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“¿QUIÉN SERÁ CAPAZ…?” SAN BERNARDO Y LA ANUNCIACIÓN

4 abril 2016

Hoy celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor, trasladada. Se trata sin duda de una de las mayores fiestas del año; algunos opinamos que es mayor que la Navidad lo mismo que la concepción es mayor que el nacimiento (y del 25 de marzo al 25 de diciembre, van nueve meses). De hecho, el haberse encarnado el Señor contiene y hace posibles todo el resto de los misterios de la Redención, según dice San Luis María Grignion de Montfort.

Las artes admirables de San Bernardo se manifiestan aquí, principalmente, en una suerte de juego de espejos entre la Encarnación (María recibe a Jesús en la tierra) y la Asunción (Jesús recibe a María en el cielo…, y Él es buen pagador). Hace intervenir, fundamentalmente como pieza simbólica, el episodio de la recepción de Jesús por Marta y María.

De San Bernardo, he publicado ya aquí bastantes cosas, pero no sois dignos ni de mojar con el pan si no leéis, por lo menos, “…quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios” y Si tú das una breve respuesta…, ambos sobre la Anunciación/Encarnación.- San Bernardo de Claraval


¿Por qué se proclama hoy [solemnidad de la Asunción] en la Iglesia de Cristo aquel pasaje evangélico en que una bendita mujer hospedó al Salvador? A mi modo de ver, para que, a través de esa acogida, logremos intuir de algún modo esta otra que celebramos y, sobre todo, para que la dicha de aquella mujer nos lleve a contemplar la gloria incomparable de esta. Porque ¿quién será capaz -aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles- de explicarnos de qué manera al sobrevenir el Espíritu Santo y hacerle sombra la virtud del Altísimo, se hizo carne el Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas? ¿Cómo es posible que el Dios de la majestad, que no cabe en el cielo, se encarnara en las entrañas virginales?

Pero ¿habrá alguien capaz de imaginar la gloria que envuelve hoy [Asunción] a la Reina del mundo, el entusiasmo con que salen a su encuentro todas las legiones celestes, con qué cánticos será acompañada hasta su trono glorioso? ¿Con qué rostro tan sereno, con qué divinos abrazos sería recibida del hijo y ensalzada sobre toda criatura con el honor merecido por tan excelsas Madre de tan gran Hijo? ¡Dichosos, sobre toda ponderación, los besos que la Madre le imprimía con sus labios cuando mamaba, y cuando le acariciaba en su regazo virginal! Con todo, ¿acaso no serían mucho más inefables aún los que recibió ella de la boca del que estaba sentado a la derecha del Padre?, cuando ascendió al trono de la gloria cantando aquel epitalamio nupcial diciendo: “Que me bese con el beso de su boca” (Ct 1,1). ¿Quién podrá explicar la generación de Cristo y la asunción de María? Porque cuanta mayor gracia mereció alcanzar en la tierra sobre las demás criaturas, tanta más gloria singular de recibe en los cielos.

Siendo así que ”ni el ojo vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9), ¿qué tendría reservado para la que le dio el ser, y la que sin la menor duda le amó más que nadie? Dichosa, en una palabra, María y dichosa por mil motivos, lo mismo cuando acoge al Salvador que cuando es acogida por Él. En ambos casos resplandece la grandeza de la Madre virginal, y en uno y en otro la delicadeza admirable de la majestad que abraza […]. Mañana volveremos a reunirnos también para compartir generosamente lo que se nos conceda de lo alto, para que el recuerdo de tan excelsa Virgen no solo estimule la devoción, sino también nos impulse a una continua conversión, para alabanza y gloria de su hijo, nuestro Señor Jesucristo, que es Dios bendito sobre todas las cosas por los siglos de los siglos (Rom 9,5).

(Sermón I de la Asunción, 3-4)

– II –

 

“Entró Jesús en una aldea” (Lc 10,38). Me siento impulsado a exclamar con el profeta: “¡Qué grande es, Israel, el templo del Señor! ¡Qué vastos son tus dominios!” (Bar 3,24). ¿Acaso no son inmensos, cuando en su comparación toda la superficie de la tierra no es más que una aldea? ¿Por ventura no será grande aquella patria y región incomparable, cuando al venir de ella el Salvador y entrar en la tierra se dice que penetra en una aldea? Apresurémonos, hermanos, a entrar en aquella vastísima morada de la bienaventuranza […]. Para que no perdamos la esperanza de alcanzarla, el que habita en esa patria celeste, y es también su creador, quiso experimentar las estrecheces de esta nuestra aldehuela. Pero ¿decimos que en tró en una aldea? Hizo mucho más, penetró en el reducido albergue del seno virginal: sí, “una mujer le recibió en su casa”.

[…] Dichosa mujer la que mereció hospedar no a los exploradores de Jericó […], sino al verdadero Jesús, el Hijo de Dios. Dichosa, repito, esa mujer cuya casa al recibir al Salvador estaba completamente limpia y en modo alguno vacía. ¿Quién dirá que estaba vacía aquella a quien saludó el ángel “llena de gracia” (Lc 1,28)? Y no solo eso, sino que además afirmó que descendería sobre ella el Espíritu Santo. ¿A qué crees, sino para llenarla más todavía? […]

Ella es de quien recibimos -oh Dios- tu misericordia; por ella también nosotros acogemos al Señor Jesús en nuestras casas, puesto que […] si alguno le abre, entrará y cenará con él” (Ap 3,20) […: en oposición a cierto refrán, opone este versículo:] “Guarda con toda diligencia tu corazón, por cuanto de él brota la vida” (Prov 4,23).

[…] Junto a esta Virgen solo deben estar presentes Marta y María […]. Ella era la que conservaba en su memoria las cosas que se decían de su Hijo, “meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). En esta otra María, que es única y extraordinaria, encontramos la actividad de Marta y el ocio nada ocioso –non otiosum otium- de María. En realidad, toda la hermosura del rey está por dentro, aunque también está vestida de perlas y brocado (Sal 44,14-15).

¡Qué distinta fue [de las vírgenes necias, cfr. Mt 25,1-13]   aquella mujer fuerte que aplastó la cabeza de la serpiente! Pues entre otros muchos elogios se dice de ella que ni aún de noche se apagará su lámpara” (Prov 31, 18) […]. La gloriosa Virgen se adelantó a todos, y su lámpara era tan deslumbrante, que los mismos ángeles de luz exclamaban: “¿Quién es esta que se asoma como el alba, hermosa como la luna y limpia como el sol?” (Ct 6,9). Por cuanto refulgía más que ninguna aquella a quien había llenado del aceite de la gracia sobre todas sus compañeras Cristo Jesús, su Hijo y Señor nuestro.

(Sermón II en la Asunción de Santa María, 1-3,7-9)


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