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LA GUERRA CONTRA LO SOBRENATURAL-III

12 marzo 2016

Atajo para la primera entrada: pinchando aquí mismísimo.

Atajo para la segunda entrada: me pincháis aquí.

 

 

¿Por qué una misión religiosa?


Las mujeres, por su propia naturaleza, son más receptivas que los

hombres. Esto se aprecia claramente en el misterio de lo sexual. La

mujer es receptiva, lo cual no significa que sea pasiva. Esa es una de

las infelices confusiones de Aristóteles, que identificó la pasividad y

la receptividad femeninas como inferiores, declarando al hombre como

superior a la mujer, lo cual es simplemente paganismo sin sentido.

La mujer tiene una gran ventaja sobre el varón; es receptiva, y en el

sentido religioso, la receptividad es una virtud crucial. La Virgen

Santa nos lo enseña al decir en la Anunciación: “Que sea hecho de

acuerdo a tu palabra”. Nótese que no era ella la que hacía, sino que dijo:

“Que sea hecho”. Dicho de otra forma, ella fue receptiva y su

receptividad permitió que el Espíritu Santo la fecundara y que en ese

mismo momento el Hijo de Dios se encarnara en su seno.

Santa Teresa de Ávila y San Pedro de Alcántara dicen que son muchas más las

mujeres que los hombres que reciben las gracias místicas. Y si se

estudia la historia del misticismo, uno se maravilla de cuántas más

mujeres que hombres han sido místicos. ¿Por qué? Porque son más

receptivas. En ese sentido, desde el punto de vista divino, todos debemos

ser femeninos. Un santo varón llega a la santidad porque aprende a ser

receptivo de la gracia de Dios. “Dámelo, Dios mío, porque no puedo

hacerlo yo mismo.”

El misterio de la feminidad


La mujer es, en un sentido muy particular, la guardiana de la pureza en

el mundo en que vivimos. Se puede afirmar que el desastre de las

perversiones sexuales ocurre en el mundo porque la mujer ha fallado en

su misión de guardar la pureza. ¿Por qué digo que la mujer es guardiana

de la pureza y la virginidad?

Hay un hecho de lo más interesante. Si se observa la liturgia, vemos que hay

misas especiales para papas, para apóstoles, para mártires, para quienes

no han sido mártires, para confesores y para quienes no lo han sido.

Pero cuando llegamos a las categorías femeninas, solo hay dos clases:

virgen y no virgen o mártir y no mártir. Esto es algo de lo más

interesante. No hay misas para célibes, pero si hay misas para vírgenes.

Esto indica claramente que hay algo extraordinariamente grandioso y

misterioso acerca de la feminidad. ¿Y por qué decimos que es tan

grandioso y misterioso? Porque, como todos sabemos, cada niña es nacida

con un sello —por decirlo así— que protege el misterio de su feminidad,

que es su vientre maternal. Si existe un sello, hay que entender que lo que está

bajo ese sello es sagrado. Este sello no existe en el cuerpo del varón y es

profundamente simbólico, pues indica que lo que allí está le pertenece a

Dios de una manera especial. Esta esfera de acción de Dios es tan

hermosa y profunda, que no puede ser tocada excepto bajo permiso divino

en un matrimonio católico.

Cuando a una joven se le permite dar las llaves de este misterioso

dominio, este jardín cerrado, a quien va a ser su esposo, ella dice:

“Hasta este momento he mantenido este jardín virginal, y ahora Dios me ha

dado las llaves y me permite dártelas a ti, y sé que entrarás en él con

reverencia y gratitud”. En el momento en que una esposa es abrazada

por su esposo y pocas horas después concibe, en ese momento, algo

absolutamente maravilloso ocurre que una vez más ilumina la grandeza de

la feminidad. Ni el esposo, ni la esposa pueden crear un alma humana.

Solo Dios puede.

Por supuesto, es la semilla del varón la que fecunda el óvulo de la

hembra. Estas son las realidades materiales que Dios ha puesto en los

cuerpos, y cuando se unen, lo maravilloso ocurre. Dios crea una nueva

alma humana, totalmente nueva, que nunca ha existido antes. ¿Dónde ocurre

esto? En el misterio del cuerpo femenino. Ahí es donde se concibe el

alma humana. No tiene nada que ver con el esposo, que ha quedado fuera

de juego a este respecto. Desde el momento en que Dios crea un alma, se

implica que hay un contacto especial entre Dios y el cuerpo femenino,

por decirlo así, Dios toca ese cuerpo en el momento de la creación. ¡Qué

extraordinario privilegio!

El velo sagrado


Por esa razón, el cuerpo de la mujer debe ser velado, vestido, porque

todo lo que es sagrado requiere un velo. Cuando Moisés bajó del Monte

Sinaí, llevaba un velo sobre el rostro, ¿Por qué veló su rostro? Porque

había hablado con Dios y la sacralidad de ese momento requería que su

rostro estuviera velado.

Ahora bien, los feministas “descubren” de repente, después del Concilio

Vaticano II, que el velo de la mujer en la Iglesia es un signo de

inferioridad. El hombre se saca el sombrero y la mujer se pone un velo.

¡Vaya! ¡Cómo han perdido el sentido de lo sobrenatural! El velo indica

que hay algo sagrado y es un privilegio especial de la mujer el usarlo

cuando entra en una Iglesia.

Como ven, la Iglesia reconoce estas cosas tan profundamente que se puede

decir que siempre ha reconocido la dignidad especial que le ha sido dada

a la mujer. No se puede ser cristiano y al mismo tiempo no reconocer que

es un privilegio ser mujer, porque la más perfecta de todas las

criaturas, la única concebida sin pecado, es una mujer. Y así entendemos

el extraordinario privilegio de ser una mujer y de tener la imagen de la

Santísima Virgen, que ha sido al mismo tiempo Virgen y Madre, dos

cualidades que van tan bien juntas.

Virginidad y maternidad


Si la mujer permanece virgen, no por eso sucede que no tenga hijos. Las

mujeres que más hijos tienen son vírgenes. La Beata Madre Teresa de

Calcuta ha tenido millones de hijos. En el mejor de los casos, una mujer

puede tener unos 18 o 20. Hoy día ya no se estila, pero así era en

tiempos antiguos. Si la mujer decide permanecer virgen y se entrega

completamente en su totalidad, llega a ser madre de millones de personas

que ruegan por su amor y ayuda. ¿Qué es la maternidad sino, básicamente,

dar amor y ayuda? La maternidad es tan santa porque es la aceptación del

sufrimiento para que alguien llegue a vivir y eso es un hermoso paralelo

entre la maternidad y el sacrificio de la Cruz.


Cristo aceptó morir para que podamos renacer a la vida eterna. De cierto

modo se puede ver este carisma en las mujeres. Ambos tipos de virginidad

pueden ser coexistir con la maternidad y tales carismas son tan hermosos

que no pueden ser combinados con el sacerdocio. En el mismo momento que

una se da cuenta que tiene una vocación maternal, o cuando una sabe que

ha sido llamada a la virginidad, esto excluye el sacerdocio. Sacerdocio

y maternidad, simplemente, no se pueden mezclar. No se pueden tener todos

los carismas, y ¡qué bendición es que los hombres tengan el sacerdocio!

porque de otra manera desarrollarían un complejo de inferioridad

catastrófico, ya que no les gusta ser inferiores. De hecho, creo que se

sentirían muy perturbados si de repente se dieran cuenta de la grandeza

de la feminidad.

La Beata Madre Teresa de Calcuta dijo: “Una mujer no puede ser sacerdote.

Hubo en el mundo una sola criatura que pudo decir con certeza ‘Este es

mi cuerpo, ésta es mi sangre’, la Santísima Virgen, y ella no fue

escogida para ser sacerdotisa” [1]. Por lo tanto, aceptemos y comprendamos

que para ser un sacerdote, como San Pablo dice explícitamente, Dios

elige quién va a ser un sacerdote y ha elegido para esa función al sexo

masculino. Y eso no obsta para que algunas mujeres más bien estúpidas

quieran tirar por la borda el privilegio de su feminidad, la sacralidad

de su feminidad y su vocación maternal, con el propósito de robarles a los

hombres el privilegio de ser sacerdotes, cuando Dios mismo les ha dado a

los hombres tal privilegio.

La Iglesia siempre ha honrado a la mujer en forma extraordinaria.

Cómo superar la iniquidad del feminismo


Si se estudia el arte pagano, se puede ver que los paganos de la

antigüedad glorificaron los genitales masculinos. El órgano masculino

era considerado el símbolo de la fuerza y el poder. En Pompeya o Atenas,

en las ruinas del mundo pagano, se ve que era el órgano masculino el que

era honrado.

Cuando la Iglesia se hizo cargo de esas civilizaciones, le hizo la

guerra a este culto pagano. Lo persiguió y lo eliminó. A veces se

encuentran restos del culto al órgano masculino en ciertas sociedades

paganas, pero en el momento en que la Iglesia aparece elimina todas esas

cosas en forma oficial. ¿Y qué hizo a continuación? Lo reemplazó con una

plegaria que rezan millones de personas, día tras día, siglo tras siglo,

y hace referencia explícita al órgano femenino por excelencia, el

vientre materno: “Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Ese es el

lugar que la Iglesia le concede a la mujer en la vida eclesial.

Por lo tanto, es hora de que nos demos cuenta de la tremenda grandeza de

la misión que la mujer ha recibido en el mundo y trabajemos para que

ellas despierten a esa grandiosa misión, que luchen por ella y que

superen la catástrofe y la iniquidad del feminismo.

Yo no elegí ser mujer, pero cuanto más medito en el mensaje cristiano,

más agradecida estoy de ser una de ellas.


[1] Pero muchos teólogos afirman, en diversos sentidos, que la Virgen fue y puede ser llamada sacerdotisa, aunque sea excluyendo -por supuesto- el sacramento del Orden.

 

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