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NOVENA A LA INMACULADA EN 2014: DÍA 8.º: PENTECOSTÉS, ASUNCIÓN, CORONACIÓN

9 diciembre 2014


 Os recuerdo que regalo a quien me las pida las obras marianas de San Luis María Grignion de Montfort. Será en pdf, en audio (solo el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen) o, cobrando solamente los gastos de envío, en papel.


 Me alegraría que esta novena sirviera para que muchos se ilusionasen por hacer la consagración al Corazón de María después del tiempo de treinta y tres días de preparación que pidió S. Luis María y que pide, en Medjugorje, en nuestros días la Santísima Virgen. Para tener más conocimiento de ello están los libros que os ofrezco. 

Día 8.º (7 de diciembre)


María en Pentecostés. Asunción. Coronación

— ACTUALIZADO CON CORRECCIONES EL 9/2/2017 —

1. Todos ellos [los Apóstoles] perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos… Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas cono de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas (Hch 1,14…2,4). 

HE AQUÍ LA TERCERA VENIDA DEL ESPÍRITU SOBRE María. Vino primero en su Inmaculada Concepción, que celebramos mañana. Vino después en la Anunciación, cuando al visitarla el ángel, “la encontró la gracia llena de gracia” (S. Bernardo), y la llenó de más gracia porque “el Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1,35). Y, ciertamente, no sabemos qué efectos pudo producir en ella en Pentecostés: ¿cómo se llena una botella llena?

Pero sí nos suena mucho la estrechísima relación que existe entre la Virgen y el Espíritu, y cómo lo repite San Luis María, quien llega a decir que Él no hubiese descendido sobre la Iglesia incipiente si no hubiese estado en el grupo María* . Por lo demás, está claro que ella no salió a predicar –no le correspondía-, pero yo me la imagino, tan pronto como se pasara el paroxismo del Espíritu, corriendo a abrir la puerta para que salieran los demás. «La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud» [1]. El Reino tiene prisa.

2. Escucha, hija, y mira, presta tu oído, / olvida tu pueblo y la casa de tu padre; / el rey se ha prendado de tu belleza… / Ya entra la princesa, bellísima, / enjoyada con oro / -de brocados de oro es su vestido, con bordados de colores-, / es conducida ante el rey. / Vírgenes, sus damas, forman su séquito, / son conducidas ante ti; / son conducidas en medio de alegría y regocijo; / entran en el palacio del rey (Sl 45 (44),11…16).

Por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los cristianos; después, los últimos (1 Cor 15,21-24).


Declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste [2].


CON CUIDADO. LA VIRGEN NO SUBIÓ VOLANDO. No la llevaron a ningún nuevo lugar distinto de la tierra. El cielo –también para el cuerpo de Jesús- no es un lugar, sino un estado. No se va al cielo como a Barcelona ni al infierno como a Madrid, sino que se pasa a un estado de bienaventuranza, dicha y gloria como yo ahora puedo entrar en un estado de alegría, y se pasa a un estado de condenación como yo puedo entrar en un estado de tristeza. La Virgen Assumpta se traduce tomada, y la palabra (y Pío XII) no dicen que los angelitos me la subieran ni me la bajaran. [Corrección a 9/2/2017.- Sobre el sentido de assumpta en la constitución apostólica Munificentissimus Deus (1950), en la que Pío XII definió el dogma de la Asunción, tendréis en breve un apartado en el ensayo que dedicaré a la Asunción a partir de Munificentissimus Deus, al que podréis entrar por el menú de cabecera Las glorias de María. De hecho, la Ascensión y la Asunción incluyeron a los cuerpos, que están en el cielo de manera misteriosa, pero totalmente real.]

Y dice S. Pablo que todos resucitarán, pero «cada uno en su puesto». Yo veo claro como el agua clara que el primer puesto ha de ser para la primera. Además –creo que es una observación de S. Bernardo-, tuvo que recibir el mejor puesto en el cielo quien había dado a Jesús el primer puesto en la tierra: su vientre; en realidad, su Corazón.

María es, en fin de cuentas, la primera y más perfectamente redimida y la primera y la más plenamente glorificada: lo primero, en su Inmaculada Concepción, lo segundo, en su Asunción.

AUN ASÍ, PUEDE PONER NERVIOSO A ALGUNO no encontrar la asunción claramente revelada en la Biblia, como otras cosas en mariología. El nervioso no sabe que, en la Iglesia, la Revelación no está solo en la Biblia, sino también en la Tradición (que no termina), entre otras cosas porque la Biblia es el resultado de la Tradición y la Tradición, la asimilación común de la Biblia. Decía con gracia José María Pemán que, sobre la Virgen, lo que empezaba siendo un piropo acababa siendo un dogma. [Adición a 9/2/2017.- Una vez que aceptamos lo que se dice en el parágrafo inmediato, de hecho, desaparecen todos los escrúpulos bíbicos. Si la Asunta es el coronamiento de lo que ahí dije, su remate, entonces tiene unas solidísimas raíces en la Biblia, como que las tienen esos privilegios, sobre los que la Asunción está fundada. Ved también el estudio aludido en el parágrafo Con cuidado, etc.]

¿ES LA ASUNCIÓN UN HECHO SUPERFLUO, UN LUJO que se permitió Dios sin que hiciera falta?

Miren, yo vivo en Burgos. Yo me sitúo enfrente de la catedral. Contemplo admirado la pasmosa obra de siglos, primero por fuera, desde la plaza de Santa María y la de San Fernando; luego, por dentro, con los increíbles alabastros de Gil de Siloé, la capilla de los Condestables, la Escalera Dorada, el cimborrio. Y me parece imposible que a un edificio así le faltasen las torres de piedra que se arrojan, audaces, precipitándose para comerse las alturas. El principio ya no puede ser sin el final.

Y sepan mis oyentes que la catedral está dedicada, precisamente, a Santa María. Es un buen emblema. Todos los privilegios de María, todos los dogmas, todas sus gracias, el ser inmaculada, virgen, madre de Dios, madre de la Iglesia, mediadora, etc., todo esto no puede ser sin la coronación, y la coronación es la Asunción: darle el mejor lugar en el cielo, en el centrito mismísimo de la divina Trinidad [3].

POR ESO LA LLAMA LA IGLESIA «SIGNO DE ESPERANZA firme y de consuelo» [3bis]. Joaquín María Alonso defiende que Pío XII quiso hacer la definición dogmática en aquellos años por las terribles dificultades que estaba suponiendo la posguerra mundial. Y no deja de llamar la atención que, existiendo hacía mucho una fiesta de la Asunción, el Papa quisiese pronunciar la definición en la fiesta de Todos los Santos…

Porque, en ella –a quien Benedicto XVI llamó estrella de la esperanza-, la Iglesia ha logrado el cumplimiento final y total. En ella, la Iglesia ya es todo lo que tiene que ser. Nada le queda por alcanzar. En ella, el triunfo es ya una realidad. Al través de María asunta, tenemos la evidencia de que el triunfo es seguro a menos que alguno desee apartarse –por el pecado- de él. Por eso, Benedicto XVI la llamó estrella de la esperanza [4]. En enseñanza de Pablo VI, la Asunción nos recuerda


la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final, pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que Cristo ha hecho hermanos teniendo en común con ellos la carne y la sangre [5].


 3. Yo soy el Señor, tu Dios… Honra a tu padre y a tu madre (Éx 20,2…12).

Ester encontraba gracia a los ojos de todos los que la veían… Y el rey amó a Ester más que a todas las mujeres…; así que impuso sobre su cabeza la diadema real y la hizo reinar (Est 2,15…17).

La bendijeron todos al mismo tiempo, diciéndole: «Tú eres el orgullo de Jerusalén, tú eres la alegría de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza» (Jdt 15,9).

Si perseveramos, también reinaremos con él (2 Tim 2,12).

María


fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cfr. Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte [6].


Que María vence al pecado y la muerte, a fe que lo hemos dicho.

DE ENTRE LOS TÍTULOS MARIANOS, los de mediadora, corredentora, reina, intercesora, madre espiritual, abogada, madre de la Iglesia y otros son, no lo mismo, pero sí distintas facetas de un mismo diamante [7]. Para mí, la realeza de María pone el acento en que su maternidad es poderosa por amor. Es una realeza maternal. En el cielo no hay coronas, y lo que se quiere decir es que –por su amor a nosotros y el amor de Dios a ella- ella tiene tanto oído para atender a sus hijos como oído tiene Dios para atenderla a ella. María es reina del universo, del hombre y de Dios. Dios se obliga a no desatender jamás una petición  de María –de hecho, se las inspira Él, como a todos: «el mismo Espíritu intercede por nuestro medio» (Rom 8,26)-. María puede tanto con sus súplicas como Dios con su poder. Se la llama la «omnipotencia suplicante». Dios es omnipotente por naturaleza, María por concesión. [Corrección a 9/2/2017.- Todo esto es verdad, pero no resulta avalado por Rom 8,26, porque, de entre los distintos valores que tiene en griego la preposición hypèr, en este caso tiene el de por nosotros, en nuestro favor, no el de por medio de; el Espíritu Santo “intercede en nuestro favor”, dice el texto bíblico, y no a través de nosotros.]

Rogad a María con seguridad. Son, como decía, títulos marianos complementarios, pero Santa Teresita lo decía:


Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del cielo y de la tierra, pero es más madre que reina [8].


Apreciad, por último, cómo la base bíblica de la realeza es mayor que en otras ocasiones. «Si perseveramos, también reinaremos con él» (2 Tim 2,12). ¿Quién perseveró con más heroicidad? Dios impone el mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx 20,12). ¿Dudáis que lo cumplirá el primero? Y fijaos: «Ester encontraba gracia a los ojos de todos los que la veían… Y el rey amó a Ester más que a todas las mujeres…; así que impuso sobre su cabeza la diadema real y la hizo reinar» (Est 2,15…17). Que Dios ama a la Virgen sobre cualquier otro, no lo dudamos. Que ella «encontró gracia a los ojos» de Dios, está en Lc 1,30: «Has hallado gracia delante de Dios». Señores…: o ponemos corona, o se la quitamos a Ester.

PROPÓSITO.- Cada vez que renueve mi consagración a María, buscaré un propósito preciso y claro para que, asociado a esa renovación, mi consagración no sea formularia, sino que verdaderamente corone a la Virgen en mi vida.

ORACIÓN.- Oh Dios, que has colmado de privilegios a la que «halló gracia delante de ti» (cfr. Lc 1,30) porque Tú la habías hecho «llena de gracia» (Lc 1,28); a María, «a quien halló la gracia llena de gracia» [9]; a María, a quien hiciste hermosa a fin de elegirla, y la elegiste luego porque la encontraste hermosa: concédeme coronarla en mi vida, para que, siendo ella mi brújula por la imitación de sus virtudes, siga siempre el rumbo de mi Estrella Polar, Jesucristo, mi Señor y mi amor, para servir al cual vivo. Amén.


* Y he aquí las palabras de Pío XII: «Fue María la que, por medio de sus eficacísimas súplicas, consiguió que el Espíritu del divino Redentor, otorgado ya en la Cruz, se comunicara en prodigiosos dones a la Iglesia recién nacida, el día de Pentecostés» (enc. Mystici corporis (1943) 

[1] S. Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19: Patrologia latina, vol. 15, col. 1560.

[2] Pío XII, constitución apostólica Munificentissimus Deus (1950), n.º 44.

[3] «La unión íntima del conjunto de los dogmas marianos es lo que justifica su triunfo final: que sea “asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. En síntesis, toda la mariología se comprometió con esta verdad y en ella se inserta armoniosamente el conjunto de la teología mariológica» (Aurelio Fernández, Teología dogmática. Curso fundamental de la fe cristiana, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2009, 440.

[3bis] Concilio Vaticano II, constitución Lumen gentium, n.º 68.

[4] Benedicto XVI, encíclica Spe salvi (2007), n.º 49.

[5] Pablo VI, exhortación apostólica Marialis cultus (1974), n.º 6.

[6] Concilio Vaticano II, constitución Lumen Gentium, 59. Cita a Pío XII, enc. Ad caeli Reginam, 11 oct. 1954: AAS 46 (1954) 633-636. Y añade una referencia a S. Andrés de Creta y otra a S. Juan Damasceno.

[7] Cfr. Aurelio Fernández, o. cit., 440.

[8] Sta. Teresa de Lisieux, Últimas conversaciones, 21.8.3.

[9] San Bernardo.


Os recuerdo que también podéis leer la novena a la Inmaculada del año pasado. En la nube de etiquetas de la derecha, una dice precisamente: novena a la Inmaculada.


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3 comentarios leave one →
  1. 9 diciembre 2014 21:36

    Una pregunta: ¿La Iglesia dice algo sobre si la Virgen murió o no?

    El otro día le entendí a un cura que, si murió, fue como si se quedara dormida nada más, y en ese mismo momento fue la Asunción, algo así. Igual no le entendí bien, no sé.

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  2. 10 diciembre 2014 1:56

    Lo que es de fe es que: “cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste” (Pío XII). Es lícito creer o no creer en la muerte. No podemos saberlo. Pero la mayoría de los teólogos -y a mí me parece lo más razonable- opinan que debió (hipótesis) morir, y eso, para que se pareciese todavía más a su Hijo.

    Sobre la forma de la muerte si es que hay muerte, existe acuerdo generalizado en eso mismo que refieres, y es una consecuencia de la Concepción Inmaculada. Esto es: Adán y Eva y todos, sin pecado original, probablemente habríamos muerto, pero nuestra muerte no iba a ser agónica ni dolorosa; por eso se dice que no íbamos a morir: porque era un final muy distinto. Al que tenemos ahora, la Biblia Vulgata lo llama “morir de muerte”.

    El pecado introduce la agonía y el dolor. Pero si María no tiene pecado, ¿qué le orresponde? Esa muerte primera proyectada. Es decir: cogemos la muerte, le restamos todo lo desagradable y terrible -y se lo restamos porque procede del pecado-, y tenemos la que siempre se llamó “dormición” de María, para volver glorificada a la vida.

    Será por cosas así por las que un poeta francés dijo que ella era “más joven que el pecado”.

    Y, si vuelves a leer la primera línea de esta respuesta, ahí tienes dicho que para ella no hubo lo que técnicamente se llama “escatología intermedia”, es decir: el alma separada del cuerpo y gozando sin él de la bienaventuranza (o, en otros casos voluntariamente elegidos, sufriendo la condenación), hasta que en el Día final se produzca la resurrección. Para María, no. Por eso digo arriba que el primer puesto había de ser para la primera, y que ella es la primera y más perfectamente redimida, y la primera y más plenamente glorificada.

    Más joven que el pecado…

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