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ALMA PARA UN CONOCIMIENTO DE LA VIRGEN-VII

16 agosto 2014

CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA: Y QUE ME MUERA DE AMOR

Forma serie con:

Alma para un conocimiento de la Virgen-I

Alma para un conocimiento de la Virgen-II

Alma para un conocimiento de la Virgen-III

Alma para un conocimiento de la Virgen-IV

Alma para un conocimiento de la Virgen-V

Alma para un conocimiento de la Virgen-VI

Alma para un conocimiento de la Virgen-VIII

Alma para un conocimiento de la Virgen- y IX


Puede verse también la serie anterior:

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-III

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen-V

Alma de todas las devociones a la Virgen-y VI

«…Y ruégote mucho que si aquí muriere, procures de llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi corazón. Y dile que se lo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo ajeno llevaba conmigo»

(Garci Rodríguez de Montalvo, Amadís de Gaula, III, LXXIV)

No ha de ser tan sistemático el punto que sigue, y sí, por cierto, hermoso, pues que nos asomamos a la consagración al Corazón de la madre, o, más justamente, queremos atisbar qué lugar ocupa el Corazón de María en nuestra consagración a la Señora. Alguna razón ha de haber para que ella tanto esté pidiendo la consagración a su Corazón desde hace tanto tiempo.

Que no es una exigencia seca, jurídica, racionalista, derivada de lo que merece, sino la respuesta de amor que espontáneamente se nos despierta al contemplar tanto amor en su Corazón, que la hizo madre nuestra. «Con cuerdas de ternura, con lazos de amor los atraía» (Os 11,4). El fundamento de parte de María es su maternidad espiritual; de parte nuestra, el amor de correspondencia que este hace nacer.


La consagración al Corazón de María, si se hace –diríamos- no se hace bajo el signo de una virtud de la religión imperada por la justicia…, ni bajo la modalidad específica de la realeza [María reina]…, sino bajo el impulso de un movimiento de fe en el amor […].

La Virgen, claro está, tiene sus exigencias que dependen de los derechos de Dios sobre Ella y sobre toda la creación…, pero Dios-Padre se la ha escogido precisamente, no para manifestarse como Dueño y Señor del Universo, sino para descubrirse en una donación amorosa que se quiebra en ternuras maternales. Es verdad igualmente que la Virgen es Reina, es Madre divina, y ha conquistado sobre nosotros unos derechos […]… Pero los derechos maternos son precisamente los que nunca se ejercen… Quien hiciera la entrega de la consagración al Corazón de la Virgen, como se hace la entrega de un impuesto sobre la renta…, se alejaría enormemente y absurdamente de lo más exquisito de la espiritualidad mariana: el retorno al amor de[l] Padre, por el amor a la Madre […].

Podemos aquí hablar, con una deliciosa y tópica metáfora, de un “Reinado de amor”, de María Reina de los corazones, porque efectivamente la Virgen es Reina nuestra por su Corazón. Esto significa que, aunque lo sea también por imperio y por dominio, pero realmente “no lo quiere así”; sino por el reconocimiento libérrimo y amoroso de sus hijos [1].


 

La Virgen nuestra Señora –que es madre por su Corazón de Dios y nuestra- es el rostro femenino de la ternura de Dios. Ni existe nada que hable mejor al hombre, para presentarle el amor y urgirle la correspondencia que lo ha de salvar, que la cercanía cálida de una madre, ni existe en una madre nada más materno que el corazón; se es madre en virtud del amor, se es hijo merced al amor. Y el Corazón de María lleva, por lo tanto, a efecto el querer de Dios de urgirnos «el retorno al amor de[l] Padre, por el amor a la Madre» [2].

De esa manera, a través de la intuición del Corazón de María, esto es, del amor de la madre espiritual, que manifiesta el amor del Padre, el hombre se siente poderosamente urgido a la entrega del amor del propio corazón. «Amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19) [3]. Amor con amor se paga -a condición de que ello se haga por amor, mucho más que por justicia-.

Alonso explica de este modo la virtualidad de la consagración cordimariana como consagración hecha, no sin más a Dios, ni sin matiz a María, sino, justamente, al Corazón de María. Expone que la presencia de la madre humanizando la religión («religión humanizada») [4], y la percepción de aquello que es más propio de una madre, que es su amor y su ternura, al tener lugar de modo intensísimamente eficaz a través del símbolo o cifra del Corazón, suscitan de modo natural la correspondencia del cristiano, que se siente impulsado con fuerza –con la fuerza de la dulzura- al entregamiento de su personal amor y de su propio corazón.

Y, defiende Alonso, en la medida en que la percepción de la santidad, y sobre todo del amor, de María se hace profunda y quemante en la percepción de su Corazón, en esa medida el Corazón de María constituye una vía privilegiada de espiritualidad, en esa medida la consagración mariana se hace necesariamente –por evolución interna y natural- cordimariana, en esa medida toda espiritualidad mariana se torna, asimismo, cordimariana.

Comparto la opinión de Alonso de que una consagración basada en la justicia no agota las virtualidades enormes que se encierran en la espiritualidad mariana, y creo que, para defender otra cosa, sería necesario comenzar por negar que lo más definitorio de María es su maternidad respecto del Hijo y de los hijos. Creo, en román paladino, que el Corazón de María no tiene que ver con la justicia. «Los derechos maternos son precisamente los que nunca se ejercen», nos ha dicho Alonso [5]. En Isaías leemos: «Poco es que seas mi siervo» (Is 49,6), y eso debería entender quien pretendiera ofrecer a la Virgen su consagración a título de restitución. San Pablo llama a los filipenses «mi gozo y mi corona» (Flp 4,1), y esa –sus hijos- es la auténtica corona de María. Santa Teresa de Lisieux, por último, lo resumió insuperablemente:


Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del cielo y de la tierra, pero es más madre que reina [6].


 

No se trata de que no seamos siervos o que no debamos serlo; se trata de que somos, también y ante todo, hijos. No se trata de negar que María es reina, porque lo es; se trata de que la realeza misma, en María, es un oficio de amor, es maternal; es, también, un asunto del Corazón. O mucho me equivoco, o la realeza es otro nombre de la mediación: el de tener ella, como se dice, «tanto poder con sus súplicas como Dios con su imperio», el de tener oídos capaces de oírnos amorosa, y voz de dulzura capaz de que su Hijo Dios la obedezca siempre («sus ruegos son mandatos para Él»), ese Dios que primero instituyó el «honrar padre y madre» y luego tuvo una madre y es imposible que no lo cumpla con su infinita perfección a nuestro servicio…

En fin, la realeza -quiero decir el mero dominio- como fundamento de la entrega a María aparece como una base clara, lógica y fácilmente comprensible; pero lo que tiene de lógico lo tiene de seco y de insuficiente, y da poco juego a la vida espiritual fundarse en que «como ella es mi reina, debo…», o «como ella es mi señora, no puedo por menos de…». En espiritualidad, lo que funciona es el espíritu; en asuntos de amor, lo que nos mueve es el amor. «Es poco que seas mi siervo». Con solo la realeza, no íbamos muy lejos [7].

————————-

[1] La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, COCULSA, Madrid 1960, vol. I, 48-49.

[2] Ibíd., 49.

[3] A quien objetara que el v. está exhortando al amor al prójimo, le daría las gracias, convencido como estoy de que la primera rectificación que vamos a tener que introducir en la devoción al Corazón de María es combatir el modo íntimo, devocional, subjetivo, privado y lacrimante con que de ordinario se la practica. Sin dejar la oración jamás, hay que verter la devoción en la caridad, en el apostolado y en la misión.

[4] La Consagración al Corazón de María, cit., 115.

[5] Ibíd., 49.

[6] Sta. Teresa de Lisieux, Últimas conversaciones, 21.8.3.

[7] Y creo desacertada la comprensión que Alonso tiene de la consagración en la Esclavitud Mariana montfortiana, porque la entiende basada fundamentalmente en la realeza. En verdad, su nervio indiscutible es la mediación de María, y se trata de un caso como pocos hay de correspondencia entre una realidad doctrinal (esa mediación) y una espiritualidad (la consagración como esclavos por amor). Podéis leer más en Apostilla sobre la cuestión del fundamento en la consagración montfortiana.

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