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Cuando la muerte sea vencida… (recitado) (Perlas para mis amigos-72)

8 febrero 2015

 


Orden del día:

El n.º 72 de Perlas para mis amigos comprende:

– El discursito

– Era oro, y pensaban que era caca

 La pureza es en ti, Virgen del Gave (recitado)

– Cuando la muerte sea vencida (recitado)


 



«Cuando la muerte sea vencida», cuando Dios  enjugue todas las lágrimas de nuestros ojos (cfr. Ap 21,4), cantarán nuestros huesos como flautas, resucitados a la fiesta eterna, en el último día, en el Día, cuando Cristo vendrá sonriente y potente a proclamar la sentencia de perdón que, sabiendo que tendría que ser Juez en ese Día, dictó en la Cruz hace unos dos mil años. El único problema pueden ser los que no se dejen querer. Resurrección, como tenerla en la mano. Esto también es de la Liturgia de las Horas:

https://www.dropbox.com/s/b0r1bay9f1br6ij/Cuando%20la%20muerte%20sea%20vencida%20%2872%29.wma?dl=1



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54 comentarios leave one →
  1. 9 febrero 2015 2:38

    No entiendo bien. Al final de nuestra vida, tenemos el juicio particular, al menos eso tengo entendido. Que es donde el Señor nos dice: “Vos para el cielo, vos para ‘allá'” (que ni me atrevo a nombrarlo del miedo que le tengo), vos siete siglos de purgatorio (que bueno que confió en la Misericordia…). Si esto es así, el Día del Señor ¿es donde se van revelar nuestras vidas frente a todos? Eso leí. ¿Para un segundo juicio? ¿Cómo es?

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    • 10 febrero 2015 18:24

      Vamos por partes, como dijo Jack el Destripador. Alguno se asustará de lo que voy a decir, pero que lo diga, y yo le indico el documento de la Iglesia (sobre todo, Benedicto XVI) donde me apoyo para cada caso.

      1. El juicio (particular y final) no debería llamarse juicio. Jesús, que sabía que le tocaría ser Juez, adelantó el trabajo preparándonos en la Cruz una sentencia en la que a todo e mundo se absolvía. La firmó con tinta roja, “Dio muerte en su carne al pecado” y “apartó de nosotros nuestros pecados como distan el oriente y el occidente”. Todos estamos absueltos de partida desde que, en el Bautismo, esa salvación nos alcanza, y a todos “nos ha sentado a su lado en el cielo ” (ya). Ocurre que eso esto es un don, y si el donatario lo rechaza, al donador no le queda nada que hacer.

      Y así, nadie se salva por sí mismo, sino por la fe, que es adhesión a Jesús Salvador y Crucificado; ahora bien, si es fe, es fe con obras, y si no, fe sin fe. Y explico todo esto, sobre todo, porque has dicho -perdona, oh Elisa- una salvajada atroz cuando has presentado a Dios mandando a gente al infierno. Al infierno, sí va uno, va por sí mismo; quien vaya, va por su propio pie, y mientras, Dios llora sin poder evitarlo. Muy probablemente, el juicio particular es encontrarse frente a frente con la visión total de todo el amor de Dios; y si hay alguien que es, ¡todavía!, capaz de rechazarlo, ese dice: “Me voy al infierno”, y se va.

      Y el hecho de que uno acepte o no el amor en el juicio nos hace engranar con la necesidad, que siempre nos han inculcado, de hacer el bien, el cual no es -a partir de hoy y porque yo lo digo- indiferente. Hacer el bien o el mal es ese adherirse o rechazar a Jesucristo, esa falta de fe, o fe con obras, o fe sin obras que es fe sin fe, y eso nos hace salvarnos o perdernos por rechazar a Jesucristo y con mucha felicidad o mucha amargura de Jesucristo (hablamos, por decirlo así, metafóricamente: Cristo, en verdad, no volverá a derramar una lágrima).

      Siempre nos dijeron que nos portáramos bien, porque adhiriéndonos a Jesucristo preparamos la comparecencia ante el Amor. Y dice Santo Tomás que las almas van al cielo o al infierno “por su propio peso”: imagen que me parece genial, porque deja ver cómo “aquello” es la prolongación de “esto”, y que a nadie su cielo o su infierno debería serle una sorpresa. “Qualis vita, finis ita”, o, dicho en castellano de Castilla, “morirás como hayas vivido…, ¡pucha digo!” A cada uno lo juzgan las obras que traiga en su morral. Yo soy mi juez.

      2. No entiendo lo que dices del purgtorio. Nadie entienda el purgatorio como castigo. Al purgatorio “van” los que mueren con pecados veniales y ninguno mortal. En buena lógica, les correspondería el infierno; pero la misericordia de Dios inventó una “repesca”, de modo que, durante un tiempo, están purificándose entre sufrimientos atroces, y por eso acaban “entrando en” el cielo: porque ya están suficientemente limpios para la Sala del Rey.

      Y cuando Dios nos manda sufrimientos en vida: enfermedades, pobreza, soledad, paro y un etcétera como el mar, podemos estar bien contentos: porque, sea lo que sea, si lo recibimos con buena disposición, nos purga en vida y nos recorta tiempo de purgatorio, donde sufrir es un verbo mucho más escalofriantemente serio.

      3. El Juicio Final tendrá lugar en el último día de la historia, cuando venga de nuevo el Señor, esta vez en gloria, resuciten los cuerpos de los bienaventurados y los de los condenados, tenga lugar ese segundo Juicio y las personas pasen todas a disfrutar de la misma bienaventuranza o padecer esa misma condenación que estaban padeciendo. ¿Para qué la resurrección? Para que el hombre, que se santificó o pecó con el cuerpo, de la misma manera goce o pene.

      Y yo no entiendo por qué siempre hablamos tanto del cielo, cuando el estado que verdaderamente anhelamos es el de resucitados en el cielo, porque el organismo corporal, unido al alma, se incorporará a la bienaventuranza, que adquirirá -por supueto- mucha mayor plenitud.

      ¿Y qué hay del Juicio Final? Ese Día, como tú muy bien dices, se cumplirá un segundo Juicio, que en todos los casos confirmará el cielo o el infierno que cada quisqui tenía. Y me parece muy posible que este sea el verdadero horizonte de las palabras de Jesús: “Nada hay oculto que no llegue a saberse” (Mt 10,26). De forma no imaginable hoy por hoy, en el Juicio todos conoceremos todos los pensamientos, palabras, acciones de todas las personas en toda su vida.

      4. Un personaje del teatro español, pecador reprendido frecuentemente, contesta siempre: “¡Cuán largo me lo fiáis!” Es, este señor, de los que dejan la conversión para la última hora; los que esperan entregarle a Dios el limón bien exprimido, cuando no queda ya nada, porque la pulpa la quieren para ellos. No recuerdo el final de la comedia; pero ¿y si viene la muerte de repente? “Qualis vita, finis ita!” Por otra parte, me parece que, con pocas excepciones, los que no han servido a Dios nuestro Señor en vida, no se convierten en el lecho de muerte, ni piden los sacramentos, ni nada. “Mueren como han vivido”; el alma va para arriba o para abajo “por su propio peso”, y, si su alma se encontraba demasiado grasienta, entonces…, entonces, ¡pucha digo!

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      • 12 febrero 2015 9:53

        A mí me explicaron que al purgatorio vamos por propia voluntad, porque queremos prepararnos para el encuentro con Dios, nos vemos sucios y no podemos presentarnos así ante Él, queremos estar bien limpios y arreglados y el sufrimiento es que deseamos ya estar con Él y todavía no podemos. ¿Es algo así?

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      • 28 febrero 2015 1:26

        Tres cosas:

        -¡Qué espanto me da saber que todos verán lo que soy algun día! Ya que algun dia lo van a saber, sepan desde ahora que me horroriza.

        -Si no entendí mal, lo que por ahora podremos gozar en el cielo en espíritu, desde aquel último día, ¿lo gozaremos en cuerpo y alma?

        -Me pregunto cómo puede ser que alguien esté frente a Dios y lo rechace.

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  2. 12 febrero 2015 17:53

    Buenas. Vengo del Catecismo.

    Como el purgatorio es estado de tormento, creo que lo que tú dices es fruto de la buena intención de alguien que necesitaba, a todo trance, exculpar a Dios de semejante delito.

    El Catecismo lo explica muchísimo mejor. “Qualis vita, finis ita”, decíamos. Leo: “Estas dos (la eterna en el infierno y la temporal en el purgatorio) no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado” (n.º 1472).

    “Algo que brota de la naturaleza misma del pecado”… Es lo que decíamos de Santo Tomás: las almas van al cielo o al infierno (o al cielo por el camino del purgatorio) “por su propio peso”. Si fuera únicamente la aceptación del amor de Dios en el juicio particular (decíamos ayer) lo que diera bilete para el cielo, y su rechazo lo que abriera puerta para el infierno, nuestros actos en vida no tendrían transcendencia ultraterrena, y seríamos probablemente la primera religión sin moral de la historia. Pero resulta ser que “qualis vita, finis ita”; que son los actos morales los que van preparando una aceptación o un rechazo del divino amor que ya no dependerá de nuestra decisión en aquel momento, salvo que nos convirtamos antes de morir. Un cuerpo gordo es feo. Un alma gorda es incandescentemente peligrosa.

    Y es bien sabido que la conversión en el momento de la muerte es un hecho real, por la misericordia de Dios, pero extraordinariamente rara.
    ———————————————–

    Y ya que estamos en estas, lanzo una pregunta al vuelo, y quien la responda tiene premio:
    ¿LAS ALMAS DE QUIENES MUEREN EN GRACIA DE DIOS MERECEN EL CIELO?

    Ahí queda eso.

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    • 12 febrero 2015 18:35

      A ver si me lío. Pero ¿no son los que mueren en gracia de Dios y tienen alguna cosilla que limpiar los que pasan por el purgatorio? Te respondo con otra pregunta porque tenía entendido eso, pero ya no sé si me habré liado del todo, o es otra cosa lo que preguntas.

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      • 13 febrero 2015 12:40

        Pregunto otra cosa, oh Cebecehache. Ahí -en mi pregunta- no dice “purgatorio”, sino “cielo”.

        Pero es mi obligación aprovechar para corregirte un grave desliz en el que has incurrido. Un pecado nunca será “alguna cosilla”, ni que sea uno solo y el más pequeño del inmenso catálogo. Y precisamente por ser así, Dios tuvo que inventar el purgatorio para los que morían con pecados leves, normalmente muchos. Es, en cierto modo, lo que llamaba José Luis Martín Descalzo “entrar en el cielo por la manga ancha de Dios”.

        Un pecado es un cataclismo ingente, pavoroso; un pecado es una subversión radical y perversa del orden de la naturaleza. Un pecado es trepar al cielo, romper a Dios la cabeza empleando su cetro y su corona, para orinarle en la cara cuando lo tenemos en el suelo. He aquí lo que dice el B. Card. Newman:

        “La Iglesia Católica sostiene que si el sol y la luna se desplomaran, y la tierra se hundiera y los millones que la pueblan murieran de inanición en extrema agonía, […] todo ello sería menor mal que no que una sola alma, no digamos se perdiera, sino que cometiera un solo pecado venial, dijera deliberadamente una mentira o robara, sin excusa, un penique”.

        Y yo estoy convencido de que si se cometiera, en la historia del hombre, un solo pecado, y este fuese el más leve del catálogo, Jesús daría su sangre en la Cruz lo mismo que por la mole ingente de todas nuestras salvajadas.

        Por último: si eso es el pecado, imagínate el aroma embriagador de la virtud, de la caridad…

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    • 13 febrero 2015 14:21

      ¡Uf! ¡Qué gráfico! Entendido.
      Si lo que preguntas es por lo de merecer, pues no sé yo, creo que el cielo nos lo da Dios porque nos ama, que es un regalo de Dios, no porque nos lo merezcamos. Pero tú eres el experto, y tampoco sé si te habré vuelto a entender mal, y a lo mejor alguna animalada he vuelto a decir.

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      • 13 febrero 2015 15:45

        (Yo, en cielo, muy experto no soy… todavía por lo menos.)

        Pero, entonces, Cebecehache amigo/a/e/i/o/u, ¿no nos han dicho siempre que cuidadito con pegarle al abuelo, que nos arderán los pieses en el infierno? En otras palabras: ¿da igual la moral a la hora de la muerte? ¿Nos cargamos todo lo que hemos dicho estos días? ¿No existe una relación entre el destino ultraterreno de cada uno y su vida moral? ¿Cuál es, entonces, el criterio?: ¿según una rifa angélica al pito-pito, colo-rito, dón-de vas tú tan bo-nito?

        Crucen apuestas, señores,… El juego continúa…

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    • 13 febrero 2015 16:50

      Según te he leído por algún sitio, nuestro estado natural es no pecar, entonces lo natural es ir al cielo, pero cuando pecamos es cuando nos hacemos merecedores del infierno. Digo yo… que voy a tener que mirar el catecismo también.

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      • 13 febrero 2015 17:09

        Sí, podría ser un buen resumen: lo normal es no pecar, los normales son Jesús y María, y todos los demás somos los bichos raros: las excepciones. Por más que la gente intente excusar acciones diciendo: “Bueno, al fin y al cabo, es humano…”, pecar es, exactamente, lo más antihumano que hay. Seguramente, lo único antihumano. La Iglesia se ha cuidado mucho, porque era muy importante, de remarcar que Jesús fue hombre en todo “menos en el pecado”, pero, haciendo abstracción de la historia, podríamos decir que no hace falta la especificación final.

        Y añadamos, de todos modos, que aunque digamos, con gigangesca paradoja, que los raros son los que pecan, también hay que decir que pecamos todos menos Dos. Solo hace falta salir a nuestra alma.

        (Otra posible excepción sería S. José, según leí un día en algún sitio: inmaculado también. Pero sería pura conjetura teológica.)

        Ahora bien: digo yo: si, según tú, cuando pecamos merecemos el infierno, entonces, cuando no pecamos, merecemos el cielo, ¿no es eso?

        Por otra parte, tal como tú lo describes, el cielo es para los inmaculados: ¡dos o tres! No dan ni para un parchís como Dios manda. ¿Qué me dices de los que pecamos y nos arrepentimos?

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      • 14 febrero 2015 0:10

        Se nos perdonan los pecados en la confesión, como dejó dicho Jesús.

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  3. 14 febrero 2015 1:15

    Pero todavía no me has aclarado si el cielo es para los dos o tres inmaculados.

    Ni me has contestado a la pregunta penúltima. Te la copio: “Si, según tú, cuando pecamos merecemos el infierno, entonces, cuando no pecamos, merecemos el cielo, ¿no es eso?”

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    • 14 febrero 2015 11:15

      El cielo es un regalo de Dios para todos. Para ir al cielo, habrá que estar inmaculado, y para eso está todo lo que nos ha dado en vida, como la Confesión y los demás sacramentos, además de, una vez muertos, la repesca esa que dices del purgatorio.

      Y lo de merecer el cielo, es que no me cuadra eso de merecer: como es un regalo, lo normal es corresponder a ese regalo, y si no correspondemos, es cuando merecemos el infierno.

      Estoy deseando que lo expliques.

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      • 14 febrero 2015 16:22

        Te has ganado el bocadillo de mortadela.

        Pero hay mucho que comentar, y lo intentaré.

        Yo veo el cielo como un premio-no premio. ¿Cuál es la obligación de un chaval de dieciséis años? Estudiar. Imagina que no estudia, y su padre le promete una moto si ese curso apruba todo. Aprueba, y tiene moto, como otros bocadillo. Ese chaval ¿se ha merecido la moto? ¿Tiene en su cuenta méritos tantos como para que le den la moto? Pues no. Entre el aprobar y el tener la moto, pasa necesariamente la bondad, la promesa del padre. El chaval ha cumplido unas normas que de suyo no llevan a la moto, Y quien ha merecido en realidad es el padre, que ha merecido la moto para su hijo.

        Se juega una al parchís. Uno mete el primero las cuatro en el “cielo” -así se llama en muchos sitios, precisamente. Ha ganado; y si había apuesta, ha ganado la apuesta. Pero no. En realidad, ha seguido unas reglas y, metiendo las cuatro, ha “ganado”. Pero ya ves tú qué mérito. ¡Ningún mérito!

        A nosotros, también, Dios nos propone una ley moral y una espiritualidad. Si cumplimos -y ahí están esa Confesión, los demas sacramentos y muchas cosas más, y luego de muertos, el purgatorio. Pero el punto está aquí: DIOS HA VINCULADO EL GOCE DE ÉL, LO MÁS MARAVILLOSO, LO ETERNO, A UNA PARTIDA DE PARCHÍS, QUE SON LAS NORMAS MORALES Y ESPIRITUALES.

        Y por eso merece la pena “merecer” (al parchís) ese cielo.

        Y quien crea que se merece el cielo peca de presunción. Nadie lo merece. ¡Nadie puede merecer a Dios! Y eso es evidente si partimos del dato de que Él es… Quien es, y nosotros unos desgraciadetes de tres al cuarto. Y San Pablo dice: “¿Quién le dio primero algo, para poder recibir a cambio una recompensa?” (Rom 11,35). “Por gracia habéis sido salvados… Por gracia habéis sido salvados mediante la fe; y esto no procede de vosotros, puesto que es un don de Dios: es decir, no procede de las obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2,5.8-9).

        Ahora bien, tú dices que si no nos comportamos, “merecemos” el infierno. ¿En el mismo sentido que mi parchís: Dios ha puesto unas reglas de cosas que no hacer, y es a través del incumplimiento de esas reglas como merecemos el infierno? Claro que sí, si alguno va al infierno. Pero no creo que se pueda pensar en simetría; porque indudablemente el cielo es un regalo, pero es probable que haya personas que sí se merezcan el infierno. Y, obviamente, Dios no puede habernos dado la lista de los pecados -como sí las reglas del parchís- para solazarse viendo quiénes las incumplen y se hunden.

        Porque, y este es otro punto fundamental en el que sabes que insisto mucho, Dios no manda a nadie al infierno. En mi apostilla del día 10 a las 6,24 lo digo. Al cielo nos lleva Dios si hemos cumplido las reglas: si nuestras almas tienen el peso adecuado, como decía Sto. Tomás. Quien vaya al infierno va por su propio pie; lo llevan sus acciones, que le tienen el alma demasiado pesada.

        Y entonces el buen Dios, por última vez, lo abraza y lo cubre de besos, como al pródigo, y le dice: “Mira, hijo mío, yo soy tu Padre, y siempre soñé para ti cosas mucho mejores. Tú no quieres vivir en Casa, sino en el lugar de la horrible soledad. ¿Sabes? Jamás violenté la libertad de nadie. Ahora, toma este zurrón de alimentos que tu madre te preparó para el camino, y vete. Pero una cosa te pido: que, mientras tanto, me permitas que llore amargamente en aquel rincón…, ¡hijo…!”

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      • 14 febrero 2015 23:14

        Gracias por toda la explicación. Se entiende muy bien con los ejemplos que pones.

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  4. 14 febrero 2015 23:58

    Ya ves tú: lo que se aprende copiando en los exámenes.

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  5. Como una piña permalink
    17 febrero 2015 13:42

    ¡Genial, P. Miguel! Gracias como siempre por darnos luz a los que andamos a tientas.

    No hace mucho, tuvimos ocasión de asistir en casa de unos amigos a la entronización de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús… y aluciné.

    Sí, y no sé cómo no soy capaz, desde ese descubrimiento, de vivir solo para intentar cambiar mi vida…, pero ¡a la de ya!

    Deseo hacerlo, y si Dios quiere voy a ponerme a ello. Mañana es miércoles de Ceniza, y os propongo que leáis lo que ahora contaré, y si podéis, animéis a cuantos se os crucen en el camino a llevarlo a cabo.

    Parecen las preguntas del examen… Es que ya nos está regalando la entrada al cielo con poco que pongamos de nuestra parte… !Atentos!

    Primer viernes de mes
    ———————

    Lo de los primeros viernes de mes es algo que el Sagrado Corazón transmitió a Santa Margarita María Alacoque.

    Esta devoción consiste en lo siguiente:

    1-Recibir sin interrupción la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de mes consecutivos.

    2-Tener [al hacerlo] la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final.

    3-Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.

    Pero atentos… Porque estas son las promesas del Corazón de Jesús para los que hacen esto durante 9 primeros viernes de mes seguidos:

    (1) “Les daré todas las gracias necesarias en su estado de vida.”

    (2) “Estableceré la paz en sus hogares.”

    (3) “Los consolaré en todas sus aflicciones.”

    (4) “Seré su refugio en su vida y sobre todo en la muerte.”

    (5) “Bendeciré grandemente todas sus empresas.”

    (6) “Los pecadores encontrarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de misericordia.”

    (7) “Las almas tibias crecerán en fervor.”

    (8) “Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección.”

    (9) “Bendeciré el hogar o sitio donde esté expuesto mi Corazón y sea honrado.”

    (10) “Daré a los sacerdotes el don de tocar a los corazones más empedernidos.”

    (11) “Los que propaguen esta devoción tendrán sus nombres escritos en Mi Corazón, y de Él nunca serán borrados.”

    (12) “Nueve primeros viernes: Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso les concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán, en desgracia ni sin recibir los sacramentos; mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento.”

    ¿Alucináis como yo? Todos los regalos enumerados tienen premio, pero el 11 y el 12…

    Perdona, P.Miguel, por lo extenso, pero yo lo he descubierto ahora, tarde, y quizá haya quien todavía no lo sepa, y dónde mejor que aquí para difundirlo.

    Un abrazo.

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    • 17 febrero 2015 21:40

      Eso de los nueve primeros viernes de mes, nos lo recordó aquí el cura hace un tiempo, y por la internet me encontré esto:

      http://www.devocionario.com/jesucristo/corazon_6.html

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    • 17 febrero 2015 23:05

      Gracias, Como. Intentaré ser breve, a mi pesar.

      1. Estoy proscribiendo de este blog el tratamiento de “P. Miguel” (u otros “PP.”). Jesús dice: “No llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo” (Mt 23,9). Puedes llamarme “Don Miguel”, tratamiento el más extendido por estos pagos para el cura secular.

      2. Con el tiempo, Como, voy conociéndote, y me parece que eres de los de arranque de caballo brioso y parada de burro manchego. Por eso, te daré –si me lo permites- unos consejos:

      – Concreta tus propósitos. Proponerse “voy a amar a la humanidad” es no hacer absolutamente nada, entre otras cosas, porque la humanidad ¿qué es o dónde la invito a unos churros? Haz pocos propósitos (cuatro o cinco, y los vas cambiando) y examínalos diariamente.

      – Así es como subirás a la santidad “como por un plano inclinado”, que decía San Josemaría Escrivá; es decir: de la única manera que puedes y que puedo. Subiendo un poquito cada día, de forma casi imperceptible y a veces sin el “casi”, yo te digo que se llega. De un salto, nadie llegó nunca a la cima, y a mucho menos, tampoco. Ojo, pues, con ese espejismo del “pero ya”, donde puede estar metiéndose el demonio para que te desalientes con los inminentes errores.

      Lo que sí se debe erradicar instantáneamente, radical y completamente, definitivamente es el pecado, sea leve o grave. Y ni eso podremos, pero quiero que el Señor te vea, en eso, no dar jamás tregua en tu lucha.

      – Necesitas como el aire que respiras y como todo el mundo arrimarte a un director espiritual, un cura cuidadosamente escogido, que sea santo y sabio, y mejor lo segundo que lo primero -¡lo decía Santa Teresa!-. Y cogéis los dos y acordáis un día fijo para veros, sea a la semana, sea a las dos semanas, sea como tenga que ser.

      3. He estado mirando libros e interneses sobre las promesas del Corazón de Jesús, porque no me sonaba exacto lo que con amabilidad y entusiasmo nos transmites. Y puede que me equivoque, pero parece que cometes el error de adscribir todas esas promesas a la práctica de los nueve Primeros Viernes. En efecto, parece ser que, a los Primeros Viernes, solo (digo “solo”, y no hay nada más grande) se les adscribe lo que expresamente figura tras la expresión “primeros viernes”: “Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso les concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán, en desgracia ni sin recibir los sacramentos; mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento”.

      Las demás promesas, según leo, son en general, para los devotos del S. Corazón. Mi fuente es:
      https://www.ewtn.com/devotionals/heart/promesas.htm

      Además, no es correcto, a mi entender, el requisito “ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.” Primero, porque son solo esas nueve (si uno añade más, estupendo). Segundo, porque, aunque la reparación al Corazón de Cristo, en la forma demandada a través de Sta. Margarita María, pone fuerte acento en los pecados contra la S. Eucaristía, sin embargo eso se hace más notorio en la petición de la fiesta del “Corpus”; y para los Primeros Viernes, no parece requerirse –según el texto recién recordado- la intención de reparación eucarística, ni tan solo la de reparación en forma consciente.

      4. Estas promesas, las de nuestra Señora, el Escapulario y tantas otras devociones son a veces entendidas como un “seguro de cielo”: hay quienes, después de cumplir con los Primeros Viernes, creen que ya está todo hecho para ir al cielo. Y claro: se desentienden de la moral, porque sienten que ya no les hace falta. Lo que hay de cierto en esto es que nosotros “siempre” nos salvamos exclusivamente por los méritos de Jesucristo y, hechos uno con ellos, su Asociada. Pero se necesita la adhesión a eso que Cristo hizo por mí, el Dador necesita que el datario extienda las manos y reciba. Se necesita, en resumen, la fe, que luego resulta que, como dice Santiago, “es fe muerta” (St 2,17).

      Las promesas no están para dispensarnos de cumplir con la moral, sino para ayudarnos a hacerlo. Cuando Jesús hace promesas a Santa Margarita María, eso es revelación privada que ni siquiera hace falta creer para tener la fe plena de la Iglesia. Cuando Jesús emana sus enseñanzas morales en los Evangelios, y luego los Apóstoles, y antes los Patriarcas y Profetas, eso es Revelación pública y normativa, y quien no la cree está fuera de la Iglesia.

      – Padre, me acuso de que hacía los Primeros Viernes, y me olvidé en el séptimo.

      – Sí. ¿Y qué has hecho esta semana por los pobres?

      – No, yo…

      – Pues, como Penitencia, no empiezas otra vez tus Viernes hasta dentro de diez años.

      5. Copio unas palabras de la encícica “Haurietis aquas” (1956), que trata de la devoción al Sagrado Corazón. Lo hago porque ponen las cosas muy en su punto:

      “…no cabe duda alguna de que los cristianos que honran el Sacratísimo Corazón del Redentor […] tienen la certeza de que a honrar a Dios no los mueve ninguna ventaja personal, corporal o espiritual, temporal o eterna, sino la bondad misma de Dios […]. Si no fuera así, el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús ya no respondería a la índole genuina de la religión cristiana, porque entonces el hombre con tal culto ya no tendría como mira principal el servicio de honrar principalmente el amor divino; y entonces deberían mantenerse como justas las acusaciones de excesivo amor y de demasiada solicitud por sí mismos, motivadas por quienes entienden mal esta devoción tan nobilísima, o no la practican con toda rectitud.

      “Todos, pues, tengan la firme persuasión de que en el culto al augustísimo Corazón de Jesús lo más importante no consiste en las devotas prácticas externas de piedad, y que el motivo principal de abrazarlo tampoco debe ser a esperanza de la propia utilidad, porque aun estos beneficios Cristo nuestri Señor los ha prometido mediante ciertas revelaciones privadas, precisamente para que los hombres se sintiesen movidos a cumplir con mayor fervor los principales deberes de la religión católica, a saber, el deber del amor y el de la expiacióhn, al mismo tiempo que así obtengan de mejor manera su propio provecho espiritual” (n.º 63).

      6. En paralelo con la promesa de los Primeros Viernes está la de los Cinco Primeros Sábados en reparación al Corazón Inmaculado de María, que os conté en mayo pasado:

      https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/2014/05/03/mes-de-maria-de-2014-dia-3/

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      • Jackieoliva permalink
        23 febrero 2015 22:15

        Una duda que tengo de eso de no llamar padres a los curas. ¿No puede ser que tenga otro sentido la frase de Jesús?
        Lo pregunto porque también llamamos padres a nuestros padres de aquí.

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  6. Como una piña permalink
    19 febrero 2015 10:59

    Pues sí, Don Miguel, me va conociendo bien. Mucho entusiasmo en una nebulosa que se va por la rendija de debajo de la puerta… o a veces por la ventana.

    Agradezco muchísimo sus consejos…, que creo que son:

    -Concreción de objetivos para mejorar

    -No decaer en la necesidad de mantener a raya la Confesión y Sagrada Comunión

    -Tirar p’alante como burro manchego que soy, al que le cuesta cada pasito un mundo, con el objetivo marcado de oración (p.ej., el Stmo.Rosario, que empecé a acostumbrarme a rezar casi a diario).

    -Sin olvidar que una fe sin obras es una fe sin fe, o una fe muerta.

    -Y no pensar que cualquiera de estas devociones es un seguro per se, que ha de ser acompañado de la moral.

    -Y lo de buscar a un Director…, que para mí que ya lo había encontrado, en estas lecturas y algunos ratos…

    Oído cocina…¡Vamos a ello, y gracias de nuevo!

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  7. 23 febrero 2015 23:00

    Respondiendo a Jackieoliva:

    Podríamos empezar a hablar si tú me dijeses qué otro sentido puede tener un versículo tan claro como es Mt 23,9: “En la tierra a nadie llaméis padre, pues uno solo es vuestro padre, el del cielo”. Y más, en su contexto.

    Si se me contraargumenta con lo de San Pablo, que dice que del Padre “toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,15), me parece que ese versículo no dirime, porque nos da la razón a uno y a otro (Dios como único Padre que hace posibles otros padres).

    Si se me argumenta que mi postura es demasiado literalista, y que a este paso no íbamos a poder llamar padres a nuestros padres de la tierra, yo emplazo a mi crítico a que me diga si en algún momento del Evangelio Jesús aparece llamando a María “madre” o a José “padre”.

    Si se me arguye que los evangeistas sí llaman a José y María “padres” de Jesús, digo que lo que Mt 23,9 prohíbe es llamar “padre” al “propio” padre, no al de otro.

    Un único argumento puedo aceptar: Jesús, sin duda, no habla de un mero “llamar”, sino de “llamar ‘padre’ teniendo a la persona por padre realmente”. De no interpretarse así, no podríamos llamar “padres” a nuestros padres de la tierra; cuando resulta que a ellos es a quien parece más lógico llamar “padres”, aunque su paternidad desciende del Padre terreno (y por eso tampoco son ellos los padres en sentido absoluto).

    Y levanta Peláez el dedo y dice:

    – Señulita, ¿y ar cura no podemo llamale pare sin juzgalo pare?

    Pues hombre, parecería que sí, y por todo esto se hace en la Iglesia todos los días. Pero Jesús sabía mucho de paternidades descendidas del cielo y de maneras de llamar, y fue tajante en el mandamiento,

    Por tanto, creo que no soy nada fundamentalista en mi planteamiento, y, en conclusión,

    “EN LA TIERR A NADIE LLAMÉIS PADRE, PUES UNO SOLO ES VUESTRO PADRE, EL DEL CIELO”.

    Y menos, a mí.

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    • 28 febrero 2015 3:25

      Catecismo de la Iglesia Católica:

      «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar (Éx 20,12).

      »2197 El cuarto mandamiento encabeza la segunda tabla. Indica el orden de la caridad. Dios quiso que, después de Él, honrásemos a nuestros padres, a los que debemos la vida y que nos han transmitido el conocimiento de Dios. Estamos obligados a honrar y respetar a todos los que Dios, para nuestro bien, ha investido de su autoridad.»

      Entiendo que: Dios ha puesto autoridades en la tierra que Él ha investido en representación Suya, para que aprendamos a respetarlo. Lo cual autoriza a que llamemos padres a nuestros padres, que por mandamiento de Dios son representación de su autoridad. ¿Está bien esta reflexión?

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      • 28 febrero 2015 5:10

        RESPONDIENDO A ELISA EN SU APOSTILLA DEL 28/2/2015, A LAS 3,25

        Lo que no veo bien es que -al parecer- imagines que sobre cuestiones de esta índole hay una verdad cerrada en la que coinciden todos los que saben. Y menos, menitos bien que te dirijas a mí como si yo fuera un maestro. Lo que hay en mí es lo que ha puesto Cristo con el Sacramento. Lo que no hay, lo que yo dejé de buscar.

        Es enseñanza de la Iglesia que debemos honrar y obedecer, como estudié en el catecismo de niño, “a los mayores en edad, saber, dignidad y gobierno”, y antes, a los padres. Seguramente se puede decir que en todos estos hay una presencia de Dios.

        En mi opinión, tu reflexión estaría muy bien si el mandamiento dijera “honra a tu padre y a tu madre llamándolos así”, y, sobre todo, si no chocara (tu reflexión) contra un escollo tan duro como es ese v. que yo cito: “En la tierra a nadie llaméis padre, pues uno solo es vuestro padre, el del cielo” (Mt 23,9). Sobre todo si se tiene en cuenta que Jesús era quien mejor cumplía el Mandamiento.

        Y ahora vamos a tratar de ahondar filosóficamente en el asunto. Sé poca filosofía, pero con esto, me atrevo.

        Dios es nuestro primer Padre en el orden del ser, porque de Él proceden nuestros padres. Nuestros padres son los primeros en el orden del conocimiento, porque no habría manera de conocer la paternidad divina sin conocer la paternidad y maternidad de acá. Así, nuestros papases y mamases son papases y mamases por analogía: son padres “en parte iguales y en parte diferentes” respecto de Dios. En esta ocasión, la analogía es astronómica, como la distancia que separa a Dios de la criatura.

        Sin querer atribuir a Jesús categorías filosóficas que muy difícilmente conocería (como hombre), yo veo en el uso de no llamar “padre” a nadie de la tierra un maravilloso acto de reconocimiento, veneración, alabanza y confianza al único Padre, de Quien descienden, como en cascada de amor, todas las paternidades por participación en la suya (cfr. Ef 3,14).

        Y ahora, una de pedagogía. ¿Sabe alguien cómo puede enseñarse que Dios es Padre -categoría irrenunciable- cuando, de diez niños, tres no conocen a su padre de acá, los de dos pegan a sus mujeres, otros dos están en la cárcel y otro murió de sobredosis? Cuánto me gustaría que nos hablara de ello Juan Valls Juliá.

        Era quince de julio de 2013 cuando yo recibía un c. e. de un sacerdote mejicano recién ordenado y destinado a la basílica de Guadalupe.Yo le había pedido que le dijese a la Morenita mi cariño y que le pidiese por cierta intención:

        “Hola, Padre:

        “Te envío un cordial saludo desde el Corazón de América. Hace tan solo unos minutos bajé a descansar y platicar un ratito a solas con Nuestra Señora, y le di tu recado. La Señora me dijo lo siguiente: “Dile a mi hijo Miguel que ‘yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive.

        “¿No estoy yo aqui, que soy tu Madre?

        “¿No estás por ventura en mi regazo?

        “¿Qué más has menester?

        “No te apene ni te inquiete cosa alguna…”

        Son palabras tomadas del “Nican Mopohua”, primer relato (1649), en náhuatl, de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. María es el rostro femenino de la paternidad de Dios.

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  8. 28 febrero 2015 3:53

    RESPONDIENDO A ELISA, EN SU APOSTILLA DEL 28/2/2015, A LA 1,26.-

    1. ¿Disfrutar la bienaventuranza con el cuerpo o padecer la condenación con el cuerpo? Talmente, sí. Pero no tenemos forma de imaginar cómo es eso, porque no tenemos ninguna experiencia de ello. El cómo, no lo sabemos: el qué, sí, en palabras de Jesús: «Llega la hora en que cuantos están en los sepulcros oirán la voz y saldrán: los que han obrado el bien, para la resurrección de la vida, y los que han obrado el mal, para la resurrección del juicio» (Jn 5,28-29).

    2. ¿Cómo se puede contemplar el Amor infinito y rechazarlo? Parece tan increíblemente difícil, que muchos, directamente, hablan de un “infierno vacío”: el infierno está revelado, pero en ningún lugar la Escritura, la Tradición ni el magisterio han declarado ni una sola persona que esté en el infierno; ni Judas. (Al menos así se dice; en mi Biblia pusieron una línea que dice: “El Hijo del hombre se va, según está escrito acerca de él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”, Mt 26,24; pero no lo dice con toda claridad).

    Otros no se comprometen tanto y no llegan al “infierno vacío”, sino a un infierno entendido como “posibilidad real”. Real, porque la Revelación lo asegura continuamente; pero posibilidad, por lo difícil de ver a Dios y rechazarlo, y porque la Iglesia, que ha declarado miles de santos, no se ha pronunciado sobre un solo condenado.

    3. A ti te da miedo el Juicio Final. A Benedicto XVI, no. Y hay que leer “Spe salvi”, quizá el documento más humanamente conmovedor de todo del magisterio eclesiástico. Copio un fragmento:

    “La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad […]. Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado. Ambas –justicia y gracia– han de ser vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor. Contra este tipo de cielo y de gracia ha protestado con razón, por ejemplo, Dostoievsky en su novela Los hermanos Karamazov. Al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada” (n. 44) […].

    “El Juicio de Dios El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia […]. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra –juicio y gracia– de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación “con temor y temblor” (Fil 2,12) […]. La gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro «abogado», paraklétos (cfr. 1 Jn 2,1)” (n. 47).

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  9. 28 febrero 2015 13:30

    No es miedo, me sobrecoge pensar en ese momento. El que ama a Dios y le tiene miedo no tiene muy claro quién es Dios. Pero pensar en ese momento realmente me estremece, me da la impresión de que a todos nos va a doler, y mucho, ver las veces que pudimos amarlo más y no lo hicimos.

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    • 28 febrero 2015 16:35

      Me parece una postura fabulosamente madura, y además, muy bien expresada.

      Mira: sobre el temor de Dios, que es un don del Espíritu Santo (cfr. Is 11,2), hay diversidad de posturas. La que identifica el “temor” con el “terror” de Dios, la eliminamos directamente. Otros dicen que el temor de Dios consiste en el temor propio de los hijos buenos que no quieren ofenderle. Pero ahí está tu apostilla, sin ir más lejos, para demostrar que un hijo no tiene ese temor, que el motor es el otro: el amor.

      Yo me quedo con una noción de temor de Dios distinta, derivada de la cualidad de Dios de ser “fascinosum” y “mysteriosum”, como se dice en filosofía de la religión: “fascinante” y “misterioso”; no se lo puede comprender (y en el cielo, seguramente tampoco), y ejerce, por otro lado, un poder de atracción propio solo de Él. A Dios se lo teme porque Dios es Dios y porque solo Él es Dios. El temor de Dios es la resultante de columbrar -como podemos- toda aquella altura, toda aquella grandeza, todo aquel poder, ya sea cuando se manifiesta en la creación, ya, sobre todo, cuando se manifiesta en la humillación de la Redención y en la santificación-.

      Y te hago, Elisa, una pregunta: Lo propio del temor ¿qué es? Sin duda, huir. Pues a mí ¡me encanta! abrir Jer 32,40 y leer: “infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí”.

      ——————————–

      Yo hablo catalán -cuando me conviene, entiéndase-, y en catalán se dice: “Qui té boca s’equivoca”. No parece razonable, sino fundamentalista, interpretar el “a nadie llaméis padre” extendiéndolo a los padres terrenos. Sencillamente, de alguna forma hay que llamarlos. La analogía de que hablaba, la cascada de amor y de ser y de paternidad que desciende de Él y revierte en ellos, ese “descender de Él toda paternidad en el cielo y en la tierra”, el ver, en suma y como tú decías, al Padre en los padres, son un apoyo para que nos demos cuenta de que, al llamar a los padres, los honramos, y al honrar a los padres, honramos a Dios.

      Pero repito que hablo de los padres carnales; no de los que ondulamos sotana.

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      • 28 febrero 2015 19:51

        Temor de Dios no es el famoso respeto del que siempre nos hablan cuando nos quieren explicar este don. Definitivamente, es más que eso. La paternidad exige respeto, más si es Dios quien es Padre. Pero mucho más exige amor, pues es nuestro Padre. Y porque Él mismo lo mandó. Primerísimo mandamiento, que pudo haberlo pronunciado en el cuarto o en el sexto lugar, pero lo dijo primero que todo.

        Yo me quedo con el amor, que por ser amor responsable obliga al respeto, sumado a estas cualidades inconmensurables de Dios que te gustaron a ti, pues ¿qué niño no admira a su padre?

        “Infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí”: me conmueve terriblemente cuando el Padre habla así. ¡Qué humilde es Dios! Hasta se puede sentir el dolor con que lo dijo.

        —————————–

        Don Miguel, entiendo perfecto tu “fundamentalismo”. Es que así nos acostumbraron, incluso los sacerdotes. Creo que será una cuestion de mal hábito, como diría Santo Tomás.

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  10. 28 febrero 2015 20:56

    No me has entendido. La cita de Jer me encanta porque prueba que el temor de Dios, lejos de todo otro temor, nos hace arrimarnos a Dios.

    Y no, mira, no. El amor es lo mejor que hay, pero creo que el temor es una categoría diferente, que existe en religiones en que Dios no ama como existe en la nuestra en que sí. Es un concepto de la filosofía de las religiones que tiene que ver con el contacto con el Totalmente Otro y con su consideración con el Totalmente Otro, que llevará aparejadas miles de cosas, o, de hecho, toda la vida.

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    • 1 marzo 2015 4:09

      Lo cual implicaría vivir una vida con mucho más temor que nosotros; digo, que los que creemos en un Dios que ama. Ahora sí veo que no están tan ligados los dos conceptos. Yo los emparentaba desde la filiación. Amar y respetar, o temer, me quedaban muy ligados. Pero veo que no.

      ¡Qué espanto! Yo no concebiría vivir sin un Dios que me ama. Y ahora que lo pones de esa manera, veo que vivir sabiendo que Dios nos ama es un verdadero regalo. Solo saber que nos ama es un regalo.

      Qué justo es que en el final de los días seamos juzgados en el amor.

      “El único problema pueden ser los que no se dejen querer”.

      Si de Su amor se trata, ¡soy materia dispuesta! A rezar por los que no.

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      • 1 marzo 2015 15:22

        Solo sobre último: no te consideres “hecha”, y que busquemos a los que no. Lo que ha de predominar es que te sientas “materia” (el barro en manos del Alfarero) “dispuesta” (a que Él te modele como decida). Es muy fácil creerse que ya…

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  11. 6 marzo 2015 22:37

    La Liturgia de las Horas nos dejó ayer una espléndida lección de San Hilario sobre el temor de Dios, y yo os la copio según está. En el antepenúltimo párrafo da la razón a Elisa al vincular el temor al amor, y San Hilario al poder, que yo no paso de ser un majagranzas.

    DE LOS TRATADOS DE SAN HILARIO SOBRE LOS SALMOS
    Sobre el Sl 127; 1-3. “Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum”, 24, 628-630

    EL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR

    ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

    Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los hombres, tiene otro sentido.

    El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.

    En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el conocimiento de la verdad.

    Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

    Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.

    Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.

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  12. 7 marzo 2015 4:31

    Bueno… ¡Qué sorpresa! Si soy capaz de decir algo coherente…

    Ya sabes, Don Miguel, que no soy ninguna letradísima, pero Dios me bendijo con grandes cosas, entre ellas el padre que tuve, que Dios tenga en la gloria. Y mis conclusiones parten de allí.

    Y retomando un poco mis conclusiones de gran letrada (Dios mío, la burra de Balaán era mas sabia), vuelvo a aquello del cuarto mandamiento, de las autoridades terrenas que Dios nos pone en reemplazo suyo, para que así aprendamos a amarlo a Él (CIC , 2197).

    Es que yo amaba a mi padre. Dios no pudo haberme dado un padre mejor, y el respeto, o si se le puede decir así, el temor respetuoso que siempre le tuve me nacía del amor mutuo que nos teníamos. Todo lo que se trate de Dios Padre a mí me queda muy pegado a esto.

    ¿Y es que puede ser diferente del Padre de los Cielos? A pesar de que es un don, más allá de la cuestion teológica, el temor de Dios me parece una cuestion “vincular”. Me parece que es algo que nace del trato cotidiano entre un Padre y su hijo/a. Una relación verdadera y cercana. No sé por qué, pero pienso en San Josemaría en este momento, esto del dia a dia.

    Y doy la razón a San Hilario (que me pareció muy bello), que siendo un don y todo, el temor de Dios también necesita una construcción. “Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado”. Pero ¿enseñado cómo? Me parece a mí que no es desde el mero conocimiento o entendimiento intelectual, que desde luego es necesario. Pero se enseña y se aprende mucho más desde la propia vivencia del corazón, desde el amor, desde de la vinculación de cercanía estrecha con el Padre. Teniendo un trato con el Padre, como con un Padre de verdad verdadera, que enseña a sus hijos que deben respetarlo y amarlo. Tal como me pasó con mi padre de la tierra.

    ——————————————-

    Majagranzas: tuve que buscarlo en rae.es. ¡Ja, ja, ja! ¡Ni por asomo!! Yo diría que todos somos buscadores de la Verdad.

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    • 7 marzo 2015 16:05

      Ahora ya no tengo muy claros los conceptos: situación de crisis intelectural: fiebre cerebral saludable; dicen que el conocimiento es un proceso que necesita tres etapas: equilibrio-desequilibrio-reequilibrio. En el desequilibrio, puede pàsarse mal, pero si se acepta, termina bien, y si no, el conocimiento se estanca, al menos por esa zona.

      Y está claro que, cuando sé que no sé, no puedo decir nada como si supiera.

      Y es que nunca pasaré de majagranzas. ¿Dónde dices que anda la burra de Balaán?

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  13. 7 marzo 2015 18:30

    Digo, para chiflarle y que nos asista.

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    • 7 marzo 2015 21:35

      Hay que ver cómo ha cambiado el tema… Esto que empezó por la muerte y ahora veo que estáis buscando una burra, y lo de majagranzas, también lo he tenido que buscar en la RAE como Elisa.

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      • 8 marzo 2015 2:58

        ¡Así estamos, Clara! Pidiendo asistencia a una burra en plena crisis intelectual, nos hemos perdido. Pobre burra, que ni sabía que tantos miles de años despues todavía iba a estar dando lecciones, a un “majagranzas” y a una “letradísima”. Me da pena el animal.

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      • 9 marzo 2015 12:34

        Elisa, pues aquí tenéis a una burra, aunque voy a poder daros lecciones de nada. Qué pena…

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  14. 3 agosto 2015 7:08

    Te traslado por aquí una pregunta de un amigo de Facebook, que me ha recordado Elisa que tiene relación con todo esto. Y ya ves lo que dice: con sencillez y sin tecnicismos dogmáticos. Hala, ya tienes trabajo.

    “ENSEÑAR AL QUE NO SABE

    “QUERIDOS AMIGOS DE FACEBOOK y hermanos en Cristo, comienzo pidiendo vuestra clemencia, comprensión y caridad, antes de que alguno se escandalice por mi ignorancia y atrevimiento.

    Me gustaría (y ruego) que alguien me explicase, con sencillez y sin tecnicismos dogmáticos, qué es o qué significa exactamente <>.
    Os estaré sumamente agradecido.”

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    • 3 agosto 2015 7:16

      Parece que no sale, o no lo veo yo, lo que pregunta y va entre esos signos. Lo que pregunta es qué significa la resurrección de la carne.

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      • 7 agosto 2015 11:36

        HUMILDE, IGNOTO, QUERIDÍSIMO AMIGO:

        Por los vericuetos que sean, tu pregunta ha venido a posarse sobre este blog que es tu casa. Pero antes de contestar, como pides que eso se haga “con sencillez y sin tecnicismos dogmáticos”, permíteme que te relate una anécdota atribuida a Einstein. Le habrían conminado unos periodistas a explicar la teoría de la relatividad cada vez con más sencillez, y él iba haciendo lo que buena o malamente podía. Por fin, un gacetillero le suplica: “Mire, hágalo de forma que pueda entenderlo cualquiera de mis lectores…”
        Amostazado ya el científico, comenzó: “Muy bien. Dos trenes avanzan por la misma vía. ¿Eso lo entienden sus lectores de usted?” “¡Sí, sí! ¡Estupendo!” “Van en dirección opuesta. ¿Lo entienden?” “Maravillosamente”. “Los dos van a cincuenta quilómetros por hora. ¿Cómo progresan?” “¡Admirable, profesor! Se lo entiende más que en sus libros…” “Pues muy bien: esto
        no tiene nada que ver con la teorìa de la relatividad.”

        Por supuesto que se debe procurar la sencillez, y que yo intentaré usar pocos tecnicismos dogmáticos. Pero los tecnicismos nacen cuando hay una necesidad. ¿Podríamos hablar, con cierta profundidad, de Jesús sin los términos “Encarnación”, “persona”, “el Hijo” (por contraposiciòn a “los hijos”), “Redenciòn”, “expiaciòn vicaria”, etc.? Pues todos estos (y los del “etc.”, que son más) son “tecnicismos dogmáticos”. No nos da igual toda esta nomenclatura, como no le da igual al médico su inacabable almacén
        de tecnicismos médicos.

        Y luego, los dogmáticos y los médicos, entre nosotros, nos manejamos con tranquilidad (se supone) con los tecnicismos y la sencillez. Y, puestos a explicar a otros, tratamos de adaptar el nivel hasta donde se pueda…; pero a veces no se puede, como ocurrió al paisano Einstein. Mi dificultad está en ignorar por completo quién hace la pregunta, si bien lo imagino joven y más bien inteligente que tonto. No tengo que adaptar como para los niños de la Primera Comunión. En cualquier caso, sostengo que lo ideal sería, no deshacernos de los tecnicismos, sino conseguir que la gente los entiende y maneje: del mismo modo que lo ideal no es hacerme pobre para hacerte a ti rico, sino hacerte a ti rico para que seas rico conmigo.

        El error ancestral es el de concebir, no de modo absoluto, pero sí notablemente predominante, que Dios se interesa por el alma y que nuestra religión es una religión del alma. Y así, cuando vas -ignoto- a un funeral, dime cuántas veces en el sermón se menciona la resurrección de la carne y compáralas con las menciones del cielo. Y en el decurso del entierro, la mitad de la gente besará a la viuda mientras le dice: “Era un santo, estará en el cielo seguro”.

        Pero Dios no creó a un hombre compuesto de alma y cuerpo para desentenderse luego del cuerpo. Y Jesucristo no es el Redentor de las almas -ni el de los cuerpos-, sino el Redentor de los hombres. Aquí puede ayudarte mucho leer este artículo:

        https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/2013/10/05/siempre-ramas-de-almendro/

        Y Dios ha organizado nuestra historia religiosa de modo crecientemente más feliz para los que se dejan hacer felices por “la fe que obra por la caridad” (Gál 5,6). Frustrados sus planes (aunque, por supuesto, ya lo sabía) por el pecado original, mira de nuevo a la historia que va creciendo hasta Jesucristo, que, para siempre, definitivamente, cose sin posibilidad de rotura el cielo con la tierra.

        Pero la historia sigue. Y hemos de llegar al estado perfecto ideado por Dios. Porque es una ley del cristianismo: lo mejor está siempre al final. Si te has leído el artículo, entenderás fácilmente que te diga que ese estado es la
        resurrección, o, por mejor decir, el estado de bienaventuranza que sigue a continuación -en el caso de las personas que ya disfrutaban de Dios con su alma-, ya que entonces nuestro cuerpo se unirá al disfrute de Dios para toda la eternidad. La historia, en ese Día -el de la segunda Venida, en gloria, de Cristo, y del Juicio Final-, habrá alcanzado su cumbre, más allá de la cual no queda nada, y nuestra felicidad será incalculable, incalculable, incalculable, y eterna, eterna, eterna.

        ¿Que qué es la Resurrección? La reunión del cuerpo con el alma, al fin de los tiempos, para proseguir de nuevo juntos, por toda la eternidad, en estado de bienaventuranza o de condenación, igual que estaba el alma, porque el Juicio Final ratifica el particular. Y el cuerpo que resucita es el mismo, pero transformado de forma que desconocemos; “se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Cor 15,44). El cuerpo espiritual parece que es como el de Jesús ya resucitado, con sus propiedades especiales que provienen de que vive desde Dios.

        ¿Dónde está esto en la Biblia? Pues cógete, sobre todo, el cap. 15 de la Carta a los Corintios; pero léelo con notas o con un comentario al lado. Porque es bastante difícil.

        Quizá le faltaron tecnicismos dogmáticos.

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  15. Antonio García Sánchez permalink
    7 agosto 2015 18:38

    [He suprimido algunas frases. El amigo Antonio entenderá, porque sabe cuáles son.]

    Querido Miguel, soy el amigo desconocido al que gentilmente hace mención Clara María. Ya había leído muchas cosas de tu blog (me gustan mucho, la verdad), pero cuando publiqué la “dichosa” pregunta en Facebook, con la intención de animar un poco a debatir al personal, no imaginé que terminaría […: aquí]. Pero me alegro, y empiezo a sospechar que esto era un plan trazado por el Padre.

    […] Me ha encantado tu respuesta.

    Permíteme añadir, no obstante, que mi duda, en realidad no era tanto si el cuerpo resucita o no, sino <>, <>. Pregunta consecuencia de un espíritu tal vez demasiado racional como el mío, y formado en “ciencias”. Ya sabes: materia, espacio, tiempo, volumen, densidad…, es decir: dimensiones humanas empíricas, tangibles, medibles, etc., a la manera en que hemos consensuado.

    Pero claro, no se me había ocurrido pensar que ese es un secreto que se guarda Dios, que es un milagro, y que desde luego Él no nos va a informar de “toda su sabiduría”. Siempre me pregunté por qué María Magdalena no reconoció a Jesús al principio, ni lo hicieron los discípulos de Emaús… ¡si hacía bien poco que lo habían visto vivo!

    Jesús se dejó ver en cuerpo glorioso. Y ese era mi rompecabezas. ¿Qué es un cuerpo glorioso? Pues algo en lo que creemos por la fe, pero que no sabemos. Y punto.
    Resumiendo. Que creer, creo que la carne resucitará. Pero cómo lo hará, lo ignoro.
    No obstante, tengo mi propia teoría (ea, no lo puedo evitar), pero no quiero ser cansino.

    Queda por decirte que te has equivocado en dos cosas: ni soy joven, ni soy inteligente. ¡Pero en todo no vas a atinar, leches!

    Gracias de nuevo.

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    • 13 agosto 2015 16:55

      Yo pensé que los signos que me transmitió Clara no eran sino erratas. Ni el ordenador te ha entendido. Si quieres. ¿por qué no explicar tus teorías, puesto que lo metafísico humano se realiza en lo físico, y por tanto puede ser que no estés tan fuera de sitio como pareces creer?

      Me alegro de que hayas entendido muchas cosas. Todavía, no obstante, hay una frase que me da cierto repeluzno, cuando dices: “Pues algo en lo que creemos por la fe, pero que no sabemos “. Será cuestión de palabras, pero las palabras son muy importantes. El caso es que los cuerpos gloriosos no son eso. Pero dejo los cuerpos gloriosos y voy a las palabras: la contraposición entre “creer” y “saber”. Porque son demasiados los que ven la fe como una especie de sub-conocimiento de segundo grado, medianamente subalterno y, por añadidura, no presentable en sociedad. Sé que tú no estás entre ellos, pero, por favor, no les prestes ayuda.

      En realidad, es el conocimiento que más o menos podemos llamar “terrenal” el más débil de los dos. Y la fe, lejos de ser débil, es el conocimiento más poderoso que podemos tener. Sin embargo, traicionamos la fe (diríamos) cuando decimos: “No sé a qué hora vino Juan, pero creo que a las ocho”. ¿Qué tal decir: “No creo a que hora vino, pero sé que a las ocho”? Vuelto del revés, nos dará la exactitud. El cristiano es siempre un hombre-al-revés.

      Y me da la razón la Sagrada Escritura. Por exhibir solo un versículo, una de las más acreditadas traducciones de la Biblia al español (Nácar-Colunga) dice, en Hebreos 11,1: “Es la fe la firme seguridad de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos”.

      Ahí queda eso.

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  16. 7 agosto 2015 22:39

    Hombre, qué bien, ha pasado por aquí Antonio.

    Con la respuesta que has dado, Miguel, y releyendo lo del almendro, a mí ya me ha quedado clarísimo.

    Por cierto, parece que lo que va entre los signos mayor y menor no sale en el blog. Misterios del WordPress.

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    • Antonio García Sánchez permalink
      13 agosto 2015 18:17

      Muchas gracias, Miguel, por tu contestación. La amiga Clara María me ve algo perdido y caritativamente me quiere conducir a la senda correcta.

      Verás, y espero que las palabras no me traicionen. Creo profundamente en Jesús y creo en la Resurrección de la carne. Lo que digo es que no sabemos, de la manera empírica que conocemos aquí, cómo es un cuerpo glorioso, de qué sustancia o materia estará formado. En qué consistirá la transformación que sufrirá. Y que eso solo lo sabe el Creador. Y que a nosotros no tiene por qué revelarnos todos los detalles, toda su sabiduría, aunque tengamos fe en Él por medio de Nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo.

      Mi intención era debatir sobre la palabra carne. Esta carne que ahora tenemos y que vemos, palpamos, diseccionamos y estudiamos desde las ciencias humanas. Lo que no cabe duda es que Jesús, al resucitar, sufrió una transformación. Si no, lo hubiesen reconocido en un pis pas, nada más verlo. Pero la carne mortal, en la misma forma que ahora es, no puede atravesar las paredes de un cenáculo, etc., sin romper todas las leyes físicas que Dios diseñó para la materia. Materia que ni sabemos realmente lo que es. Materia que ni se crea ni se destruye, solo se tranforma <>. Posiblemente dentro de unos pocos años, los átomos y moléculas de mi carne vayan a parar al estómago de un buey o al de un ave carroñera, y después, posiblemente, servirán para fertilizar una lechuga, o formarán parte del ala de una mosca, en este planeta vivo y en constante dinámica de intercambio energético. Esto es así.

      ¿Mi teoría? Yo creo que el Último Día todo lo creado volverá al Creador de donde salió. El Universo entero. Y ese día, Dios reunirá el millón de partículas de nuestro cuerpo disperso -dará igual dónde se encuentren- con el alma resucitada. Y todos nos reconoceremos. Y segúramente será un cuerpo transparente y luminoso como no podemos ni imaginar, sin estar ya sometido a caducidad, a las leyes de la materia y a los condicionantes de espacio-tiempo.

      Así creo que será la Resurrección de la carne.

      Dicho todo esto, y sea como sea, lo que tengo por cierto es la infinita felicidad que viviremos en presencia de Dios por toda la eternidad.

      Esta es mi teoría. Un abrazo.

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      • 14 agosto 2015 15:19

        ¿Antonio algo perdido? Ja y ja.

        Creo que Antonio hace unas preguntas muy interesantes, que tiene mucha fe y que esas dudas y ganas de saber cómo son las cosas no le hacen perder ni una pizca de fe, todo lo contrario.

        Ya, de paso, Antonio, dile a Miguel la nueva duda que has planteado en Facebook, que se las trae.

        Me gusta

  17. Antonio García Sánchez permalink
    13 agosto 2015 18:19

    Ya ha vuelto a pasar lo mismo. Entre las comillas bajas ponía: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

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