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MARÍA, REINA

21 agosto 2015

Peculiar y sugerente visión de la Virgen Desatadora de Nudos. Reinar es servir.

Rezamos el misterio dos veces por semana, tratamos de vivirlo de una forma intuitiva y a tientas…: hoy intentaremos acercarnos un  poco más a esta gloria de María.- Miguel


Actualizado el 3/9/2015 (nota final) 

La que en la Anunciación se definió como esclava del Señor (…) es glorificada como Reina universal

(San Juan Pablo II, enc. Redemptoris mater (1987), 41).

¿Quién será capaz de valorar aquellas joyas? ¿Quién podrá contar las estrellas que engarzan la diadema real de María? No hay inteligencia humana capaz de dar idea del valor de esta corona ni explicar su composición

(San Bernardo, Sermón en el domingo infraoctava de la Asunción).

No por eso dejaréis el cuidado de nosotros; porque con esa intención os coronó, que fuésedes abogada nuestra

(San Juan de Ávila, Sermón 22).

Muy buenas tengáis. Os felicito en la hermosa fiesta de hoy*. Hoy empezamos a disfrutar de esta maravillosa realidad que es la realeza de María oyendo este himno inspirado en el Cantar de los Cantares. Fijaos en el Veni, coronaberis, que se traduce “ven, serás coronada”:

https://youtu.be/RB_-s0_bN1U

Leyendo la Escritura


Podemos recordar el Salmo 44 (“Me brota del corazón un poema bello…”), que se refiere a la novia con estas palabras: “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”; y en su segunda parte le dice, por ejemplo: “Prendado está el rey de tu belleza… Los pueblos más ricos buscan tu favor. / Ya entra la princesa, bellísima… Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos”.

Otra pista la tenemos en la mujer coronada de estrellas del Apocalipsis: “Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas” (Ap 12,1). Se aplica tanto a la Santísima Virgen como a la Iglesia, y, aplicada a la Santísima Virgen, hay que tomar nota del número 12: las doce tribus de Israel (en cuya representación fueron doce los Apóstoles), esto es, la totalidad de los elegidos, por tanto de los cristianos, lo cual no excluye, siquiera sea de modo diferente, a quienes no pertenecen a la Iglesia.

Pero para mí son de mucho más peso dos pasajes de San Pablo:

Así, pues, a los que él eligió, los llamó; a los que llamó, los hizo justos y santos; a los que hizo justos y santos, les da la Gloria” (Rom 8,30). ¿Llamó o no llamó Dios –con ángel de por medio- a María? ¿Hizo o no hizo justa a María, la más santa? ¿Es imaginable que no le dé la gloria, la gloria que celebramos hace una semana? Pues bien, teniendo en cuenta quién es María -su dignidad, su santidad, su cooperación en la Redención, su Corazón destrozado en la passio duorum1 (“pasión de los dos”), teniendo en cuenta todo esto, a mí no me cuesta nada imaginarle un trono. La Asunción de María fue –entre otras razones- para su glorificación, y la glorificación, casi diría yo, debía prolongarse en la coronación. Que el que inventó el mandamiento de honrar madres lo cumple como Dios que es (porque al Dios-Hombre me refiero ahora). Curiosamente, la Vulgata (segunda traducción al latín de las Escrituras), en Cant 4,8 introdujo unas palabras espurias entre las que se cuentan estas: Veni de Libano, sponsa, veni de Libano, veni, coronaberis, que perduraron mucho tiempo y que se aplicaron a la Virgen, justamente como habéis oído en el himno que os he puesto.

Y sobre todo: “Si perseveramos, también reinaremos con él” (2 Tim 2,12). La perseverancia de María no conoce igual. La fidelidad se mira en María para saber cómo tiene que ser. Fidelidad, “que es el nombre del amor en el tiempo”. El fiat (Lc 1,28) que nunca callará. Por lo tanto, reinará. Y reina de forma supereminente respecto del reinado de los otros santos.

Por último, os invito a meditar en oración el deslumbrante paralelismo que existe entre el himno de Filipenses 2 y la vida y palabras de María. Cristo,


siendo de condición divina…, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo… y… se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: “¡Jesucristo es Señor!”, para gloria de Dios Padre.


Flp 2,6-11


No quiero ni puedo agotar el comentario, antes bien pediros que lo escudriñéis vosottros delante del Sagrario y a la luz del Espíritu Santo. Quiero haceros notar que aquí se llama a Jesús esclavo o siervo (eran términos intercambiables), y que las dos únicas veces que nuestra Señora habla de sí misma emplea esa palabra: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1,28), “ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,48). También los dos se hicieron obedientes hasta la extrema consecuencia de la muerte (“nadie tiene amor más grande”, Jn 15,13), que Cristo padeció en el Corazón y en el cuerpo, y María en el Corazón (2). La consecuencia es la exaltación -a la altura de lo divino- de la naturaleza humana que se ha entregado y su participación en el señorío de la Persona divina que la asumió buscando la Cruz por entre la tierra de los hombres. Y en María, la consecuencia tiene que ser pareja, aunque en el nivel que le corresponde. Jesús, si miramos a su naturaleza divina, es Rey por naturaleza, y si miramos a su naturaleza humana, es Rey por participación y por conquista. María es reina por participación y por gracia, también, si queréis, por conquista, siempre que en ello veamos el otorgamiento de Dios.

Es claro que ninguno de estos testimonios es terminante. Pero la Revelación divina no está solo en la Escritura, sino también en la Tradición. Con fundamento indudable en la Sagrada Escritura, otras verdades marianas -la maternidad divina, la virginidad, la Inmaculada Concepción-, al ser desarrolladas en la Tradición, dan lugar a otras, no necesariamente dogmáticas, pero que son postuladas por las anteriores.

Dos oídos y una boca


Según mi modo de verla, la realeza de María es otra forma de expresaSanta María Virgen Reinar la realidad enorme de su mediación, la cual es ejercicio de su maternidad espiritual. Era necesaria, por tanto, para proseguir en el cielo su cooperación a la Redención: en vida cooperó a la Redención objetiva, histórica, y en el cielo, a la subjetiva, perenne hasta el fin de los tiempos: la aplicación de la Redención de Cristo, que realiza el Espíritu Santo con la presencia infalible de María.

Hablamos, pues, de una realeza maternal. Dios le ha concedido el poder de traficar con ruegos y con gracias, “puerta del cielo siempre abierta”, puerta para que entren en el cielo nuestros ruegos y para que desciendan del cielo las gracias de Dios.

Así pues –y es como más me gusta expresarlo-, la coronación de María consistió en darle dos oídos para recoger nuestros clamores y una boca para presentarlos a Dios. Y eso, sabiendo como sabemos que “los deseos de María son órdenes para Dios”, que ella es llamada la Omnipotencia Suplicante, y que tiene tanto poder con sus ruegos como Dios con su imperio.

¿Para qué y por qué, pues, corona Dios a María? Intentaremos ir más allá de las necesarias representaciones, tan hermosas a veces. María no tiene trono, corona ni cetro. María ha llegado a la última y más plena consecuencia de su maternidad divina, por un lado, y de su maternidad espiritual, por otro: una exaltación más allá de la cual no se puede llegar. Cuando María disfruta al mismo tiempo del fruto pleno y definitivo de la maternidad divina y del fruto definitivo y pleno de la maternidad espiritual, ese día y a aquella hora, María es reina: reina de la creación, reina de los corazones y, como ha dicho un santo…, ¡reina de Dios! Porque un enamorado tiene a su dama por reina, y Dios -según dicen las historias- de amor entiende bastante; y luego, sencillamente, las cosas, o las personas, son aquello que Dios piense de ellas…

La realeza de María tiene como fin su exaltación y gloria, pero también el beneficio inmenso –una cascada de gracia- que nos prodiga continuamente con su intercesión absolutamente infalible.

Y, respecto de la glorificación, se desprende, por supuesto, de su dignidad como madre de Dios, pero quizá sobre todo de su cooperación a la Redención; aunque no hay que meterse en dibujos aquí, porque la maternidad divina coincide con la cooperación, si esa maternidad la entendemos entera, en sentido amplio, que incluye, entre otras cosas, la presencia oferente en la Pasión, es decir, que va del fiat (Lc 1,28) al stabat (cfr. Jn 19,25).

Y, todavía, lo que vale ante Dios es la santidad. Sabemos por el Evangelio, justamente, que Dios prefiere la santidad de María a la maternidad de María, como podéis ver explicado aquí (pp. 39-41). María “merecía” eso (según las reglas del juego, porque, hablando en absoluto, ante Dios, aparte del Dios-Hombre, nadie merece nada). Sería bueno que hiciésemos un ejercicio inverso: si ella ha recibido estos honores inimaginables, ¿cómo tuvo que ser su santidad?

Pero no vais a iros de rositas


La realeza de María nos pone deberes. ¡Qué dulce es obedecer a María! Algún santo escribió que los ángeles, cuando oyen una orden de su Reina, poco menos que se dan de bofetadas por ser cada cual el primero en cumplirlas.

San Luis María Grignion de Montfort escribe:


María es la Reina del cielo y de la tierra por gracia, como Cristo es Rey por naturaleza y por conquista. Ahora bien, así como el reino de Jesucristo consiste principalmente en el corazón o interior de los hombres, según estas palabras: “Dentro de vosotros está el reinado de Dios” (Lc 17,21), del mismo modo el reino de la Virgen María está principalmente en el interior del hombre, es decir, en su alma. Ella es glorificada, sobre todo, en las almas, juntamente con su Hijo, más que en todas las creaturas visibles, de modo que podemos llamarla, con los santos, Reina de los corazones.


Tratado de la verdadera devoción a la Santìsima Virgen, 38


Son palabras de oro para presentar lo que quería decir aquí. A saber, esto:

  • “Reina en ti propio, tú que reinar quieres, / pues provincia mayor que el mundo eres”, escribió Quevedo. Que nadie piense en el reinado de María como un reinado, en primer término, sobre el mundo, sobre la creación, sobre la sociedad. Eso es el segundo término, y se hace realidad cada vez que un corazón le abre la puerta, y también en la medida de nuestro personal entregamiento. En primer término, el reinado de María es su reinado sobre mi corazón. María es reina, ante todo, de los corazones.
  • Porque el reinado de María es un reinado muy curioso: un reinado sin vasallos, porque todos huimos del deber en desbandada. A María le puso Dios la corona, y nosotros queremos ponerle los vasallos. Sobre todo, ante todo y a cualquier precio, nuestra propia persona. En segundo lugar vendrá el apostolado mariano.
  • Reina en ti propio…” En primer término, debe reinar en mí. Y es reina en la medida justa en que yo la deje reinar. Podríamos decir que Dios la coronó de derecho, y nosotros, de hecho, porque al hacernos más vasallos cada día, llenamos de realidad y de verdad y de corazones ardientes la divina declaración.
  • Pero, por otra parte, nos incumbe el deber de hacer apostolado mariano. De buscarle los otros vasallos. Si le ponemos vasallos, le ponemos corona, y en ello imitamos a Dios. Si no, María la Emperatriz es una triste emperatriz: una emperatriz desconocida y sin reinos.

Y espero que comprendáis que os diga que el apostolado mariano -y el otro- no consiste en repartir estampitas ni acciones similares. Eso da grima.

Apostilla final (2-IX-2015).- Daba yo vueltas esos días por la cabeza, preguntándome si no sería la realeza una prerrogativa de María más importante que la misma Asunción, la cual podríamos ver como un paso necesario para aquella realeza. Yo creo que acertaba. La máxima exaltación se produce cuando María es reina de Dios (y lo he dicho en el texto indirectamente), y la máxima intercesión por los hijos de Dios y de María es la que pronuncia la boca de quien reviste toda autoridad. Un mariólogo muy notable me comentó que algún autor escribió: assumpta quia coronata: “fue asunta porque fue coronada”, “para ser coronada”. Y el hecho de que la Asunción sea dogma y la coronación no lo sea nos habla de la seguridad mayor a la hora de creer, pero no del lugar de ese contenido en la escalera de las honras de María. Y hay más: mi mariólogo consideraba la realeza más definible que la mediación de María. Nadie nos dice, pues, que dentro de treinta años no vayamos a tener de la realeza esa misma seguridad que tenemos hoy de la Asunción.

¿Tendremos que entender la Asunción -aunque sea entre otras cosas muy importantes- como el necesario escalón intermedio entre la mediación en la tierra (la corredención y los comienzos de la intercesión) y la mediación actual, celeste, de nuestra queridísima madre? Assumpta quia coronata?

  • En realidad, la fiesta es el día 22.

1 Así se titula un librito medieval, creo que anónimo, en el que se van describiendo, uno por uno, los dolores de Jesús como el autor los recrea, y a continuación el correspondiente dolor de María. “Pasión de dos”.

(2) “Cuantas lesiones sufrió Jesús en su cuerpo, otras tantas sufrió María en su corazón” (San Jerónimo, Epistula IX ad Paulam: Migne, Patrologia Latina, 30, 131).

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