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DE ATEOS Y DEL DOLOR

4 julio 2015

– IV y último-

 DE CÓMO LOS ATEOS ME OBLIGAN A HABLAR DEL DOLOR DE DIOS

Danza y contradanza de los misterios aquí


Misterio, decíamos… Palabra fundamental en nuestra fe. Y, si así no fuera, habría que abandonar tal fe. Porque un Dios que nos cupiese en la cabeza no sería Dios; y las realidades de nuestra religión que no son Dios participan de la divinidad, viven de ella, de ella se alimentan, están impregnadas de divinidad.

Sin embargo, “el racionalismo moderno no soporta el misterio”, dijo San Juan Pablo II (Carta a las familias, 19). Y recordaba que la razón es auténtica y verdadera solamente cuando es capaz de reconocer sus límites. Pero se pone uno a pensar, y los misterios están por todas partes, no solo en la religión. ¿No es un misterio el amor? ¿La muerte no es un misterio? ¿La ingratitud o maldad de algunos? Digan los científicos si no es un portento el cerebro, o el universo. Otro misterio es la poesía. El más misterioso para mí es la libertad. Vivimos rodeados de misterios. Después de este desfile –que podría haberse hecho inacabable-, ¿a quién ha de sorprender que haya misterios en las cosas que constituyen el fundamento último de nuestra vida?

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”


Y la última sorpresa -que sucede porque tenía que suceder- es que, entre las ilustraciones de estos señores, se encuentra un Cristo crucificado que también pregunta: “¿Dónde está Dios…?” Hay que decir –y conste que, si no, me hubiera salido redondo- que lo dice por contemplar que es Semana Santa y los hechos de los hombres no son lo que tienen que ser. Pero lo dice. De hecho, Jesús no dijo cosa muy diferente en el Madero: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).

Cristo crucificado reasume en sí todos los dolores de la humanidad. Desde luego, todos los que hubiésemos debido sufrir por nuestros pecados, ya que “en sus llagas hemos sido curados” porque “el castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él” (cfr. Is 53,5). Mirar un crucifijo con ojos que buscan la verdad y seguir quejándose de los dolores parece cosa de magia. Allí está sufriendo el que menos culpa tiene, y está sufriendo por la culpa de todos menos dos, que son Él y su madre. Está sufriendo hasta límites no infinitos –al menos en su naturaleza humana-, pero sí inimaginables. Razón tenía San Pablo cuando decía: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Porque ¿qué hay que pueda conferirme más gloria que el que una Persona divina haya muerto por mi astroso personaje?

A través de la sangre de Cristo, le hablan al Padre todos nuestros pecados clamando perdón y lográndolo (cfr. Heb 12,24). A través de la sangre y el agua que manan del Corazón abierto se nos da quizás el testimonio de que la muerte es indudable y de que ya no es posible más morir por mí. Y a través del “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, son todos los años de los hombres, todos los niños y los viejos, todos los enfermos desahuciados y los pobres de solemnidad; son todos los niños con buitre, son todos los niños famélicos, son todos los amasijos de cadáveres…, y, también, Benedicto XVI –que no lo pasó precisamente bien-, quienes claman en angustia pavorosa con la premiosa pregunta que surge del dolor: “¿Por qué?”

Prohíbo pedir cuentas


En el dolor y en el desamparo de Jesús están los nuestros, porque Él nos representa en expiación vicaria: asumiendo la pena, expiaba la culpa. En el dolor y en el desamparo nuestros están los de Jesús si nosotros aceptamos vivirlos con el espíritu de los cristianos, aunque, en otro sentido, “Cristo está presente en todo sufrimiento humano”, en palabras de San Juan Pablo II.

Con el espíritu de los cristianos, nosotros vivimos amorosamente el dolor como una participación en la Redención; una corredención, como la de María, pero no tan especial. Dios nos pide que veamos el dolor como una prolongación en nuestra carne de los sufrimientos de Cristo: que le dejemos continuar redimiendo, prestándole nuestros miembros al Hijo de Dios; prolongando la Pasión de Cristo en favor de su pueblo; firmándole, a la apasionada Pasión del Cristo-Llaga, un permiso para enroscarse sobre nuestro cuerpo y continuar pariendo hijos.

Y nosotros queremos ser algo así como la sombra de Jesús en Getsemaní cuando exclamaba: “…no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Y queremos ser como la sombra de María en Nazaret cuando asentía: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Que nadie pida cuentas a Dios por el dolor, porque, en Cristo, Él fue el primero en sufrirlo.

———————————————————

ACLARACIÓN POSTERIOR.- No me di cuenta de lo que dije al hablar del “dolor de Dios”. Dios no sufre nada porque es impasible. Sufre la naturaleza humana de esa Persona, Jesús, que tiene la naturaleza divina (es Dios) y la humana (es hombre). Dijo San Buenaventura que Dios es “iincapaz de padecer, pero capaz de compadecerse”, entiéndase: de compadecerse de nosotros en la Redención de Cristo. Dijo Karl Rahner que Dios es “impasible en lo que es, pasible en lo que asume”; asume la naturaleza humana en su segunda Persona, y ahí sí llega hasta las últimas consecuencias.


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