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VIERNES SANTO: YO NO HE DADO MUERTE A CRISTO; SINO QUE…

25 marzo 2016

Existe una forma de entender la pasión y muerte del Señor tan universalmente generalizada, que puede ser que mis comentaristas me den de palos; que no se me entienda, vamos. Porque yo voy a proponer aquí otra forma que me parece más ajustada y, por qué no decirlo, más completa e incluso más sana de afrontar la cuestión.- Miguel

La visión acostumbrada


La piel divina os quitan

las sacrílegas manos,

no digo de los hombres,

pues fueron mis pecados.”

He aquí una cuarteta de Lope de Vega incluida entre los himnos litúrgicos de la Semana Santa. Expresa bien la conciencia tradicional de que nuestros pecados, en un punto determinado de la historia, recayeron (ellos) sobre Jesús y lo mataron.

Es una buena representación de las consecuencias del pecado, pero debe ser superada, y me parece que en bien pocos casos lo es.

Es que esta visión, si no estoy equivocado, aparte de no ser la correcta, puede tener efectos dañinos, entiéndase de sentido de culpa, y no sé si también puede intervenir en algunas patologías. Por lo menos conocí a un chavalito de unos dieciséis años, víctima de un vicio que sabéis que suele ser habitual a esas edades; y se quejaba de que Dios le quitara la libertad, porque a cada uno de esos actos correspondía (automáticamente) una muerte de Jesús, o una renovación de ella. Ya se ve que hay que pasar, como quería el B. Card. Newman, “ex umbris et imaginibus in veritatem”: de las sombras y las imágenes a la verdad, y no dejar al personal con los cromos del primer catecismo.

Según la concepción que confuto, y tal como se ha representado tantas veces, cuando yo peco, clavo un clavo en la mano de Jesús, o le cargo la Cruz, o le propino dos latigazos, o hago llorar a su madre… o un trocito de cada cosa de estas.

Pero fijaos en lo que de erróneo tiene este modo de ver: porque le quita la libertad al Cristo paciente, que en realidad se entrega “motu proprio”.

Yo no me invento nada


Unos pasajes evangélicos nos ilustrarán, y nos ayudarán a entender que lo que ocurrió es distinto y es mucho mejor. No hay fatalismo deicida. Jesús escogió esa muerte por nuestros pecados, lo mismo que pudiese no haberla escogido. Unos pocos pasajes:

“Los judíos decían: ‘¿Es que va a matarse y por eso dice: ‘A donde yo voy, vosotros no podéis venir’’?” (Jn 8,22).

– San Pablo, en tres ocasiones, emplea la fórmula “amó… y se entregó”: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,20); “nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5,2) [*]; “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).

“Subiendo al madero, él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo” (1 Pe 2,24). Es bien curioso que, sabiendo todos que no había subido -ni tenía fuerzas para ello-, sino que lo habían subido, el autor se exprese así. No es una mentira1, precisamente porque todos sus lectores conocían el dato real; pero, justamente por eso, lo veo como una potente llamada de atención sobre la voluntariedad de la muerte de Jesús, a quien no alcanzan mis pecados como una saeta imprevisible y fatal, porque los alcanza Él para hacerlos estallar con señorío divino.

“…se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2,8). Aquí se mezclan la entrega propia y la pasión por parte de otros; pero, aun así, si leéis el himno completo (vv. 6-11), veréis que se trata de un relato histórico, y quienes en este versículo intervienen para dar muerte a Jesús son, por tanto, los personajes históricos, y no los futuros (ni pasados) con sus (nuestros) pecados.

En los relatos de la Pasión, ¿no queda bien claro? a) Allí hay una serie que va de Judas al último soldado. b) Allí no aparece ningún pecado futuro, y como máximo Jesús pide perdón por los que lo matan (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, Lc 23,34)2 y otorga el perdón al que se confiesa (“hoy estarás conmigo en el Paraíso”, Lc 23,43). Por supuesto que a todo esto le da Jesús (y el Padre y el Espíritu) valor redentor para los anteriores y los posteriores, pero lo vemos luego, si no os parece mal. ¿Vale, chavalotes?

– Podríamos mostrar muchos más textos. Pero he dejado para el final lo más definitivo: “Doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que la doy yo libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla” (Jn 10,17-18). A Cristo no le da alcance la muerte.

Si Dios no mete la mano (y en Jesús “Dios estaba reconciliando al mundo consigo”, 2 Cor 5,19), todo eso se queda en una extraña historia pequeñita para conocimiento de eruditos. En realidad, es la mayor historia de amor que ha acontecido, ya que “con amor eterno te amo, por esto te mantengo mi gracia” (Jer 31,3). Eso lo dice la Biblia, y lo que digo yo es que no hay más amor que el que sabe sangrar.

En todos los acontecimientos de la vida de Jesús desde la Encarnación -pero señaladamente en la pasión, muerte. resurrección y ascensión-, está la Redención, la mano triple del Dios redentor, confiriendo al acto más pequeño valor redentor (o reconociéndolo en el acto, si queréis). Y desde la Encarnación hasta la Cruz, está asociada a Jesús María, que con Él coopera en la justificación de las almas, en su Redención.

Ahora bien, no recato un versículo que parece contrario a mí: los apóstatas “crucifican de nuevo al Hijo de Dios” (Heb 6,6). Sin embargo, asegura San Pablo que “Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más” (Rom 6,9)3. No es el versículo de Hebreos el obstáculo que parece. Además, parece inmediato entenderlo en sentido figurado.

La muerte de Jesús fue libre


Asignar al pecado una capacidad tal -la de dar muerte a Cristo-, y asignárnosla a nosotros mismos, equivale a dejar sin contenido lo que antecede, pero es más: supone eliminar de cuajo la libertad de la muerte de Jesús, y, por lo mismo, supone detraerle su valor redentor. Ni más ni menos. Porque, si no supusiese detraerle el valor redentor, una de dos: o nos creemos redimidos, o no. En el primer caso, nos auto-redimimos, que es la cosa más absurda que se pueda pensar, y lo hacemos por el sencillo procedimiento de dar muerte a una Persona divina, a Dios, que para más inri era Quien podía redimir, pero ofreciéndose Ella a la muerte. Vamos bien. Y si no nos consideramos redimidos, muy en serio clamaré: ¡maldito el día en que hemos nacido!

No creamos, pues, en una Redención necesaria, obligatoria por parte de Cristo. No le quitemos su mérito y valor.

Cristo buscando mis pecados


Creo que he destrozado -con bastante satisfacción de la parte contratante- la concepción vulgar de la Redención. Evidentemente, me toca explicar la mía, pensando que no existe, además, cosa más lógica (con la lógica disparatada de Dios), ni tampoco cosa -digámoslo ya- más preciosa y entrañable.

Los pecados de todos los hombres antiguos, presentes y venideros forman una mole ingente, que tiende al infinito si no lo alcanza, y Jesús quiere destrozarla para darnos todos los bienes. Es voluntariamente como Jesús comparece ante el pecado, ante los judíos, ante los romanos, ante los verdugos y ante mi infidelidad, y voluntariamente lanza por los aires la mole ingente para que le caiga encima en forma de clavos, de corona, de madre que tanto llora, de soledad espantosa, de dolor atroz del Corazón, de muerte como la muerte de los esclavos (o los soldados rebeldes), y hasta de infinitamente lancinante separación del Padre o sensación de tal separación. La pasión de Jesús es la pasión del Corazón de Jesús.

En suma: no van los pecados en persecución de Jesucristo, sino que Jesucristo va en persecución de los pecados.

¿Sabéis que os digo, entonces? Mirad, hay gente que siente remordimientos (por sus pecados) al mirar un crucifijo. No. El crucifijo debe inspirarnos -más cuanto más pecadores seamos- una dulce sensación de gratitud. Porque, en verdad, no es el yunque donde yo machaco a Cristo; es el Cristo que se interpone entre mí y el Padre cuando a mí se me cae una ofensa a Dios. Es donde Dios da forma palpable a su sed acezante de devolverme a su amor en cuanto mi libertad se deje. “Él es nuestra paz” (Ef 2,14), y no lo contrario, y lo es “por medio de la cruz” (v. 16).

Antes morir que pecar


En cambio, debemos sentir un enorme dolor de los pecados si contemplamos los pecados mismos y Quién es Aquel contra el que los hemos cometido. Sea arrepentimiento, nunca remordimiento, nunca sentimiento de culpa, porque estos paralizan, porque el sentimiento de culpa bloquea muchas cosas. Sea dolor de amor: ese libera.

Ahora, el dolor debe ser enorme, eso sí. Nosotros vamos cometiendo pecados aquí y allá como quien prodiga margaritas, y los disculpamos: “Es que es humano, el hombre, déjalo”, “es que soy humano, y ya se sabe…”, errare humanum est…, incluso en latín, que no hay más que pedir. Pero el pecado es trepar al cielo, derribar a Dios de una patada y romperle en la espalda su cetro, su trono y su corona, para orinar sobre Él a continuación. Para que sigamos aay, aay, aay, haciendo el tontito con el tonto pecadito: “No, si da igual…” ¡Qué memos somos!

Es que el pecado es lo más atómicamente antihumano que hay. Lo normal es lo de Jesús y María4: no cometer uno solo, que Dios nos creó “a su imagen, a imagen de Dios” (Gén 1,27), y la Redención que hemos recibido es una re-creación. Quitados Jesús y María [nota 4], los demás somos la excepción. Y el B. Cardenal John H. Newman escribe:


La Iglesia católica sostiene que si el sol y la luna se desplomaran, y la tierra se hundiera y los millones que lal pueblan murieran de inanición en extrema agonía (…), todo ello sería menor mal que no que una sola alma, no digamos se perdiera, sino que cometiera un solo pecado venial, dijera deliberadamente una mentira o robara, sin excusa, un penique.


B. Cardenal John Henry Newman, Apologia pro vita sua, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1977, 194


Así pues, ante el pecado, proceden el llanto y rasgamiento de vestiduras, o, por mejor decir, la Confesión y la reparación de los daños causados.

Y -por expresároslo así-, al salir del Confesonario vamos al Crucifijo, y allí se nos caen unos lagrimones de gratitud y de amor… Porque esa Confesión del confesonario de allá ha nacido de esta herida en el Corazón de acá… Porque los pecados confesados hoy ardieron en esta Cruz hace dos mil años, y sin siquiera preguntarme si yo quería recibir tan amorosa herencia.

Yo no he dado muerte a Cristo; sino que Cristo se ha entregado a la muerte por mí.


1 La definición de mentira incluye la intención de engañar, que aquí está ausente.

2 Permitidme que os cuente lo que un señor loco y sabio me decía una vez: “¿Qué hubiera pasado si Jesús, en lugar de decir ‘Padre, perdónalos’, hubiese dicho ‘Padre, ayúdame’…? Y decía también: “Jesús, en la Cruz, te dice: ‘Si vienes, te recibo; si no vienes, te espero’?

3 He leído algunas interpretaciones bastante complej,as, que se resumen en decir que la pretensión de tales apóstatas) la vuelta a la Iglesia por la Penitencia exige una nueva muerte del Señor -porque la Penitencia obra por los méritos de la pasión-; se trataría, al final, de casos muy parecidos a los del pecado contra el Espíritu Santo: “Cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (Mc 3,29). Un día he de darme el gustazo de escribir tal que aquí un artículo sobre este asunto tan curioso de un pecado que no perdona Dios; pero podéis hacer la prueba de poner debajo del grifo una botella cerrada, y ya no necesitaréis muchos artículos.

4 Y San José, en opinión de algunos.

[1] Nota a 8/4/2017.- Aún hay más, porque hoy constato que muchos traducen en este v. “por vosotros”. El texto latino oficial de la Neovulgata -aunque, por supuesto, no es el original- dice “nosotros”.

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