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LA OBRA QUE DIOS QUIERE (LA SANTA MISA)-I

20 julio 2015

No vayamos a la Santa Misa solo a cumplir un deber. Dijo alguno que los domingos, las iglesias se nos llenan de no practicantes. Ocurre que asoma, como siempre, la ignorancia. Hiciéramos, a la salida de la Misa, una encuesta, incluso a los que asisten a diario, y veríais, preguntando qué es la Santa Misa, cuántos pronuncian la palabra sacrificio. El artículo trata de explicar las razones de asistir a Misa, a partir de una mirada a su condición de renovación de la Nueva Alianza. Este saldrá en tres entregas.


Miguel

– I-

– DE FE. QUE ME HAN SALVADO –

Lo primero es la fe


Os lo van a decir. Os lo dijeron tantas veces. Mi vecino del quinto me lo dice:

– ¿A qué viene esa pamema de ir a Misa los domingos?

– “Santa Misa”, vecino, “Santa Misa”.

– Pero si es que da igual. Lo que importa es hacer buenas obras, servir a los demás, etc.

En realidad, como veis, mi vecino del quinto -¡y cuántos vecinos del quinto, que se van a caer al cuarto!- combate a la Iglesia con argumentos que ha recibido de la Iglesia.

Pero voy al asunto. Como, lógicamente, no se quedan con todo lo que la Iglesia enseña, he aquí que mi vecino ha empleado argumentos facilísimos y baratísimos, y por serlo, los creen muchos en seguida –por ejemplo, yo-. A mi vecino, no le queda nada por decir. A mí, en cambio, ante esa facilidad y baratura para el común de los ignorantes, me toca explicar muchas cosas; pero os prometo que esto os va a encantar. Demos gracias a mi vecino del quinto; lo digo porque ahora mismo no oye.

Parto, porque nobleza obliga, de donde parte el vecino: “Lo que importa es hacer buenas obras”. Estaremos de acuerdo en que las mejores son las de Dios. Pues bien,

Ellos le preguntaron:

– ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?

Jesús les respondió:

– Esta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.


Jn 6,28-29

 

Yo creo en Dios. Si Dios dice esto, entonces la mayor acción es la que no es acción y, todavía, resulta que es el comienzo de todas las buenas acciones que lo son de verdad. De ella, de la fe, todas las acciones reciben su valor y son, las que lo son, actos de virtud. Por defecto de la acción, puede no haber acto virtuoso. Pero, si la acción es buena (incluyo la rectitud, etc.), como exista la fe, el acto es virtuoso necesariamente.

Ahí está –lo ha dicho Jesús- lo que Dios quiere. Dios quiere fe. No otra cosa.

Hubo Uno que saltó el abismo


San Pío de Pietrelcina celebrando el Santo Sacrificio

Mi vecino del quinto me cuenta que una vez rescató a seiscientas personas de un incendio. Yo –que le creo- lo miro de arriba abajo y suplico: “Cuéntame algo interesante”. En su caso y el de muchos, seiscientos es igual a cero. Deben estarle agradecidos los seiscientos, pero Dios, no. Las acciones sin fe no pueden merecer ante Dios. Eso es así porque nosotros, por nosotros mismos, jamás podremos, con ninguna acción del valor que queráis imaginar, hacer méritos ante Dios. Y, de cosa tan sorprendente, la explicación es sencillísima: nosotros, ante Dios, somos casi la nada, y aun podríamos ir quitando el casi. “¿Quién le dio primero algo, para poder recibir a cambio una recompensa?” (Rom 11,34-36). Y, por otro lado, el más mínimo pecado, si miramos al Ofendido, es de gravedad infinita; y, en fin, hablamos de una mole ingente de pecados.

Hubo un larguísimo tiempo en el que el hombre estuvo lejano de Dios. Dios, no; dicen que “no hay nadie más lejano de Dios que el pecador, ni hay nadie más cercano al pecador que Dios”. Pero, después del pecado original y los personales, necesitábamos ser rescatados, un salvador. El pecado no podía ser ignorado sin más, como no puede serlo la piel. Y, si es verdad lo anterior, el hombre no era capaz de merecer ante Dios. El hombre debía ofrecer a Dios una reparación de la que era totalmente incapaz. Dios no tenía ninguna obligación de rebajarse, y el caso era que solamente Él podía intervenir con eficacia en el asunto.

Por eso, por la infinita misericordia de Dios, la segunda Persona se encarna, se hace Hombre por obra del Espíritu Santo en las entrañas de María y lleva a efecto la Redención. Porque en Él, que era el hombre-que-debía y el Dios-que-podía, estaba perfectamente anudada la Redención. Él era el único capaz. En Jesús que se ofrece a Dios está la humanidad ofreciendo su propiciación, pero ello solo es posible sobre la base de un Dios que en Jesús, para esa reparación, se ofrece a los hombres pasando por el momento cumbre de la Encarnación. Una reparación así alcanza a Dios (Benedicto XVI) porque la hizo Dios y cuenta para el hombre porque la hizo el hombre.

(Continuará.)

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