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LA CRUZ DE CRISTO, SALVACIÓN DEL GÉNERO HUMANO

26 abril 2015

San Efrén, diácono (siglo IV después de Cristo)
Sermón sobre nuestro Señor, 3-4.9

En los sotanillos de Perlas para mis amigos-74: el discursito, tenemos entablada una tertulia, en torno a unos buenos cacillos de mate (Amalia lo toma de leche), por ser argentina la invitada principal. Cuando vi la calidad que iba cogiendo la cosa, empecé a titular todas las intervenciones “En Ilustrísima Academia”. La argentina fue bautizada “Letradísima”… y un servidor, “Majagranzas”: a tu casa vendrán que de ella te echarán… Ahora hay 36 apostillas y una en curso.- Y bien, publico este sermón de San Efrén porque es rico y enjudioso y porque en él se toca algún o alguno de los asuntos de la Ilustrísima Academia.

Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

La muerte le mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte. La muerte, en efecto, destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el infierno hubiera podido tragarle si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.

Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.

Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida. En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.

¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida!

¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!

Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.

Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos.

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16 comentarios leave one →
  1. 27 abril 2015 0:31

    Jefe Majagranzas, te he dejado una sorpresita por allí, en los sotanillos.

    Menos mal que existe la rae.es. Conculcado… ¡Vas a sacarme buena!

    “Ni el infierno hubiera podido tragarle si Él no hubiera estado revestido de carne”: no entiendo a qué descendió a los infiernos.

    Letradísima

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    • 2 mayo 2015 22:07

      Se trata del “sheol”, que a menudo se traduce por “infiernos”, pero no es el infierno como lo concebimos nosotros. En una primera larguísima etapa, la religión de Israel no creyó en una vida después de la muerte. En cierto momento, se abre paso la idea de un lugar común a justos e injustos, que es lo que con probabilidad significa este “sheol”. Cuando Jesús “descendió a los infiernos” –lo decimos en el Credo-, lo que hizo fue acudir a este “lugar” a comunicar a los justos que allí se encontraban –no así a los injustos- las consecuencias de la Redención; esto es, a salvarlos.

      He hablado de lugar, y no es lugar, como no lo son el cielo, el purgatorio, el infierno; las almas, a diferencia de los cuerpos, no pueden estar en lugares. Diferente cosa será –pero no sabemos cómo- cuando, en el último Día que esperamos, Dios resucite nuestros cuerpos y los reúna con nuestras almas. ¿Y dónde están ahora los cuerpos de Jesús (ascendido) y de María (asunta), puesto que son verdaderos cuerpos y el cielo no es dimensión para cuerpos? Es un desafío que tiene la ciencia teológica.

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      • 3 mayo 2015 6:58

        Pero ¿ya está abierto este debate? Digo, sobre los cuerpos de Jesús y de María, porque es verdad, no lo habia pensado.

        Volviendo a San Efrén, he visto que se conmemora el día de Santa Eva, y es esta Eva, madre de los vivientes. Si caímos todos en desgracia por su desatino, ¿por qué la elevaron a Santa? No es que critique, ni la tenga por mala persona, lo mismo que Adán; creo que habrán sido ambos de lo más inocentes, en comparación de lo que somos sus descendientes. Pero no entiendo la justificación teológica.

        O sea, como dice San Efrén: “se convirtió en fuente de muerte”.

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      • 4 mayo 2015 0:11

        El Catecismo dice que los patriarcas del Antiguo Testamento son venerados como santos. No me preguntes por qué. Por un lado, es evidente que Eva pudo arrepentirse, y por otro, es más evidente que no consta. Y así podríamos decir de otros. Hasta determinado momento, los santos no se proclamaban oficialmente “desde arriba”, sino que se comenzaba en algún sitio a dar culto a tal santo por la razón que fuera, eso se extendía, y Gumersindo Cifuentes era ya San Gumersindo Cifuentes.

        Así funcionaba, o parecido. Y entonces, funcionaba mucho más esa cosa preciosa que tenemos en la Iglesia que se llama el “sensus fidelium”, el sentir común de los fieles, que hace doctrina porque es el Espíritu Santo.

        Hay en mi facultad un profesor –y más- que es una eminencia; ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional, de la Santa Sede, aunque sus documentos no son magisteriales. Pues bien, este señor nos explicó la escatología. Y en un determinado momento, yo mismo, mismamente, le pregunté:

        – Pero, entonces, los cuerpos de Jesús y de María ¿dónde están?

        A lo cual la eminencia respondió, con un temblor de hoja en otoño:

        – En… algún sitio estarán…

        Y lo dejó así. Supongo que ya se fue por los cerros de Úbeda.

        Benedicto XVI levanta acta de que este problema es un verdadero desafío que no se resuelve fácilmente.

        San Marcos nos dice: “El Señor Jesús, después de hablarles, se elevó al Cielo y está sentado a la derecha de Dios” (16,19). No esperemos que emplee lenguaje teológico, porque sería absurdo, ni que sepa teología, porque no es lo mismo. Pero para mí queda claro que el cuerpo también está a esa “derecha”, y queda casi del todo confirmado cuando, en una Biblia, leo en nota que “la afirmación de que ‘está sentado a la derecha de Dios’ significa que Jesucristo, también en su Humanidad, ha tomado eterna posesión de la gloria y que, siendo igual al Padre en cuanto Dios, ocupa junto a Él el puesto de honor sobre todas las criaturas en cuanto hombre” (Biblia de la Universidad de Navarra, n. a Mc 16,19).

        Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, en “Jesús de Nazaret-II”, se pregunta la razón por la que los apóstoles, tras la ascensión, “se marcharon llenos de alegría” (no encuentro el pasaje). Y a partir de ahí desliza una visión sobrecogedoramente bella, de la cual aquí solo diré lo que hace al caso.

        Dice, pues, el amado que la vida de Jesús, desde la Resurrección, no es como la nuestra. Es una vida “desde” Dios, y no en sentido moral. Recibe la vida de Dios a cada instante, diríamos. Hablo de Jesús como Hombre, porque como Dios, ya lo sabíamos. Y es un hecho que nosotros no podemos entender, porque hasta Él no ha ocurrido. Y esta es la razón por la que, a partir de la Resurrección, hay en los evangelistas tantas contradicciones; antes de ese momento, siempre o casi siempre las contradicciones pueden explicarse; desde la Resurrección, es totalmente imposible. Y es que tratan de dar cuenta de algo que se les escapa a todos, hacen lo que pueden, y no hay manera: porque es otra dimensión, otro piso del ser, y no dan para tanto.

        Me doy cuenta de que estoy mezclando cosas de R.-Benedicto con muchas otras. Aviso y sigo haciéndolo. Esta vida desde Dios, a la derecha del Padre, si hablamos de Dios, no se da, de ninguna manera, en un lugar, dice el Papa hoy emérito. Porque Dios no puede circunscribirse a un lugar. Ni siquiera en un lugar solo para Él, “detrás”, diríamos, de todos los otros lugares. “Dios es espíritu” (Jn 4,24), y no está en un lugar, porque es la condición de posibilidad de la existencia de todos los lugares.

        Ahí (mejor, “ahí”) hemos de decir que está Cristo, el Hombre-Cristo, el Cuerpo ya inmortal del Hombre-Cristo: a la derecha del Padre, reinando con el Padre, viviendo con el Padre y, mejor, “desde” el Padre. Si Este nunca dejó de ser la Fuente del Ser, de la Naturaleza del Dios Hijo, ahora también el Hijo del Hombre, el Hombre Cristo, vive “desde” el Padre, pone los pies en el Padre, allende todos los lugares, que no en un lugar ni distinto ni supremo.

        Y en el Cristo que pone los pies en el Padre pondremos nosotros los pies, si resucitamos para la vida eterna, a partir del Día que soñamos. Es decir, gracias a Él y con Él, pondremos los pies en el Padre, “para que tengáis, dijo Jesús, la alegría que yo tengo”.

        Pero ¿de veras hay muchos que lo sueñan?

        Ahora, ya, ¿qué decir del cuerpo asunto de María? “De pie, a tu derecha, está la reina” (Sl 44,10). La Reina junto al Rey. Pero el salmo no sirve, porque habla de cosas totalmente distintas. Hay que acudir a la teología. Y a mí la Iglesia me dice que he de mirar a María como “signo de esperanza cierta y de consuelo” (Vaticano II, “Lumen gentium”, 68), porque, en su Asunción, ya se ha realizado todo el destino que en nosotros debe realizarse. Y entonces, tiene que haber puesto, gracias a Jesús, los pies en el Padre.

        Y no concibo una reina que no esté junto al rey, y mucho menos un Jesús que no la quiera consigo para honrarla durante la más perfecta eternidad.

        Pero ¿de veras hay muchos que lo sueñan?

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      • 4 mayo 2015 5:06

        No ha cambiado mucho:

        “Y esta es la razón por la que, a partir de la Resurrección, hay en los evangelistas tantas contradicciones; antes de ese momento, siempre o casi siempre las contradicciones pueden explicarse; desde la Resurrección, es totalmente imposible”.

        Hasta hoy es así. En cuántas cosas caminamos entre la niebla.

        Te reirás de lo que se me ocurrió ahora. Que el cuerpo de Jesús no puede estar en el cielo, porque se quedó en el pan consagrado. Pero ¿y la Señora? Se me cayó la teoría al instante. Además, la Eucaristía no está a la derecha, es el Centro.

        Me acuerdo de un programa de apologética que vi una vez, que hablaba de María Reina, y hacía una analogía con aquel pasaje de 1 de Reyes donde Salomón sienta a la Reina Madre a su derecha (1 Re 2,19-20).

        “Betsabé fue a presentarse al rey Salomón para hablarle de Adonías. El rey se levantó, fue a su encuentro y le hizo una inclinación. Luego se sentó en su trono, mandó poner un trono para la madre del rey, y ella se sentó a su derecha.

        “Entonces ella dijo: «Tengo que hacerte un pequeño pedido; no me lo niegues». El rey respondió: «Pide, madre mía, porque no te lo voy a negar.»”

        El experto hablaba de la terminología en hebreo que se empleaba en el texto original, que parece que tenía alguna significación especial; ahora no recuerdo, pero si te interesa, te lo busco. Incluso dice que cuando el Ángel se aparece a María para la Anunciación, le dice Salve como tratamiento real, aludiendo a esta otra madre, que habia quedado sentada como imagen prefigurativa, que por eso dice que María se pregunta “que podría significar aquel saludo”.

        ¿De veras hay muchos que lo sueñan? Uff… Duele el corazón de pensarlo…
        ————————
        HE CONTESTADO A ESTA APOSTILLA UN POCO MÁS ABAJO, EL 6-V-2015, EN DOS VECES. Miguel

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  2. Carmen Parals permalink
    27 abril 2015 8:36

    ¡Buen dia de la Virgen de Montserrat! Si me permite, le comento que nací el día de San Efrén. Le cuento esto simplemente por traer usted al santo. Gracias, sacerdote Miguel.

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  3. Carmen Parals permalink
    28 abril 2015 13:43

    Sacerdote Miguel: Como usted bien sabe, hoy es San Luis María de Montfort. Hoy creo me ha ayudado en algo familiar difícil. ¿Es posible? Gracias. Carmen.

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    • 2 mayo 2015 1:36

      Es imposible que sea imposible.

      Y, bajando del terreno de las posibilidades, si usted le ha pedido el favor, es muy probablemente atribuible a él. Si yo pido a mi hermano que traiga dos botellas de orujo, y cuando vuelvo, en mi habitación hay dos botellas de orujo, yo no he visto quién las ha dejado, pero ¿puedo negar que ha sido mi hermano?

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  4. 6 mayo 2015 21:46

    RESPONDO A LA APOSTILLA DE ELISA DEL 4 DE MAYO

    Sobre tus nieblas, el santo laico –así ha sido llamado- Antonio Machado ya dijo:

    “Es una tarde cenicienta y mustia,
    destartalada, como el alma mía;
    y es esta vieja angustia
    que habita mi usual hipocondría.

    La causa de esta angustia no consigo
    ni vagamente comprender siquiera;
    pero recuerdo y, recordando, digo:
    —Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
    *
    Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
    tú eres nostalgia de la vida buena
    y soledad de corazón sombrío,
    de barco sin naufragio y sin estrella.

    Como perro olvidado que no tiene
    huella ni olfato y yerra
    por los caminos, sin camino, como
    el niño que en la noche de una fiesta

    se pierde entre el gentío
    y el aire polvoriento y las candelas
    chispeantes, atónito, y asombra
    su corazón de música y de pena,

    así voy yo, borracho melancólico,
    guitarrista lunático, poeta,
    y pobre hombre en sueños,
    siempre buscando a Dios entre la niebla”.

    Y fe es cosa muy distinta de evidencia. Se nos pide fe. Pero nosotros, obstinados, perseguimos el modo de extraer a Dios de una probeta. “Bienaventurados los que sin ver han creído” (Jn 20,29); y esos somos nosotros. Destierra la ecuación y cuélgate –ya lo haces- en la sabiduría del Padre, y lo creerás todo sin necesidad de que se te demuestre cosa por cosa, verdad por verdad, sin poder jamás acabar.

    Decía Chesterton (si no me equivoco) que “fe es la capacidad de soportar las dudas”. Quien tiene fe tiene dudas. Estas difícilmente lo expulsarán de la fe si hace oración. Si no la hace…, cristiano muerto.

    De esta fe que en absoluto se nos impone como, en cambio, se impone, la evidencia; y que, sin embargo, es verdad, y es verdad incalculablemente más profunda y valiosa que la verdad que la evidencia nos sirve, de esta fe habla un pasaje de nuestro viejo amigo Joseph Ratinger, en una obra de 1968, de juventud por tanto, pero que podría ser la obra de madurez de otro: “Introducción al cristianismo”. Te pongo el fragmento en apostilla independiente.

    De todos modos, la “niebla” de la mañana de Pascua es una niebla totalmente diferente, que no se había dado antes y dudo si volverá a darse después. Es, simplemente, la extraña e impenetrable niebla de cuando lo que nunca ocurrió se pone a ocurrir, y además es absolutamente heterogéneo de todas cuantas categorías podamos tener; mejor dicho, “pudieran tener” los Apóstoles y discípulos. Otra cosa es María.

    Me sospecho que tu predicador no anduvo muy en lo cierto. Primero, por razones filológicas, y segundo, por razones históricas y evidentes.

    a) El ángel no saluda a María con Salve, que es el saludo del invasor; en cuanto a Salomón, ni siquiera pudo conocer ese saludo. Lucas (1,28) escribe jaíre, porque escribe, como los otros tres, en la lengua de cultura, que era el griego. Ese jaíre significa, literalmente, alégrate (¡y por esta palabra empezó nuestra historia!); de todos modos, es grandemente difícil que no esté calcando el saludo arameo casi seguro: shalom, “paz”.

    Más divertido es comprobar que, en 1 Re, Salomón saluda a su madre con unos gestos ceremoniosos, pero en ningún momento figura que le dirija palabras de saludo; ni unas, ni otras.

    b) La narración nos dice que Salomón hace esos gestos ceremoniosos, sienta a su madre en otro trono (a la derecha) y le promete: “Pide, madre mía, que no te lo negaré”. Pero entonces ella hace su petición, en favor de Adonías, solicitando para él a Abisag la sunamita, y ¿qué ocurre? Que el pretendido reinado le dura a Betsabé lo que se tarda en pegarle a un calvo. Porque Salomón monta en cólera, hasta el extremo de mandar matar a Adonías en el mismo párrafo.

    Es, en el fondo, lo que hacemos con la verdadera Reina los malos esclavos que tiene. Pero es también, justamente, el paradigma contrario a la reina. Salomón y yo derrocamos a nuestra Reina, y en eso sí encuentro el parecido. Lo que ocurre es que, a diferencia del caso de Salomón –del que no tenemos el dato-, en el mío, ella sabe bien bien cuánto la quiero.

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    • 6 mayo 2015 23:04

      Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo (1968), Voz de los sin Voz, Madrid 2007, 4-10:

      Quien tome la cosa en serio se dará cuenta que no solo la dificultad de la traducción, sino también de la vulnerabilidad de su propia fe que, al querer creer, puede experimentar en sí misma el poder amenazador de la incredulidad… Debe hacerse a la idea de que su situación no es tan diferente de la de los demás…

      En los creyentes existe ante todo la amenaza de la inseguridad que en el momento de la impugnación muestra de repente y de modo insospechado la fragilidad de todo el edificio… En esta situación uno ya no se plantea el problema de sobre qué hay que discutir… Todo esto aparece como secundario. En realidad se trata de un todo, o todo o nada. Esta es la única alternativa que dura. Y no se ve en ningún sitio un posible clavo al que el hombre, al caer, pueda agarrarse….

      Paul Claudel ha descrito esta situación del creyente… El náufrago es un misionero jesuita… Los piratas habían hundido la barca del misionero y lo habían atado a un madero que lo llevaba… a merced de las olas del océano. El drama comienza con el último monólogo del jesuita:

      “Señor, os agradezco que me hayáis atado así… no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy, y por más que examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a soporte alguno. Flota en el mar.”

      Clavado en la cruz, pero la cruz en el aire, sobre el abismo… No puede describirse con precisión más incisiva la situación del creyente de hoy… Y parece que llega el momento de hundirse para siempre…

      El creyente solo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la impugnación y de lo problemático; el océano de la inseguridad es el único lugar donde puede recibir su fe; pero no pensemos que el no creyente es el que, sin problema alguno, carece de fe… Al no-creyente…, incluso a aquel que se comporta como positivista puro, a aquel que ha vencido la tentación e incitación de lo sobrenatural y que ahora vive una conciencia directa, siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el positivismo siempre tiene la última palabra. Como el creyente se esfuerza siempre por no tragar el agua salada de la duda…, el no creyente duda siempre de su incredulidad… En una palabra: nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la incredulidad que no puede negar de manera definitiva que la fe sea la verdad. Solo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.

      Quizá sea oportuno traer a colación la historia judía narrada por Martín Buber.

      “Un racionalista, un hombre muy entendido, fue un día a disputar con un Zaddik con la idea de destruir sus viejas pruebas en favor de la verdad de su fe. Cuando entró en su aposento, lo vio pasear por la habitación con un libro en las manos y sumido en profunda meditación. Ni siquiera se dio cuenta de la llegada del forastero. Por fin, lo miró ligeramente y le dijo: Quizá sea verdad. El entendido intentó en vano conservar la serenidad: el Zaddik le parecía tan terrible, su frase le pareció tan tremenda, que empezaron a temblarle las piernas. El rabí Levi Jizchak se volvió hacia él, le miró fija y tranquilamente, y le dijo: Amigo mío, los grandes de la Torá, con los que has disputado, se han prodigado en palabras; tú te has echado a reír. Ni ellos ni yo podemos poner a Dios y a su reino sobre el tapete de la mesa. Pero piensa en esto: quizá sea verdad.”

      … Nadie, ni siquiera el creyente, puede servir a otro Dios y su reino en una bandeja. El que no cree puede sentirse seguro en su incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que “quizá sea verdad”. El “quizá” es siempre tentación ineludible a la que uno no puede sustraerse; al rechazarla, se da uno cuenta de que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de otro modo: tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe… La duda impide que ambos se encierren herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente que los comunica. Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente…

      “Credo”…: ¿qué actitud indica esa palabra? Además, ¿por qué nos es tan difícil meter nuestro yo personal en ese “yo creo”?…

      Entre Dios y el hombre hay un abismo infinito; porque el hombre ha sido creado de tal manera que sus ojos solo pueden ver lo que no es de Dios, y Dios es, por tanto, esencialmente invisible para los hombres, el que cae y siempre caerá fuera del campo visual humano. Dios es esencialmente invisible. Esta expresión… es ante todo una afirmación sobre el hombre: el hombre es la esencia vidente que parece reducir el espacio de su existencia al espacio de su ver y comprender. Pero en ese campo visual… Dios no aparece ni puede aparecer por mucho que se ensanche el campo visual… Dios no es el que de hecho queda fuera del campo visual humano, pero podría verse si ese campo se ensanchase. No. Dios es aquel que queda esencialmente fuera de nuestro campo visual, por mucho que se extiendan sus límites.

      Con esto se dibuja la silueta de la actitud expresada en la palabra “credo”. Significa que el hombre no ve en su ver, oír y comprender la totalidad de lo que le concierne; significa que no identifica el espacio de su mundo con lo que él puede ver y comprender, sino que busca otra forma de acceso a la realidad; a esta forma la llama fe y en ella encuentra la abertura decisiva de su concepción del mundo. Si esto es así, la palabra “credo” encierra una opción fundamental ante la realidad como tal; no significa comprender…, sino una forma primaria de proceder ante… todo lo real… Lo que no se ve… no se considera como irreal sino como lo auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante…

      A esta actitud solo se llega por lo que la Biblia llama “conversión” o “arrepentimiento”. El hombre tiende por inercia natural a lo visible… Ha de dar un cambio interior para ver cómo descuida su verdadero ser al dejarse llevar por esa inercia natural…, para darse cuenta de lo ciego que es al fiarse solamente de lo que pueden ver sus ojos. Sin este cambio…, sin oponerse a la inercia natural, no hay fe. Sí, la fe es la conversión en la que el hombre se da cuenta de que va detrás de una ilusión al entregarse a lo visible. He aquí la razón profunda por la que la fe es indemostrable: es un cambio del ser, y solo quien cambia la recibe. Y porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente nuevo; solo en una conversión prolongada a lo largo de toda nuestra vida podemos percatarnos de lo que significa la frase “yo creo”.

      … La fe siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico.

      ¿Qué, Elisa? ¿Lo pongo ahora en primer plano, como artículo? Quiero saber tu voto. Quien no tenga certezas marmóreas, sepa que eso es lo natural.

      Me gusta

    • 7 mayo 2015 4:13

      Con respecto a la niebla: ¡la palabra de Dios está viva! Tan inagotable, que una simple niebla es motivo de meditación. Últimamente me di cuenta de que pocas palabras, de la Palabra, son la Vida misma del alma.

      Me decís “y lo creerás todo sin necesidad de que se te demuestre cosa por cosa, verdad por verdad”. Qué maña tengo, ¿cuantas veces me lo dijiste ya?

      En cuanto a María Reina, pobre hombre, parecía tan convencido. Hasta que lo agarre un Don Ruiz Tintoré, no me querría perder ese debate. ¡Primera fila!

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      • 12 mayo 2015 19:19

        No tengo conciencia de habértelo dicho ninguna vez; si me he puesto pesado, me perdona.

        En cuanto a la reina, critiqué esos argumentos, pero vivo de esa verdad y tú lo sabes.

        Pero decía un mariólogo enorme de años ya pasados, Nazario Pérez, S. I.:

        “No puede agradar a la Madre de la Verdad que se le dé gloria con la mentira, y con pretexto de piedad, se desautorice a la Iglesia Católica, haciéndola objeto de las burlas de los herejes”.

        Y todo un San Buenaventura: “No hay necesidad de excogitar nuevos honores en honor de esta Virgen, porque no necesita nuestra mentira la que solamente de verdad está llena”.

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      • 13 mayo 2015 4:48

        No, no me lo habías dicho así, pero si de otras formas, pero seguí insistiendo. Algún día entrará.

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  5. 7 mayo 2015 4:12

    Bueno, bueno, le has puesto a la burra la zanahoria delante. Se me va de las manos, creo. Por lo filosófico, pero coraje no falta. Y, como verás…, dudo. Pero tengo fe, y si Dios me ayuda, alguna cosa diré que sea acertada. Así que al primer plano, y que Dios y Ratzinger me perdonen por estropear su bella escritura.

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    • 16 mayo 2015 10:25

      A mí me da la impresión, casi la seguridad, de que tú no tienes dudas, sino tentaciones de dudas. Lo mismo que cuando se acerca una persona contando algún pecado de impureza, y uno ve en seguida que no es pecado, sino tentación -me refiero sobre todo a los casos en que no hubo consentimiento-. Y en tales casos, les digo que el que tiene que venir a confesarse es el demonio. Iba a ser divertido.

      Continúo por c. e.

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AUTOCONOCIMIENTO INTEGRAL

↝CUERPO, MENTE Y ESPÍRITU↜

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Soy lo que pienso, lo que siento, lo que imagino...

Página de Miguel Vega Manrique

"Acaso algún día logre capturar un instante en toda su violencia y toda su belleza". Francis Bacon.

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