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AQUÍ COMIENZAN LOS PAPELES DE DULCENOMBRE

10 julio 2014

DULCENOMBRE: ¡ESCRIBE!


Hace mucho tiempo que a este blog le hacía falta algo más testimonial. El Espíritu Santo ha querido dárnoslo. Dulcenombreme ha honrado entregándome sus papeles, que en desorden irán saliendo poco a poco a la luz. Dulcenombre y yo hemos acordado trastocar todos los nombres, y Dulcenombre no se llama Dulcenombre ni nadie se llama como se llama.

Entremos, ya, de puntillas en la intimidad de Dulcenombre, en el paso estremecedor de Jesucristo por una vida como puede ser la de usted o la de usted, por si Jesucristo estuviera deseando pasar estremecido por la vida de usted o por la vida mía. «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20). Silencio, silencio… ¿Ibas a hablar, Dulcenombre…?

Otra entrega de Dulcenombre, aquí.

Este documento es consecuencia de una petición que me hizo el Señor. Me dijo «escribe» de una forma clara e inequívoca. Lo oí en mi alma en un momento de oración en el que le pedía que me dijera qué esperaba de mí. Pero yo esperaba que me lo mostrara de algún modo. No esperaba sus palabras, pues fue la primera vez que le oía. Y le oí tan claro, tan innegable, como si hubiese sido audible. Entonces empecé a descubrir lo que ahora sé: que no solo nuestro cuerpo tiene sentidos. También nuestra alma tiene sentidos, con los que puede sentir el amor de Dios, como un abrazo, puede oírle y puede sentir su presencia, casi como si le viera delante.

Cuando el Señor me dijo «escribe», me sentí desbordada por la petición. Le pregunté: «Pero ¿qué quieres que escriba?», como diciendo: «Pero si yo no sé nada, ni he escrito nunca nada…» Pero el Señor no añadió nada. La palabra «escribe» se quedó resonando en mi mente y en mi alma. Desde entonces me ha ido guiando poco a poco.

En mis papeles habrá testimonios, oraciones, iluminaciones que he recibido del Señor y lo que llamo Escuchando al Señor. Explico los dos últimos, porque entiendo  que pueden resultar extraños.

Las iluminaciones son iluminaciones del Señor sobre un tema concreto. De tal forma que lo que antes no veía, de pronto, por pura misericordia del Señor, ha tenido a bien hacérmelo ver y entender. Con una claridad que no viene de mi propio estudio, ni de mi investigación, sino que simplemente se me presenta delante, como el día, en un momento de oración.

Escuchando al Señor recoge ratos en los que me he sentado en oración delante del teclado, intentando silenciar mi mente y esperando a que llegasen las palabras del Señor, para ser yo sus manos. Estas palabras que me han ido llegando creo sinceramente que vienen del Señor, pero también mis propios pensamientos se pueden entremezclar con ellas. Mi capacidad para silenciar mi mente es limitada.


[Os invito a leer tres historias tituladas Cuando el hijo se muere]

24/3/2012

Amado Jesús:

Aquí estoy de nuevo, escribiendo para ti. Me has vuelto a despertar temprano, como hacías al principio. Me ha pedido Jorge Fernández que siga escribiendo, y que complete con el último año mi testimonio. Ahora mismo me es difícil. La muerte de mi bebé me llena todo el espíritu, así que empezaré por ahí.

Sé que tengo tres hijos que son tres regalos maravillosos, pero cuando supimos que esperábamos otro me ilusioné mucho. Durante cinco años, no me atreví a tener más hijos. Tenía miedo. Miedo de que mi esposo se muriese y me quedase yo sola con cuatro niños… ¿Cómo iba a poder hacerme cargo de todo yo sola con mi sueldo? Ya para tres lo veía difícil.

Hasta que me llenaste con tu Espíritu y los miedos desaparecieron, y pensé que Tú nos darás lo necesario, Tú te ocuparás. Y me decidí a darle a mi esposo un hijo más, que siempre quiso. Aunque él decía que ya era tarde, que se iba a llevar muchos años con sus hermanos; yo pensaba que le haría mucha ilusión y se daría cuenta de que eso no importa tanto. Yo le llevo once años a mi hermana, y la adoro.

Los niños estaban como locos de contentos. Luisa, por supuesto, quería que fuese niña, y David y Roberto, que fuese niño. Lo único malo del embarazo fue que las náuseas me apartaban de ti. Me hacían centrarme en mí, y rezar me costaba más. ¡Cómo me hubiese gustado pasarlo como las personas que cuando están enfermas se sienten más cerca de ti! Yo, en cambio, me sentía más lejos. Pensé que no tengo aún la fortaleza suficiente.

El 18 de marzo supimos que el bebé había muerto dos semanas antes. Lo llaman aborto diferido. El 19, tras una nueva ecografía de confirmación, me pusieron el tratamiento médico con hormonas para que mi cuerpo lo expulsase. Por la naturaleza o por ti, salió con el mismo dolor que un parto, y se lo quedaron en el hospital para analizarlo. Fue un día del padre muy triste para mi esposo: era contradictorio perder un hijo en ese día.

He pasado cinco días llorando muchísimo. No lo entendía. El día antes de la prueba de embarazo, leí una de las lecturas del Seminario de la Vida en el Espíritu, que decía: «Yo bendeciré el fruto de tu vientre» (Dt 7). Lo interpreté como que todo iba a ir bien, y resultaba que mi bebé había muerto. No entendía nada. ¿Cómo era posible que me dijeras que bendecirías el fruto de mi vientre y después te lo llevaras?

Pero al mismo tiempo, Tú diste tu vida por él y por mí, Tú eres el Amor absoluto. Tú sufriste en la Cruz más que yo, y María más que yo también viéndote en la Cruz. Así que me arrodillé en espíritu ante tu Cruz y puse a mi bebé a tus pies. Te lo entregué para que murieras con él y él resucite contigo, para que lo acogieras en tu inmenso amor. Y recordé al bebé que perdí hace seis años, antes de tener a Roberto. En aquella época, mi fe era débil, y no supe qué hacer, así que también lo entregué a tus pies para que también lo resucitases. Nada me consuela más que pensar que mis bebés están en el cielo contigo, sintiendo tu Amor infinito, ese del que apenas he sentido yo un poquito y que ya me ha hecho tan feliz. Ellos son felices en tu presencia y amor.

 

Lloré mucho varios días, hasta que el jueves por la noche fuimos a cantar y orar con nuestro grupo de Caris [Carismáticos]. Allí, en tu presencia, empecé llorando, pero sentí que me decías que parase de llorar. Y paré. Y las canciones se deslizaban sobre mí como un bálsamo, suavizando mi dolor. Y después de eso ya no he vuelto a sentir el mismo dolor. Siento como una cicatriz, dolorida, pero la herida está cerrada.

No siento castigo en lo sucedido, solo la fragilidad de la naturaleza. Solo una cosa me sigue desconcertando: que no supe interpretar tu Palabra. Eso me hace sentir más insegura. Ahora no me atrevo a fiarme de mis interpretaciones de las lecturas. Yo muchas veces he sentido que me hablabas directamente a mí en la Palabra, y ahora… ¿cómo voy a poder agarrarme a tu Palabra? Algo me dice interiormente que no lo interpreté mal, que Tú bendices «el fruto de mi vientre» precisamente llevándotelo al cielo. Pero aún no llego a comprenderlo del todo, y la duda se mezcla con la fe y la esperanza en ti.

Señor, yo sola no puedo. Dame más entendimiento, más fe, más esperanza. Que no deje hueco a la duda, que no me aleje de ti. No me sueltes, Señor, sostenme.


22/4/2012

Mi Señor Jesús:

Hace dos días celebramos una Misa por nuestros dos hijos fallecidos en el embarazo, el que murió antes de nacer Roberto y el que murió hace un mes. Les pusimos por nombre Teresa y Juan; el Señor sabrá repartirlos. Fue una Misa preciosa, en casa, solos los cinco. La celebró Emilio, en nuestro salón, con un mantel blanco que yo tenía de mis padres, con un pájaro también blanco en el borde y en un cuadro central. Me pareció que representaba bastante bien al Espíritu Santo. Si yo hubiese querido buscar un mantel blanco, no habría encontrado otro mejor. Compré un ramo de margaritas blancas, y nuestro cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro presidía con el Niño en brazos tras el altar. Ya tienen nombre, y ya están contigo, en tu presencia, son felices. Cuando me encuentre con ellos, podré llamarlos por su nombre.

Leímos en la primera lectura la palabra que me regalaste una noche diciéndome que me ibas  a hablar de mi hijo perdido. Es el relato en el que el rey David quiere favorecer a alguien de la casa de Saúl, y entonces traen a su nieto, Meribaal, tullido de ambos pies, y David le entrega todos los bienes de Saúl y le invita a comer a su mesa para siempre. A mí me pareció que me indicabas que Tú me decías que invitabas para siempre a mis hijos a comer a tu mesa. Me consoló muchísimo.

Tal vez me enviaste este niño para poner a prueba mi confianza en ti, no para cerciorarte, porque Tú ya la conocías, sino para que yo comprobara que sí tengo confianza en ti. Tal vez lo enviaste para que descubriéramos que debíamos poner nombre al primero que perdimos, y rezar por él, y pedir su intercesión. La única forma de llevarnos a que lo hiciéramos fue perder otro niño.

Emilio les dijo a los niños que rezaran tres días seguidos por Teresa y Juan, y que en adelante pidieran su intercesión para todo lo que quisieran, como aprobar exámenes y todo lo que se les ocurriera.

Ayer lloré en el coche otra vez por Teresa y Juan. Sentía tristeza por la separación, por no haberlos tenido conmigo. Sin embargo, al mismo tiempo sé que están con el Señor y siento como un aceite que me hace flotar, que protege mis heridas del roce con cualquier otra cosa. A veces pienso que es como si el Señor me llevase en brazos. Es contradictorio en cierto modo. No entiendo cómo puedo sentir a la vez dolor y consuelo.

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3 comentarios leave one →
  1. Hija amada de Dios permalink
    11 julio 2014 2:42

    ¡Hermoso testimonio! Dios nos da su fortaleza en todos los momentos y circunstancias de nuestras vidas. A veces no entendemos, pero Él sí entiende, y por eso lo seguimos.

    Cuando nuestra alma está conectada al espíritu y amor de Dios, grandes cosas suceden. Por ende, nuestra alma sonríe y el amor de Dios florece en medio del consuelo. ¡Que el Amado Jesús y la Dulce María los bendigan!

    Me gusta

  2. Clara permalink*
    11 julio 2014 8:57

    Es de esas historias que dejan sin palabras. Solamente quiero mandar un abrazo para Dulcenombre y su familia y agradecerle este gran testimonio de fe.

    Me gusta

Trackbacks

  1. LA MADRE MÁS FELIZ HUBO NOMBRE DULCENOMBRE | soycurayhablodejesucristo

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