los fulgores que brillan desde la otra. Y es claro que eso no está sometido a cambio. Actualidad tenemos, pero más bien vigencia perenne.

3. El cristianismo es adhesión vital a Cristo, y esa adhesión tiene más que ver con el corazón que con el intelecto. Hay un Corazón femenino (escala de Jacob que enlaza lo humano con lo divino) en el que Dios veladamente comparece para, exhibiéndonos el amor de la Virgen madre, exhibirnos las bellezas de la adhesión propuesta a lo que ella representa, y por lo mismo parece obvio que tenemos necesidad de este Corazón. Para siempre, pero más en tiempos de increencia, por tantos milagros espirituales como realiza, y realizará, todos los días, el amor.

4. Es preciso renovar la iconografía. Si entendemos por Corazón de María cuanto queda dicho, no parece proporcionado representarlo con una víscera. Nosotros proponemos representar el corazón, pero con alguna representación del Espíritu Santo.

5. El Corazón de María no es sacramento en sentido propio, sino analógico. Es el mayor sacramento de todo lo que no es sacramento. Tanto si se entienden los sacramentos como signos eficaces como si se los entiende como encuentros o como comunicación, las definiciones son aplicables al Corazón por analogía.

Por lo demás, los Padres nos han enseñado que María está en el origen de los sacramentos; no he de extrañar, como madre del Hijo, protosacramento que instituyó los sacramentos.

En fin, de las diferencias que hallamos entre los siete sacramentos y el sacramento por analogía Corazón de María, no se pueden omitir: la de no ser un rito que se realice y la de no estar instituido por Cristo.

6. Dios es conocedor de que los hombres aceptamos más el amor de una madre. Y Él se vela de varias formas tras la persona de su madre, que representa el amor divino, y de este modo Dios, humanizando la religión, a través de la ternura maternal, por medio de ella y del Corazón que la emblematiza, nos urge a la fe, la conversión o la santidad. «Sus ascuas son ascuas de fuego, sus llamas, llamas del Señor. Los océanos no serían capaces de extinguir el amor, ni los ríos de anegarlo» (Ct 8,6).

7. En tiempos de Alonso y ahora, el Corazón goza de actualidad coyuntural porque, en su valor sacramental, goza de vigencia perenne. María humaniza lo divino, nos hace «subir a Dios por escalas humanas». De hecho, si somos hijos con Jesús del Corazón de María, tenemos dónde buscarlo. Porque el Corazón de María es y actúa, hoy también, como verdadera transposición maternal del misterio de la Encarnación. Porque, por esa razón, es para siempre «el lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad» (B. L. Montoya), y es el lugar de cita con el Espíritu Santo.

Abreviatura

«EphMar» = «Ephemerides Mariologicae»

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https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/2014/05/26/mes-de-maria-en-2014-dia-26/ (sobre el icono ruso de la Virgen de Fátima)

1 Correo electrónico: miguelruiztintore@gmail.com. Salvo que se indique lo contrario, nuestros artículos pueden verse en nuestro blog, a través del indicativo https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/about/las-glorias-de-maria/.

2 Daría la impresión, con todo esto, de que la devoción al Corazón de María nace en Fátima. No. Fátima es hito señero, pero esta devoción tiene la más noble cuna, como es el Evangelio: cfr. Lc 2,19.35.51. Siguió un desarrollo patrístico, teológico, espiritual incesante, y en el s. XVII S. Juan Eudes la conformó como devoción pública y privada. La siguiente figura de coloso es S. Antonio-María Claret. El hecho de Fátima es una luz cegadora que vino de lo alto…, pero de más alto nos ha venido el Evangelio. Puede verse una Historia de la devoción al Corazón de María en M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, en la obra del P. Joaquín María Alonso, tesis de licenciatura, Facultad de Teología del Norte de España/Sede de Burgos 2012, inéd., 33-89 (disponible a través de la página de la internet reseñada).

3 J. M.ª Alonso, La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, 2 vols., Madrid 1960, vol. I, pp. 5-116; la cita, en pp. 72-74; aunque pueda contener alusiones de época. Y aprovechamos para advertir que muchas cosas que se dirán pueden aplicarse, en principio a fortiori, al Corazón de Cristo. Pero es un hecho tan obvio, que no hay necesidad de indicarlo cada vez.

4Puede verse M. Ruiz Tintoré, Alma de todas las devociones a la Virgen, passim; Alma para un conocimiento de la Virgen-II y passim; son, respectivamente, VI y IX entregas, publicadas solo electrónicamente; será suficiente el indicativo reseñado en la n. 1.

5 Pablo Brogeras Martínez, El Corazón de María: del olvido a la evocación (Clave mariológica del P. Joaquín María Alonso), tesis de licenciatura, Facultad de Teología del Norte de España/Sede de Burgos, 1999, 140.

6El objeto de la devoción es el tema de M. Ruiz Tintoré, ¿Qué es el Corazón de María?, «Anales de Teología» 15/2 (2013) 433-479; una síntesis se encuentra en íd., La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María, «EphMar» 63 (2013) 467-485 (a fecha 27/3/2015, este artículo está ausente del sitio de la internet indicado). Mucho más por extenso, por supuesto, en íd., Fundamentos dogmáticos, o. c. en nota 2, 91-158.

7 Puede consultarse M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos, o. c. en n. 2, pp. 91-158; íd., «Toda la belleza de la hija del rey está en el interior» (Sl 44,14 Vg): Fundamentos de la teología del Corazón de María en la obra del P. Joaquín María Alonso, C.M.F., «EphMar» 62 (2012) 507-509; íd., La devoción al Corazón de María…, o. c. en n. 6, pp. 478-485; sobre todo, íd., ¿Qué es el Corazón de María?…, o. c. en n. 6, passim.

8 «La devoción al Corazón de María encuentra algunas oposiciones e incomprensiones; pero, entre ellas, no es la menor el desconocimiento casi absoluto de su profundo y misterioso contenido teológico» (J. M.ª Alonso, La consagración…, o. c. en n. 2, p. 115). Y es el caso que «solo cuando se comprende la dimensión teológica profunda que la constituye, se la admite no solo sin dificultad, sino con una veneración sincera que es preludio de una total renovación en la piedad mariana” (ibíd., 44).

9 Habría que aludir, también, a Jer 31,33-34; Ez 11,19-20; 36,25-27: renovación del corazón realizada en el Nuevo Testamento y cumplida en María en plenitud, en expresión alonsiana. En cuanto a Lc 2,35, la interpretación tradicional alude, como es bien sabido, a la compasión mariana. Lc 2,19.51 se ha leído en términos sapienciales (María realiza un ejercicio de memoria activa, cordial, incisiva), apocalípticos (según Dan 7,28, «guardar en el corazón» sería una paremia para llamar la atención sobre lo que se narra); sobre todo, se ha leído en términos históricos, que es la interpretación que compartimos sin encontrar incompatibilidad con las demás. Puesto que ninguno de los discípulos pudo conocer los episodios de infancia, puesto que María es la primera en el Reino, Lucas parece dejar constancia de la historicidad de lo que narra indicando su fuente fiable. Se ha objetado que no parece probable un trato directo de Lucas con María; pero nada impide admitir confidencias de terceras personas; se ha objetado que los relatos presentan rasgos poco acordes con los datos históricos o geográficos; pero nos preguntamos si, no siendo histórico el género literario de estos evangelios de la infancia, son exigibles esas exactitudes. Son numerosos los exegetas que hoy han recuperado la interpretación histórica. Cfr. René Laurentin, Marie, source directe de l’Évangile de l’Enfance, Paris 2012.

10 J. M.ª Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, «Ad Maiora» 9 (1956; es conferencia de 1943, inéd. hasta ese momento), 40.

11 Cfr. J. M.ª Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-II: Espiritualidad e influencias, Madrid 1958, 275-276.

12 Cfr. M. Ruiz Tintoré, La devoción al Corazón de María, corazón de las devociones a María, o. c. en n. 6.

13 J. M.ª Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, o. c. en n. 10, 4.

14 J. M.ª Alonso, El Corazón de la Inmaculada, «Verdad y Vida» 15 (1956) 348. Es importante darse cuenta de que el posesivo su hace referencia a la relación del cuerpo y el alma.

15Y que queda patente cuando el claretiano certifica que «el fundamento de simbolismo cordial es la unidad substancial de la persona» (Carne y espíritu en el culto al Sdo. Corazón de Jesús, «La Ilustración del Clero» 49 (1956), 409-410).

16 Lumen fidei, n.º 16.

17J. M.ª Alonso, Inmaculado Corazón, en Fiores, Stefano de-Meo, Salvatore-Tourón, Eliseo (dirs.), Nuevo diccionario de mariología (ed. esp. adaptada), Madrid 19932, 951-952.

18J. M.ª Alonso, Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas Ss.mae Trinitatis, en Academia Mariana Internationalis, Alma Socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. VI, fasc. II: De Corde Immaculato B. V. Mariae, Romae 1952, 54-81, la cita en p. 74.

19 S. Juan Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios-I, introd., trad. y notas de Joaquín María Alonso, Madrid 1958, 132-133.

20 S. Juan Eudes, La dévotion au très saint Coeur et au très sacré Nom de la bienheureuse Vierge Marie, en Oeuvres complètes-VIII, éd. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 435.

21 Cfr. J. M.ª Alonso, La consagración al Corazón de María, cit., 41-42.

22 Pero la analogía obliga a aplicar al Corazón de María, servatis servandis, lo que vemos en el de Jesús. Acababa la Cena, y quiso explicar por qué iba a la Pasión –sabemos que iba por nosotros-: «Es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y que hago lo que Él me manda» (Jn 14,31). En los corazones, y más en los dos Corazones perfectamente unificados, no hay diversidad de amores; hay uno solo –unidad de vida, santidad- que se enfoca diversamente. De suerte que –salvadas las distanciasJesús y María nos aman con el amor con el que aman a Dios. En realidad, es el sentido que tiene el «amar al prójimo por amor de Dios».

23 José Ruiz López, Inmaculado Corazón de María. Consagración y reparación, inéd., p. 18.

24 Cfr. J. M.ª Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, cit., 38.

25 J. M.ª Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-II: Espiritualidad e influencias, Madrid 1958, 260.

26 José Ruiz López, loc. Cit.

27 J. M.ª Alonso, El Corazón de la Inmaculada, o. c. en n. 14, p. 333.

28 Recuérdese lo dicho en la n. 22, porque ahí queda bien resaltada esa unidad. Por favor, cuídese la exactitud de la referencia. Es la que empieza “Pero la analogía obliga…”

29 J. M.ª alonso, El Corazón de la Inmaculada, o. c. en n. 14, pp. 334-335.

30 J. M.ª Alonso, El Corazón de María en la teología de la reparación, «EphMar» 27 (1977) 341-343.

31 José Ruiz López, o. c. en n. 22.

32 Son convicciones de Alonso que hemos desarrollado en Fundamentos dogmáticos, o. c. en n. 2.

33 Cfr. J. M.ª Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-I, Madrid 1958, 146; II (o. c. en nota 32, p. 9), 18-21.

34 Cfr. J. M.ª Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-I, o. c. en n. 32, p. 146.

35 Misas de la Virgen María, Misa 28, prefacio.

36 J. M.ª Alonso, El Corazón de la Inmaculada, o. cit. en n. 14, 348.

37 Catecismo de la Iglesia Católica, 131.

38 J. M.ª Alonso, Doctrina y espiritualidad del mensaje de Fátima, Madrid 1990 (póstumo), 186.

39Misas de la Virgen María-I (Misal), Misa 28, colecta.

40 Del Corazón de Jesús, enseña Pío XII en Haurietis aquas (1956) que es un índice natural o símbolo («AAS» 48 (1956) 316). No creo que haya, en modo ninguno, obligación de interpretar esa enseñanza con los cánones de la semiótica.

41Cfr. J. M.ª Alonso, Carne y espíritu…, o. c. en n. 15, p. 409.

42S. Agustín, De civitate Dei, 10, 5: Obras completas-XVI, Madrid 20076, 607.

43S. Th., III, q. 60, a. 1.

44M. J. Scheeben, Los misterios del cristianismo, Barcelona 1964, 598. Se puede poner en relación con la calificación que les adjudica Goethe: «No solo lo más sublime de la religión, sino también el símbolo sensible de una extraordinaria benevolencia y gracia divinas» (cit. por Peter Seewald en Joseph Ratzinger-íd, Dios y el mundo, Barcelona 2005, 133).

45 E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, San Sebastián 1966, 10. También J. Ratzinger ha dicho que «los signos son expresión de la corporeidad de nuestra fe» (J. Ratzinger-Peter Seewald, Dios y el mundo, Barcelona 2005, 377).

46Catecismo de la Iglesia Católica, 1097.

47G. L. Müller, Dogmática, Barcelona 1998, 662.

48A. Fernández, Teología dogmática, Madrid 2009, 767.

49M. J. Scheeben, Los misterios del cristianismo, o. c. en n. 44, p. 591.

50S. Juan Pablo II, enc. Dominum et vivificantem, 64: «AAS» 78 (1986) 892-894. Son cinco, si no nos equivocamos, las ocasiones en que el Concilio califica a la Iglesia de sacramento. Y en la primera –pero solo en ella- se trata de un símil o analogía: Cum autem Ecclesia sit in Christo veluti sacramentum… (LG, 1).

51M. J. Scheeben, o. c. en n. 44, p. 591. Los misterios del cristianismo, cit., 591. Ha escogido el caso extremo, a saber, la Sagrada Eucaristía.

52Y hay que insistir en la urgencia de renovar la iconografía. El corazón carnal, en nuestro concepto, opera a manera de impedimento. El corazón ¿no es el centro? En el centro de María, ¿hay algo más que Espíritu Santo?

53Título aludido de un artículo nuestro.

54 Atribuido a José Kentenich, pero no lo hemos encontrado. Con menos belleza y más autoridad, el B. Pablo VI enseñó que «María no es el centro del cristianismo, pero es central al cristianismo» (tampoco hemos logrado hallar la referencia).

55 Pablo VI, Marialis cultus, 19: «AAS» 66 (1974) 130.

56 Apartado V.

57 S. León Magno, Sermón XXV, In Nativitate Domini, 5: PL 54, 211.

58 «Salve, oh Madre de Dios, María, venerado tesoro de todo el orbe, por cuyo medio se administra el santo bautismo a los creyentes, por cuyo medio tenemos el óleo de la alegría, por cuyo medio han sido fundadas en todo el mundo las Iglesias, por cuyo medio son conducidas las gentes a la penitencia» (S. Cirilo de Alejandría, Homilía 4: PG, 77, 991). De muy diferente procedencia, pero elocuente por demás, es la siguiente consideración: «La absolución aplica a mi alma los méritos de la sangre de Jesús, que proviene de la sangre purísima de María» (Manual de las Hijas de María Inmaculada, Madrid 1952 (“nueva ed.”), 69).

59 Benedicto XVI, homilía, Lourdes, 14-III-2008: «AAS» 100 (2008) 707.

60 «La Iglesia visible […] es el mismo Hijo de Dios, que se manifiesta perennemente entre los hombres […]; su encarnación permanente» (Johann Adam Möhler, Simbólica, Madrid 2000, 384).

61 J. M.ª Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, cit., 48.

62 M. J. Scheeben, Los misterios del cristianismo, cit., 591.

63En realidad, habría que situar la Eucaristía antes que la Iglesia que nos la entrega. «La Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1958, 112; rec. por S. Juan Pablo II, enc. Ecclesia de Eucharistia, 26 et passim: «AAS» 95 (2003) 451ss.). Mientras que la Iglesia nos confiere los sacramentos de Cristo, y los demás sacramentos nos dispensan alguna virtud de la santificación de Cristo, la Eucaristía es el mismo Cristo en su presencia real por antonomasia (cfr. B. Pablo VI, enc. Mysterium fidei, 5: «AAS» 57 (1965) 764), y por tanto, «contiene al mismo Cristo, autor de la santificación» (S. Th. I-II, q. 101, a. 4, ad 2).

64El amor es embajador de Dios: «Hoy la tierra y los cielos me sonríen; / hoy llega al fondo de mi alma el sol; / hoy la he visto.., la he visto y me ha mirado… / ¡Hoy creo en Dios!» (G. A. Bécquer, Rima XVII).

65 «Donde se hace la voluntad de Dios, es ya el cielo, comienza también en la tierra algo del cielo, y donde se hace la voluntad de Dios está presente el reino de Dios» (Benedicto XVI, homilía, 5-II-2006: «Insegnamenti di Benedetto XVI», II (2006) 154).

66 S. Gregorio MagnoMoralia in Job, 24, 8, 16: PL 76, 295. Cit. por Benedicto XVI, exh. ap. Verbum Domini, 48: «AAS» 102 (2010) 727.

67 Sobre el tema de la prioridad de la Iglesia o la Virgen –dado que es el miembro más eminente, pero es miembro-, siempre hemos pensado que es un falso problema: basta con pensar en la familia: la madre es miembro de la familia, y eso no se opone a su superioridad respecto de sus hijos. Somos realmente familia, María es realmente madre de ella, y «el Corazón de María es el Corazón de la Iglesia» (sobre María como Corazón de la Iglesia, cfr. Bertrand de Margerie, El Corazón de María, Corazón de la Iglesia, «EphMar», 15 (1965) 476-479, 16 (1966) 189-227; M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos…, o. c. en. en n. 2, 219-224.)

68 Benedicto XVI, alocución, 31-V-2007: «Insegnamenti di Benedetto XVI», III, 1 (2007) 992.

69 Sto. Tomás de Aquino, Expositio salutationis angelicae, 1; cit. por Benedicto XVI, audiencia general, 23-VI-2010: «Insegnamenti di Benedetto XVI», VI, 1 (2010) 958; hay que hacer constar que Sto. Tomás lo aplica a la Virgen y no a su Corazón.

70 J. M.ª Alonso, Relationes Immaculati Cordis…, cit., 79.

71 Cfr. M. Ruiz Tintoré, La devoción al Corazón de María…, o. c. en n. 6, pp. 469-473.

72Coincidimos casi a la perfección con Alonso, cuya concepción de la sacramentalidad del Corazón de María puede resumirse así: la consagración a este Corazón es sacramentalidad en cuanto no se trata solo de la conmoción sentimental (que ya es mucho), sino de entrar en el misterio de María, «”sacramentalizado” en su Corazón». Hay una eficacia subjetiva y «una mayor participación en el misterio objetivo de María». María solo analógicamente es sacramento, y su sacramentalidad se enmarca en el ámbito amplio que concedemos al mundo sacramental cuando hablamos de Cristo-Iglesia-sacramentos; la sacramentalidad de María es parecida a la de la Humanidad de Cristo. La consagración busca participar en ese «misterio sacramental mariano, a través del simbolismo del corazón», el cual nos introduce en la economía salvífica (cfr. J. M.ª Alonso, La consagración…, o. c. en n. 2, pp.).

73 A. D. Sertillanges, Catecismo de los incrédulos, Barcelona 1934, 106.

74 César Izquierdo, Revelación y fe en el Catecismo de la Iglesia Católica, «Scripta Theologica» 25 (1993) 541-560.

75Opinamos que se publicó inacabada.

76Homiliae in Evangelia, II, 27, 4: PL 76,1207. [Nota de la encíclica].

77Sermo 229/L, 2: PLS 5, 576: Tangere autem corde, hoc est credere. [Nota de la encíclica. La cursiva es nuestra en ambos casos.]

78J. M.ª Alonso La consagración…, o. c. en n. 2, p. 49.

79 «La Virgen es […] Madre nuestra espiritual; y es aquí sobre todo donde la modalidad formal cordimariana encuentra su expresión más adecuada» (J. M.ª Alonso, La consagración…, o. c. en n. 2, p. 49).

80 M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos…, o. c. en n. 2, p. 215.

81Joseph Ratzinger, en íd.-Vittorio Messori, Informe sobre la fe, Madrid 1985, 117. Sin que deje de ser importante advertir que, ya Papa, Benedicto XVI nos enseñó también: «[La unión con María es un] vínculo que en todos nosotros tiene naturalmente una fuerte resonancia afectiva, pero que, ante todo, tiene un valor objetivo» (homilía, 25-III-2006: «AAS» 98 (2006) 331).

82Benedicto XVI, Ángelus, 8-XII-2005: «Insegnamenti di Benedetto XVI» I (2005) 948. El texto, en realidad, es interrogativo: Guardando alla Madonna, come non lasciar ridestare in noi, suoi figli, l’aspirazione alla bellezza, alla bontà, alla pureza del cuore?

83J. M.ª Alonso, La consagración…, o. c. en n. 2, p. 49.

84Sánchez Cremades, cit. por Alonso, El Corazón de María en la teología de la reparación, cit. (no suministra la referencia).

85J. M.ª Alonso, La consagración…, o. c. en n. 2, p. 48.

86J. M.ª Alonso, Sobre una teología…, o. c. en n. 10, p., 48.

87Benedicto XVI, oración, Fátima, 12-V-2010: «Insegnamenti di Benedetto XVI», VI, 1 (2010) 683.

88S. Juan Pablo II, audiencia general, 11-V-1983: «Insegnamenti di Giovanni Paolo II», VI, 1 (1983) 1202. Enseña el B. Pablo VI: «No es posible contemplar a la Virgen sin ver y adorar el cuadro divino, trinitario, en el cual se encuentra ella colocada. La trascendencia divina relampaguea ante nuestros ojos, que gozan pudiéndola contemplar de algún modo en esta hija de nuestra estirpe de Adán. Tal vez por esta accesibilidad, el culto a María alcanza con frecuencia en la vida religiosa de muchos una prioridad práctica… Pero es María misma la que nos lleva en su vuelo trascendente hacia Dios» («Insegnamenti di Paolo VI», VI (1968) 799). Benedicto XVI habla en la misma línea: «La mirada de María es la mirada de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice […]. Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios» (homilía, Roma, 8-XII-2010: «Insegnamenti di Benedetto XVI», VI, 2 (2010) 974). También: «Viendo el rostro de María podemos ver, mejor que de otras maneras, la belleza de Dios, su bondad, su misericordia. En este rostro podemos percibir realmente la luz divina» (homilía, 15-VIII-2006; rec. en Benedicto XVI, María, Madre del sí (Pensamientos marianos), selección de Lucio Coco, Madrid 2009, 15).

89Cfr. M. Ruiz Tintoré, La devoción al Corazón de María…, o. c. en n. 6.

90La impropiedad con que citamos es consciente: el v., en el texto joánico, exhorta al amor al prójimo; pero nos da ocasión de subrayar cuán necesitada está la devoción al Corazón de María de despojarse de intimismos, volverse menos devocional y atender más a la caridad y el apostolado.

91Alude a la consagración del mundo realizada el año anterior por Pío XII.

92 J. M.ª Alonso, Oportunidad, alcance y obligaciones de la consagración de la Archidiócesis de Sevilla al Inmaculado Corazón de María, en Crónica Oficial de la VI Asamblea Mariana Diocesana dedicada al Ido. Corazón de María, Sevilla 1943, Totana (Murcia) 1920, 97-99.

93 J. M.ª Alonso, Sobre una teología…, o. c. en n. cit., 48.

94 J. M. Alonso, La consagración…, o. c. en n. 10, pp. 114-115.

95Puede consultarse M. Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos…, o. c. en n. 2, pp. 38-41, 166-173.

96 Cfr. J. M.ª Alonso, El Corazón de María en la teología de la reparación, o. c. en n. 29, p. 334; íd., Sobre una teología…, o. c. en n. 10, p. 47.

97Creemos que nos avalan estas palabras de S. Juan Pablo II: «Simultáneamente con la maternidad física comenzó la maternidad espiritual de María, una maternidad que llenó los nueve meses de espera y se prolongó después del nacimiento de Jesús, abarcando los treinta años transcurridos entre Belén, Egipto y Nazaret, y continuando durante los años de la vida pública de Jesús…, años que culminaron con los acontecimientos del Calvario y el sacrificio supremo de la Cruz, donde la maternidad espiritual de María alcanzó, en cierto sentido, su momento más destacado» («Insegnamenti di Giovanni Paolo II», II (1979) 39). Probablemente nos da la razón también Benedicto XVI: «La maternidad de María, que comenzó con el fiat de Nazaret, culmina bajo la cruz. Si es verdad, como observa San Anselmo, que “desde el momento del fiat María comenzó a llevarnos a todos en su seno”, la vocación y misión materna de la Virgen con respecto a los creyentes en Cristo comenzó efectivamente cuando Cristo le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26)» (homilía, Éfeso, 29 de noviembre de 2006; rec. en Benedicto XVI, María, Madre del sí (Pensamientos marianos), selección de Lucio Coco, Ciudad Nueva, Madrid 2009, 55). Igualmente, Juan Luis Bastero nos informa: «Se puede afirmar que la perícopa Jn 19,25-27 es el texto preferido por el Magisterio reciente para fundamentar la maternidad de María respecto de nosotros. El Magisterio no ve en estas palabras de Cristo a su Madre el origen de la maternidad espiritual, sino su más solemne proclamación […]. De forma explícita, ratifica la maternidad mística engendrada en la Encarnación del Verbo» (Juan Luis Bastero de Eleizalde, Virgen singular, Madrid 2001, 213). Todavía una cita más, que emplea un símil trasnochado, pero eficaz: «…la maternidad espiritual de María, que, como la flor en el capullo, se encierra en su maternidad divina, según lo declara el Papa Pío X» (Antonio Pérez Goyena, resumiendo una memoria de Eduardo Estivalis, en Crónica del Primer Congreso Mariano-Montfortiano, celebrado en Barcelona el año 1918, Totana (Murcia) 1920, 296).

98 Al cual transitaremos desde el símbolo carnal. Es la paradójicamente fecunda y fecundamente paradójica contextura teológica de la devoción, que frecuentemente desorienta, como decíamos, con un halo de misterio.

99B. Laura Montoya, cit. por Juan Esquerda BifetEl Corazón de María, memoria contemplativa de la Iglesia, «Marianum» 66 (2004) 681.

100Cfr. M. Ruiz Tintoré, La devoción al Corazón de María…, o. c. en n. 6, passim.

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