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“…SALE LIBRE, GRANDE, BELLO, PERDONADO, BLANCO, FELIZ. Y ESTO ES LO HERMOSO DE LA CONFESIÓN” PARA EL PAPA FRANCISCO.

20 febrero 2014

Os copio la espléndida catequesis que ayer mismo ha dado el Papa Francisco, en la Plaza de San Pedro, sobre la Confesión. Veréis que hacía un viento muy gracioso…: ¿era el Viento del Espíritu? 

No me resisto a resaltaros algunas frases. Gracias a YoRezoXelPapa y a  mi querido hermano Dámaso, sacerdote y santo, por la foto que él ya sabe y que algún día conseguiré publicar.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:

A través de los sacramentos de la iniciación cristiana -el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía-, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, esta vida, nosotros la llevamos “en vasos de barro” [2 Cor 4,7], estamos todavía sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte, y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida.

El viento hace volar el solideo del Papa Francisco

Por esto, el Señor Jesús, ha querido que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia sus propios miembros, en particular, con el sacramento de la Reconciliación y el de la Unción de los enfermos, que pueden estar unidos bajo el nombre de “sacramentos de sanación”. El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de sanación. Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice que no está bien. El icono bíblico que lo representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico [Mc 2,1-12], donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos.

El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación –nosotros lo llamamos también de la Confesión– brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de Pascua, el Señor se apareció a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y luego de haberles dirigido el saludo “¡Paz a ustedes!” [Jn 20,19], sopló sobre ellos y les dijo: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” [Jn 20,23].

Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este sacramento. Sobre todo, el hecho que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: “Yo me perdono los pecados”; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión, pedimos perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado.

En segundo lugar, noEl Papa Francisco asediado por el vientos recuerda que solo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y esto lo hemos sentido todos, en el corazón, cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza. Y cuando sentimos el perdón de Jesús, ¡estamos en paz! Con aquella paz del alma tan bella, que solo Jesús puede dar, ¡solo Él!

En el tiempo, la celebración de este sacramento ha pasado de una forma pública, porque al inicio se hacía públicamente, ha pasado de esta forma pública a aquella personal, a aquella forma reservada de la Confesión. Pero esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar en el cual se hace presente el Espíritu, el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una sola cosa, en Cristo Jesús. He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote. “Pero, padre, ¡me da vergüenza!”. También la vergüenza es buena, es “salud” tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi País decimos que es un “senza vergogna”, un “sinvergüenza”. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas, también la vergüenza, pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión.

Quisiera preguntarles -pero no respondan en voz alta, ¿eh?, cada uno se responda en su corazón-: ¿Cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y cada uno se diga a sí mismo: ¿Cuándo ha sido la última vez que yo me he confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia adelante, que el sacerdote será bueno. Está Jesús, allí, ¿eh? Y Jesús es más bueno que los curas, y Jesús te recibe. Te recibe con tanto amor. Sé valiente, y adelante con la Confesión.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos aquella bella, bella parábola [Lc 15,11-32] del hijo que se fue de casa con el dinero de su herencia, despilfarró todo el dinero y luego, cuando ya no tenía nada, decidió regresar a casa, pero no como hijo, sino como siervo. Tanta culpa había en su corazón, y tanta vergüenza. Y la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar y a pedir perdón, el padre no lo dejó hablar: ¡lo abrazó, lo besó e hizo una fiesta! Y yo les digo, ¿eh? ¡Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta! Vayamos adelante por este camino. Que el Señor los bendiga.

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4 comentarios leave one →
  1. Amelia Fernandez Virgós permalink
    13 marzo 2014 12:37

    Como veo que nadie opina, habla la más pecadora. ¿Por qué todo el mundo comulga y nadie se confiesa? ¿Por qué en muchas iglesias no hay quien confiese, o, si lo hay, coincide con el Rosario? Son incógnitas de la vida a las que solo encuentro una contestación. Por una oscura causa que se me escapa, a los sacedotes no les gusta confesar, y, por si las moscas, tampoco lo recomiendan. Hay iglesias donde no existe el confesonario. Yo cada vez entiendo menos.

    Me gusta

    • 14 marzo 2014 0:14

      Visto que me usurpas el puesto, ahora hablo yo, que soy el más pecador… (¡Mentira todo! Dejad que el Juez sea Dios y divertíos como Él os manda.)

      Contesto solo a parte. Lo primero: por todas partes de este blog campea mi imperial entusiasmo por el Rosario. Pero no: el Rosario y todos los millones de oraciones que tan bien hemos inventado los hombres deben ceder, como lo humano a lo divino, el paso a los sacramentos, que son las oraciones que mucho mejor ha inventado Dios. Espero, en fin, que tu queja sea la de que el Rosario obstaculice la Confesión, y no la de que la Confesión obstaculice el Rosario. Yo, en Nofuentes, hacía la media: desde dentro del Confesonario, esperándolas, seguía el Rosario de las señoras.

      ¿Por qué todos comulgan, nadie confiesa, nadie se arrodilla en la Sacratísima Consagración, etc.? Porque hemos perdido el sentido del Misterio, en especial eucarístico, porque no temblamos ante la presencia de lo Augusto, porque no suplicamos temblando lo que aquel santo sacerdote que plañía: “Señor, ¡que no nos acostumbremos!” Ojo al peligro, siempre al acecho, del acostumbramiento eucarístico.

      Y eso, por ignorancia, como todos los males. Ahora, ¿quiénes son los obligados a enseñar a los fieles…?

      Termino. Está demostradísimo un hecho práctico y si se quiere divertido. Los fieles generalmente solo confiesan si ven al cura en el confesonario: lo cual es absurdo, excepto en caso de paralíticos que no pueden entrar en la sacristía. Y los curas no se sientan en el confesonario porque dicen: “Bah, si no va a venir nadie”. Lo cual es más absurdo y es una traición. Cuando serví en la residencia de ancianos, me sentaba media hora antes de la Santa Misa, con el alba y la estola penitencial, y había un grupo que se confesaba con frecuencia, en especial una señora excepcional. En verano, con el calor, me senté sin el alba, pero con la enorme estola; y la señora no venía. Un día debí de ponerme el alba, porque la señora se me confesó. Los datos demostraron que en la residencia era necesaria el alba… por la mala vista de los ancianos…

      Como sabrás, Amelia, basta recorrer las iglesias de una ciudad para ver que, donde es sabido que hay cura a horas fijas, ese cura tiene larga cola.

      Es -para acabar sonriendo- exactamente lo del anuncio del metro de Barcelona. Una chica muy mona estaba sentada en un asiento; de pie a su lado, un chico bastante bien planteado. Y el chico pensaba para sí: “Si me dice algo, me siento…” La chica pensaba: “Si se sienta, le digo algo…”

      Me gusta

  2. 29 mayo 2015 22:43

    Aquí el cura que tenemos no se pone en el confesonario, pero está en la sacristía o danzando por la Iglesia o la capilla y si le dices que si te confiesa, siempre te confiesa.

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