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LA CRUZ FLOTA EN EL MAR. Y JOSEPH RATZINGER NOS HABLA DE LA FE

7 mayo 2015

Joseph Ratzinger

Estas palabras, lúcidas y de mucho alimento, en que Joseph Ratzinger nos explica -sobre todo- que la duda es interior a la fe, y que lo es igualmente a la increencia, provienen de una obra que normalmente sería la culminación de una carrera, pero que Ratzinger dictó (son conferencias) hacia el comienzo de la suya. Yo he extractado mucho, y lo que omito, lo señalo siempre con puntos suspensivos.


Pues así entended que no hay cosa que la razón menos alcance, que claramente entender lo que cree la fe; ni hay cosa tan conforme a razón, como el creerlo, y cosa de muy gran culpa el no creer

(S. Juan de Ávila, Audi, filia,  32, 1).


Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo-I (1968), Voz de los sin Voz, Madrid 2007, 4-10


Quien tome la cosa en serio se dará cuenta que no solo la dificultad de la traducción, sino también de la vulnerabilidad de su propia fe que, al querer creer, puede experimentar en sí misma el poder amenazador de la incredulidad… Debe hacerse a la idea de que su situación no es tan diferente de la de los demás…

En los creyentes existe ante todo la amenaza de la inseguridad que en el momento de la impugnación muestra de repente y de modo insospechado la fragilidad de todo el edificio… En esta situación uno ya no se plantea el problema de sobre qué hay que discutir… Todo esto aparece como secundario. En realidad se trata de un todo, o todo o nada. Esta es la única alternativa que dura. Y no se ve en ningún sitio un posible clavo al que el hombre, al caer, pueda agarrarse…

Paul Claudel ha descrito esta situación del creyente… El náufrago es un misionero jesuita… Los piratas habían hundido la barca del misionero y lo habían atado a un madero que lo llevaba… a merced de las olas del océano. El drama comienza con el último monólogo del jesuita:

“Señor, os agradezco que me hayáis atado así… no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy, y por más que examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a soporte alguno. Flota en el mar.”

Clavado en la cruz, pero la cruz en el aire, sobre el abismo… No puede describirse con precisión más incisiva la situación del creyente de hoy… Y parece que llega el momento de hundirse para siempre…

El creyente solo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la impugnación y de lo problemático; el océano de la inseguridad es el único lugar donde puede recibir su fe; pero no pensemos que el no creyente es el que, sin problema alguno, carece de fe… Al no creyente…, incluso a aquel que se comporta como positivista puro, a aquel que ha vencido la tentación e incitación de lo sobrenatural y que ahora vive una conciencia directa, siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el positivismo siempre tiene la última palabra. Como el creyente se esfuerza siempre por no tragar el agua salada de la duda…, el no creyente duda siempre de su incredulidad… En una palabra: nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la incredulidad que no puede negar de manera definitiva que la fe sea la verdad. Solo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.

Quizá sea oportuno traer a colación la historia judía narrada por Martín Buber.

“Un racionalista, un hombre muy entendido, fue un día a disputar con un Zaddik con la idea de destruir sus viejas pruebas en favor de la verdad de su fe. Cuando entró en su aposento, lo vio pasear por la habitación con un libro en las manos y sumido en profunda meditación. Ni siquiera se dio cuenta de la llegada del forastero. Por fin, lo miró ligeramente y le dijo: Quizá sea verdad. El entendido intentó en vano conservar la serenidad: el Zaddik le parecía tan terrible, su frase le pareció tan tremenda, que empezaron a temblarle las piernas. El rabí Levi Jizchak se volvió hacia él, le miró fija y tranquilamente, y le dijo: Amigo mío, los grandes de la Torá, con los que has disputado, se han prodigado en palabras; tú te has echado a reír. Ni ellos ni yo podemos poner a Dios y a su reino sobre el tapete de la mesa. Pero piensa en esto: quizá sea verdad.”

… Nadie, ni siquiera el creyente, puede servir a otro Dios y su reino en una bandeja. El que no cree puede sentirse seguro en su incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que “quizá sea verdad”. El “quizá” es siempre tentación ineludible a la que uno no puede sustraerse; al rechazarla, se da uno cuenta de que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de otro modo: tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe… La duda impide que ambos se encierren herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente que los comunica. Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente…

“Credo”…: ¿qué actitud indica esa palabra? Además, ¿por qué nos es tan difícil meter nuestro yo personal en ese “yo creo”?…

Entre Dios y el hombre hay un abismo infinito; porque el hombre ha sido creado de tal manera que sus ojos solo pueden ver lo que no es de Dios, y Dios es, por tanto, esencialmente invisible para los hombres, el que cae y siempre caerá fuera del campo visual humano. Dios es esencialmente invisible. Esta expresión… es ante todo una afirmación sobre el hombre: el hombre es la esencia vidente que parece reducir el espacio de su existencia al espacio de su ver y comprender. Pero en ese campo visual… Dios no aparece ni puede aparecer por mucho que se ensanche el campo visual… Dios no es el que de hecho queda fuera del campo visual humano, pero podría verse si ese campo se ensanchase. No. Dios es aquel que queda esencialmente fuera de nuestro campo visual, por mucho que se extiendan sus límites.

Con esto se dibuja la silueta de la actitud expresada en la palabra “credo”. Significa que el hombre no ve en su ver, oír y comprender la totalidad de lo que le concierne; significa que no identifica el espacio de su mundo con lo que él puede ver y comprender, sino que busca otra forma de acceso a la realidad; a esta forma la llama fe y en ella encuentra la abertura decisiva de su concepción del mundo. Si esto es así, la palabra “credo” encierra una opción fundamental ante la realidad como tal; no significa comprender…, sino una forma primaria de proceder ante… todo lo real… Lo que no se ve… no se considera como irreal sino como lo auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante…

A esta actitud solo se llega por lo que la Biblia llama “conversión” o “arrepentimiento”. El hombre tiende por inercia natural a lo visible… Ha de dar un cambio interior para ver cómo descuida su verdadero ser al dejarse llevar por esa inercia natural…, para darse cuenta de lo ciego que es al fiarse solamente de lo que pueden ver sus ojos. Sin este cambio…, sin oponerse a la inercia natural, no hay fe. Sí, la fe es la conversión en la que el hombre se da cuenta de que va detrás de una ilusión al entregarse a lo visible. He aquí la razón profunda por la que la fe es indemostrable: es un cambio del ser, y solo quien cambia la recibe. Y porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente nuevo; solo en una conversión prolongada a lo largo de toda nuestra vida podemos percatarnos de lo que significa la frase “yo creo”.

… La fe siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico.

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10 comentarios leave one →
  1. 8 mayo 2015 5:57

    “…sino también de la vulnerabilidad de su propia fe que, al querer creer, puede experimentar en sí misma el poder amenazador de la incredulidad… Debe hacerse a la idea de que su situación no es tan diferente de la de los demás…”

    Doy por hecho de que si lo escribió es porque lo vivió en carne propia, lo cual me da un alivio tremendo. Porque yo creía que era yo sola, que la fe tan indiscutible yo la ponía bajo la lupa injustamente por mi propia incapacidad de creer con fe ciega.
    Y me alienta mucho mas saber que “el océano de la inseguridad es el único lugar donde puede recibir su fe” el creyente.

    ¿Agranda el campo de batalla contra uno mismo? ¿O uno camina sobre un campo mas minado?

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  2. 16 mayo 2015 5:39

    Podría contestarte muchas cosas. Pero lo que interesa es contestar a lo que tú preguntas, y eso, no acabo de entenderlo.

    Por lo demás, las cosas personales, por correo e.

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    • 17 mayo 2015 17:09

      Claro, yo entiendo, por lo que el Cardenal dice, que la fe es vulnerable, que sufre ataques propios de la incredulidad. Saber que esto puede pasar ¿nos hace más vulnerables (caminamos en un terreno más minado), o más estables (nos da más margen de espacio para luchar contra nuestras propias dudas)?

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  3. 1 junio 2015 16:09

    Voy a cogerlo de lejos.

    1. En el mundo hay multitud de ciencias. Cada una de ellas tiene su método; ese método lo determina el objeto de conocimiento de esa ciencia. Esto es indiscutible.

    2. No obstante, hace ya algunos siglos que se ha instalado como modelo la ciencia físico-matemática. Los motivos se deben a la profusión de resultados que ese modelo ha producido. Yo añado, además, que entre esos resultados se cuentan las bombas atómicas sobre Japón, las armas químicas y demás modelos.

    3. Todo lo que no sigue ese modelo es descalificado como ciencia, y es evidente que no podemos estar de acuerdo con eso. ¿Por qué? Porque el método lo determina el objeto de conocimiento, y esto es indiscutible. Yo no puedo estudiar matemáticas con un telescopio, ni astronomía con una balanza, ni filosofía con microscopio, ni teología con el método físico-matemático. La teología tiene su método.

    4. Pero no estamos hablando de teología, sino de fe. Y el creyente debe saber que no se le pide evidencia, sino fe. La fe es un tipo muy peculiar de conocimiento, pero que acaba resultando el más poderoso, el más seguro.

    La hegemonía -el despotismo, en realidad- del modelo físico-matemático ha puesto en crisis a muchos creyentes; como decía un profesor mío, “¿por qué tiene que ponerse nervioso un teólogo delante de un hombre de ciencia?” Parece cosa establecida que todas las ciencias han de sujetarse al modelo físico-matemático. Y no. Hay otras ciencias, y tienen otros métodos, porque tienen otros objetos.

    Y aunque la fe no sea una ciencia, o precisamente por no serlo, debe desechar el modelo físico-matemático. Y aquí quería yo llegar. La fe no debe sentir complejo por no ser evidencia. No se nos pide evidencia, porque de lo sobrenatural, no podemos tenerla: escapa a nuestra mirada, como dice Ratzinger (no me lo llames cardenal, que todavía no es ni obispo). Y, precisamente porque, por su mismísima naturaleza, no puede nunca ser objeto de evidencia, uno debe nadar con otro estilo o conocer con otro estilo. ¿Nos hace todo esto más vulnerables? Ya lo verás. ¿Nos da más margen de espacio para luchar contra nuestras propias dudas? No creo.

    No creo que se trate de eso. Romano Guardini, en una frase de museo, dijo que “la fe es la capacidad de soportar las dudas”. Quizá esto resume todo el artículo de Ratzinger. El creyente tiene dudas, y el increyente también, por más que el primero –tú y yo- y el segundo nos las ocultemos por miedo. ¡Convivamos con las dudas! ¡No pasa nada! Cada mañana, cuando te pongas a desayunar, cebá un matecito de leche y ponélo al lado de vos para que beban vuestras dudas.
    Es cierto que admitir la duda, según en qué condiciones, es pecado y hasta pecado grave, pero también es cierto –y es una verdad que estoy convencido de que te ayudará- que, mucho más que dudas, tienes inquietudes, ganas de saber, perplejidades por no entender. Todo eso no es duda, sino, si acaso, puede ser tentación de duda.
    – Señor cura, me acuso de un pecado de impureza, de pensamiento.
    – Ya, pero ¿tú consentiste?
    – No, pero me venía y me venía.
    – Entonces, tú no consentiste, y no fue pecado, sino tentación. Por lo tanto, el que tiene que confesarse es el demonio.

    5. Tomás se llama el que buscó la evidencia. Todos reunidos, y él, a echar la partida. Y cuando vino, exigencia de heridas y llagas. Tomás es el hombre de hoy que clama por tocar y no sabe convivir con la duda, y a lo que llama indemostrable, nuestra fe, la desecha de principio. Pero el Señor es bueno y tiene una y miles de oportunidades para el Tomás y los tomases, y ofrece las heridas como quien pregona claveles, y dice: “Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído” (Jn 20,29).

    Los bienaventurados que creen sin haber visto somos nosotros. Ni más ni menos. Al decirle eso, de una u otra forma, Jesús estaba diciéndole que existía ya una Iglesia –o un colegio apostólico-, y que había que creer lo que ella contaba: en este caso, la resurrección. Hoy, de hecho, somos exactamente una Iglesia que tiene ojos en los Apóstoles (testigos oficiales) y oídos en todos los demás. “Fides ex auditu” (Rom 10,17), dice San Pablo: “La fe viene por el oído”.

    6. Y la fe no nace de leer muchos libros, por ejemplo, sobre Jesucristo mismo. Si el lector no agacha la cabeza y abre el corazón, nada hay que hacer. La fe nace de un encuentro, al que los buenos libros pueden ayudar mucho, pero sin la “conversión” personal de que habla Ratzinger, no hay nada que hacer. La conversión de la cabeza no empieza por la cabeza: empieza por el corazón.

    7. Más quiero decir. Nuestra fe es enormemente razonable, pero no es racional. Para llegar al final –al Encuentro-, podremos quizá venir de miles de argumentos o años de estudio; si no damos lo que se llama “el salto de la fe”, no llegaremos nunca.
    El salto a la fe. Hebreos, Once, Uno. “La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven.” ¡Toma castaña! “La fe es prueba”. O sea: resulta que llevaba uno años buscando la fe como un término final en el que aquietar sus afanes espirituales, y cuando se encuentra creyente, descubre que entonces, y no antes, es el verdadero Comienzo. Y el que busque pruebas para la fe, mejor que empiece probándose la fe.

    Elisa, he intentado responder a tu pregunta y me ha salido mucho más, que a lo mejor no ha estado en su lugar. Por favor, si quedan dudas, dímelo.

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  4. 16 junio 2015 1:42

    No, no. La fe puede ser final para algunos. Pero yo la veo como inicio. Siempre dicen que ver para creer: esto del empirismo que decías. Pero en teología es al revés, creer para ver. Es como estar en un cuarto oscuro y que de repente se te enciende la luz. Y recien ahí se puede empezar a indagar qué cosa había en aquel cuarto. La fe es el acceso al mundo de Dios.

    Pero creo también que cuando uno cree tener una verdad por cierta, siempre hablando de fe desde ahora -dejemos el empirismo, que ya está entendido-, creo que esa verdad, atrapada y celosamente custodiada, al menos en mi caso, puede enriquecerse más y llegar más lejos gracias a la duda. Si la doy por cierta tal cual es, sin hacerme preguntas sobre ella, esa verdad no tendría la oportunidad de explayarse y de llevarme a una verdad más grande y compleja. Y para eso se requiere la duda.

    Como decía el otro dia, la Palabra de Dios esta viva, siempre se puede ir más lejos y profundizar en su conocimiento, porque es como entrar en el Corazón de Dios, que es infinito.

    Aunque sí creo que quedamos mas vulnerables en esta tarea porque la búsqueda nos puede llevar por caminos erróneos.

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    • 17 junio 2015 3:32

      Estoy de acuerdo en todo, menos en dos puntos; de todos modos, pienso lo mismo que aquel que decía: “¿Para qué discutir, si podemos arreglarlo a guantazos?”

      Lo primero. Hay que saber de qué duda tratamos. Porque dudar de las verdades de la fe es un pecado, en principio grave, como que va contra Dios; el Catecismo nos recuerda cómo el pecado original comenzó por una mujer que dudó de las palabras de Dios (Catecismo, 215). De Dios, no se puede dudar; “sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12).

      Lo segundo. Pareces tener una cierta comprensión fideísta de la religión: “ves la fe como inicio”, “creer para ver”, y exigiríamos a todos una fe sin antecedentes. Es posible que esté criticando lo que yo mismo en cierta forma defendí, pero entonces es que hablé de forma incompleta. Y el problema que tenemos es que el fideísmo fue condenado por el Vaticano I.
      Quedan enunciados dos puntos débiles que encuentro, y vamos al toro. Y yo, siempre al revés.

      Sobre lo segundo. Benedicto el Amado dijo que “La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no es humana”. Si no es humana, ¿con qué derecho la propondremos al mundo? Es más: ¿con qué derecho osaremos profesarla? Si no es humana, la quemo en la plaza mayor hasta tanto yo no deje de ser hombre.

      No sé si lo dije; existe toda una serie de pruebas de la fe que no lo son plenamente –porque la naturaleza de las cosas, quiero decir de la fe, es en la fe donde tiene su primera prueba, Hebreos, Once, Uno-, pero disponen o predisponen, porque van haciendo comprender hasta qué punto esta fe que no es racional es razonable. Ya sabes que el estudio de todas estas cosas –sobre todo, de la credibilidad de la fe- se llama apologética. Lo más efectivo suele ser partir de las pruebas cosmológicas de la existencia de Dios, en torno a la creación, etc. Más dificultades presentan las pruebas históricas de la credibilidad de la Iglesia, porque habrá que luchar con más prejuicios (y con hechos que son reales, pero los publicistas desorbitan). Etc.

      Llegará el momento en que los que escuchan las pruebas habrán de dar el salto a la Prueba, que es un verdadero salto. Con pruebas racionales, humanas, es absolutamente imposible demostrar, por ejemplo, la Eucaristía. Con pruebas y sin la Prueba, se puede llegar a la silueta de Dios, nunca al Dios cristiano con el rostro que tiene. El que se encarna de una virgen, el que pende de un madero, el que jugaba con los niños y lloraba cuando los amigos se le morían, el que no quiso morir sin dejar a su madre en manos que la cuidasen hasta el final. Llegará el momento. Pero Benedicto el Amado dijo algo así como que “un Dios que no fuese racional dejaría de ser Dios”. Y nosotros hemos de hablar a seres humanos, y “la fe sin la razón no es humana”.

      Sobre lo primero. Hay que saber de qué duda tratamos. Está claro que el creyente verdadero que se pone a dudar, en principio y sin darme más matices, peca. Pero, sin duda, no es esa la única duda posible. Hay que señalar que son dos cosas bien distintas el dudar y el no sentir el convencimiento, que es cosa que a algunos los hace sufrir porque piensan que no tienen fe. El convencimiento de la fe puede tenerse sin sentirlo.

      Podríamos, también, contraponer la duda que nos expulsa de la fe de aquella otra que nos hace nadar hacia adelante en sus aguas, que es la que tú has descrito. La teología se define, desde comienzos de la Edad Media, como “la fe que busca entender”. Y existe otro aforismo de aquellos entonces según el cual “la fe no pensada no es fe”. Yo digo que todo hombre lleva dentro un filósofo, y cada creyente un teólogo. El problema es lo escasamente que lo ejercen.

      Yo, desde luego, creo que el conocimiento de nuestra duda insoslayable que describe Ratzinger “nos da más margen de espacio para luchar contra nuestras propias dudas” (como dices). Y, más que eso, nos pone en grado de relativizar las tales dudas, que pasan de ser algo mío personal, vergonzoso y culpable a ser el patrimonio de todos los increyentes y de todos los creyentes. Y creo que es alivio lo que sentí la primera vez que leí estas páginas de “Introducción al cristianismo”.

      Para acabar, un punto práctico, pues que te preocupas al pensar que la búsqueda puede descaminarnos. Leer es obligación porque lo digo yo. En algún lugar de mis ficheros hay una frase que dice: “En santos que no leen, no creo mucho”. La moderé. En principio iba a decir que no creía nada.

      En los primeros días de este bloguecillo, escribí un breve artículo que podrías curiosear: “¿Le cuesta a usted mucho leer sobre lo Importante?”:

      https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/2012/10/30/40/

      La cosa es curiosa. A nadie se le ocurre hablar de física sin haber estudiado un mínimo de física; lo mismo con la historia, con la lingüística… Pero todos hablan de las cosas de Dios y de la Iglesia sin leer sobre Dios o sobre la Iglesia. Sé dónde está la diferencia: la física es mucho más “externa” a nuestra condición de existente humano; la fe afecta a cualquiera. Pero eso… ¿no será, justamente, una razón para leer más?

      Pero –segundo paso- una de las cosas que leeremos son los principales documentos de la Iglesia; con eso, ¿quién se descamina? Conociendo el Catecismo con alguna profundidad, garantizo la imposibilidad de cualquier herejía. Para eso está el Magisterio, que es, según la teología, la “norma próxima de la fe” (para distinguirlo de la ”lejana y absoluta”, que es la Biblia), y que, según Ratzinger, “defiende a los pobres de los intelectuales”.

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      • 17 junio 2015 23:16

        Ahora que te leo, me entra una duda sobre si “duda” es la terminología correcta. Yo tengo una verdad y me hago preguntas sobre eso, pero no pongo en tela de juicio su certeza, sino que me lleva a preguntarme más cosas. Entonces no es duda, ¿no?, sino falta de conocimiento y necesidad de adquirirlo. Como dijiste, “la fe que busca entender”.

        Aunque a veces el maldito acometa, como ya habíamos dicho en su momento, para que dudemos, por ejemplo, de la existencia de Dios, o de si la Eucaristía está viva, etc., y quien se tiene que confesar allí es el demonio. En ese caso, sí estamos hablando de duda. Pero ¿qué es lo otro? Interés… curiosidad… Aunque creo que conlleva una buena dosis de amor, no solo a la verdad, sino a Dios y a la Iglesia. No sé quién fue que dijo: “No se puede amar lo que no se conoce”, y yo agrego que una vez que lo amas porque lo conoces, quieres conocerlo más todavía porque lo amas.

        Lo del fideísmo, no lo sabía. ¿En qué canon del Código de Derecho Canónico está, para traducirlo a un lenguaje sencillo por si quiero decírselo a alguien en algun momento?

        Con respecto a lo de “En santos que no leen, no creo mucho”, no estoy segura. Conozco gente humilde, muy santificada por trabajos esclavos, que oyen hablar de Dios solo lo que se les dice en Misa, y ni lo entienden a veces, porque es real que en ocasiones tampoco hay capacidad intelectual. Pero se santifican y mucho con su esfuerzo diario, llevando una vida de virtud y con una fe férrea. Tienen fe y eso les basta.

        Y pienso ahora en San José de Cupertino, que pasó los exámenes por obra de Dios, que lo quería cura, porque no entendía nada el pobre.

        Pero también pienso, dentro de lo poco que conozco, en San Francisco de Asís. Me parece que no leyó más luego de su conversión. Solo el Evangelio. No estoy segura de esto último, pero sé que tenía rechazo a que su orden se dedicara a las letras, hasta que llegó Antonio. Y su orden empezó a formarse por orden de Francisco. San Buenaventura era franciscano, por decir uno. No sé. Pero esto daría indicios de que Dios no quiere ignorantes. Así que no estoy segura de cómo sea la cosa.

        Haciendo un paréntesis, hablemos del acceso al conocimiento. Porque hay otra realidad, al menos por donde yo vivo. No se incentiva la formación. Y tampoco se facilita su comprensión. Además, por aquí comprar un libro cuesta la comida de un día, y el sueldo alcanza para 20, los otros diez días apañamos la cosa. No hay con qué. Miles están en esa situación. ¿Informática? Aquí muchos tienen una netbook porque el gobierno tiene un plan para que se las den a los chicos en la secundaria, y una de cuarta que solo funciona con la red a dos cuadras del colegio, y si no, no te anda. Veo muchas veces a los muchachos ir a la Basílica de Lujan con estas máquinas del estado para sacar fotos a la Virgen, porque no tienen otro dispositivo con que hacerlo. Así que no te incentivan, no tienes acceso al material, y no tienes formación suficiente para comprenderlo en el caso que accedas. Porque esa es otra, no todos comprenden el nivel de lenguaje de los documentos de la Iglesia, que es académico, y ni tienen quien los oriente para leer algo mas fácil.

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  5. 17 junio 2015 23:45

    En un intento de evitar que estos diálogos se nos conviertan en duólogos, voy a dejar tus observaciones sin respuesta unos días, en espera de que se animen otros. Y nadie diga “¡es que no sé qué decir!” Todos tenéis mucho que decir. ¡Adelante con lo que sea!

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