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ALMA PARA UN CONOCIMIENTO DE LA VIRGEN-VIII

23 agosto 2014

CORAZÓN DE MARÍA: CORAZÓN DE LA IGLESIA

 

Forma serie con

Alma para un conocimiento de la Virgen-I

Alma para un conocimiento de la Virgen-II

Alma para un conocimiento de la Virgen-III

Alma para un conocimiento de la Virgen-IV

Alma para un conocimiento de la Virgen-V

Alma para un conocimiento de la Virgen-VI

Alma para un conocimiento de la Virgen-VII

Alma para un conocimiento de la Virgen- y IX


Puede verse también la serie anterior:

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-III

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen-V

Alma de todas las devociones a la Virgen-y VI 

«La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma»

(Hch 4,32).

 

¿Qué relación hay entre el Corazón de María y la Iglesia? El Corazón de María es el Corazón de la Iglesia [1], y aquí se ha de ver por qué. Las consideraciones de Alonso parten de aquella línea paulina de un Cristo Cabeza de la Iglesia y los fieles como miembros (cfr. Ef 1,15-23; 4,1-16), desarrollada marianamente por San Luis María Grignion de Montfort con lógica intachable, y, cordimarianamente,  por San Juan Eudes:


Si Jesucristo, el jefe de los hombres, ha nacido en Ella, los predestinados, que son los miembros de esa cabeza, deben también nacer en Ella por una consecuencia necesaria. Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza: de otra manera sería un monstruo de la naturaleza [2].


 


Y así como ha concebido y llevado y llevará eternamente a su Hijo Jesús en su Corazón; así también ha concebido de un modo parecido, y ha llevado y llevará eternamente en este mismo Corazón a todos los santos miembros de esta divina Cabeza, como a hijos muy amados, y como fruto de su Corazón maternal [3].


 

No cabe duda de que la maternidad in corde, «según el corazón», es la que conecta a la Cabeza y los miembros. Es evidente que nosotros somos hijos espirituales: in corde; en cuanto a que la maternidad del Hijo natural es prius corde quam carne («antes en el Corazón que en el seno»), en cuanto a que ocurre quia in corde, ideo in carne (la causa es el Corazón, por eso puede serlo en la carne), y en cuanto a que es madre más tiempo en el Corazón que en la carne (ya que en el vientre lo llevó nueve meses, y en el Corazón, desde la Inmaculada Concepción hasta la eternidad), culpa mía será si no lo he remachado suficiente. Dad un vistazo a Una madre de Dios según el Corazón, en Alma para un conocimiento…-I.

Sí he recordado bien cómo el fiat (Lc 1,28) de María era consciente de ambas maternidades. Allí me estaba queriendo ella. Mi maternidad espiritual -está explicado- estaba incluida en la maternidad divina. Y sabemos que el fiat se pronunció con el Corazón. La unidad de la maternidad espiritual con la divina, que si la pensamos en idioma de Iglesia es la unidad de la maternidad de los miembros y la Cabeza, esa unidad está anclada en el Corazón de María.

Y es otra cosa que no cejará… Alonso proclama seguro que «es fácil ver cómo la misma Virgen pueda ser verdadero Corazón de todo el Cuerpo Místico»[4]. Ya todo un Pío XII había enseñado que «María tiene Corazón maternal para con todos los miembros del mismo augusto Cuerpo»[5].

Sobre todo nos interesa este admirable pasaje de nuestro mentor :


Se ha dicho que el Corazón de María puede llamarse el corazón de la Iglesia y principio de su vitalidad: porque así como en la Encarnación el amor de la Virgen acelera y obra esa maravilla estupenda, del mismo modo la oración y amorosos afectos del Corazón Ido. [Inmaculado] merecieron los dones divinos para los Apóstoles y adelantaron la venida del Espíritu Consolador. Es el Corazón de María el que contribuye a la formación de la Iglesia, Cuerpo místico de Jesús, algo así como antes había contribuido a la formación de su humanidad. Por eso, dentro del Cuerpo místico de Cristo, las funciones del Corazón maternal ejercitan su poder principalísimo. Es este Corazón –lo hemos dicho antes- quien nos da el sentido de su Maternidad espiritual para que nos sintamos hijos y hermanos de Madre única y dolorida por nuestras ingratitudes. Es este Corazón espiritual –su amor- quien produce la unión entre la Cabeza y los miembros. Los SS. PP. [santos padres de la Iglesia] han conocido las metáforas de “acueducto” y de “cuello” del Cuerpo místico… Pues todo el sentido simbólico de esas metáforas lo recoge la Teología cordimariana bajo el símbolo, mucho más real y operativo de “Corazón de la Iglesia”. Y lo es porque todo el influjo que este maravilloso órgano, que es nuestro corazón de carne, tiene en la economía de nuestro organismo, lo tiene, con realidad mística pero verdadera, el Corazón de María en el organismo espiritual del Cuerpo místico. Lo es porque la Virgen es Corredentora por su Corazón amoroso y compasivo; lo es porque Ella es Abogada y Medianera nuestra por su Corazón de Madre que suplica perdón y alcance gracias que van a dar vigor y lozanía al Cuerpo Místico… [6]


 

Y, no obstante, la riqueza del pasaje no puede ocultar que todo queda reconducido a la mediación de María («acueducto» como San Bernardo, «cuello» como San Bernardino de Siena…), y no se aporta mucho más. Bien está, seguramente, porque -hasta la consumación de los siglos- esa es exactamente la función del Corazón de María para con la Iglesia, esa, justamente, la que necesitamos y la que define a la Virgen según su misión de siempre: la mediación, la que no hace más que aparecer constantemente al estudiar su Corazón: unir hombre y Dios de todos los modos que a Dios se le ocurrieron.

LA ASUNCIÓN DEL CORAZÓN DE MARÍA

 

«Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo»

(Sl 73 (72),26).

 

No trataré otros puntos esenciales sobre este Corazón de mi dulce Señora, por no haberlos tocado Joaquín María Alonso. Faltarían, qué duda cabe, cuestiones como la Asunción o la realeza. Sobre la primera, sí me permitiré decir dos cosas breves. Primero, que se trata de la Asunción del Corazón de María, en tanto que -se tome por donde se tome- resulta de la santidad de la Virgen, y bien aprendido tenemos que la santidad de María es el Corazón de María.

Lo segundo va a ser traer de nuevo una perícopa que nos ha servido al hablar de la Inmaculada:


La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).


 

Sostengo empeñosamente que, si «el amor de Dios» es Dios conforme a 1 Jn 4,8.16 («Dios es amor»), de nadie se puede decir mejor. Sostendré en el campo de batalla, contra quien mintiendo dijere lo contrario, que el Corazón de María es el nido perfecto de la Divina Paloma -el Espíritu Santo-, y por lo mismo el Corazón es el punto de cita donde nosotros correremos a encontrar a tal Paloma. ¿Por qué, si no, iba a interesarnos el Corazón de María?

Y si esto es así, como lo es -o, si lo preferís, atravesaros he con la mi lanza-, la esperanza que menos defrauda, si es que la tuvo, es la de María Santísima, y cátate toda la Asunción escondida en el versículo más inesperado. Por eso, aunque lo haya dicho antes, sabemos que el Corazón de María es la Inmaculada Concepción, esto es, la primera y más perfectamente redimida, pero también la Asunción, esto es, la primera y más plenamente salvada. Si María tuvo esperanza.

 ¿María tuvo esperanza? Seréis pacientes conmigo, y me dejaréis que os copie un poquillo del final de la encíclica Spe salvi (2007), de Benedicto XVI, una de las más humanamente estremecedoras de la historia. Será la manera de que terminemos rezando a María antes de unas conclusiones breves, y luego ponemos unos vinos.


”Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26). Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva […]. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel […]: “No temas, María” (Lc 1,30) […]. También te dijo: «Su reino notendrá fin» (Lc 1,33). ¿Acaso había terminado antes de empezar? […]. Con esta fe, que en la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de la esperanza, te has ido a encontrar con la mañana de Pascua. La alegría de la resurrección ha conmovido tu corazón […]. El “reino” de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres […] y ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino [7].


———————————————-

[1] Cfr. Bertrand de Margerie,  El Corazón de María, corazón de la Iglesia, «Ephemerides Mariologicae» 16 (1966) 189-227.

[2] S. Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 32 : Sociedad Grignion de Montfort-COMBEL, Barcelona 2006, 30.

[3] S. Juan Eudes, Oeuvres complètes-VI, éd. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 147-148.

[4] El Corazón de la Inmaculada, «Verdad y Vida»15 (1957)331.

[5] Pío XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, «AAS»42 (1950) 753.

[6] Oportunidad, alcance y obligaciones de la consagración de la Archidiócesis de Sevilla al Inmaculado Corazón de María, en VV. AA., Crónica Oficial de la VI Asamblea Mariana Diocesana dedicada al Ido. Corazón de María, Sevilla1943, 100-101.

[7] N.º 50.

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