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LA OBRA QUE DIOS QUIERE (LA SANTA MISA)-y III

26 julio 2015

– III –

COMO EMPEZAR A EXISTIR

Cinco panes y dos peces


Hay que acercarse a la Obra de Cristo que nos tiene salvados. El domingo, o por qué no todos los días. Ante la multitud de número mareante que en este mundo de tristes, de engañados y de santos necesita con apremio el pan del Pan y el pan de la Palabra, el pan de unas manos que a las suyas se junten, el médico espiritual que sane heridas espirituales que quizá fueron también corporales; ante las cuatro infinitísimas filas –cadenas, cadenas, cadenas y cadenas- de los que sufren, de los que yerran, de los que ignoran y de los que pecan, ven, venid a poner en las manos del Señor vuestra escasez generosa de cinco panes y dos peces. Ellos no son nada, pero el Señor que multiplica los multiplicará si los arrimáis a la Obra.

Una gota de agua


Última misa de Mons. Álvaro del Portillo en la tierra. La celebró en el Cenáculo de Jerusalén

Última Misa del B. Álvaro del Portillo. La celebró en el Cenáculo de Jerusalén (allí Jesús instituyó la Misa) y murió al día siguiente, según se ha asegurado, de la emoción.

En el ofertorio de la Santa Misa, el sacerdote mezcla con el vino una gota de agua. Tenemos en este blog un poema precioso en torno a ella.  Hay un autor  un poco vetusto –la verdad- que da de la gota explicaciones bellas y enjundiosas: Rabano Mauro [1], y nos las explica María Ángeles Navarro:

Vamos a ver el tema del agua, que encontramos en dos libros (…). La primera vez (…) –reconociendo explícitamente su dependencia de S. Cipriano-, el arzobispo de Maguncia [Rabano] afirma que en el sacramento se debe ofrecer el agua mezclada en el vino, porque en el Evangelio leemos que así salió del costado abierto de Cristo (…). En el agua se entiende el pueblo y en el vino se muestra la sangre de Cristo. Pero cuando en el cáliz se muestran el agua y el vino, el pueblo se une a Cristo y los creyentes en Cristo se agrupan y se unen entre sí. Así como el agua se mezcla con el vino de modo que no pueden separarse, así tampoco pueden separarse Cristo y la Iglesia (…). El agua es el pueblo (…). Ni el agua sola ni el vino solo, como tampoco el grano de trigo solo (…) sin la mezcla de agua (…), pues en la cabeza de ninguna manera puede significarse la separación entre la cabeza y los miembros, ni tal cosa puede ofrecerse al Padre como si Cristo hubiera padecer sin el amor de nuestra redención o nosotros pudiéramos salvarnos sin su pasión [2],

El segundo texto (…) se trata de un texto muy utilizado por todos los autores (…). El arzobispo de Maguncia expresa con gran fuerza la necesidad que existe de que en este misterio se signifique la indisoluble unión entre Cristo y los creyentes: no significar esta unión es tanto como imaginar la muerte de Cristo aislada de su valor redentor y del amor de Cristo a los hombres, o como imaginar que nosotros podamos salvarnos sin Cristo. Si en la Eucaristía celebramos el sacrificio de Cristo en la Cruz, en la simbología de la Eucaristía no podemos de ninguna de las maneras dejar de estar presentes, pues la Cruz no tiene ningún sentido sin nosotros, del mismo modo que nosotros no podemos salvarnos si no es por nuestra unión con Cristo –que no otra cosa es la salvación-[3].

No hay duda de que, si quiere significar que el agua mezclada es un elemento esencial de la Eucaristía, es una opinión extrema, totalmente errónea. Y, sin embargo, deberíamos entender que su sentido espiritual –que podemos personalmente simbolizar en este bello elemento litúrgico o de otras maneras- es esencialísimamente esencial. Que necesitamos mojar en la Sangre de Cristo nuestras obras [4], y así dejarán de ser palabras sin significado y ]significarán el amor que no dudo de que quieres dar y que sin Cristo no dan. Y hay que mezclar con el vino el agua, nuestra vida con la Sangre en trance de ofrecerse; porque, hecha la mezcla, la fusión es total, ya que nadie sabe dónde termina el agua y empieza la Sangre. Queremos lo mismo que Cristo. Hagamos lo mismo que Cristo.

Asistir a la Misa


Pero…, vecino del quinto, Jesucristo va a Misa, majo. Y va todos los días a todas las horas. Acércate tú con tus seiscientos salvados del incendio, mételos secretamente en la gota, y a partir de ahí, hazte cuenta de que empieza a saberlo Dios. De no, serán solo “obras”, y no “la obra que Dios quiere” (Jn 6,29).

Ya me entendéis: hay mil formas de unir las obras a la Obra: pero ninguna como asistiendo a esta Obra; al que no le guste lo de la gota, hágalo de otro modo. El que de verdad no puede asistir a Misa no está obligado a asistir: pero sí puede unirse espiritualmente a la Santa Misa, y a todas las Santas Misas del mundo. Lo mejor, obviamente, es asistir a la Santa Misa y comulgar todos los días. Por eso os lo sugiero: volaréis sobre alas de águila. También puede uno, muy sencillamente, ofrecer una acción uniéndola a la Pasión de Jesús y la compasión de María. Y así hasta no acabar nunca en cuanto a las posibilidades.

“Para el perdón de los pecados”


Confesonario del Santo Cura de Ars

Y os traicionaría si no os recordara una cosita más bien importantita. A Misa hay que ir confesado. No se exige estrictamente si no se va a comulgar; pero el que va a comulgar debe recordar lo que decía Benedicto XVI: que la Misa supone la Confesión, que “la Eucaristía no es el sacramento de la reconciliación, sino el de los reconciliados”, que sería absurdo que el hijo pródigo celebrara el banquete con su padre antes de reconciliarse por la grave ofensa (que de pecados mortales estamos hablando). Y no hay suficiente con la contrición interna, por muy arrepentido que se esté.

Así, pues, hay que romper ese automatismo según el cual el hecho de asistir a la Santa Misa implica directamente la Comunión. Menos todavía debe considerarse la comunión como un derecho, cuando es un don que, si estamos manchados, no debemos manchar. Es que estamos hablando de Dios. No de un perrito. Estamos hablando de Dios.

Esta Confesión del que está en pecado grave -sobre todo, pero también de cualquiera- es de lógica pura. Retomemos el leit motiv de estas páginas: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.” Luego, si acudimos a Misa, es, de un modo u otro, para el perdón de los pecados; o saldríamos a echar un cigarro durante la consagración. En serio lo repito: el que no quiera el perdón, que se vaya durante la consagración. Y el que quiera el perdón, que recuerde que su sitio es el confesonario.

La Misa es la Obra de Dios. La Misa es donde tus obras empiezan a ser obras. La Misa es el Quicio del Mundo.


[1] Ss. VIII-IX. Cfr. María Ángeles Navarro Girón, La carne de Cristo: El misterio eucarístico a la luz de la controversia entre Pascasio Radberto, Ratramno, Rabano Mauro y Godescalco, Univ. Pontificia de Comillas, 1989, 209; lo tomo de Google Libros.

[2] Rabano Mauro, De clericorum institutione-I, XXXI: Migne, Patrologia Latina 107, 320 A. Cfr. S. Cipriano, Epistula 63, XIII: Biblioteca de Autores Cristianos, 241, 608-609. Rabano Mauro reconoce su dependencia de S. Cipriano.

[3] Íd., Commentariorum in Matthaeorum libri VIII, [V]: Migne, Patrologia Latina 107, 1106 C. Aquí Rabano no apela a S. Cipriano, cuando es evidente el paralelismo entre el fragmento anterior y este.

[4] Benedicto XVI: “La idea de poder ‘ofrecer’ las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, era parte de una forma de devoción  […] hoy tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda […]. Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano […]. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros” (enc. Spe salvi, de 2007, n.º 40).

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