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ALMA DE TODAS LAS DEVOCIONES A LA VIRGEN-III

9 junio 2014

AUTOBÚS: PRIMERO SUBIRSE, LUEGO BAJARSE

 

Forma serie con

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV 

Alma de todas las devociones a la Virgen-V

Alma de todas las devociones a la Virgen-y VI


Llevamos dicho, en Alma…-I y II, que la devoción al Corazón de María es la vocación que internamente marca a las demás devociones marianas en la medida en que quieran ser auténticas; y que esto es así porque la devoción que presento informa, interioriza y purifica a las demás. Hay que mostrar cómo es eso posible, qué tiene el Corazón de María de tan especial. Lo intentaré a partir de hoy, pero me toca empezar poniéndome negativo y gruñoncete. Véanlo.


 «Allí habrá calzada y camino, y será llamado Camino Santo. Nada inmundo pasará por él, y les resultará camino andadero, ni los más simples se extraviarán… Y caminarán los repatriados. Regresarán los redimidos del Señor, llegarán a Sión con gritos de júbilo e infinita alegría en sus rostros, traerán regocijo y alegría y desaparecerán la pena y los lamentos»

  (Is 35,8-10).

 

Partimos de dos comprobaciones. La primera, que ni usted sabe lo que es el Corazón de María, ni yo lo sabía hasta que me metí a estudiarlo de hoz y de coz. La segunda, que no hay manera de entender cómo es posible lo que va dicho en Alma…-I y II sin saber qué es ese Corazón.

No sabemos qué es el Corazón de María porque puede ser muchas cosas. Todos sabemos que acabaremos desembocando en la Plaza Mayor del amor, pero difícilmente sabemos por qué callejas. Pero, además, el amor ¿es lo único…?

[Foto: Joaquín María Alonso Antona, C.M.F. (Peñaranda de Bracamonte, Salamanca, 1913-Madrid, 1981)] El dato de partida -pero no de llegada- es que el Corazón de María es un órgano corporal de la Señora. Digo que un órgano corporal no funda todo lo que el Corazón de María ha fundado en la vida espiritual de la Virgen, ni lo que quiere fundar en la de usted y en la mía. Y así, este corazón tiene que tener un Corazón. San Juan Eudes decía que el Corazón de María es «el corazón del alma»[1] de la Señora. Y yo -que no soy santo, pero se me ha ocurrido- añado que Simeón dijo «una espada atravesará tu alma» (Lc 2,35) y que toda la tradición ha visto en esa alma el Corazón, atravesado por la lanzada que en la Cruz alcanzó al Corazón de Jesús (cfr. Jn 19,34). Consten en acta las declaraciones de San Juan Eudes y de Simeón, a los determinantes efectos a) de que entendamos que el Corazón no es el corazón muscular y b) de que sepamos que, si queremos ir a María (a su alma), nos cumple ir al Corazón: al Corazón de verdad por el corazón de carne. ¿Vale, muchachos?

A mí, en efecto, me dirán lo que quieran, pero un Corazón corporalmente entendido, por más simbolismo que queramos imbuirle, no facilita, antes bien obstruye, la devoción, la oración, la consagración, la reparación, el culto litúrgico o no litúrgico al Corazón de María. Mientras personalmente lo concebí de aquel modo, me costaba rezarle -a pesar de ser mi devoción mariana por excelencia-, porque, inevitablemente, ese corazón que no era Corazón, sino cosa, actuaba de pantalla: se colocaba entre la Virgen y yo… y las cosas tapan; la carne -camaradas míos- no es transparente.

Consagrarse a un corazón corporalmente entendido es lo mismo que consagrarse a un páncreas o a una cinta de lomo. Perdonad las expresiones, que a alguno le parecerán irrespetuosas (porque todavía no me entiende), ya que he querido usarlas rotundas y afiladicas.

Y he querido usarlas rotundas porque, desgraciadísimamente, después que han pasado unos dos mil años desde los maravillosos versículos evangélicos (Lc 2,19.35.51) que levantaron el mástil de la devoción al Corazón de María; y después de la riquísima, exuberante tradición que llegó hasta S. Juan Eudes (s. XVII) para que este le colocara la bandera del culto real, efectivo, privado y público; y después de que en el s. XIX S. Antonio María Claret viviese prácticamente obsesionado -como su predecesor- y difundiese el Corazón de María por todas partes; y después de las numerosas apariciones marianas -no solo las de Fátima (1917), Pontevedra (1925) y Tuy (1929), pero sobre todo estas-; aún seguimos en la etapa en la que todavía se reza a una víscera, y se representa una víscera todas y cada una de las veces que se trata de representar el Corazón de Jesús o el de María, y se sigue creyendo que el Corazón de María, por llamarse Corazón, es corazón. Y nos quedamos en la víscera. ¡En la inopia nos quedamos! Que no. Que «Corazón del alma». Sigue siendo verdad lo que ya se dijo cuando la elección de David: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7).

En resumidas cuentas: después de tanto como ha llovido, seguimos estando en los tiempos en los que, si queremos tratar de dar a entender, y de que cale en el pueblo de Dios, qué es el Corazón de María, ha de predominar la insistencia en aquello que no es. O yo me equivoco, que muy bien puede ser.

No se vayan todavía. En esta serie, estamos explorando -amazónica exploración en la que, de cuando en cuando en cuando, sale un bicho dando botes- el lugar (como alma) de la devoción al Corazón de María entre las demás devociones marianas[2]. Y hemos dicho, primero (Alma…-I), que es la vocación que por naturaleza llevan en su interior todas esas devociones, y segundo (Alma…-II), que ello se debe a que las informa, interioriza y purifica. Pues bien: eso es paladinamente imposible si el Corazón de María es un corazón orgánico. Y no me bajo del burro. Un pedazo de carne no es vocación ni informa ni interioriza ni purifica nada. Poned sobre la mesa un corazón muscular, poned a su lado lo que voy a describiros, y decidme luego si os consagráis a lo primero o a lo segundo. Ese es mi desafío. Esa será mi victoria.

Se me defenderán con aquello de que el corazón orgánico es un símbolo. Si es un símbolo, hermanos, estemos al acecho del peligro, en que se ha caído casi de continuo, de quedarse en él como si no lo fuera. Joaquín María Alonso reivindica de la forma más coherente su condición de símbolo, y lo llama elemento material de ascensión[3] a lo simbolizado, con la seguridad de que esto simbolizado es el verdadero Corazón de María y de que, así, el corazón de carne es como el dedo índice. «Cuando el sabio levantó su índice para señalar a las estrellas…, el necio se quedó mirando al dedo.»


[1] S. Juan Eudes, cit. por Joaquín María Alonso, El Corazón de María en San Juan Eudes-II, COCULSA, Madrid 1958, 21.

[2] No se olvide, por otra parte, que está siendo nuestro guía el P. Joaquín María Alonso, C. M. F. (1913-1981), que es probablemente quien con mayor hondura se ha ocupado de estas cuestiones con una mentalidad contemporánea.

[3]Sobre una teología del Corazón de María, “Ad Maiora9 (1956) 35.


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