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ESA EXTRAÑA ESPERANZA DE LOS CRISTIANOS (DOMINGO DE RESURRECCIÓN)

27 marzo 2016

 

 

 

 

Porque la visión aguarda su tiempo, aspira a su fin, pero no defrauda; si se demora, espérala, pues de cierto llegará sin falta… El justo vivirá por su fidelidad.”

Hab 2,3-4

La religión judía era una religión fundada en la promesa […]. La cristiana, a pesar de reconocer cumplidas en Cristo aquellas promesas, no pierde por ello su carácter fundamental de esperanza: el cristiano cree y espera […] que también en él se realizará la plena salvación del dolor y de la muerte realizada en Cristo.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos

Esperamos lo que no vemos; pero somos el cuerpo de aquella cabeza en la que se ha realizado ya el objeto de nuestra esperanza.

S. Agustín, Sermo 157, 3

El premio de Dios es Dios mismo. No tiene otro.

S. Agustín, Enarrationes in Psalmos, 72, 32

Salta de gozo, porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado.

S. Agustín, Sermo 386, 1

Queridos niños:

Ocúrreme pensar, en la Pascua de este año, en algunos rasgos de la esperanza cristiana. Daré por supuesto aspectos esenciales como que la esperanza se fundamenta en la Resurrección de hoy -como que es la razón de que yo escriba hoy sobre esperanza-, pero es que, además de los más esenciales, todavía hay aspectos de la esperanza que son esenciales. ¿De acuerdo, niños queridos?

La diferencia entre la esperanza judía y la nuestra la tenéis en el primero de los epígrafes que me ha dado la ventolera de poner a este articulejo. Los judíos esperan la salvación y el Mesías; nosotros esperamos la plena salvación de la salvación ya venida. Es decir, recogiendo -me da siempre mucho gustirrinín- palabras de Benedicto XVI,

SPE SALVI facti sumus – en esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rom 8,24). Según la fe cristiana, la “redención”, la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Benedicto XVI, enc. Spe salvi, 1)

Y así, si Jesús es, como sabemos, el vencedor del demonio, del pecado y de la muerte, nos preguntamos -no me digáis que no-: “¿Por qué tanto mal (el demonio que maniobra) en mi familia?” “¿Por qué las guerras, por qué el terrorismo islámico y por qué ese derrotismo mío que me lleva a la pasividad culpable?” “Dónde está Dios después de Auschwitz?” “¿Por qué tanto pecado en el mundo, que hemos visto estos días causar la muerte de Dios?” “¿Por qué este, y este, y este pecado mío?” “¿Quién me habla de redención de la muerte, si ayer enterré a mi hijo de ocho años?”

No voy a dar respuesta a estas cuestiones, o a explicar las palabras del hoy emérito, porque creo que hay suficiente con lo que propuse el año pasado. Pero podemos decir que los hombres han esperado al Mesías, y cuando Él ha venido ha realizado la Redención, pero la ha guardado en un cofre hasta el tiempo definitivo en que lo abra, como el Cordero degollado abre el libro en el Apocalipsis (cfr. Ap 6-8,1). Mientras, el cofre emana parte de su luz esplendente, y tenemos de la Redención un “ya sí, pero todavía no”, o bien, como proponía otro, un “ya, pero (en el futuro) todavía más”.

¡Extraña esperanza cristiana, que sabe que ya ha ocurrido lo que sigue esperando!

De manera que tenemos parte. Participamos. Tenemos lo que le corresponde a este tiempo tener, y, respecto de lo que falta, una enorme parte de culpa la tienen nuestros pecados. Si ya gozásemos de la felicidad plena, no tendríamos motivos para anhelar perdidamente el cielo, cual es nuestra milicia e condición. No nos haría falta Dios. Palabras altísimas estas de San Pablo, en las que Benedicto inspiró las suyas:

Nosotros, que poseemos ya los primeros frutos del Espíritu, también gemimos en nuestro interior aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque hemos sido salvados por la esperanza. Ahora bien, una esperanza que se ve no es esperanza; pues ¿acaso uno espera lo que ve? Por eso, si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos mediante la paciencia (Rom 8,23-25).

Jesús ha colocado la plenitud de la Redención en un cofre situado en un lugar alto al que no llegamos. De él emana una luz que encandila y engolosina. Y la diferencia incalculable entre la luz real del cofre y lo que de ella alcanzamos a ver equivale a aquello que nos espera en el momento final, en la resurrección y el juicio (la apertura del cofre), a menos que uno haya desdeñado ser feliz y lo haya expresado con sus pecados. Exactamente igual que si uno llama a un taxi, pero totalmente al revés, porque el cielo se da por descontado, y lo que podemos dar por descontado con el taxi es que no parará si no llamamos. Y cuentan que, en la homilía, el cura hablaba del cielo:

– Porque toda la raza humana desea ir al cielo, oh paraíso de delicias. A ver. Que levante la mano quien quiera ir al cielo.

Todo el mundo levantó la mano menos un señor (era calvo), al cual preguntó el cura:

– ¿Usted no quiere ir al cielo?

– Sí, pero yo no voy con la excursión.

Nosotros somos asín. Y, luego, la esperanza se representa con un ancla, por unas palabras de la Carta a los Hebreos:

para que… los que buscamos refugio en la posesión de la esperanza que nos es ofrecida, tengamos un poderoso consuelo, que es para nosotros como ancla segura y firme de nuestra vida y que entra hasta el interior, más allá del velo, donde como precursor nuestro entró Jesús (Heb 6,18-19).

Porque poseer la esperanza (el cofre, una almendra) es poseer ya su contenido (la luz, el fruto…: la salvación definitiva, por más que su momento lo ignoran todos los relojes). Parece claro que el ancla es imagen de Cristo. Creo entender que, sobre todo, se nos está diciendo en este pasaje: quienes tenemos esperanza tenemos razón; porque la esperanza es un ancla que impide que zozobremos y que entra en lo hondo del cielo. “Más allá del velo” es una alusión al hecho de que el sumo sacerdote entraba una vez al año -y nadie más nunca más- en el sancta sanctorum, donde moraba la presencia de Dios, y ese lugar sagrado del Templo estaba cubierto por un velo; y en el momento de la muerte de Cristo “el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad” (Lc 23,45). Lo cual indica, como mínimo, que les ha llegado el fin a los ritos antiguos

(et antiquum documentum

novo cedat ritui,

dice el himno Pange lingua:

cesa el viejo rito,

se establece el nuevo”,

en la traducción métrica),

y que Cristo ha atravesado el velo y nosotros lo hemos atravesado, “en esperanza”, con Él.

Sabor de la esperanza… Es que Jesús, que ascenderá dentro de cincuenta días al cielo, ya había venido del cielo; no le era nada desconocido: pero entró como precursor nuestro, abriendo camino, como el guía de la cordada, como la aguja que trae enhebrado un cordel innumerable “de toda tribu, lengua, pueblo y nación” (Ap 5,9). Entró como la cabeza del cuerpo, y si es así, eso es garantía de que el resto del cuerpo entrará (haciendo de nuevo la salvedad de alguno que prefiera irse al infierno).

No voy a terminar sin recordar que, por más que el fundamento de la esperanza sea el Resucitado, ha de tratarse necesariamente del Resucitado participado; esto es, disfrutado en los sacramentos, que nos dan la vida, y eminentemente en aquel Sacramento Adorable de la Eucaristía, posible porque contiene a Uno a quien “no venció la fosa”1; fuente de los demás sacramentos (lo dije el Jueves); “fuente y culmen”2 de la vida de la Iglesia.

Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Jn 6,53-54).

Como ni tampoco dejaré de recordar que María Santísima es nuestra estrella de la esperanza, como la llamó Benedicto en esa encíclica en que nos dice que estamos “salvados en esperanza”. En ella convergió la esperanza de todo el pueblo de Israel, porque, “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” (Gál 4,4). Su fiat (Lc 1,38) hizo posible la Redención, del pesebre a la Cruz y la Resurrección, y todavía en el cielo continúa siendo nuestra intercesora hasta el final de los tiempos, porque ese es el ejercicio de su condición de madre respecto de nosotros.

¡Extraña esperanza cristiana, que sabe que ya ha ocurrido lo que sigue esperando! Ella, María, en el canto de esperanza del Magnificat (cfr. Lc 1,46-55), alaba a Dios como Quien “ha hecho cosas grandes en mí” (v. 49). Y San Bernardo comenta:

No te extrañes ni preguntes cómo pueden hacerse estas cosas. Las ha hecho el Poderoso. Es poderoso, digo más, es Todopoderoso. Fíjate en su poder: todo lo que quiere lo hace”3.

Así va la esperanza, queridos niños.


 

1 Himno de la Liturgia de las Horas.

2 Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11.

3 San Bernardo de Claraval, Sermo de Aquaeductu (en la Natividad de María Santísima), 17. Rec. en Damián Yáñez (ed.), María en San Bernardo (Pensamientos selectos), Monte Carmelo, Burgos 2009, 170.

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