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LA CONFIANZA COMO ACTITUD EDUCATIVA-VII: VER CON LOS OJOS DE NIÑO

30 junio 2014

Joan Valls visita La Farga Infantil

Foto: Juan Valls en un colegio infantil de Barcelona

Y atención a este artículo, porque a mí me parece el mejor de los diez con que nos ha honrado ya Juan: mi profesor de infantil, mi consejero años adelante, pedagogo de fama, conferenciante, y ante todo, ejemplar de inimaginable humanidad. 

En cualquier situación que uno se encuentre, descubre lo difícil que es conseguir y desarrollar la hermosa virtud de la sinceridad: entre otras cosas porque los mandatos y las actitudes de los educadores son, en ocasiones, un tanto odiosas a los niños. Confianza, paciencia y habilidad, por parte de estos, refuerzan los deseos de ser sinceros, ayudan a entender mejor el valor de esta virtud.

 Javier, de seis años, había cogido varios sacapuntas, y el profesor estaba hablando de que no había que coger nada que no fuera propio. Uno de los niños se levantó y señaló a Javier, diciendo que había hecho esto y aquello. El profesor, muy tranquilo, como quien no ha oído nada, se dirigió al acusón: «Pero, hombre, ¿no ves que Javier es valiente y ya lo hubiera dicho él solo?»

 Sergio acaba de estrenar su primer día en la nueva escuela. Su profesor, Juan, está pasando revista al material, y Sergio sigue muy serio esta operación, que dura casi todo el día, pues los niños son muchos. Él no ha traído nada, pero está contento. Sigue la operación de recogida y revisión con mirada atenta e incluso dispuesto a ayudar en cualquier momento. De tanto en tanto, se gira hacia el profesor y le dice con rostro tranquilo: «Mañana lo traeré todo, ya lo verá». En efecto, el día siguiente Sergio se presenta con todo el material y su equipo completo, afirmando: «¿Lo ve Ud.? Ya se lo decía.»

Estos, como los demás, son ejemplos de unas buenas actuaciones educativas. Pero deben fundamentarse en la propia vida del educador. Dos palabras clave para un educador: CUMPLIR Y VIVIR.

¿Cuántas veces notamos en el hacer de los niños esta postura del que hace sin creer en lo que hace? Os aseguro que me hace pensar mucho. Me sentiría triste, y en verdad fracasado, si supiera que alguien realizara así mis dedos y consejos. Recuerdo lo dicho anteriormente: el arte de educar a los niños de hoy, de ayer y del porvenir se basa en el amor. Por tanto, seamos realistas y no esperemos que los niños nos devuelvan otra moneda.

Cuando les decimos algo -por difícil que sea- con una actitud que muestra nuestro amor, nuestro interés por ellos, estamos seguros de que aquello se vivirá, no se cumplirá sin más. Si en nuestros modos resaltan la fealdad o el autoritarismo, incluso la indiferencia, tengamos por cierto que los niños lo cumplirán, pero no lo vivirán.

Vivir es sentir algo como de uno mismo; en el caso de los pequeños puede parecernos difícil, pero no lo es.  Decimos a veces: «¡Bah!, si no va a entenderlo. ¡Que lo haga, de todos modos!»

Cuidado con este trato. Los niños no tardarán en descubrir que en esta actuación nuestra falta calor, interés. Cuando esto sucede, la obediencia resultará mero cumplimiento, no entrega.

Que todo se realice con paz, armonía y equilibrio interno. Ser conscientes del fin que perseguimos: «la formación integral, completa».

Para esta tarea, deberemos asegurar todos los valores del hombre. Veremos cómo se contraponen, se destacan dentro del mismo todo, lo espiritual con lo humano.

Los fines sobrenaturales, espirituales, que se persiguen para los hijos -santidad, vida de entrega a los demás, desprendimiento de las cosas con un afán de servicio- exigen modos sobrenaturales, de orden espiritual: oración y sacrificio.

Por otro lado, los fines humanos, en toda su grandeza -rica personalidad, madurez, espíritu de trabajo, afán de superación-, exigen medios apropiados: prestigio profesional en lugar, y ejemplaridad en cada uno de dichos aspectos, uno a uno.

Pero, como tantas veces lo hemos comentado y reflexionado, no hay verdadera y profunda educación si el trato no se individualiza, se personaliza. El maestro, al igual que los padres, se ha de percatar de esta necesidad. Podemos hacer graves consideraciones, preparar el ambiente adecuado, incluso fijar objetivos claros y aún más: dar ejemplo. Sin embargo, todo esto es muy poco, es lo mínimo para tranquilizar nuestra conciencia. Siendo un buen principio, no consigue terminar la obra educativa.

(C)(R) Juan Valls Juliá.

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