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LAS LENGUAS MUCHAS LENGUAS DEL ESPÍRITU SEÑOR

23 mayo 2015

Miguel

Pentecostés os subyugue, amén.

 


                            AL CUMPLIRSE EL DÍA DE PENTECOSTÉS, estaban todos juntos en un mismo lugar.  Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse.

Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.  Estaban asombrados y se admiraban diciendo:

—¿Es que no son galileos todos éstos que están hablando? ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna?

»Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos,  así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios» (Hch 2,1-11).



EN MUCHAS LENGUAS…:


 

 


«El Espíritu es la verdad» (1 Jn 5,6).


«Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré» (palabras de Jesús en Jn 16,7; el Consolador es el Espíritu Santo).


«La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).



«Allí donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia» (San Ireneo, Adversus haereses, III, 24).



«Nuestro divino Salvador […], aunque no haya permitido que estuviese en la Cena para ser hecha visiblemente sacerdote, quiso que estuviera en el Cenáculo para allí recibir el espíritu y la gracia apostólica. Por lo cual daba a entender a la Iglesia que jamás sería renovada sino por la participación del espíritu de María; espíritu que, según San Jerónimo, no lo recibió Ella con medida, como los discípulos y apóstoles, sino en su plenitud… Así, el día de Pentecostés, María vino a ser, por la virtud del Espíritu Santo, como el depósito de todos los beneficios y de todas las riquezas de la gracia. Ella es el candelero con siete brazos que alumbra todo el templo de Dios, y lo esclarece por la difusión de los dones y luces de que está llena» (Jean-Jacques Olier; cita no literal).


 

 


«Fue María la que, por medio de sus eficacísimas súplicas, consiguió que el Espíritu del divino Redentor, otorgado ya en la Cruz, se comunicara en prodigiosos dones a la Iglesia recién nacida, el día de Pentecostés» (Pío XII, Mystici corporis, in fine).


 


«Cuán grande sea la excelencia de este misterio [de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés] parecerá claro a quien considere, que todos los otros pasos y misterios de la vida de nuestro Salvador se ordenaron a este: porque todo cuanto él en esta vida hizo y padeció, a este fin lo ordenó, como quien tanto procuró en todas las cosas nuestra salvación, la cual consiste en morar en nuestras almas el Espíritu Santo. Vese también esto, porque una de las cosas que más veces el Salvador nos prometió en el Evangelio fue esta venida del Espíritu Santo. Y así podemos decir que una buena parte del Evangelio es profecía de esta venida, y que como los profetas fueron profetas de Cristo, así Cristo fue profeta del Espíritu Santo: por donde entenderemos cuán alto sea el misterio pues tal profeta mereció tener.

           »Vese también esto por la excelencia de esta dádiva y por los efectos que en el alma obra. Porque ¿qué cosa más dulce de contemplar, que ver este divino Espíritu morar en un alma, estar allí alumbrándola, enseñándola, enamorándola, animándola, esforzándola, purificándola, e hinchéndola de aquellos sus riquísimos dones? ¿Pues no es cosa admirable ver un Dios tan grande, tan poderoso, tan glorioso, que se quiera inclinar a morar en el hombrecillo, que hoy es, y mañana desaparece, y que él por sí mismo quiera entender en la santificación y reformación de su vida?» (Fray Luis de Granada).


 

 

 

 


– «El Espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como “sí a la vida” que Dios quiere para cada una de sus criaturas» (n.º 4).

– «Cuanto más grande es el don de Dios –y el del Espíritu de Jesús es el máximo-, tanto más lo es la necesidad del mundo de recibirlo» (n.º 7).

– «Solo podemos ser testigos de Cristo si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, que es “el agente principal de la evangelización” (cfr. [Pablo VI] Evangelii nuntiandi, 75) y el protagonista de la misión” (cfr. [Juan Pablo II] Redemptoris missio, 21)» (n.º 7).

Benedicto XVI, mensaje con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud


 


«El Espíritu es el don supremo del Resucitado a sus discípulos (…). De ahora en adelante, la presencia de Jesús entre los suyos será una presencia en el Espíritu, es decir, una presencia interior y espiritual, que los discípulos de Jesús podrán experimentar cumpliendo el mandamiento de amor, imposible de realizar sin la acción del Paráclito [otro nombre del Espíritu], el Maestro interior de todo discípulo de Jesús. Dicho Paráclito es la actualidad misma de Cristo, la fuerza viva y vivificadora que hace de cada creyente un contemporáneo del Señor» (Marcello Semeraro, Misterio, comunión y misión (Manual de eclesiología), Secretariado Trinitario, Salamanca 2004, 36).


 


«La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud» (S. Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19: Migne, Patrologia latina, vol. 15, col. 1560)


 


«Venir a la oración con pobreza que necesita que la visite la riqueza. Y dejarme hacer por el Espíritu Santo -en la oración y fuera de ella-, porque Él tiene muchas ganas de llevarme lejos.»


—-«SI VIVIMOS POR EL ESPÍRITU, CAMINEMOS TAMBIÉN SEGÚN EL ESPÍRITU» (Gál 5,25).—-

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