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ENCÍCLICA “LUMEN FIDEI”, DEL PAPA FRANCISCO

22 septiembre 2015


Hemos leído…


Carta encíclica Lumen fidei (La luz de la fe), del Papa Francisco (2013): Palabra, Madrid 2013, 87 pp.- Miguel


Es la encíclica del Año de la Fe, escrita, por tanto, por Benedicto XVI. La renuncia tuvo lugar, creo, antes de terminarla, y Francisco, que se la pidió, la publicó como estaba.

Y ciertamente nos quedamos con ganas de más. Se nota que el círculo de ideas que Benedicto quería trazar no está trazado por completo. Se nota que hay muchas maravillosas ideas aisladas que no llegan a formar un conjunto trabado, una unidad de sentido definitiva.

Contenido


Creo que el contenido puede sintetizarse en estos puntos:

La fe, que es una adhesión a Cristo, no es primariamente una cuestión de conocimiento o razón. Por más razonable que sea, la fe no es racional. Los argumentos deben ser tenidos en cuenta, y empleados en especial para el diálogo con increyentes, pero la fe, de suyo, nace, en su momento, del oído (fides ex auditu, dice S. Pablo) y del amor (“con el corazón se cree”, Rom 10,10). Ocurre, no obstante, que, en dinamismo particular, ese amor trae una luz, una racionalidad, y deja abierta la puerta al conocimiento y al argumento. A su vez, la razón remite al oído, al amor y, en definitiva, a la fe, en circularidad perfecta que nos hace concluir que ni hay ni jamás hubo oposición entre ambos que no fuese fruto de elaboraciones artificiosas de laboratorio. María Santísima es la mujer de la escucha por antonomasia, en la que “la fe ha dado su mejor fruto” (n.º 58), es decir, Jesús.

Algunas citas


He aquí algunas, para poder hacerse una idea del calibre de este documento malogrado, pero que tanta luz arroja:

– (La que me parece a mí el centro de la obra) “La fe (…) nace del amor (…). La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor” (50-51).

– “Dios es luminoso, y se deja encontrar por aquellos que le buscan con sincero corazón” (35).

– “En la Madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto” (58).

– “La fe está vinculada al relato concreto de la vida, al recuerdo agradecido de los beneficios de Dios y al cumplimiento progresivo de sus promesas. La arquitectura gótica lo ha expresado muy bien: en las grandes catedrales, la luz llega del cielo a través de las vidrieras en las que está representada la historia sagrada. La luz de Dios nos llega a través de la narración de su revelación y, de este modo, puede iluminar nuestro camino en el tiempo, recordando los beneficios divinos” (12).

– “La vida de Jesús se presenta como la manifestación definitiva de Dios, la manifestación suprema de su amor por nosotros (…). La fe cristiana es (…) fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo. ‘Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él’ (1 Jn 4,16). La fe reconoce el amor de Dios manifestado en Jesús como el fundamento sobre el que se asienta su realidad y su destino último” (15).

– “La mayor prueba de la fiabilidad del amor de Cristo se encuentra en su muerte por los hombres (…). Los evangelistas han situado en la hora de la cruz el momento culminante de la mirada de fe, porque en esa hora resplandece el amor divino en toda su altura y amplitud. San Juan introduce aquí su solemne testimonio cuando, junto a la Madre de Jesús, contempla al que habían atravesado (cfr. Jn 19,37): ‘El que lo vio da testimonio, su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis’ (Jn 19,35). F. M. Dostoievski, en su obra El idiota, hace decir al protagonista (…), a la vista del cuadro de Cristo muerto (…): “Un cuadro así podría incluso hacer perder la fe a alguno” (…). Y, sin embargo, precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús, la fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente, cuando se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo” (16).

– “La fe no solo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver. En muchos ámbitos de la vida confiamos en otras personas que conocen las cosas mejor que nosotros. Tenemos confianza en el farmacéutico que nos da la medicina para curarnos, en el abogado que nos defiende (…). Tenemos necesidad también de alguien que sea fiable y experto en las cosas de Dios. Jesús, su Hijo, se presenta como aquel que nos explica a Dios (cfr. Jn 1,18). La vida de Cristo –su modo de conocer al Padre, de vivir totalmente en relación con Él- abre un espacio nuevo a la experiencia humana, en el que podemos entrar” (18).

– “Cuando el hombre piensa que, alejándose de Dios, se encontrará a sí mismo, su existencia fracasa” (19).

– “Podemos hablar de un gran olvido en nuestro mundo contemporáneo. En efecto, la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro “yo” pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común” (25).

– “Es necesario reflexionar sobre el tipo de conocimiento propio de la fe (…). San Pablo (…) afirma: ‘Con el corazón se cree’ (Rom 10,10). En la Biblia el corazón es el centro del hombre (…). En él nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen (…). La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad” (26).

– “También la verdad tiene necesidad del amor (…). Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva (…). La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca. Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, en unión con la persona amada (…). San Gregorio Magno ha escrito que amor ipse notitia est, el amor mismo es un conocimiento, lleva consigo una lógica nueva” (27).

– “Imagen de esta búsqueda son los Magos, guiados por la estrella hasta Belén (cfr. Mt 2,1-12). Para ellos, la luz de Dios se ha hecho camino, como estrella que guía por una senda de descubrimientos. La estrella habla así de la paciencia de Dios con nuestros ojos, que deben habituarse a su esplendor. El hombre religioso está en camino y ha de estar dispuesto a dejarse guiar, a salir de sí, para encontrar al Dios que sorprende siempre. Este respeto de Dios por los ojos de los hombres nos muestra que, cuando el hombre se acerca a él, la luz humana no se disuelve en la inmensidad luminosa de Dios, como una estrella que desaparece al alba, sino que se hace más brillante cuanto más próxima está del fuego originario, como espejo que refleja su esplendor. La confesión cristiana de Jesús como único salvador sostiene que toda la luz de Dios se ha concentrado en Él, en su ‘vida luminosa’, en la que se desvela el origen y la consumación de la historia. No hay ninguna experiencia humana, ningún itinerario del hombre hacia Dios, que no pueda ser integrado, iluminado y purificado por esta luz” (35).

– “Al configurarse como vía, la fe concierne también a la vida de los hombres que, aunque no crean, desean creer y no dejan de buscar. En la medida en que se abren al amor con corazón sincero y se ponen en marcha con aquella luz que consiguen alcanzar, viven ya, sin saberlo, en la senda hacia la fe. Intentan vivir como si Dios existiese, a veces porque reconocen su importancia para encontrar orientación segura en la vida común, y otras veces porque experimentan el deseo de luz en la oscuridad, pero también, intuyendo, a la vista de la grandeza y la belleza de la vida, que ésta sería todavía mayor con la presencia de Dios. Dice san Ireneo de Lyon que Abrahán, antes de oír la voz de Dios, ya lo buscaba « ardientemente en su corazón », y que « recorría todo el mundo, preguntándose dónde estaba Dios », hasta que « Dios tuvo piedad de aquel que, por su cuenta, lo buscaba en el silencio ». Quien se pone en camino para practicar el bien se acerca a Dios, y ya es sostenido por él, porque es propio de la dinámica de la luz divina iluminar nuestros ojos cuando caminamos hacia la plenitud del amor” (35).

– “La fe nos invita a adentrarnos (…) para conocer mejor lo que amamos. De este deseo nace la teología cristiana (…). La teología (…) forma parte del movimiento mismo de la fe (…). Los grandes doctores y teólogos medievales han indicado que la teología, como ciencia de la fe, es una participación en el conocimiento que Dios tiene de Sí mismo (…). Que la teología esté al servicio de la fe de los cristianos, se ocupe humildemente de custodiar y profundizar la fe de todos, especialmente la de los sencillos” (36).

– “El despertar de la fe pasa por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al misterio de lo eterno” (40).

– “La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo (…). La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien [la de Cristo] que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, ‘inició y completa nuestra fe’ (Heb 12,2)” (57).

– “En la parábola del sembrador, San Lucas nos ha dejado estas palabras con las que Jesús explica el significado de la `tierra buena’: ‘Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia’ (Lc 8,15). En el contexto del Evangelio de Lucas, la mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un retrato implícito de la fe de la Virgen María. El mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía [cfr. Lc 2,19.51], de modo que la Palabra diese fruto en su vida (…).


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