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JUEVES SANTO EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA: PENITENCIA Y EUCARISTÍA

24 marzo 2016

Voy a afirmar aquí -entre otras cosas- que la Eucaristía es sacramento de reconciliación. Pero, como a muchos esto los hará brincar en la silla, expondré antes algún aspecto de la doctrina de siempre, que sabéis que es la que profeso y a cuyo servicio fui ordenado sacerdote. Yo sirvo a la Tradición de la Iglesia, y quien dijere lo contrario miente.- Miguel


¡Alabado seas, Señor, por siempre y la hora en que ordenaste esta dulcísima medicina de la sagrada comunión, manifestadora de tu dulcedumbre y causadora de nuestro consuelo! Porque tú conoces bien cuán ponzoñosa cosa es el pecado y cuántos desmayos causa en el corazón de quien lo comete y cómo hace huir de ti y esconderse, como nuestros padres hicieron, y hace temblar lo principal del alma […] [y] pusiste aquí [en la Eucaristía] tal remedio, que haga huir a nuestros desconsuelos, por ser seña y causa de que el hombre goce del merecimiento de Cristo

(San Juan de Ávila, Sermón 43).

La enseñanza de la Iglesia es…

a) Decía Benedicto XVI que “la Eucaristía no es el sacramento de la reconciliación, sino el de los reconciliados”. En efecto, ¿qué sentido tendría que el padre del hijo pródigo celebrase el banquete ante la perspectiva del pecado, y no ante la evidencia consumada del retorno?

Otro mucho más alto, San Pablo, se encargó de dejarlo claro, y es Palabra de Dios:

Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su propia condenación.


1 Cor 11,27-29

 

Y sobre tal cuestión, podéis mirar esto que puse en el blog una vez.

b) De consiguiente, la enseñanza de la Iglesia es:

– Determinados actos de la Santa Misa -al menos, el acto penitencial y la comunión- perdonan los pecados veniales bajo ciertas condiciones. Pero los mortales, jamás.

– Comulgar en pecado mortal es un espantoso sacrilegio [1].

– Quien tiene conciencia de pecado mortal no debe comulgar, por muy arrepentido que se considere y esté, mientras no se haya confesado.

– El sacerdote en pecado mortal debe procurar abstenerse de celebrar; pero si hay necesidad apremiante (por ejemplo, por ser hora fija y haber fieles), hará un acto de contrición perfecta antes de empezar.

Los sinembargos que duelen

Sin embargo, hoy es alarmante la cantidad de personas que acuden a comulgar con el alma encenagada.  Se debe a la progresiva debilitación, que degenera en pérdida, del sentido del pecado. Decía Pío XII que “el mayor pecado del mundo moderno es haber perdido el sentido del pecado”. También era Benedicto XVI el que se quejaba del automatismo según el cual muchas personas tienen asimilado que asistir a la Santa Misa y comulgar son uno y lo mismo. Pues no lo son: asistir es una cosa, comulgar otra. Y, si bien es verdad que la Santa Misa no es completa sin Comunión, la obligación de la Misa no se extiende a asistir a esa Misa (completa) en que se comulga; la prescripción de no comulgar en pecado prevalece sobre lo otro por razones evidentes.

Casi todos los que acuden a Misa comulgan, y -de mi experiencia hablo- casi nadie o nadie se confiesa. Y se da un fenómeno curioso. Cuando se confiesa una persona que lo hace cada semana o cada dos, saca acaso siete o nueve pecados (veniales). Cuando se confiesa una persona que lo hace una vez al año (o sea, por cumplir), muchas veces te dirán que no tienen pecados, o te dirán un par de pecados leves… ¡Se supone que habían de tener infinidad más que el de la semana! Y además, parece ser que Santo Tomás dice que el que pasa un largo tiempo sin los sacramentos es muy difícil o casi imposible que evite el pecado mortal.

Cuatro sustos bíblicos

Y, para que no me dejen mentir, ahí van cuatro citas bíblicas para ayudar a recapacitar a los que dicen esa cosa tan pasmosa de que no tienen pecados:

“De las faltas ocultas, absuélveme” (Sl 19,13), donde el salmista, en lugar de considerar que tiene motivo para sentirse tranquilo y sentadito porque la conciencia no lo remuerde, sabe que, aunque no lo remuerda, algo de manteca sí que hay. San Juan Pablo II comentaba que si, ciertamente, tenemos la libertad de obrar según conciencia, no obstante tenemos una mayor obligación de buscar la verdad, también la verdad de la moral. Y, genio como siempre, Benedicto XVI escribe:

“¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta”, ruega el salmista (Sl 19 [18],13). No reconocer la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía. Si Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme.


Benedicto XVI, encíclica Spe salvi, 33

“Pues mira que voy a poner pleito contra ti porque dijiste: ‘No he pecado’” (Jer 2,35). Como leáis esto a según quién, le da un pasmo agónico, o bien inventa cincuenta pecados atropelladamente.

“Aunque en nada me remuerde la conciencia, no por eso quedo justificado. Quien me juzga es el Señor” (1 Cor 4,4-4). Es decir, que acaso, sentado en mi sillón orejero, me echo una siesta de fraile, con la conciencia limpia, limpia… Y llevo no sé cuántos años con la conciencia limpia, limpia…, y en lo alto, un poco molesto con el asunto, puede estar Dios, un poco en desacuerdo, esperando para explicarme mi vida en mi juicio particular, esto es: cuando mi vida no tenga remedio.

Atención al siguiente texto:

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros.


1 Jn 1,8-10

He dejado lo mejor para el final. O la persona está muy podrida, o bien, cuando dice que no tiene pecados, si le leemos aunque sea la primera frase, le hemos roto los esquemas. Porque todavía no me he encontrado con persona que se acerque al confesonario y no crea en la Biblia (leerla es otro pedir). Y ahora hace falta recomponer esos esquemas rotos, sanarlos, como siempre, con el bálsamo de la misericordia.

Ha de saberse que a lo largo de un año sin confesar, se cría una costra como la del elefante. Son las pieles delicadas las que sienten la llegada del mosquito; al elefante, pueden venirle pájaros grandes, que no se dará cuenta. Y lo que nos dolía cuando teníamos la piel delicada, ni siquiera lo recordamos cuando ha pasado tiempo como para elefantizarnos.

La pena negra del sacerdote

Me duele intensamente la degradación que hacemos los hombres de todo lo sagrado. Dejó Jesús el sacramento de la Misericordia, la Penitencia, como una raíz caliente brotada de su Corazón, como un remedio para curar y besar todas nuestras ofensas contra Él, para devolvernos la Paz y que viviéramos bien. Para darnos infinitas nuevas oportunidades. Para permitirnos seguir viviendo después del delito. Caín ha matado a Abel:

     Grande es mi culpa para soportarla. Me expulsas hoy de esta tierra; tendré que ocultarme de tu rostro, vivir errante y vagabundo por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará.

       El Señor le dijo:

       –No será así; el que mate a Caín será castigado siete vec


Gén 4,13-15

Y bien, ¿qué hacemos nosotros con la Confesión? Lo que era oro de la mayor calidad, estamos tratándolo (hoy, supongo, más que nunca) como el estiércol. Es una pena infinita. Y ¿sabéis cómo funciona lo de no confesarse (dejando aparte los factores más internos)? Es hasta gracioso. El cura no se sienta en el confesonario porque dice: “No van a venir”. Y los fieles no van a confesarse porque dicen: “El cura no va a sentarse”. Yo recuerdo, del metro de Barcelona, un anuncio que emblematiza esto a la perfección. Un chico sentado en el metro y una chica mona de pie a su lado. La chica piensa: “Si me dice algo, me siento…” El chico piensa: “Si se sienta, le digo algo…”

Escribir una leyenda

La Santa Misa es sacrificio de reconciliación: solamente que no de la misma manera que la Penitencia. Pero observaremos dos aspectos.

 

El primerito.- La Redención realizada por Cristo es la fuente de todos los bienes, y singularmente de los más preciosos, como los sacramentos, y entre ellos la Penitencia. Pues bien, la Santa Misa es la manifestación memorial de esa Redención. (Será bastante interesante que os leáis La obra que Dios quiere (la Santa Misa). Y cada vez que asistimos, contemplamos realizado sobre el altar -en modo sacramental, misterioso, pero no por ello menos real- todo lo que se realizó en el Calvario.

El segundito.- Me encantan las palabras que el sacerdote pronuncia sobre el cáliz: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”. Para el perdón de los pecados. ¿Quién se atreverá a decir ahora que la Eucaristía no es sacramento de reconciliación?

EN SUMA Y EN CONCLUSIÓN.- Si vamos al sacramento de donde brota la reconciliación, vayamos al sacramento donde esta se dispensa. Si vamos al sacrificio del “para el perdón de los pecados”, vayamos al perdón de los pecados. Si vamos al altar, vayamos al confesonario. En realidad, no debería entrar en la Santa Misa quien no se reconociese hondamente pecador, justamente porque entramos ante Lo Auténticamente Santo, y ante eso, solo cabe inclinar la cabeza. Y vamos a la Santa Misa a que el Sacrificio nos cure las heridas, por más que el lugar propio de todas ellas, y el único de las graves o mortales, es el otro sacramento.

Al final, se nos vuelve todo un correr de la Penitencia a la Eucaristía y de la Eucaristía a la Penitencia.

Pero ¿cómo será que se concilian nuestra pecaminosidad y esa santidad divina, de suerte que estemos invitados por el Santo a comulgar? ¿Cómo es posible eso? ¡Por la misericordia de Dios, nudo entre nuestra miseri- y su –cordia, su corazón! Podemos decir que la Misericordia Divina se ha hecho una persona, y tiene nombre Jesucristo, y porque ha hecho de mediador presentándose a la Pasión con todos mis pecados, yo puedo entrar a donde el Padre como el hijo que soy. Ahí está la clave del arco. Porque es verdad que Él es infinitamante santo, y yo, exageradamente pecador. Pero “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”, y “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,12-13). Por eso, uno puede acercarse a comulgar diciendo al buen Jesús: “No te merezco, Señor; al contrario, te necesito. No eres mi premio, Jesús; eres mi medicina”.


[1] Alguien ha escrito que la Comunión en pecado grave es comparable a la crueldad con que cierto emperador romano trataba a sus enemigos: los ataba a cadáveres recientes, y así todo el proceso de corrupción y podredumbre iba pasando al enemigo. No me parece mala comparación. De todos modos, nadie piense que este sacrilegio supone excomunión, porque no es así; no todos los sacrilegios la suponen.

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