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«MIRAR A CRISTO»

18 octubre 2015

 Hemos leíd0…


Joseph Ratzinger, Mirar a Cristo (Ejercicios de fe, esperanza y amor), EDICEP, Valencia 1990, 133 pp.


   —  “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37) —

La ira de Dios no es como la de los hombres: es otro

nombre para indicar la santidad de Dios

(Raniero Cantalamessa, 1988; rec. en íd., La fuerza de la Cruz,

Monte Carmelo, Burgos 2006 (6), 108 [*].


Se recogen, ligeramente adaptadas por el cardenal, las meditaciones de los ejercicios dirigidos a miembros del movimiento Comunión y Liberación en 1986; la publicación italiana es de 1989, y se incluyen dos homilías de 1988. La Resultado de imagen de cardenal ratzingertraducción es directa del italiano, y se debe a Xavier Serra.

Acababa Ratzinger de recibir la obra de Josef Pieper Creer, esperar, amar, y decidió valerse de ella “como si fuera un libro de texto (…). Mi aportación personal ha sido la de ampliar sobre el plano teológico y espiritual la exposición filosófica de Piepeer, que por otra parte ya se proyectaba en un horizonte cristiano.”

Acudimos a Ratzinger como a una fuente, por más que sabemos que es un eslabón en la cadena de la tradición. Y tengo personalmente la impresión de que un día será beatificado, después canonizado y después proclamado doctor de la Iglesia.

Claro está que sus libros resultan laboriosos y con frecuencia nada fáciles. Diría José Martí: “Se sonríe a la aparición de la verdad como a la de una purísima doncella”. Y a Ratzinger, se lo lleva dentro. Ratzinger hace teología como quien viene de una visión. La suya no es una teología de silogismos simplemente: los silogismos vienen después del discipulazgo ante el Sagrario. Y se conoce a quien lo hace así, lo mismo que se conoce al teólogo de baratillo. Él mismo lo tiene dicho: “Para mí la teología es la búsqueda para poder conocer mejor al que se ama”1.

Y a mí, hoy, me produce alegría compartir con vosotros algunos pasajes de uno de los hombres más singulares que ha producido el siglo XX. Helos aquí:

  •  “El pecado es por esencia un abandono de la verdad del propio ser y por tanto de la verdad del creador, de Dios” (p. 100).

  •  “El amor divino no es la negación del amor humano, sino su profundización, su radicalización dentro de una dimensión nueva” (pp. 104-105).

  •  “El amor sobrenatural no puede crecer si le faltan sus bases humanas” (p. 104).

  • (Este es para mí el pasaje más intenso de todo el libro, que da cuenta de la “ira de Dios” y de la estructura del perdón, que da razón de la Cruz y lo mismo de la necesidad del compromiso por parte del perdonado. Una perla:) “Esto se ve rápidamnte si consideramos el ejemplo de un toxicodependiente, convertido en prisionero de su vicio. Quien realmente ama no sigue la voluntad desordenada de este enfermo (…), sino que trabaja por su verdadera felicidad (…). El verdadero amor está preparado para comprender, pero no para aprobar, declarando bueno lo que no lo es. El perdón tiene su vía interior: perdón y curación, que exigen retorno a la verdad. Cuando no ocurre así, el perdón se convierte en una aprobación de la autodestrucción, se coloca en contradicción con la verdad y por tanto en contradicción con el amor. Ahora puede entenderse qué significa la denominada “ira de Dios” y el indignarse del Señor, así como los modos necesarios de su amor, siempre idéntico con la verdad. Un Jesús que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y del verdadero amor, no es el verdadero Jesús tal y cual lo muestra la Escritura, sino una caricatura suya miserable. Una concepción del “Evangelio” en el que ya no existe la seriedad de la ira de Dios no tiene nada que ver con el espíritu bíblico. Un verdadero perdón es una cosa completamente distinta de una débil permisividad. El perdón está lleno de pretensiones y compromete a los dos: al que perdona y al que recibe el perdón en todo su ser. Un Jesús que aprueba todo es un Jesús sin la cruz, porque entonces no hay necesidad del dolor de la cruz para curar al hombre” (p. 99).
  • Con demasiada frecuencia los hombres se inclinan –así razona el gran filósofo de las religiones [el B. John Henry Newman]- a quedarse tranquilos y esperar a ver si llegan a su casa pruebas de la realidad de la salvación, como si fueran árbitros y no personas que lo necesitan. “Han decidido examinar al Omnipotente de una manera neutral y objetiva, con plena imparcialidad, con la cabeza clara.” Pero […] la verdad se cierra a estas personas, y se abre únicamente a quien se le acerca con respeto y humildad reverente (pp. 22-23. Refiere la cita de Newman a Grammar of Assent, London 1892, 425s.).
  • La conversión del mundo antiguo al cristianismo no fue el resultado de una actividad planificada, sino el fruto de la prueba de la fe en el mundo como se podía ver en la vida de los cristianos y en la comunidad de la Iglesia. La invitación real de experiencia a experiencia, y no otra cosa, fue, humanamente hablando, la fuerza misionera de la antigua Iglesia […]. En esto se demuestra la gran responsabilidad de los cristianos hoy día. Debieran ser puntos de referencia de la fe como personas que saben de Dios, demostrar en su vida la fe como verdad, a fin de convertirse así en indicadores del camino que recorren los otros. La nueva evangelización, que tanta falta nos hace hoy, no la realizamos con teorías astutamente pensadas: la catastrófica falta de éxito de la catequesis moderna es demasiado evidente. Solo la relación entre una verdad consecuente consigo misma y la garantía en la vida de esta verdad puede hacer brillar aquella evidencia de la fe esperada por el corazón humano; solo a través de esta puerta entrará el Espíritu en el mundo (p. 37).
  • El acto de fe, hemos dicho, es participación en la visión de Jesús, un apoyarse en Jesús […]. En este nuevo yo, hacia el que la fe me libera, me encuentro unido no solo con Jesús, sino también con todos aquellos que han recorrido el mismo camino. En otras palabras: la fe es necesariamente fe eclesial. Vive  se mueve en el nosotros de la Iglesia, unida con el yo común de Jesucristo. En este nuevo sujeto se rompe el muro entre el yo y el otro; el mu[o que divide mi subjetividad de la objetividad del mundo y que me lo hace inaccesible […]. En este nuevo sujeto, yo estoy al mismo tiempo con Jesús, y todas las experiencias de la Iglesia me pertenecen también a mí, se han convertido en mías […]. resulta esencial el hecho de que no puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús. La fe, o vive en este nosotros, o no vive (pp. 39-40) [1].


[*] También en:  http://www.mercaba.org/FICHAS/Cantalamessa/triturado_por_nuestros_crimenes.htm

[1] Cit. por Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI (El Papa alemán), Planeta, Barcelona 2010, 142.

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6 comentarios leave one →
  1. Francesca permalink
    18 octubre 2015 4:36

    Estoy de acuerdo contigo, y en cuanto a lo que has escrito sobre el Papa Ratzinger, pienso que es un gran Papa y un gran teólogo, pero, por desgracia, no lo han entendido. Su marcha del Vaticano me hizo llorar mucho, seguro que lo beatificarán.

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  2. 18 octubre 2015 9:38

    Y ¿qué decir a los que esperan a morir para ver si existe Dios, y entonces piensan que si de verdad es misericordioso, los llevará con Él?

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  3. 18 octubre 2015 12:47

    (Respondo a Franesca)

    Y lo canonizaremos y lo proclamaremos doctor de la Iglesia; empleo un plural que nos incluye porque se tratará de toda la Iglesia de vivos y de muertos. Todos estaremos alllí. Mira el artículo que coloqué cuando el dolor de la renuncia nos cayó encima como una sombra horrible:

    https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/2013/02/12/388/

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  4. 18 octubre 2015 16:43

    (Respondiendo a Clara María)

    Dios puede salvar a quien le venga en gana; condenar, a nadie, porque los condenados (que es posibilidad real) se condenan ellos mismos.

    Pero el modo de condenarse es hacer aquello que no lleva al cielo. Es, diría un fotógrafo, el negativo.

    Resulta que “sin fe, es imposible agradarle” (a Dios) (Heb 11,6). Resulta que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2,3-4), y en este versículo, parece ser que la segunda parte es repetición de la primera, o, en cualquier caso, la salvación está demandando el conocimiento.

    Pero añadámosle ahora, de 2 Cró 15,2, “si lo buscáis, se dejará encontrar”.

    Ese es el “circuito” de la salvación. No lo han inventado hombres. No lo he inventado yo. Si alguien no lo sigue, repito que Dios tiene potestad para salvar a quien quiera. Pero también resulta que Él estableció el circuito, y es de obligado cumplimiento.

    Y me quedo, Clara María, con la impresión brumosa de no saber si he atendido tu pregunta. Ya dirás.

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    • 18 octubre 2015 17:48

      Sí, ¡gracias! Aunque creo que a los que piensan así no les vale ninguna explicación.

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      • 18 octubre 2015 22:29

        Y además, esta confianza abusiva en la misericordia de un Dios que no tiene obligación alguna de tenerla es tentar a Dios. San Juan Pablo II enseñó que:
        “El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, in statu conversionis [en estado de conversión]” (enc. “Dives in misericordia” (1980), 3).

        Pues bien, el señor que tú me pintas dice creer en la misericordia divina; que viva según ella. La misericordia de Dios no es que Dios diga a todo “muy bien”, como ha explicado el cardenal Ratzinger a la perfección.

        A muchos no les importa demasiado eso de ofender a Dios –a “un tal Dios” que, según cuentan algunos, bota sobre los planetas-; les importa el perdón, que es lo que los beneficia a ellos. Y si se les dice: “Esto es pecado”, contestan: “Bueno, pero Dios es misericordioso”. ¡Habrá narices! No solo no te importa practicar el mal (como reconoces), sino que además te importa un cuerno aplastar el cráneo de Dios, con tal que por detrás venga Jesucristo a ponerse tus pecados y clavarse con ellos en la Cruz. Dices: “Dios me perdona”, y olvidas que a la pecadora le dijo: “Tampoco yo te condeno”; pero le añadió: “Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8,11). Que es lo que dice Ratzinger: “El verdadero amor está preparado para comprender, pero no para aprobar, declarando bueno lo que no lo es”.

        Y explica la constitución intrínseca del perdón: “El perdón tiene su vía interior: perdón y curación, que exigen retorno a la verdad. Cuando no ocurre así, el perdón se convierte en una aprobación de la autodestrucción, se coloca en contradicción con la verdad y por tanto en contradicción con el amor”. En la base, “los modos necesarios de su amor, siempre idéntico con la verdad”. ¿No os parece maravilloso? “Un verdadero perdón es una cosa completamente distinta de una débil permisividad.” Un amor solidario con la verdad o una verdad solidaria con el amor está en la base de todo. San Pablo lo dijo más rápido: “realizando la verdad con la caridad” (Ef 4,15).

        Pero no hemos acabado. Porque probablemente estos argumentos tampoco le servirían. Dada por supuesta la oración a María Santísima, ¿qué más podemos hacer? Yo diría tres cosas:

        a) Despertar en esta persona el sentido de interioridad: que algo en sí (un sentido) perciba que hay “algo más” que la experiencia táctil. Que de un modo u otro vaya despertando en ella la necesidad de realidades últimas. “El despertar de la fe pasa por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al misterio de lo eterno” (Papa Francisco, enc. “Lumen fidei” (2013), 40).

        b) Ponerlo en contacto con comunidades cristianas vivas, alegres y donde la caridad se practique con largueza. Cuando se nos cuenta la experiencia de conversión de alguien, siempre suele aparecer, como elemento decisivo, el amor y la alegría (quizá uno solo de los dos) que ese alguien constató en el grupo. “Yo me convertí por la alegría que vi en vosotros.”

        c) Olvidarnos de que es asunto nuestro. “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,15). Debemos esperar al momento en el que sea el propio Dios quien se presente ante nuestro amigo presentándole sus cartas credenciales. Y Dios posiblemente aprovechará una enfermedad –el otro día citábamos por aquí a C. S. Lewis cuando decía que “el dolor es el altavoz que Dios usa cuando quiere despertar a los sordos”-, un infortunio, la muerte de alguien querido, para que la persona –sobre todo si nosotros la hemos trabajado, aunque Dios no nos necesita-, definitiva y decididamente, caiga de rodillas y se abra a la fe.

        Y si me he equivocado, que venga alguien y me lo diga.

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