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LA GUERRA CONTRA LO SOBRENATURAL-I

10 marzo 2016

“Lo sobrenatural es algo que nunca pudiera haber sido inventado…  Se puede probar la divinidad de Cristo diciendo que ningún humano pudiera haberse inventado un Dios que eligiera tomar la forma de un esclavo, sufriera y muriera para abrirnos las puertas del cielo. Tal idea, desde el punto de vista humano, es una locura descomunal”. Son ideas que con enorme clarividencia expone la autora en este artículo, aparecido originariamente en The Christian Post.  Es un artículo extenso que aparecerá en tres entregas, hoy, mañana y pasado mañana.- Alice von Hildebrand


A la segunda entrega,  una vez publicada, se podrá llegar pinchando tal que aquí.

Y a la tercera, pinchando tal que aquí.

Eso, si no me fallan los mandos; si me fallan, ya lo arreglaremos.

En 1965, el doctor Dietrich von Hildebrand y yo fuimos recibidos en una

audiencia privada con S. S. Paulo VI. Durante la audiencia, mi esposo hizo

uso de su conocida franqueza y preguntó al pontífice: “Su Santidad, ¿se

da cuenta de que la Iglesia está pasando por una de las peores crisis de la

historia, peor aún que la Reforma Protestante?” (a la que yo me refiero

con frecuencia como la “deforma” protestante). El Papa lo miró, al parecer

sorprendido por la pregunta, y mi esposo continuó diciendo:

“Lo que sucede es que la gente ha perdido de vista lo sobrenatural.”

Participación en la vida de Dios


Lo sobrenatural uno de los mayores regalos que Dios nos ha dado,

considerando que somos humildes y modestas criaturas. El primer varón

fue creado del polvo de la tierra, un origen no muy aristocrático que

digamos; la primera hembra humana tuvo un origen un poquito mejor, pues

fue sacada del cuerpo de otra persona. ¡Creo que este origen es una de

las grandes ventajas que las mujeres siempre tendrán sobre los hombres!

Lo sobrenatural no es otra cosa que la participación en la vida misma de

Dios. En ese sentido, no hay una sola religión en el mundo que pueda

competir con la idea cristiana de lo sobrenatural. El cristianismo es

una religión que nos permite llegar a ser como Dios por medio de

participar en la vida divina.

Lo sobrenatural es algo que nunca pudiera haber sido inventado ni por

el ser humano con mayor imaginación. Lo sobrenatural es una canción

nueva; música nueva que viene de las alturas y que nunca antes ha

entrado en la mente del hombre. Se puede probar la divinidad de Cristo

diciendo que ningún humano pudiera haberse inventado un Dios que

eligiera tomar la forma de un esclavo, sufriera y muriera para abrirnos

las puertas del cielo. Tal idea, vista desde el punto de vista puramente

humano, es una locura descomunal.

Fue lo sobrenatural lo que convirtió a Edith Stein, que fue estudiante

de Husserl junto con mi esposo. Ella era una atea hasta que un buen día

Dietrich (+) y Alice

leyó la autobiografía de Santa Teresa de Ávila. Comenzó a leer a las

siete de la tarde y a las siete de la mañana siguiente dijo: “Voy a

convertirme en una católica romana.” Y se convirtió en una santa de la

Iglesia Católica Romana (Santa Teresa Benedicta de la Cruz).

 

Colaborando con Cristo


Fue el descubrimiento de lo sobrenatural lo que atrajo a mi esposo a la

Iglesia; una nueva realidad, algo infinitamente más bello y que superaba

cualquier experiencia anterior. Después de su conversión, al dejar el

ateísmo por el catolicismo, se consagró a luchar por la realidad

sobrenatural hasta el fin de sus días, porque veía cómo el mundo

desgastaba esa creencia en forma sistemática. Ese desgaste nos ha

llevado hoy día a una rebelión absoluta que se expresa en el rechazo que

la modernidad siente por Dios. El hombre moderno le dice a Dios: “No te

queremos, podemos arreglarnos sin ti, no necesitamos tu ayuda.”

Perdimos la vida sobrenatural como consecuencia del pecado, y esta

pérdida es tan irreparable que solamente Dios puede devolvernos lo

perdido. Es imposible reconquistar esa vida divina por nuestros propios

medios, y solamente Dios puede devolvérnosla. Sin duda, ese es el

asombroso mensaje del cristianismo; que Dios se hizo hombre y fue

rechazado y humillado, muriendo una muerte cruenta para reabrir para

nosotros las puertas del cielo.

Tenemos la posibilidad de vivir y reconquistar la vida sobrenatural a

través del mensaje de Cristo, por medio de la Iglesia y de los

Sacramentos, pero Dios nos pide nuestra colaboración. Dijo San Agustín:

“El que te hizo a ti sin tu voluntad no te santificará sin tu

voluntad.” Y Cristo nos dice en forma explícita: “Si queréis ser mis

discípulos, cargad vuestra cruz y seguidme.”

 

Miedo a la humillación


Obtener la vida sobrenatural es cosa fácilmente deseable, pero cargar con

la propia cruz no lo es. Muchos estamos dispuestos a seguir a Jesús al

Monte de la Transfiguración; pocos estamos dispuestos a seguirlo hasta

el Monte de la Crucifixión. Y sin embargo, el Calvario es un paso

indispensable que debemos seguir para alcanzar la vida eterna.

Muchos, al escuchar el mensaje de Cristo, fueron cautivados por la

fuerza de sus enseñanzas, y en los Hechos de los Apóstoles se nos explica

De nuevo, con Benedicto XVI. Vamos a pedirle entradas.

que “cuando se burlaban de ellos, los flagelaban y los torturaban, se regocijaban, considerando un privilegio el sufrir por Cristo.” El principio del cristianismo fue tan glorioso porque la gente estaba muy consciente del don de lo sobrenatural. Tanto, que despreciaban todas las ventajas del mundo; seguridad, dinero, honor. Abrazaban el sufrimiento con alegría porque Cristo ya había abrazado el sufrimiento y la muerte por nuestra salvación.

Desafortunadamente, la gente sabe que sufrir no es algo placentero y que para entrar en el cielo no solo debemos aceptar el sufrimiento, sino también la humillación. Después de todo, Cristo sufrió humillaciones tan grandes como fueran posibles. Debemos aceptar la humillación. Tememos sufrir, pero probablemente el miedo a la humillación es mayor.

 

Miedo a la verdad


Así fue que la Iglesia fue reconocida en el cuarto siglo y creció hasta

llegar a aquella era grandiosa que llamamos la Edad Media. Aun en la

Edad Media, la Iglesia no llegó a producir exclusivamente santos, aunque

hubiera muchos santos en ese tiempo. Hay dos cosas de la Edad Media que

quisiera remarcar.

La primera: en la Edad Media, el cristiano no podía aspirar a un destino

más glorioso que la santidad, que ser renacido en Cristo y ser una nueva

criatura. La segunda: cuando estos cristianos pecaban, sabían reconocer

que eran pecadores. En cambio, la peculiaridad del hombre moderno es que

el pecador niega la existencia del pecado. La diferencia entre ambos es

más bien evidente. Mientras uno sabe que es un pecador, hay esperanza;

se pone peligroso cuando uno se siente perfectamente a gusto pecando y

justificando sus propios errores.

Y aunque lo sobrenatural es el regalo más grande que la humanidad haya

recibido, hay algo en la condición caída del hombre que no recibe con

agrado el mensaje de lo sobrenatural.

Por ejemplo, en el Evangelio de San Marcos, cap. 5, en el país de los

gerasenos, Cristo saca una legión de espíritus inmundos de un hombre

poseído y los envía a una piara de puercos; la piara, compuesta de unos

dos mil cerdos, se apresura a arrojarse al mar desde un acantilado y

perece ahogada.

Los aterrorizados pastores escapan al pueblo cercano y esparcen la

noticia por el vecindario circundante. Los vecinos le piden a Jesús que

abandone la región ¿Por qué? Pues han perdido dos mil cerdos que cuestan

mucho dinero. Kierkegaard, sin embargo, tiene una explicación mas

profunda para esto y creo que es válida. Los gerasenos no querían

confrontar la santidad de Cristo. En otras palabras, tenían miedo de la

verdad. ¿Por qué? Porque en el momento que conozco la verdad, sé que tengo

que cambiar. Debo morir a mi antiguo yo para ser recreado.

 

Miedo a la conversión


El cristianismo ha hecho algo que es totalmente revolucionario. Cristo

no dijo “yo tengo la verdad”: dijo, en cambio, “yo soy la verdad”; ni

Moisés, ni Buda, ni Mahoma han dicho esto. Solo Cristo reclama ser la

Verdad, así, con V mayúscula. Y así, en el mismo instante en que nos

confrontamos con la Verdad, descubrimos de repente todas la mentiras que

existen en nosotros. En ese momento no nos queda más remedio que elegir

entre caer de rodillas y adorar a Dios en Cristo y salir corriendo al

grito de: “Déjanos ya, no te necesitamos”.

Al cumplir 90 años, Alice fue investida dama de Gran Cruz de la Orden Ecuestre de S. Gregorio.

Una vez más, vayamos al Nuevo Testamento. Cuando Cristo está para ser condenado y dice: “He venido a dar testimonio de la verdad”, ¿qué le responde Pilato? “¿Qué es la verdad?”; pero no se queda a esperar la respuesta que Cristo podía darle. Por el contrario, se va. Su pregunta es meramente retórica.

Tomemos por ejemplo al gobernador romano Félix. Cuando Pablo estaba esperando para ser llevado a Roma, Félix vino a verlo casi diariamente porque disfrutaba de la conversación brillante y educada de Pablo. Estas visitas continuaron por un tiempo hasta que un buen día Pablo tuvo la idea de mencionar la castidad. Félix se marchó y ya nunca volvió. Creo que podemos hacer la suma sin mayor información e imaginarnos por qué se fue.

Así que lo asombroso de nuestro descubrimiento es que en teoría nuestras

universidades aceptan de alguna manera la búsqueda de la verdad, pero de

hecho cuando se trata de aceptar una verdad concreta que nos desafía a

cambiar nuestra vida, decimos sin tardanza: “Déjanos ya, no te

necesitamos”.

 

Miedo a la culpa


Hoy soy una oblata benedictina. De acuerdo con la Regla de San Benito,

un signo de la vocación benedictina es el amor por la humillación. ¿Por

qué? Porque Cristo fue humillado. Morimos a nuestra naturaleza caída y

volvemos a nacer en Cristo. En otras palabras, renacemos en santidad. En

el momento en que uno se da cuenta de que el costo de la santidad es nada

menos que el sufrimiento de la Cruz, el pensamiento que viene a la mente

es: “debe de haber una salida.” Aparte del sufrimiento y la humillación que

nos espantan, hay algo más que todos nosotros tememos y que el hombre

moderno cree haber eliminado: el sentimiento de culpa.

Cuántos de mis estudiantes del curso de ética levantaban sus manos

enérgicamente para decirme: “por supuesto, usted quiere darnos una mala

conciencia, pero yo no soy responsable por lo que hice y no tengo la

culpa.” Muchos psiquiatras van a tratar de convencerte de que no te

sientas culpable, diciendo: “No eres culpable, eres tan bueno como

cualquier otra persona.” El evangelio de la nueva era es amarse a uno

mismo, agradarse a uno mismo, eres bueno y si todo el mundo es bueno, el

mundo que tenemos puede ser un mundo feliz.

Ahora supongamos que en el fondo de mi alma yo me niego a vivir de la

forma que la Iglesia me pide que viva. La Iglesia demanda de nosotros y

nos desafía a morir a nuestras inclinaciones y a ser nuevas criaturas.

La Iglesia nos invita a recibir el Santísimo Sacramento en estado de

gracia, y si no estamos en estado de gracia, debemos buscar la Confesión

Sacramental y reconocer nuestra culpa para recibir el maravilloso regalo

de la absolución. “Vete en paz, tus pecados te son perdonados.” Pensar

que se puede eliminar la culpa por medio de dejar de creer en la

absolución es algo francamente espeluznante.


[1] [Nota de Miguel] Dietrich von Hildebrand (1889-1977), alemán, debelador del nazismo, filósofo personalista y teólogo, ha ayudado con sus obras a la conversión de muchos. Lo leyó, entre otros, el cardenal Wojtyla. El Vaticano II acusó su influencia. Fue Dietrich discípulo de Husserl y Reinach y recibió la influencia de Max Scheler. Algunas obras: Pureza y virginidad, El matrimonio, Liturgia y personalidad.

Alice von Hildebrand (Alice Jourdain, Bruselas, 1923-) conoció a Dietrich en la universidad de Fordham (Nueva York), adonde habían huido los dos del régimen nazi; ella era alumna, y él profesor, a la vez que ella era profesora en el Hunter College. Entre sus obras pueden contarse El privilegio de ser mujer (2002), El alma de un león: vida de Dietrich von Hildebrand (2000) -biografía de su marido- y Memorias de un fracaso feliz (2014, relato autobiográfico sobre su huida de Alemania y la enseñanza en Hunter College).

 

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