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CREER EN DIOS

22 enero 2018

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En un debate mantenido (ninguna estridencia, todo honradez), ha surgido la pregunta de si Dios es detectable, si podemos tener evidencia de Dios. Trayendo el problema al primer plano y al rango de artículo, doy aquí una respuesta que podrá tener continuación, y os ruego, lectores, que deis vuestra opinión con libertad.- Miguel


Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza

(1 Pedro 3,15).

 

Mi oponente en la controversia es Andrés Núñez, y tal conversación ha tenido lugar, hasta ahora, en apostillas a El-Fichero-de-Todo-Saber: 20 (13 de noviembre de 2017). La experiencia me dice que con Andrés, se puede hablar. A vosotros os ruego que me aguantéis un poquito y os leáis el artículo entero, porque es extenso, porque es… solo para valientes. Considero -baja, Modesto, que sube Miguel- que está bien pergeñado y que os gustará.

 

Y somos, en fin, encausados a probar la detectabilidad de Dios y, lo que es lo mismo, sus modos.

Preliminar: contra el tema 


No te acercas, [oh Dios], sino a los de corazón contrito, ni te dejas encontrar por los soberbios por más que en su curiosidad y pericia sean capaces de contar las estrellas y conocer y medir los caminos de los astros por las regiones siderales.


San Agustín, Confesiones, III, 2


Puedo emplear estas palabras de San Agustín para manifestar mi rebeldía contra el propio tema sobre el que escribo. Porque detectar a Dios -por ejemplo, con un telescopio- vale tanto como someterlo a nuestras categorías, a Él, “siempre mayor”, como decía también San Agustín. Y aún: “Si lo entiendes, no es Dios”. Me repugna el solo considerar la posibilidad de aherrojarlo en el dominio minúsculo de nuestra limitada razón. No quiero pensar en si se lo puede hacer pasar por el tubo, cubrirlo de cadenas a nuestro arbitrio, manipularlo groseramente.

He aquí las justas palabras del Cardenal Ratzinger:


Comencemos con el libro de la Sabiduría. Ahí hay algunas palabras que me parecen muy actuales: “Dios se deja hallar por los que no lo tientan”, es decir, por aquellos que no desean someterlo a un experimento. Esta verdad se conocía ya en verdad en el mundo helenístico y sigue siendo muy acertada. Si pretendemos poner a Dios a prueba -¿estás ahí o no?- y hacemos determinadas cosas pensando que Él tendría que reaccionar, cuando lo convertimos, valga la expresión, en nuestro objeto de experimentación, habremos tomado un rumbo en el que, a buen seguro, no lograremos encontrarlo. Porque Dios no se somete al experimento. No es algo que podamos manipular.


Card. Joseph Ratzinger, Dios y el mundo (Una conversación con Peter Seewald), Círculo de Lectores, Barcelona 2000, desconozco la página.


La cita que Ratzinger hace de la Sabiduría dice, más por extenso:


Buscadlo con sencillez de corazón. Porque se deja hallar por los que no lo tientan, se manifiesta a los que no le niegan su fe. Pero los razonamientos retorcidos apartan de Dios, y su poder, puesto a prueba, recrimina a los insensatos.


Sabiduría 1,2-3.


Y él decía también -y la Iglesia no tiene duda de ello- que “lo invisible es más real que lo visible” (Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI (El Papa alemán), Planeta, Barcelona 2010, 209-210).


Dios no es alguien al que podamos obligar a gritar en determinados momentos: ‘¡Eh, aquí estoy!’ A Dios se lo encuentra precisamente cuando no lo exponemos a los criterios de la falsabilidad del experimento moderno y de la demostración de la existencia, sino cuando lo consideramos Dios. Y considerarlo Dios significa mantener una relación completamente distinta con Él […].

A Dios solo puedo buscarlo dejando a un lado esos sentimientos de poder. En lugar de ello debo desarrollar sentimientos de buena disposición, de apertura, de búsqueda. He de estar dispuesto a esperar con humildad y a dejar que se muestre como Él quiera, y no como yo deseo”


Dios y el mundo, cap. 2, “Sobre Dios”, parágrafo “¿Dónde está Dios?”


Antoine de Saint-Exupéry tiene un relato en primera persona -más verdadero cuanto más literario-, que recuerdo solo a grandes rasgos, pero nos servirá. Os hacéis cuenta de que me lo invento yo. Se encuentra el aviador en el desierto, aterrizado con una avería que no le permite seguir y que no puede reparar, y entonces invoca a Dios. Pero la avioneta sigue como está. Vuelve a invocar a Dios, e intenta la reparación: sin éxito. Entonces se plantea si será verdad un Dios que no le ayuda a reparar una triste avioneta. Y entra en crisis espiritual, la cual le hace clamar: “Señor, dame, por favor, una señal de que existes. Ahí ves ese árbol. Haz que, al volverme a mirarlo, haya en sus ramas un pájaro. Entonces sabré que me lo has enviado Tú como señal, y volveré a creer en Ti y en que me amas.” Deja pasar unos segundos, se vuelve anheloso a mirar el árbol…, y no hay ningún pájaro en él. Pero entonces el aviador exclama: “Señor, te doy gracias por no haberte manifestado. Porque, si lo hubieras hecho, yo no hubiese tenido más remedio que creer, y mi fe no sería meritoria; de hecho. Porque tendría la evidencia, no la fe. Y es bueno para mí y para los hombres que Tú seas Tú y te mantengas en tu lugar, y los hombres no queramos ser más y nos mantengamos en nuestro lugar.”

Se nos pide fe, no evidencia. Si, por absurdo, descubriésemos, con toda claridad, a Dios con un telescopio, en ese mismo momento dejaríamos de tener fe, dejaríamos de creer en Dios.

Todo lo cual no significa -hemos de verlo- que la fe sea irracional o que no haya un camino racional hacia ella. Significa que Dios es “siempre mayor” que nuestros razonamientos, y por consiguiente la razón sobre Dios necesita continuarse con la fe. Y eso, por la propia naturaleza de las cosas. Que no me lo he inventado yo.

Quede constancia de mi desacuerdo, y sin embargo, sigamos.

Dios es detectable

Pero es que Dios es detectable, tan detectable, se lo ve por todas partes, que uno se ve obligado a admitir la exclamación de aquel que dijo: “¡Hace falta mucha fe para ser ateo!”

Suelen exponerse, en primer lugar, los argumentos cosmológicos.

Usted ve una castaña. Obviamente, procede de un castaño, que procede de otro, etc., y esa especie vegetal procederá de otra, etc. Así, al menos, solemos pensarlo según las investigaciones evolucionistas. Ahora bien, habrá habido por innegable necesidad un momento en el que no había ni especies vegetales, ni animales, ni minerales, porque todas ellas tienen un origen y no se lo han dado a sí mismas. A ese Origen, lo llamamos Dios.

Dios es increado y creador, motor inmóvil, que después de crear mantiene en el ser lo que ha creado hasta que sabe que conviene.


Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado?


Sabiduría 11,23-25


Que queda en el aire una pregunta, ya lo sé. Que sea fácil o difícil de explicar, depende de las disposiciones de quien leyere. La pregunta es: ¿y quién ha creado a Dios? Porque a ver si aún tendremos que exigir una cadena que sería infinita y, por lo mismo, absurda. Veamos. Hemos llegado a Dios como origen de todo. Si tuviera Él un origen, ya no sería origen de todo. Es, como se ve, una respuesta simple y diáfana: una reducción al absurdo. Se trata de prohibirnos la autocontradicción en las palabras. Un Origen originado sería un Dios no divino. Alguien puso la tierra antes que la pisara el diplodocus.

Dios, increado y creador, ha creado la evolución -ya que parece que esta teoría científica está confirmada, si bien de forma muy evolucionada respecto de Darwin-. Si somos capaces de verlo así, se acabaron las diatribas entre los partidarios del Creador y los de la evolución. Dios ha creado la evolución. Dios no es menos poderoso, ¡sino mucho más!, si resulta que, en lugar de crear los seres de un golpe, los ha creado a partir de un agua primordial que se ha ido desarrollando y, al cabo de chiquicientos millones de años, ha desembocado en el hombre, el cual también se supera a sí mismo.

Otro tipo de argumentos son los argumentos antropológicos, de los cuales expondré solo uno. Se trata del origen de la moral. No puede ser coincidencia que la moral humana básica, en todos los pueblos y personas, sea la misma (excepto, como dije hacia el principio del debate, que nos ceguemos por culpa de nuestras malas pasiones). Hay una ley natural, común a todo hombre por el hecho de serlo, que nos dice, por ejemplo, que no es lícito matar, y menos al niño indefenso, que no es lícito robar, que es muy bueno ayudar a los demás, que no hagamos a los demás lo que no nos guste que nos hagan a nosotros. Esa ley, para ser tan universal, solo puede venir de Dios, único ser inteligente y creador, que la ha introducido en nosotros. En otras palabras, y palabras de Dostoievsky, “si Dios no existe, todo está permitido”.

Aquí, de nuevo, unas palabritas del libro de la Sabiduría que recapitulan lo dicho:


Vanos son por naturaleza todos los hombres que han vivido en la ignorancia de Dios, que de los bienes visibles no fueron capaces de conocer al-que-es, ni al considerar las obras reconocieron a su artífice (…). Y si, fascinados por su belleza [la de los elementos naturales], los tomaron por dioses, que sepan cuánto mejor es el Señor de ellos, pues los creó el progenitor de la belleza. Y si se asombraron de su potencia y eficacia, que deduzcan de ellas cuánto más poderoso es el que los formó. Pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede contemplar, por analogía, al que las engendró.


Sabiduría, 13,1-5


Así que todo esto se sabía ya en el s. IV a. C. Pero veamos ahora un pasaje de San Pablo:


La ira de Dios se revela desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen aprisionada la verdad en la injusticia. Porque lo que se puede conocer de Dios es manifiesto en ellos, ya que Dios se lo ha mostrado. Pues desde la creación del mundo las perfecciones invisibles de Dios -su eterno poder y su divinidad- se han hecho visibles a la inteligencia a través de las cosas creadas. De modo que son inexcusables, porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón.


Romanos 1,18-2


Sépase que


se atribuyen a Dios la ira [aludida en el pasaje] y otras pasiones por analogía con los efectos de sus acciones; y, así, puesto que lo propio del airado es castigar, al castigo de Dios se le llama metafóricamente ira.


Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae


Sépase que “tienen aprisionada la verdad en la injusticia” quiere decir algo que yo ya he sacado a relucir en estos coloquios (Andrés amigo), y es que quien vive según sus malas pasiones no podrá nunca tener fe, justamente porque con fe tendría que cambiar de conducta; ocurre que muchos cambian. Es el pulso -uno u otro- que se juega entre la fe y las pasiones. Pero en seguida lo veremos mejor.

De cuando las ciencias quisieron aplastar a la fe

En el fondo de todo esto late una gigantesca conjura (aunque concedo que muchos de sus participantes son ignorantes muy bien manipulados), y es la conjura a menudo llamada polémica ciencia-fe, para dar a entender ya desde el principio lo que tendría que ser -si acaso- el final y el objetivo: que la fe y la teología no son ciencias.

El supuesto razonamiento parte de la entronización del método físico-matemático como único argumento válido; acaso sea por sus honorables resultados, y entre ellos, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. En cualquier caso, hace mucho tiempo ya que en muchos círculos, y parece que para el público general también, solo es ciencia lo que se rige por ese método.

Está muy bien por lo que dice: la exactitud de los resultados, la hediondez de los cadáveres. Pero, aunque esté tan bien, ¿es posible contar cuántas ciencias se han ido por el agujero del retrete? Yo sé enumerar: la filosofía, la pedagogía, la teología, la historia, la filología, la lingüística, la medicina, la antropología, la geografía, la botánica, la zoología, las ciencias sociales, las ciencias políticas, la oceanografía, la geología, la psicología, el psicoanálisis y más, con todas las ramas que cada una de ellas pueda tener.

Esto no es lógico, ni natural, ni justo. ¿No sería hora de ir volviendo a la simple, omniabarcante definición de Aristóteles, para quien la ciencia es un “conocimiento verdadero por medio de las causas”?

Pero parece que el defecto de la teología y de tantas ciencias es que carecen de exactitud. No se tiene en cuenta, cuando se dice esto, que no tenemos un conocimiento exacto ni del 1 % de las cosas que componen, y en las que apoyamos, nuestra existencia. Por ejemplo:

Empleamos aparatos que podrían ser peligrosos, porque confiamos en el fabricante. Entramos continuamente en un sitio y en otro sin siquiera mirar al techo, y no consideramos que un día uno puede rompernos la cabeza. Damos crédito a casi todas las cosas que nos dicen las personas con quienes convivimos, y también (acaso más) a las que nos dicen personas más externas. (Y lo que salga en la televisión es dogma de fe.) Nos abandonamos en brazos del médico, sabedores de tantísimos casos en que un error médico ha matado a alguien. Confiamos nuestros hijos, en el cole, a personas que podrían irrogarles irreparables perjuicios. Nos casamos confiando en la fidelidad de nuestro cónyuge. ¿Está demostrada la fidelidad de nuestro cónyuge?

Pueden, en suma, Andrés, hacerse muchas cosas y muchas ciencias careciendo de exactitud. Entre ellas, la fe y la teología.

 

Con un golpe de corazón

 

Buscarás al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas

con todo tu corazón y con toda tu alma

(Dt 4,29).

 

De ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”. Tu rostro, Señor,

buscaré. No me escondas tu rostro

(Sal 27 (26),8-9).

 

La fe no es racional. Pero es razonable. No es racional porque, abarcando esencialmente el misterio, no podrá demostrarlo nunca con la exactitud físico-matemática; como he dicho, tampoco nos hace falta.

Lo que hace falta es que sea razonable. Y lo es. Entendamos por “razonable” lo que no es contradictorio y presenta, además, otros elementos favorables al asenso; lo que no repugna a una razón recta. Por ejemplo, es más razonable creer en un Creador que en otras hipótesis de aparición del cosmos. Y, a propósito de esto, podemos repetir lo de que “hace falta mucha fe para ser ateo”.

Y podemos seguir. Si hay Dios, es razonable pensar que haya creado al hombre por amor. Si es así, es razonable que haya querido comunicarse con él. Por eso, es razonable una Biblia. No es aquí el caso de meterme en elucidaciones sobre la posibilidad de otros libros sagrados. Me ocupé de ello en un artículo titulado Errores en la Biblia: ¡me doy de baja! (ved las apostillas.) ¿Usted quiere ir enterándose un poco de la religión? Visite primero la de su casa: España y las otras naciones americanas son de raíz cristiana.

Pues bien, todo esto no es fe, antes bien constituye  lo que se llama los praeambula fidei, los prólogos de la fe: un itinerario de este estilo podría llevarnos a aquello que sea lo último que puede razonarse de la fe. A partir de ahí, lo que hay que hacer es dar el llamado salto de la fe: abandonarnos en el Dios a cuyas cercanías hemos llegado, arrojarnos en Él confiadamente, colgarnos de las barbas del Padre. Porque en ese momento empezaremos a participar de la sabiduría de Dios, ya que la fe supone eso: aceptar en bloque cuanto está en la mente de Dios, tal como está y porque en ella está. Y a aquel que antes trataba desesperadamente de demostrarse a sí mismo, una por una, todas las piezas, para llegar a un conocimiento racional exhaustivo y sin falla y -solo entonces- ponerse a creer, ahora le pasarán dos cosas:

– La primera, que se dará cuenta de que ha perdido el tiempo. Le habrá pasado algo como a Descartes, que pasó un largo período de su vida tratando de demostrar no sé qué teorema matemático, y cuando lo logró, corrió a contárselo a otro matemático, que le contestó poco más o menos: “Admirable: lo ha hecho usted tan bien como lo hizo Pitágoras hace veintidós siglos.”

– La segunda, que ahora, en lugar de exigirse para creer la certeza racional absoluta de todas y cada una de las piezas de la fe, las sabrá de otra manera infinitamente más fácil e infinitamente más segura. Las sabrá en Dios. No entenderá, no dependerá de sus razonamientos: creerá, y entenderá algunas partecitas. Para él, es suficiente. Y luego, porque querrá conocer su fe, se irá a su Biblia, a su Catecismo de la Iglesia Católica, etc., y sabrá más. Pero la conexión esencial es la de la fe.

Porque hace falta decir ahora que el Dios “siempre mayor” es, evidentemente, un misterio para nosotros, y no porque le falte algo de ser o alguna perfección, sino porque nos faltan a nosotros, y a Él le sobran: tiene demasiado ser como para que podamos terminárnoslo. Repito que el Misterio tiene sus derechos y que debemos dejar que Dios sea Dios, y nosotros colocarnos en el humilde puesto que nos corresponde.

Y he aquí unas palabras de la Carta a los Hebreos (omito una parte para más claridad): “La fe es… prueba de las [cosas] que no se ven” (Hebreos 11,1)[1]. Nos colgaremos de las barbas del Padre, sí, y entonces comprenderemos que la fe es una prueba; que, más que un punto de llegada (al que no se llega nunca por la sola razón), es un punto de partida. Fe es libertad. Y “la razón que no reconoce sus propios límites queda encerrada en ellos” (Antonio Orozco Delclós, La razón ante el misterio); la razón no queda contradicha por la fe, pero esta va más allá.  Como dijo Benedicto XVI, “la razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana”. Y “con el corazón se cree” (Romanos 10,10), no con razonamientos a los que siempre faltará un pedazo.

Digo que la fe es libertad. Sí. Porque en ella soy capaz de oponerme (porque me da la gana) a los chillidos que daría una razón -la mía- mal encauzada, y, ancha, filial y sabrosamente, puedo creer. Creer con el corazón, que es la sede de la libertad interior.

Sobran los argumentos si son para inventar lo que ya está inventado. Con un golpe de corazón, lo tenemos todo.

“Bienaventurados los que sin haber visto hayan creído” (Jn 20,29)

Se aparece el Resucitado a los Apóstoles en ausencia de Tomás, y cuando este vuelve, no cree nada, y exige verlo y tocarle las heridas. Vuelve Jesús a los ocho días estando todos, lo invita a tocar esas heridas, y entonces Tomás cree. Y dice el Señor: “Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído” (Jn 20,29).

Anda el  mundo moderno rabioso de certezas por lo bajo, y se apunta al “si no lo veo, no lo creo”. Como un Tomás redivivo, exige ver y palpar, y parece que quisiera extraer a Dios de un acelerador de partículas. Dijo San Juan Pablo II que “el racionalismo moderno no soporta el misterio” (Carta a las familias, 1994, n.º 19). En cambio, a los que creemos sin ver ni tocar, nos ha llamado el Cristo bienaventurados.

El fallo de Tomás estuvo en no escuchar a los demás Apóstoles. Ellos ven y dan testimonio. De parecida manera, hoy, en nuestra Iglesia, que tiene ojos en los Apóstoles y oídos en los creyentes (porque los primeros vieron, oyeron y palparon, y los segundos hemos decidido creer su testimonio), la regla sigue siendo la misma de San Pablo: “La fe viene por la predicación” (Romanos 10,17). Es decir, por la Iglesia; la Iglesia sigue siendo apostólica, y uno de los sentidos de esta palabra es que nos transmite lo que recibe de los Apóstoles. Por eso, yo creo porque me encontré la fe en el regazo de mi madre (que también era Iglesia y también escuchaba a la Iglesia).

Nuestra vocación no es la de ser Robinsones que descubren, totalmente en solitario, islas desiertas; sino la de ser eslabones, en esta cadena de la Iglesia, que reciben y entregan el mejor mensaje de fe. En este sentido, podríamos decir que en la Iglesia no existe el individuo.

Y parece ser que, en una de las persecuciones romanas, un grupo de cristianos se hallaba ante el juez, al cual se le ocurrió preguntar: “Y a vosotros, ¿quién os ha dicho que ese Cristo es divino?” Había una madre con su niño de pecho en brazos, y de repente este gritó: Mihi mater, et matri Deus!, “¡A mí mi madre, y a mi madre, Dios!”

Verdadero o falso, en cualquier caso es ilustrativo, y nosotros podemos interpretar la madre aludida por el niño como la persona-madre, pero, sobre todo, se trata de la Iglesia. Jesús confió a la Iglesia su mensaje, y nosotros no vamos a tocar las llagas del Maestro: vamos a escuchar a sus sucesores.

Sucede con la Iglesia como con el rosetón de mi catedral de Burgos. Desde fuera, un oscuro mosaico de cristales con penosas bandas de plomo. Pero si uno se decide a entrar, mira el rosetón y se queda sobrecogido por la diáfana gracia del colorido que le da el paso de la luz del sol. La Iglesia no se ve bien si se ve desde fuera. Es necesario que entréis.

El mejor argumento

La sabiduría no penetra en un alma maliciosa, ni habita en un cuerpo dominado por el pecado. El espíritu santo, maestro, rehúye el engaño

(Sabiduría 1,4-5).

De siempre la apologética nos dijo que para creer eran precisas tres condiciones:


Un triple concurso: el de una inteligencia investigadora, el de una voluntad recta, y el de la gracia, sin la cual no puede llegarse hasta Dios.


A. D. Sertillanges, Catecismo de los incrédulos, Barcelona 1934, 106.


Si falla uno de los tres factores -aunque es claro que en el caso de ciertas personas será especialmente necesaria la participación y la ayuda de otras-, no habrá fe. Pero yo quería fijarme en la segunda condición: la voluntad recta. Creer en Dios y en Cristo no cuesta casi nada por los argumentos o datos de conocimiento, etc., y lo que normalmente pesa es la dificultad de adherirse a Alguien que nos pide un cambio de vida radical. Como se ha escrito,


El conocimiento humano no es un conocimiento ‘desinteresado’, en el que la inteligencia se mueva hacia la verdad independientemente de otros factores vitales. Más bien lo que sucede es que en la medida en que el conocimiento es más comprometido, es toda la vida la que acompaña y afecta a las facultades cognoscitivas. Así, ante un objeto no experimentable y muy comprometedor, el asentimiento no llega a la certeza del mismo modo que en el caso de un conocimiento necesario o experimentable y de escaso compromiso”


César Izquierdo, Revelación y fe en el Catecismo de la Iglesia Católica, “Scripta Theologica” 25 (1993) 541-560.


Cuando creer me cuesta desligarme de un amor impropio, o subir el sueldo de mis empleados, o pedir perdón a mi mujer por algo que ocurrió, o ir a la Santa Misa todos los domingos, sacrificando un tiempo del que antes era libre…; entonces, si tengo voluntad recta, cuando Dios comparezca, creeré y -honradamente- cambiaré de vida.

He tratado de diversos modos y con muy buen humor el tema en este blog, así que os invito a pinchar, en la “nube de etiquetas” de la derecha, en “Perlas para mis amigos”, y buscar la 70 (30-XII-2014) y unas cuantas en adelante.

Y más diré. En nuestro mundo pansexualizado, yo diría que, en notable número de casos, las dificultades se encuentran en esa esfera. La cuestión de la fe, en buena parte, no es al presente un “hacerse un lío en la cabeza”: se trata, más bien, de “líos de faldas”. Y pocos quieren renunciar a eso y creer.

Jesús, en los inicios de su predicación en Galilea, clamaba: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Nótese que no dice: “Creed y convertíos”, que es lo que nos parecería lógico. No se trata de conocer la fe, aceptarla y, en consecuencia, ponerla en práctica; sino de convertirse, y lo otro casi va a venir solo. Pero, al final, ¿hay mucha diferencia entre la fe y la conversión?

He rotulado este parágrafo El mejor argumento. Visto lo visto, el mejor argumento es, simplemente, confesarse. Como suena.

Acudió al Cura de Ars un hombre que le dijo que necesitaba hablar con él porque tenía dudas de fe. El santo contestó: “¿Dudas de fe? Venga usted al confesonario…” A lo que el buen señor respondió estupefacto: “Pero ¿con dudas de fe? ¿Cómo voy a confesarme si tengo dudas de fe?” “Usted venga, y déjeme hacer.” Se dejó llevar el dubitante, y, acabada la Confesión, el Cura pregunta: “Bueno, ahora, vengan acá esas dudas.” Y fue la respuesta: “No, señor cura: ya no tengo ninguna.”

Y así, resulta ser que la fe es hija del encuentro de nuestros pecados con la luz. Pero ese encuentro no es automático (aunque dependa en su mayor parte de la gracia de Dios), sino que reclama nuestra apertura (mental) a la verdad y nuestra disposición (de voluntad) a reformar la vida.

Y justamente dice el Maestro: “Vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no lo acusen” (Jn 3,19-20).

Me gustaría acabar reproduciendo la famosa teoría de Pascal. La expongo a mi manera. Es fácil: si creo y creyendo me equivoco, porque no hay un Dios ni una eternidad, moriré sin haber perdido nada, salvo el pecado, que se hubiera opuesto a mi felicidad; si no creo y en ello  me equivoco, porque hay un Dios y una eternidad, moriré y las consecuencias serán funestas.

Y, en cualquier caso, sigue vigente la admonición segura que leí en algún sitio:



Me da igual que me tomes por loco: yo creo en ti.


Jesucristo


 

 

 

 [1] Ya te das cuenta, Andrés, de que cito la Biblia, no porque presuponga tu fe en ella, sino como apoyatura que para ti trato de iluminar con otras explicaciones.

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13 comentarios leave one →
  1. 23 enero 2018 0:55

    Suscribo al completo todo el artículo, desde la primera hasta la última palabra.

    El único aporte que me atrevo a hacerte son los números 3, 4 y 45 del Compendio del Catecismo.

    Yo siempre me empeño en hacer entender las verdades de fe, incluyendo, por supuesto, los dogmas. Creo que solemos necesitarlo.

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  2. 23 enero 2018 22:54

    Gracias. Paso a copiar, para el ilustre público respetable, los números del Compendio que me indicas:

    “3. ¿Cómo se puede conocer a Dios con la sola luz de la razón?

    “A partir de la Creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre, con la sola razón, puede con certeza conocer a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita.

    “4. ¿Basta la sola luz de la razón para conocer el misterio de Dios?

    “Para conocer a Dios con la sola luz de la razón, el hombre encuentra muchas dificultades. Además no puede entrar por sí mismo en la intimidad del misterio divino. Por ello, Dios ha querido iluminarlo con su Revelación, no sólo acerca de las verdades que superan la comprensión humana, sino también sobre verdades religiosas y morales, que, aun siendo de por sí accesibles a la razón, de esta manera pueden ser conocidas por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error.”

    “45. ¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?

    “Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.”

    Le gusta a 1 persona

    • 24 enero 2018 13:50

      45. ¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?
      Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.

      Me gusta

  3. Pablo Trigo López permalink*
    30 enero 2018 15:55

    ¡Magnífico artículo!

    Me ha sorprendido gratamente la parte final del “mejor argumento”. No me esperaba una conclusión así. Y sin embargo, recapacitando, me doy cuenta que en mi propia vida ha sido esa la clave para reconocer el amor de Dios en mi vida.

    Al conversar con otras personas, observo que de poco sirven más y más razonamientos sobre Dios para creer o no, porque no solo entra la razón en juego, sino la voluntad y la gracia de Dios.

    Me he encontrado muchas veces en situaciones en las que, al tratar de dar explicaciones lógicas para creer en algo, me veo envuelto en un círculo del que no se puede salir. Porque con la razón se pueden inventar mil excusas y llegar a ver lo bueno como algo malo (“¡Tiene un espíritu inmundo!”, decían los fariseos incluso cuando Dios hacía milagros…).

    Al final, observo que son los humildes y los que llevan una vida más “limpia” y ordenada los que se abren mejor al misterio de Dios.

    Me gustan mucho estas líneas del salmo 24(23) para ilustrar este pensamiento:

    “¿Quién puede subir al monte del Señor?
    ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

    El hombre de MANOS INOCENTES
    y PURO CORAZÓN,
    que no confía en los ídolos
    ni jura contra el prójimo en falso.
    Ese recibirá la bendición del Señor,
    le hará justicia el Dios de salvación.”

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    • 30 enero 2018 16:23

      Tienes toda la razón, Pablo. Para guisar un cristiano, hay que poner en la olla al hombre entero. Han de cocerse sus facultades racionales, ha de cocerse el sentimiento, ha de cocerse un movimiento de admiración a otros hombres que viven de una forma verdaderamente admirable, ha de haber un presagio de Dios en la liturgia de la Iglesia, a la que lo acompañaremos…, y ha de haber un robusto confesonario.

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  4. 23 marzo 2018 1:43

    Me encantó el artículo. Me atrevo a recalcar un par de cosas que vi sugeridas aquí y que me han servido en su momento: El vicio o pecado capital que se opone a la virtud de la fe es, justamente, la lujuria. Cuando descubrí este punto me sorprendió sobremanera, pues me he dado cuenta de que la gente acude acuden sistemáticamente a la duda porque no quieren cambiar sus hábitos con respecto al sexto y noveno mandamientos.

    Creer o no creer, en definitiva, es una decisión de la voluntad. He estudiado ingeniería y me encantan las ciencias exactas, justamente por su exactitud; de manera que leía y estudiaba la ciencia pensando que podría dar respuesta a todos mis interrogantes, también sobre Dios, hasta que leí lo que se conoce como “La paradoja de Russell” y los “Teorema de indecibilidad” de Gödel sumados al “Teorema de incertidumbre” de Heisenberg. Tenemos que la ciencia moderna también se basa en principios que no puede demostrar, sino que los aceptamos por convención para poder avanzar en el estudio de nuestras ciencias.

    En fin, parece que el testimonio es el más fuerte motor para ayudar a creer a otros. Si no, léase el libro “Dios existe, yo me lo encontré”, de André Frossard, quien «habiendo entrado a las cinco y diez de la tarde en la capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra». Lo cual sería un tipo de conocimiento como el que describe San Ignacio en EE, 330: “Solo es de Dios nuestro Señor dar consolación a la ánima sin causa precedente; porque es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de la su divina majestad. Digo sin causa, sin ningún previo sentimiento o conoscimiento de algún obiecto, por el qual venga la tal consolación mediante sus actos de entendimiento y voluntad”. Es decir, es una experiencia “sin dudar ni poder dudar”, como se suele decir entre los ignacianos y jesuitas, es una iniciativa puramente de Dios, que toca el alma como a nivel de su esencia y que le imprime al que la experimenta la certeza de la existencia de Dios aunque no pueda demostrarla. El testimonio de personas como el señor Frossard, San Pablo u otros ejemplos de la historia se diría que tienen el poder de hacernos palpable la experiencia y nos inducen a creer, a decidirnos por la fe.

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    • 23 marzo 2018 12:46

      Me admira la clarividencia con que lo formula: el vicio contrario a la fe no es la incredulidad, ni la herejía, ni…; es la lujuria. Cuando un hombre no crea en Dios, echémosle la culpa a sus genitales: pocas veces nos equivocaremos. Y cuando nos equivoquemos, la culpa será de otro pecado. Porque -lo repito- los argumentos nos sobran hasta caérsenos por cada lado del cerebro; y de lo que es superior al cerebro.

      Me parece interesantísimo lo que cuenta a continuación sobre el “testimonio”, desde Frossard hasta San Pablo. Solamente que, en mi opinión, eso no es testimonio. Yo encuentro el fenómeno del testimonio cuando alguien cuenta que se convirtió al constatar la alegría que reinaba en cierto grupo de cristianos, o lo mucho que se querían o que servían a los pobres. Todo eso es natural. Si damos a entender a los demás que deben esperar para convertirse a tener experiencias sobrenaturales como las de Frossard, los “Ejercicios espirituales” o San Pablo, se nos reirán, y si no se nos ríen, es bien posible que no las tengan jamás. Porque Dios los esperaba en la otra punta.

      Muchas gracias, Manolo. Déjese ver más por aquí, que el mundo está necesitado de inteligentes.

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  5. 24 marzo 2018 1:53

    Es que “cuando el Hijo del Hombre vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?”, en conjunción con ese otro:
    “Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: “Vedlo aquí o allá”, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.» «Como sucedió en los días de Noé, (…) como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste” (Lc 17: 20.26a.28-30).

    Llamándome poderosamente la atención ese “como en los días de Lot”, me puse a investigar y preguntarme ¿qué pasó en los días de Lot? Recordemos: dos ángeles fueron a visitar Sodoma, Lot los vio y les insistió tanto en que se quedaran en su casa, que estos accedieron; cuando terminaron de comer, nos dice el texto bíblico:

    “No bien se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa desde el mozo hasta el viejo, todo el pueblo sin excepción. Llamaron a voces a Lot y le dijeron: «¿Dónde están los hombres que han venido donde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos» (Gén 19:4-5),

    El término usado en la traducción es yadá ( y traducido: para que abusemos) , que propiamente significa conocimiento, pero que en este contexto denota conocimiento en cuanto sexual o pecado deshonesto, como dicen algunos comentarios bíblicos, de aquí que Dios determinó la destrucción de Sodoma y Gomorra. De esta comparación podemos concluir que Jesús, cuando dio como señal esto de “los tiempos de Lot”, está señalando lo que hoy estamos viendo tan extendido por todos nuestros paises, aunque distantes miles de Kmts unos de otros, de lo que se conoce como lgtb o ideología de género. Es lógico que Jesús se pregunte si a su vuelta encontrará fe sobre la tierra, ya que sería el reino del vicio contrario directamente a la virtud de la fe.

    Si a esto se le suma el mensaje dado en Fátima por la Virgen: “Si Rusia no se convierte esparcirá sus errores por todo el mundo” y se sabe que la ideología de género sale del marxismo: de lo que se conoce como la “escuela de Frankfürt”, o sea, de un sistema ateo, creo que se hace mucho más entendible el por qué hoy les cuesta, a mucha gente, creer en Dios.

    Entonces, ¿podemos tener evidencias de Dios? ¿Es Dios detectable? Sí, pero tanto en cuanto nos libremos del ahogo que producen los pecados de la carne a nuestro espíritu, tanto en cuanto crezcamos en pureza de vida, en castidad, en pudor… La Fe queda ahogada por la carne hoy.

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  6. 25 marzo 2018 0:02

    Sí, Manolo; nunca lo había visto tan claro como ahora, y pienso repetirlo cada vez que tenga oportunidad: el pecado que se opone a la fe es la lujuria…, y que se den cuenta de qué es lo que les cruje dentro a tantos; no es precisamente un problema filosófico.

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    • 27 marzo 2018 14:42

      Manolo amigo: Me interesa preguntarte una cosa: de los diversos medios que pueden emplearse para convencer (para convertir) a los lujuriosos, ¿cuál te parece a ti el más importante o el más productivo? Y esto te lo pregunto en dos niveles: refiriéndome al ámbito de nuestras relaciones humanas ordinarias, por un lado, y refiriéndome al ámbito público y hasta global, de otro. Espero con interés tu respuesta.

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  7. 11 junio 2018 10:44

    Gracias por todo. Que Dios te bendiga y María te proteja. Amén.

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  1. El Fichero-de-Todo-Saber: 48 (11 de junio de 2018) | Soy cura y hablo de Jesucristo

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