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DESPERTAR A LA PASIÓN DEL SEÑOR-II

14 septiembre 2015

Elisa Shejtman, en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

(De las razones para meditar la Pasión del Señor: continuación)

«Para que de este ejercicio de oración os sepáis aprovechar, debéis estar avisada que el fin de la meditación de la  pasión ha de ser la imitación de ella y el cumplimiento de la ley del Señor. Y os digo esto porque hay algunos que tienen mucha cuenta con las horas que gastan en la oración y con el gusto de la suavidad de ella, y no la tienen con el provecho que de ella sacan. Piensan con engañado juicio que quien más dulcedumbre y más horas de oración tiene, aquel es más santo; pero verdaderamente lo es quien, con profundo desprecio de sí, tiene mayor caridad, en la cual consiste la perfección de la vida cristiana y el cumplimiento de toda la ley»

(San Juan de Ávila, Audi filia, 76).

Revestirnos de Cristo para soportar el dolor

DICE EL SEÑOR: “VENGAN A MÍ todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28).

Así, lo inmediato sería pensar que al acercarnos a Él, nos quitará nuestros dolores. Puede ocurrir, pero pocas veces. Porque dice inmediatamente después:
“Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,29).

¡Jesús! ¿Es una broma? No puedo con el mío ¿y tengo que cargar el tuyo? La idea era que lo quitaras…

Es que el yugo de Jesús es el nuestro; Él se apropió de nuestro yugo; lo llama mi yugo. Lo tomó sobre Sí en su Pasión, por y con nosotros, y con eso lo aliviana. Porque quien vive los dolores sin Dios, ¡qué mal lo pasa! Aun para los fieles no es fácil sufrir. Quien sufre sin Dios sufre sin esperanza, en un vacío de futuro, en una oscura incertidumbre, sin los grandes consuelos del Señor.

Unificados a la Pasión, los dolores son más llevaderos. Esto es algo espiritual que sería muy difícil de comprender fuera de la práctica de la meditación de la Pasión. Como decía Santa Teresa de Jesús: “¡Qué diferente se entiende lo que después de experimentado se ve!” Siento que sea así, que no pueda explicarlo mejor, pero es que el Maestro es Jesús, y es irreemplazable {1}. Pero puedo afirmarte con total seguridad que en la meditación hallarás lo que necesitas. O, mejor aún, lo que Él sabe que necesitas.

Sea cual sea el sufrimiento que padecemos, el alivio del que habla Jesús se siente en el alma. De modo tal que, meditando la Pasión, la esperanza habitará en quien no tenía esperanza. La fortaleza surgirá en quien ya se entrega por el cansancio. El sosiego aliviará los dolores profundos.

Hay que revestirse de Cristo para comprender el misterio de amor que encierra el sufrimiento de Jesús. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,30).

Si estamos enfermos y sufrimos dolores, podemos, por ejemplo, sentirnos unidos al Señor en la flagelación. Si nos humillan, en el juicio o la coronación de espinas. Si estamos cansados por los problemas, en las caídas. Incluso, si estamos renegando del sufrimiento, también hay para esto, mirando al Cireneo. Si perdimos a alguien amado, miraremos a María, que perdió a su único Hijo asesinado, y vio como lo mataban.

No puedo dar más explicación que esta, porque en cada caso es personal. Sobre todo cuando se trata de dolor, el Señor será quien nos hable para darnos consuelo y fortalecernos.

Escuchen, que Jesús habla en la meditación. Métanse de pleno en la Pasión, y aparecerán las respuestas, porque el Señor les dará paso a paso lo que necesitan para transitar por el dolor.

Descubrir la charada del enemigo: Nuestra ceguera

SABEMOS QUE SOMOS PECADORES. PERO no cuán pecadores somos. Y a este respecto hay dos cuestiones fundamentales: la influencia del demonio en esta ignorancia y el hecho de que tiene remedio.

El demonio no nos quiere. No quiere nada de lo que Dios ha creado. Es decir, odia todo. Y mucho más a nosotros, con un odio radical y perverso. Y no tiene otra ocupación que dedicarse a que nos vayamos todos al infierno. Hay que decirlo, porque es así. El malo es muy astuto y tiene sus recursos. Sobre todo este, que es muy peligroso: ponernos vendas en los ojos, para que no nos veamos como somos, y así no lleguemos a la Confesión con total sinceridad, aparte de otros graves efectos. Es una de sus artimañas más usuales. ¡Cuánta justificación, minimización y desestimación del verdadero peso de nuestras faltas! Es necesario reconocer que esto nos pasa, a todos.

Lo descubrirán con facilidad meditando la Pasión. Vean a los dos ladrones (Lc 23,41-43). Discuten. Uno increpa a Jesús y se burla de Él. El otro, abrumado por la inocencia y mansedumbre de Jesús, por fuerza se ve obligado a reconocerse pecador.

Una gran razón para meditar la Pasión es que nos confronta con nuestros pecados. El Señor derrama esta gracia para que, ante su inocencia y ante este contraste tan abrumador con nuestras vidas, abramos los ojos frente a los pecados e imperfecciones que no queremos reconocer. Dios nos da esta práctica para que, como el buen ladrón, nos choquemos de frente con las verdades que nos duele reconocer, para que luego en la Confesión seamos honrados, con los demás efectos beneficiosos. Y el premio no es otro que la paz. Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43), el paraíso de salir del confesonario con una paz que todo buen católico conoce si practica este Sacramento en buena conciencia.

Pero reconocer los pecados es solo la primera parte. La segunda será aborrecerlos, viendo que Jesús los carga y paga por nosotros. Dios aborrece el pecado, y nos toca hacer lo mismo. No en un sentido meaculpógeno que no nos deje sentir el amor misericordioso de Dios. Pero sería un desamor, un abuso, decir “yo soy así” o “algún día cambiaré”.

Pensemos en Jesús en el Huerto. Si Él no hubiera sabido lo que le esperaba, ¿hubiera sudado sangre? El Señor sabía el peso que iba a soportar: todos los pecados del mundo del inicio al fin de los tiempos. ¿Somos conscientes de que nuestros pecados le hicieron sufrir terribles tormentos?

Simón, ¿duermes?” (Mc 14,37). ¿Todavía estamos dormidos cuando estamos viendo que nuestro Señor, todo un Dios de amor y dulzura que nos ama hasta el infinito, está sufriendo para pagar nuestras cuentas? ¡Despierta! Él busca consuelo, y ¿nos está encontrando dormidos? ¡Es hora ya de despertar a su Pasión, de aborrecer el pecado, de amar de verdad!

Velad y orad, porque el corazón está presto, pero la carne es débil” (Mc 14,38). Si nos arrepentimos, pero no logramos aborrecer el pecado, no habrá voluntad para evitar recaídas. Y la voluntad la hallamos amando al Crucificado. Amándolo, y queriendo serle fiel hasta el extremo por amor. Esa es la fuente de la voluntad para resistir la tentación. Otra buena razón para meditar la Pasión. Como dice Santa Teresa de Jesús: “Si no conocemos qué recibimos, no despertamos a amar”.

Y ciertamente el pecado apaga el amor. Así que métete a fondo en la Pasión y conócela. “Ya la conozco.” ¿De veras? Lee de nuevo. No nos alcanzará la vida para comprender la magnitud del sacrificio. Cada meditación es aprender más de su Pasión, de su amor, de su entrega, de sus dolores, sus llagas, su humillación, pero sobre todo, de su Corazón encendido de amor por nosotros.


{1}  Se recomienda vivamente, sobre este tema difícil, la definitiva expresión que en un poema le dio Gabriela Mistral.. Se encuentra aquí.

Continuará…


Propuesta de música para hoy:

Yo quisiera llorar igual que Pedro


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4 comentarios leave one →
  1. 14 septiembre 2015 1:24

    ¡Bendita enfermedad, que me acerca más a la Pasión de Cristo!

    Comprendo la soledad, el silencio, y esto me lleva a la meditación, a una mayor relación con Dios y a ser más consciente de que sin la oración, sin la aceptación con amor a la Cruz, no habrá salvación. Nuestra madre nos enseñe a tener su fortaleza y sea nuestra intercesora ante la Santísima Trinidad.

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  2. 14 septiembre 2015 1:30

    Hoy son nuestras patronales. Que Dios bendiga todo nuestro distrito por llevar tan santísimo nombre.

    Me gusta

    • 14 septiembre 2015 14:51

      Las bendiciones son como los rayos: pueden atraerse. Los rayos, con antenas y artefactos diversos. Las bendiciones de la Santa Cruz, con artículos estremecidos de amor a la Santa Cruz.

      Le gusta a 1 persona

  3. 14 septiembre 2015 16:46

    1. Conozco a un cura que sufrió una enfermedad durísima. De lo que él escribía, yo recuerdo que se apoyaba en ciertos pasajes de la Pasión:

    – Jesús, como preparándose, exclama: “Ahora mi alma está turbada; y ¿qué diré: ‘Padre, líbrame de esta hora’? ¡Si para esto he llegado a esta hora!” (Jn 12,27). Y decía mi amigo: “¡Es así! ¡El ruego que sale es el de librarse, pero se trata de esto! ¡Precisamente de esto!” Porque (decía él) “¡no hay más amor que el que sabe sangrar!”

    – Recuerdo que también escribía sobre “prolongar la Pasión de mi Señor en medio de mi pueblo”, o sea, de los fieles que tenía él encomendados. Y hablaba de prestar a Cristo su carne para que siguiera temblando de dolor en una misma Pasión que nunca cesa. Y, volviendo a Getsemaní, él quería ser la sombra lunar del cuerpo arrodillado de su Cristo, prolongando su fiat (“hágase”) y el de su madre para la salvación de todos.

    – Más habría, pero lo último que recuerdo es que decía que en la Cruz se está muy bien, porque allí se está con Cristo. Ningún sitio mejor.

    He querido traer aquí estos pensamientos de este cura –un cura que se curó- por si pueden ser ilustración de lo que tú, Elisa, tan bien nos explicas.

    2. Quería hablar también de lo que dices de no reconocer los pecados o exculparnos de ellos. Me parece que uno y otro son equivalentes. Y son equivalentes tan increíblemente extendidos –la Plaga que se Come el Mundo-, que a mí me dan una pena infinita. Y, al mismo tiempo, también los encuentro en mí. Pero hay en la Biblia alguna que otra frase tan desarmantemente expresiva, que es la triaca de este veneno (para quien quiera ser honrado; que si no, la tira de las excusas puede continuar ante el Trono de Dios). Pongo algunas:

    – “La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto; mi juez es el Señor”. Esto lo decía nada menos que San Pablo (1 Cor 4,4).

    – “Absuélveme, Señor, de lo que se me oculta” (Sl 19 (18),13). Esta y la anterior, las dedico especialmente a quienes excusan su pecado por su ignorancia de la ley. San Juan Pablo II enseñó que el derecho de obrar en conciencia es menor que la obligación de buscar la verdad, también moral.

    – El Señor dice: “Pues mira que voy a poner pleito contra ti porque dijiste: ‘No he pecado’” (Jer 2,35).

    – “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros… Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1-10).

    Es comprensible que persistan en esa actitud quienes viven convencidos de que Dios o su conciencia, si reconocen ellos sus pecados, van a molerlos a palos. Pero quien conozca el estallido de misericordia clamorosa, llorona a moco y baba, culinaria con ternero cebado y sandalias de “Adidas”, de nuestra siempre querida parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), ese es otra cosa. Y ese puede saber que reconocer nuestras faltas es, paradójicamente, lo que posibilita dejarlas atrás: ya no dan miedo. Y que vomitarlas en el confesonario es la manera de quitarse los mareos de aquella borrachera de años o de decenios. Taluego.

    Le gusta a 1 persona

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