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«¡LA GUERRA ATÓMICA Y SATÁNICA CONTRA DIOS ES DESPRECIAR EL SAGRARIO!»

10 marzo 2015

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José Ricart Torrens, sacerdote

Este cura de Burgos es barcelonés: ya se ve: los de Burgos, como los de Bilbao, nacemos donde nos da la gana. Por eso y los recuerdos, está casi seguro de que Mossèn José Ricart era amigo de su padre. Hoy traigo a escena un artículo de «Cristiandad» de agosto-septiembre de 1965*. Lo he extractado un poco. Triunfaría en un certamen en el que se pidiese la expresión del dolor de quien ha conocido las fórmulas de culto a la Eucaristía auténticas, robustas, de adoración verdadera y sentido de lo que la Eucaristía es, y pocos años después no ve ni custodia, ni patena de los fieles, ni palia, ni reclinatorio… Tampoco se es ya capaz de entender por qué arrodillarse en la Consagración. Lo que es peor: comulgan en pecado grave. Hasta la lágrima. ¿Y vencerá Satanás? ¡Mi Rey ya lo dijo por adelantado!: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). No le hace falta vencer: su victoria, que es la mía, es un dato del pasado y está en las historias.


[F] De rodillas. Aún no hemos muerto.

Desde niños, madres santas y sacerdotes celosos nos lo habían enseñado. Allí, allí, en el Sagrario, está el Señor. Allí, allí vive, ama y reina el mismo Dios Y desde entonces habíamos aprendido a rezar y adorar al Santísimo Sacramento del Altar, que por siempre -¡por siempre!- sea alabado.

Y teníamos horror al templo profanado, a la tea incendiaria, a la blasfemia antieucarística, a la irreverencia consciente, a la tristeza inmensa de los Sagrarios abandonados.

[F] De rodillas. Aún no hemos muerto.

Tenía que llegar la hora de las angustias extremas, la de las grandes mentiras con guantes de teologías de engaños, la de las zalemas de coexistencia irónicas. ¡La hora taimada en que el orgullo naturalista se rebela contra los derechos divinos!

Yo veo, con llanto y pasmo, Señor, Sagrarios sobre columnas escuetas, laterales, despojadas; Sagrarios sobre endebles y raquíticas tablas; Sagrarios sobre las mesitas elementales de las vinajeras; Sagrarios insignificantes, desapercibidos, ignoraos…

¿Es que estorba el Sacramento? ¿Es que ya no vivimos el dogma de la Presencia Real? ¡Oh, no…! Es que los hombres de hoy necesitamos a Pedro Eymard… 

que nos repita: «¡Un Tabernáculo y basta!»; Francisco de Regis, visitando al Señor, calado de frío y nieve; Javier  con sus noches ante el Sagrario; Juan de la Cruz descansando ante el Señor Sacramentado; Margarita María de Alacoque, con sus catorce horas ante el Santísimo en un Jueves Santo; el obispo Manuel González con sus libros y su divina chifladura por los Sagrarios-Calvarios. ¡Y el divino y altísimo amor de doña Teresa Enríquez, «la Loca del Sacramento», la más emocionante epifanía que jamás el corazón humano ha pulsado en honor de la Eucaristía! A ella se debe la fundación de las Hermandades Sacramentales, únicas imperadas por el Código en las parroquias para dar honor al Santísimo y acompañarlo en procesión solemne cuando se dirige a los enfermos (C. 711)[1].

Que retornen los verdaderos teólogos de la Eucaristía y que callen ciertos murmullos espantosos que intentan poner celajes a la realidad divina del Santísimo Sacramento. Te necesitamos, Tomás de Aquino, con Salmerón, Laínez Melchor Cano, con vuestras altísimas sublimidades intelectuales unto con el celeste candor de Pascual Bailón, el formidable lego que adora la Hostia Santa incluso después de muerto.

Que nos apremie Lorenzo de Brindis caminando largos caminos para celebrar Misa. Y las íntimas acciones de gracias eucarísticas de Ignacio de Loyola, de Luis Gonzaga, de Balmes. Necesitamos otra vez los ejemplos luminosos de las visitas al Santísimo de José de Calasanz, de Benito José de Labre… Y las profundas sutilezas de Vázquez de Mella y las estrofas sublimes y definitivas de Verdaguer. ¡Y de otro Antonio de Padua que haga arrodillar hasta los animales ante el Santísimo!

Señor Sacramentado: Yo comprendo a Teresa de Jesús comulgando postrada a la hora de su Viático y a San José de Calasanz, así como al glorioso Rey San Fernando, arrojándose del lecho al duro suelo a la llegada de Vuestra Majestad, como nos lo presenta el cuadro de Virgilio Mattoni. Y hombres del mundo de hoy como nuestro Jacinto Benavente, que comulga de rodillas en el suelo para morir. Lo que me confunde, Señor, es el insólito desenfreno del comulgar de pie, contra toda Tradición, norma y sentimiento, en la tierra de los corporales de Daroca, del Sant Dubte  de Gerona, de las Hostias incorruptas de Alcalá, del Escorial y la Hostia Santa del Cebrero; de los autos sacramentales, del ¡Santo Grial!

Lo que me desorienta y apabulla, Señor, es este afán insano e hirviente, esquivo y mezquino que intenta paralizar y deja mustia la reverencia al Sacramento […].

¡Patria de las custodias turriformes de las catedrales de Toledo y Sevilla, de nuestro inmortal Arfe! ¡Custodias de Santo Domingo de Silos y de Zamora, de Ávila y la de la catedral de Barcelona sobre el trono de nuestro rey Martín el Humano! [2] La nobleza de n[F] De rodillas. Aún no hemos muerto.uestros metales preciosos ¿no se estremece de ira ante la ruindad de los que quisieran calcinar la fe explosiva y vital, trocada en amor y arte, genuflexión y flor, júbilo y multitud de nuestras procesiones del Corpus?

Solo tú, María, Madre de la Iglesia, puedes darnos otra vez el gusto divino de la Eucaristía. Tú, la Madre aparecida en Lourdes y Fátima, la de los milagros portentosos en las procesiones eucarísticas de tus Santuarios. Tú, la Reparadora, la Reina de la Misa y del Sagrario. Porque Tú eres Madre. Y lo que nos enseñaron nuestras madres terrenas de pequeñitos ya no tiene bastante fuerza ante la espesa metralla de tantos sofismas combinados.  Y solo Tú puedes devolver a nuestra cabeza y corazón el sabor de la Eucaristía. ¡Que no puede haber Iglesia ni comunidad sin el Sagrario con todo el honor, culto y adoración! Y que del Sagrario y de tu Corazón Inmaculado han de brotar las gracias de santificación y de conversión y caridad con los hermanos separados,

Solo Tú, María, la gran Adoradora.

Solo Tú, nadie más que Tú […].

Madre: que lo entendamos.

Madre: Danos Sagrarios con muchos adoradores, con mucha piedad, con muchas Horas Santas, con Cuarenta Horas rebosantes de amor, con muchas velas, con frescos ramos de flores.

Madre: Aunque sea con milagros, que comprendamos de alguna manera que desterrar, quitar el sitio o no darle el culto y la veneración que merece Jesús en la Eucaristía es dar un golpe de muerte a la Fe, al Amor, a la Paz, a la Justicia, a la Hermandad.

Y en esta asignatura del sagrario, Tú sola, Madre, puedes revivir entre tus hijos hoguera de amor eucarístico. Porque esto es lo único necesario y lo demás se da por añadidura. ¡Porque el pecado horrendo es no amar al Amor! ¡La guerra atómica y satánica contra Dios es despreciar al Sagrario!


* Lo copio de Alejandro Jiménez Alonso, De rodillas, Mensajeros de la Vida, Santander 2006 (6.ª ed.), 87-93.

[1] Se refiere, sin duda, al Código de Derecho Canónico de 1917, ya que en el actual (vigente desde 1983) no figura esta prescripción.

[2] ¿Y el conflicto entre emplear los recursos para el culto y usarlos para la caridad? Claro que hay que seguir un equilibrio, pero equilibrio no es igualdad. No hay una norma concreta, y sí muchos criterios inspiradores. Por ejemplo, yo leo que San Juan Pablo II, en su última encíclica, fija la mirada en el elogio que Jesús dirige a aquella mujer que le había ungido los pies frente a la queja de Judas (cfr. Mt 26,8; Mc 14,4; Jn 12,4); también en cómo envió a los discípulos a que preparasen muy bien la sala para celebrar la Pascua. Y nos dice: / «Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de «derrochar», dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la «sala grande», la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. […] Nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles. Aunque la lógica del «convite» inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de trivializar esta «cordialidad» con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el «banquete» sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el Gólgota. El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete sagrado, en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios: O Sacrum convivium, in quo Christus sumitur! (“¡Oh sagrado banquete, en el que es Cristo el mnjar!” [comienzo de un himno litúrgico]). El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es panis angelorum, pan de los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8,8; Lc 7,6)». / Por lo que se refiere a la caridad, no olvida citarnos un contundente pasaje de San Juan Crisóstomo: / «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre y no me disteis de comer” [Mt 25,42], y más adelante: “Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” [Mt 25,45] […]. ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo» (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 50, 3-4: Migne, Patrologia Graeca 58, 508-509). En fin, una vez leí una frase que sonaba más o menos así: «Quien contrapone la atención a los pobres y el esplendor de la liturgia pretende romper en dos a Cristo».

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2 comentarios leave one →
  1. 11 marzo 2015 10:14

    Totalmente de acuerdo. No entiendo cómo se va perdiendo la necesidad de adorar a Cristo Sacramentado y lo tratamos como a un colegui de todos los días, y nos humillamos ante los politicos, dándoles la mano con deferencia, e incluso a los que creemos como principales, y ante Dios, somos como somos.

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  2. Julián Enrique Bentancourt Escobar permalink
    11 marzo 2015 20:55

    Este artículo, vale la pena tenerlo en cuenta, y sobre todo, volver al antiguo método de recibir de rodillas la sagrada Comunión y en la boca, todo porque al Señor debemos reconocerlo como soberano del Universo, porque Él es nuestro salvador y redentor. Queremos que el Señor siga siendo el centro de Nuestra vida. y para Él la Gloria, el honor y la ofrenda de cada uno de nosotros hasta que Él nos llame a reunirnos definitivamente en la gloria celestial.

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