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Misericordia/150

24 mayo 2017

La Palabra de Dios

      * Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en Él el amor a Dios?- 1 Jn 3,17.

Las palabras de los hombres

* El cardenal Enrique y Tarancón, cuando era obispo de Solsona, publicó una pastoral sobre el escapulario en la que da fe de los siguiente.

       En 1938, en plena guerra civil, le tocó asistir espiritualmente a unos hombres que iban a ser ejecutados. Había uno, culto, con una formación cristiana poco corriente, que no quería saber nada de confesarse. Después de haberle dedicado media hora, el hombre dijo:

       – Mire, yo le agradezco muy sinceramente lo que usted está haciendo por mí. Comprendo que usted está pasando una noche mala por mi causa, ya que usted no ha de sacar ningún provecho de que yo me confiese. Yo le estoy sumamente agradecido, pero le suplico que no insista; desde ahora puedo asegurarle que no he de confesarme. Yo fui educado cristianamente, pero he perdido la fe.

       Quedé aturdido de momento; casi sin saber qué decir. Pero inspirado, sin duda, por la Santísima Virgen, me atreví a proponerle:

       – ¿Me haría usted un favor?

       – El que usted quiera -me contestó-, con tal que no debía que me confiese.

       – ¿Me permitiría que le impusiera el Santo Escapulario?

       – No tengo ningún inconveniente. A mí no me dicen nada estas cosas; pero si con ello he de complacerle, puede hacerlo.

 Resultado de imagen de Escapulario del Carmen      Le impuse acto seguido el Santo Escapulario del Carmen y me retiré en seguida a orar por él a la Santísima Virgen. Él fue a sentarse en un rincón, al extremo de uno de los bancos que había en aquella sala. Aún no habían pasado cinco minutos cuando oí como una especie de rugido y unos sollozos fuertes y entrecortados, que me alarmaron. Entré de nuevo en la habitación y vi a aquel hombre que se me echaba encima llorando inconsolablemente y que me decía, en medio de sus lágrimas:

       – Quiero confesarme, quiero confesarme. No me merezco esta gracia de Dios. La Virgen me ha salvado.

       Poco antes de la ejecución me abrazó y besó, mientras decía:

       – Gracias, Padre; gracias por el bien inmenso que me ha hecho. En el cielo rogaré por usted. Gracias y hasta el cielo.- I. Segarra, Anécdotas marianas para hacer oración (adaptada por Julio Eugui, Mil anécdotas de virtudes, Rialp, Madrid 2004, 612-613).

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