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LA OBRA QUE DIOS QUIERE (LA SANTA MISA)-II

23 julio 2015

– II –

LA SALVACIÓN ESTÁ EN ACEPTAR UN REGALO. (¿CÓMO DICEEES…?)

Miguel

Mirar por cinco llagas


“En la Cruz, Jesús ‘hizo las paces, destruyendo en sí mismo la enemistad’ (cfr. Ef 2,15s.). Destruyendo la enemistad, no al enemigo; destruyéndola en si mismo, no en los demás”

(Raniero Cantalamessa, La fuerza de la Cruz, Monte Carmelo, Burgos 2006 (6), 205).

Y desde entonces, Dios no nos mira a través de nuestras obras, sino a través de esta Obra de Cristo y de la Trinidad, la Redención (singularmente la pasión, muerte, resurrección y ascensión; sin olvidar que todos los actos de la vida de Cristo y su Asociada María apuntaban a estos momentos, y eran también redención y corredención). La única Obra humana que tiene valor es la que en un Hombre-Dios hizo Dios (porque “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo”, 2 Cor 5,18).

Y, si nos quedáramos solo con esta parte, a Dios le importaría un comino nuestra conducta. Porque nuestra salvación, en sí, está dada ya, ahí, y nosotros no podemos y no debemos añadirle nada. Recuerdo haber leído sobre una santa que tuvo una visión: el Padre mirando hacia el mundo, pero entremedio el Cristo llagado, y el Padre solo podía mirar a través de las cinco Llagas. Porque Jesús, como Redentor, y María, como Asociada a la Redención, son –lo dice Santo Tomás, yo no lo encuentro- las únicas excepciones al principio según el cual la culpa y el mérito son absolutamente intransferibles.

Te lo repito, orejotas: Sea lo que sea lo que hayas hecho en tu vida, Dios no te mira a través de eso, sino a través de la obra redentora de Cristo, ese Hombre que es Dios Todoamoroso.

Como las armas de Roldán


Nadie las mueva 

que estar no pueda con Roldán a prueba

(Quijote, I, xiii).

En la Cruz (…) Dios venció definitivamente el mal. sin destruir con ello la libertad que lo produjo.

(Raniero Cantalamessa, La fuerza de la Cruz, Monte Carmelo, Burgos 2006 (6), 205).

Y esa Obra, nadie jamás la moverá de su sitio. Con esto quiero decir dos cosas:

Primera, que, “si no somos fieles, él permanece fiel” (2 Tim 2,13). Su Alianza es invariable y no depende de nuestra fidelidad –como las anteriores del Antiguo Testamento, que se hundieron a causa de los pecados del pueblo-, sino de la de Dios. Lo único que hemos de hacer –luego lo digo- es no rechazarla. Pero la Alianza sigue en su sitio.

Segunda, que ese Sitio, desde la pasión hasta la última venida de Cristo, es, ante todo, el Altar, y con el Altar, la Comunión y el Sagrario. Yo me estremezco sobre todo al pronunciar las palabras del Cáliz ante el Altar:

Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía.

La Misa es el cielo cuando se vuelca sobre la tierra


Es de saber, ilustrísimos, que la Santa Misa es ante todo la renovación incruenta del sacrificio del Altar (que trae consigo los demás elementos de la Redención). De forma no material –no hay clavos-, sino sacramental –y lo sacramental no es menos real que lo material-, se renueva el Sacrificio del Calvario. No se repite, porque “Cristo, crucificado, no vuelve a morir” (Rom 6,9). No se añade ni suma. No hay “un sacrificio más”, sino una manifestación memorial más: “Haz memoria de Jesucristo” (2 Tim 2,8). Se suman las Misas, no los sacrificios. Siempre se trata del mismo sacrificio, pero contemplado cada vez desde un agujero; desde una diferente casilla del calendario. Porque “sin la liturgia de la Iglesia, se disolvería la memoria de Dios en el mundo”[1].

Por lo demás, aquella de Jesús fue una “Alianza nueva” porque sustituía, y para siempre, a la Ley de Moisés. Pero también porque, no habiendo Ley que los hombres deban cumplir como condición de la Alianza, no puede ser revocada por parte de Dios. Es la Alianza nueva cuya novedad consiste en que ratifica como definitivo –sin vuelta atrás- el amor esponsal de Dios con los hombres y con cada hombre: “Con amor eterno te amo, por eso prolongué mi misericordia” (Jer 31,3).

Por todo ello, la novedad de la Alianza nueva y eterna, podemos muy bien decir, consiste en su eternidad.

“¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”


“Para todo hombre, el comienzo de la vida es aquel en que Cristo se inmola por él. Pero Cristo se inmola por él en el momento en que él reconoce esa gracia y toma conciencia de la vida que le otorga esa inmolación”

(de una antigua homilía atribuida a San Juan Crisóstomo).

“Cuando la satisfacción es […] vicaria [como la de Jesús, que muere en vez de nosotros], el ofendido [Dios] no está obligado a aceptarla […], y si la acepta […], puede poner condiciones a su aceptación. Más aún, es obvio que, al menos, ponga una: que el que realmente ofendió haga algo con lo que muestre su conformidad con la satisfacción dada por otro en su nombre.

“[…] Aun después de ofrecida y aceptada por el Padre, se requiere un sí de cada uno de nosotros, que es la conversión del propio corazón por la que cada hombre hace suya y recibe la gracia de la redención […]. Cada uno de los redimidos tiene que realizar una cooperación a la redención, y solo mediante ella recibe la gracia redentora”

(Cándido Pozo, María, nueva Eva, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2005, 16-17).

Y ahora, ya, nosotros merecemos en la medida en que nos adhiramos a esa Obra. La de Cristo. La de la Cruz. La que hoy encontramos –tal cual es- en el altar. Cristo nos redimió: a nosotros solo nResultado de imagen de sANTA MISAos toca aceptar la Redención. La gran batalla de San Pablo, en la que se jugaba la universalización del cristianismo –el que pudiera salir de Israel-, era mentalizar de que, con la entrega de Cristo, había caducado el tiempo de las obras de la Ley, “porque la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8,2; y llama ley del pecado y de la muerte a la ley de Moisés porque indicaba el deber sin dar la gracia para cumplirlo, y en este sentido, era causa de pecado).

Percibo que más de un inteligente se ha asustado viendo que parece que mando a paseo las obras, la moral, y dejo solamente la fe. Las obras, hay que hacerlas. Pero no cuentan por lo que son; cuentan como expresión de la fe; porque resulta que el sinónimo de fe (lo diremos en voz baja) es adhesión y obediencia. Quien se adhiere a un Señor que ha dado muchos mandatos (quizá mejor decir que ha instaurado un nuevo estilo de vida) necesariamente los cumple. En otras palabras: “La fe sin obras es fe muerta” (St 2,26), y le pone brío el apóstol al decir también: “¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien; pero también los demonios lo creen, y se estremecen” (2,19). 

“La fe sin obras es fe muerta”. La fe sin obras es fe sin fe. Nos adhiere tanto a Jesucristo como al Rey que Rabió. Por eso entiendo yo que Santiago la llama muerta: porque no sirve para lo que es su función.

El día de Pentecostés se convirtieron unos tres mil, que, al acabar la predicación de Pedro sobre la muerte, resurrección y mesianidad de Cristo y la venida del Espíritu, no preguntaron –dificilillo sería eso de entender- qué era resurrección, o cómo podía haber muerto el Mesías o resucitado un muerto. No. La pregunta inmediata fue: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hch 2,37). Preguntaron por las obras que se seguían de su estrenada fe. Y, de hecho, siempre me ha llamado la atención que no haya, que yo sepa, ninguna religión sin moral.


[1] Roberto Calvo Pérez, Hacia una pastoral nueva en misión, Monte Carmelo, Burgos 2004, 290.

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5 comentarios leave one →
  1. 23 julio 2015 2:26

    Yo creo que la mayor prueba de que su Alianza es imperecedera es el hecho de que, desde el día en que se celebró la primera Misa hasta hoy, no se haya dejado de celebrar un solo día. Esto es así, ¿no? O, al menos, así lo tengo entendido.

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  2. 25 julio 2015 15:32

    De entrada, diríamos que no, porque la Iglesia no celebra la Misa ni el Sábado ni el Viernes Santos. Podríamos añadir: “¿Y quién me dice a mí que no puedo estar seguro de que todos los años, en algún sitio, hay un cura más chulo que Pachín que se salta la norma y celebra?” Y, todavía, podríamos preguntarnos: dado que los hermanos ortodoxos son los únicos hermanos deseados que tienen verdadera Eucaristía de creencia y de hecho, ¿tienen ellos la misma norma para esos dos días? Yo no lo sé.

    Pero precisamente, es interesante reflexionar sobre este dato de que la Iglesia vea conveniente quitarnos la Misa, o sea, lo Más. Y es que la liturgia –y el tiempo litúrgico es liturgia- no solo celebra como celebramos un cumpleaños o los cien años de un periódico. La liturgia rememora eficazmente, lo que quiere decir que –en la medida de nuestras disposiciones- nos deja la gracia de lo que celebramos. “Sin la liturgia de la Iglesia, se disolvería la memoria de Dios en el mundo” (R. Calvo).

    De este modo, tienes razón no teniéndola. Porque probablemente la Santa Misa no se celebra todos los días. Pero el Sábado y el Viernes nos apiñamos alrededor de la memoria del Crucificado y su Asociada, y acaba resultando que, si no celebramos la Alianza, la razón es la mismísima Alianza.

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  3. 25 julio 2015 23:27

    El Sábado Santo es un sábado particular, en el que no se celebra la Santa Misa porque el Señor está muerto. Y aprovecharé para recordar que no por eso se pierde la Comunión, si se comulga en la Vigilia Pascual (del Sábado al Domingo) y en el Domingo de Pascua.

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