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ARROJO AL MAR PALABRAS QUE DIVIDAN

13 febrero 2014

Ni a la derecha ni a la izquierda, mejor hacia las alturas y en profundidad (¿Dietrich Von Hildebrand?).

Si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto vale, vale más […] que nuestra alma.Chiara Lubich).

Borrad 

los años fratricidas.

Unid

en una sola ola

las soledades de los españoles.

(Blas de Otero).

Recibí un c. el. de un buen sacerdote -que bien se dejará ver que de izquierdas no es- y me pide la sangre una crítica pública, si que moderada por la fraternidad sacerdotal y porque la vida está diciéndome que no me tome todo tan a pechos. Es casi evidente que el texto no es de mi amigo, pero no me gusta que lo haya transmitido. Lo primero es dar idea del contenido; su título: ¿Cómo saber si uno es de izquierdas o de derechas? Y ahora, algunos fragmentos:

«Cuando un tipo de derechas es homosexual, vive tranquilamente su vida como tal sin molestar a nadie.- Cuando un tipo de izquierdas es homosexual, hace escandalosa ostentación de ello, participando “orgullosamente” en desfiles horteras, para que todos le respeten […].

»Cuando un tipo de derechas es ateo, no va a la iglesia, ni a la sinagoga, ni a la mezquita, y el domingo o sábado… lee el diario, y hace fila para comprarlo, con quienes vuelven de la iglesia.- Cuando un tipo de izquierdas es ateo, no quiere ninguna alusión a Dios en ninguna parte, en ninguna esfera pública, y protesta contra las religiones y sus símbolos (salvo contra el islam (porque “hace pupa”).

»Cuando un tipo de derechas tiene problemas económicos, trabaja todo lo que puede, intenta pagar todas sus deudas, y a veces incluso ahorra (este caso es excepcionalmente aplicable también a algunos sujetos, pero pocos, de izquierdas).- El de izquierdas le echa la culpa al gobierno, si este NO ES de izquierdas, claro; a los empresarios, a la burguesía, a los bancos y al capitalismo, a la globalización, a los americanos, a Aznar, a Rajoy, al Papa y en algunos casos, a Felipe V, y también al Real Madrid (algunas veces).

»Cuando un tipo de derechas lee este c. el., se ríe y lo reenvía a sus amigos.- El de izquierdas se cabrea mucho, pone “a parir” al que se lo mandó y lo borra.»

El c. de autos iba encabezado por la presentación “El buen humor es saludable”. ¿Siempre? Creo que no. Pero antes de seguir, un apunte breve para decir que me parece desacertado e irrespetuoso escribir con minúscula la palabra islam, téngase de ese complejo y variopinto fenómeno religioso el concepto que se tenga. Y se impone otro apunte para oponerse al hecho de que se admita con campechanía la homosexualidad y el ateísmo de uno u otro, toda vez que la homosexualidad -y bien lo sabe mi amigo- es un mal moral, un pecado, y como tal, hace gravísimo daño a quien la ejerce; y el ateísmo, mucho peor, y eso lo sabe mi amigo infinitamente mejor que yo. Quedemos de acuerdo en que el buen humor puede ser saludable, pero nada ha sido nunca saludable cuando se ha situado por encima de la verdad.

Y, en fin, como quien habla no es ni de izquierdas ni de derechas -“ni mucho menos, de centro”, como dijo cierto uno-, no acata la prescrita obligación de la carcajada de oficio y el reenvío insoslayable, lo mismo que no acata la obligación, asimismo prescrita por su corresponsal amado, del cabreo, del insulto y del borrado. Simplemente le parece conveniente dejar en algún sitio constancia de que no es bueno dividir a los hombres, ni tampoco lo es aceptar las divisiones, sean reales o sean estudiadamente impuestas por el poder y la prensa a nuestras lábiles estructuras mentales de borregos.

Yo veo las cosas así: Yo puedo decirle a un señor que debería creer o que es malo que no crea; debo pensar y debo decir a otro que le iría mejor tratar de curarse la homosexualidad, y también que si la ejerce peca; a otro, que para solucionar sus problemas, lo que toca es trabajar y no armarla; yo puedo considerar que obra mal quien reenvía el correo o quien se cabrea al recibirlo. Son conductas, son hechos, hay patrones para medirlos, hay ley natural y ley divino-positiva y Escritura y Tradición y también Magisterio de la Iglesia. Y con todo eso sabemos muchísimo y podemos, no juzgar -el Señor lo ha prohibido en el Evangelio, y el Juez es Él-, pero sí evaluar para poder movernos por la vida.

En cambio, hace años que vivo persuadido de que debemos arrojar a lo más profundo de los mares profundos las etiquetas estas de facha-rojo, izquierda-derecha, conservador-progresista, etc. José María Pemán (en la imagen) tiene un artículo titulado “El otro es fascista”, y explica -como en verdad ocurre- que fascista es el término que se emplea para designar a aquel que no piensa igual que yo; lo más curioso -esto lo añado yo- es que rojo es exactamente lo mismo; y, al final, rojo y facha son términos tan sinónimos como antónimos. Todo esto no puede evidenciar sino la sinrazón que preside las divisiones, es decir: que dividirse no es cosa de ideas, sino de no-ideas; las divisiones no las hace el cerebro: las hace el hígado; no dependen de lo que pensamos, sino de que no pensamos.

En un artículo que nos ofreció Barcelona Vida, se quiso explicar la inconmensurabilidad, la falta de correspondencia, la imposibilidad de encaje de piezas, entre esas calificaciones y la realidad de lo que viven y piensan los humanos que tienen dos orejas y una hipoteca:

                                                  Si las etiquetas de “izquierdas o derechas” suponen una verdad absoluta e innegable que conforma la naturaleza humana, la mayoría de personas no existimos. Esto para empezar. Porque esta distinción es completamente irreal y no encuadra a un solo humano que haya poblado la tierra. Y es de entender, somos irrepetibles. Sabiendo que en su actuación difieren ambos componentes del espectro político de su ideario [el de la derecha o izquierda] y de su esencia misma, no sabríamos por dónde tomar estos términos.

Yo cojo y añado: que subrayar la división es una forma de dividir. Que para dividir ya hay demasiados. Que lo nuestro es sumar: sumar y nunca restar.

De hecho, me da la impresión de que así, con buen humor o sin buen humor -hermano errado en esto, querido hermano-, se adopta una actitud de beligerancia, de oposición a otros, que a veces llega a parecerse al odio.

Necesitamos aprender a convivir con el mal, porque hay mucho, y una de dos: o nos segregamos, o nos acercamos amorosamente a ellos, y cuando sepan que los queremos, entonces les diremos -con oportunidad, pero sin dejarnos ni uno- todos sus errores y pecados para que  esté completo el amor. Necesitamos, y más, vivir alerta, sabiendo que en muchas cosas estaremos equivocándonos nosotros, y un día nos llegará la oportunidad de darnos cuenta, acaso porque nos lo digan los que hoy tildamos de rojos.

No es bueno andar dividiendo, y diré más: hay que ser muy imprudente. Sobre todo cuando anteayer hubo aquí mismo una guerra en la cual, por efecto y consecuencia de divisiones parangonables a estas, cayó un millón de muertos que a todos nos duelen; y algunos eran familiares míos, algunos familiares vuestros y otros, de los autores del correíto. No es bueno decir que tú eres malo y yo soy bueno, porque de las paredes de las casas del uno y del otro puede pender una faca, o un trabuco, o un subfusil, o puede haber en la comarca un experto en dirigir milicianos; si luego matan a cuatrocientos mártires, ¡con qué derecho los acabaremos beatificando -tan emocionaditos- en Tarragona…! Ensalcemos su martirio, pero reconozcámonos culpables como continuadores de la división. Así lo pienso; así lo escribo.

Hemos desembocado en lo religioso. Nos viene de perlas. Desde este flanco, la división me produce una pena sincera. Nuestro Señor Jesucristo, dice la Escritura, vino a «reunir a los hijos de Dios dispersos» (Jn 11,45), y rezó «para que sean perfectamente uno» (Jn 17,23), y los primeros tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32-37).

Yo soy decidido partidario de publicar un Decreto Ley Universal que proscriba de todos los lenguajes eclesiásticos habidos y por haber las palabras conservador y progresista, así como algunos usos de la palabra tradicional. No están los tiempos, por otra parte, para que los de fuera nos vean a la greña; están para que digan lo que decían de los primeros cristianos: “¡Miradlos cómo se aman!” [1]. Y por cierto que recordaba el Cardenal Ratzinger que, para los padres conciliares, el término que se oponía a tradicional no era progresista, sino -observad qué distinto- misionero [2].

Aquel Señor que vino a traer la unidad no creo que esté contento cuando nos ve intenciones demarcatorias: allí los conservadores, aquí los progres. En cierto modo -y citaría también al teólJoseph%20Ratzinger%20intogo Ratzinger [3]-, la unidad puede ser vista como el objetivo mismo de su Obra redentora; y ¿no dice el Concilio que la Iglesia es “como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” [4]?

Y paréceme a mí que si el Altísimo Señor vino a encharcar de sangre las calles de Jerusalén «para que fuésemos uno», nos corresponde a nosotros poner, en esa tarea, mucho más empeño que el que demuestran nuestras etiquetas -a veces inconscientes, lo concedo- colocadas en la frente de los otros para decir, en una u otra forma, que «aquellos no van con nosotros» o que son otra familia.

Y paréceme, por cierto, que es una cuestión del más altísimo amor.

———————

[1] Tertuliano, Apologético, 39.

[2] Card. Joseph Ratzinger-Vittorio Messori, Informe sobre la fe (1985). No parece que trate de dar a entender que los que llaman tradicionales no sean misioneros.

[3] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo (1968), cap. 8, ap. IV, parágrafo “Cristo, ‘el último hombre'”, y en bastantes más lugares. Puede leerse aquí.

[4] Lumen gentium,1.

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10 comentarios leave one →
  1. 13 febrero 2014 13:27

    Pequeño aporte: Jesús tuvo que cortar una de estas dicotomías, cuando los Apóstoles querían prohibir a «uno que no era de los suyos» hacer exorcismos.

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  2. 16 febrero 2014 20:59

    ¡Qué buen aporte!

    Izquierda y derecha no son más que direcciones cuando miramos al frente. Y según desde dónde miremos, esta izquierda o derecha puede variar.

    En fin, que no son más que palabras sin contenido real, vacías y cuyo único propósito es la división.

    Y digo yo: ¿Quién es el príncipe de la división? Creo que todos sabemos la respuesta. Así que todo aquel que participe en cualquier división o la apoye, que examine a quien está siguiendo.

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  3. 16 febrero 2014 22:09

    Has dicho muchas cosas que yo decidí callar. Pero, ya que mencionas al “príncipe de la división”, yo creo que no todos te entenderán; y así, copio de un diccionario etimológico:

    “La palabra ‘diablo’ (…) es préstamo del griego ‘diábolos’ (…) el que lanza algo a través o entre otros, de ahí el que separa o divide (…). Se deriva del verbo ‘diaballéin’, ‘lanzar o disparar a través o entre, separar, desunir, crear inquina o desunión, atacar, acusar y calumniar'”.

    Llamando a central: identificado el sospechoso.

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  4. 18 julio 2017 14:53

    Últimamente veo mucho las palabras ultracatólico, modernista… y me ha recordado esta entrada tuya. Creo que tiene que haber gente pasándoselo bomba mientras los católicos nos llamamos entre nosotros todas esas cosas. Me la llevo al facebook otra vez.

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    • 18 julio 2017 19:52

      Lo que ocurre es que yo creo, justamente, esas calificaciones que aduces -“ultracatólico”, “modernista”- vienen del exterior… Son ofensas que nos prodigan nuestros (siempre queridos) increyentes (y militantes).

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      • 18 julio 2017 19:56

        Pues igual vienen del exterior como dices, pero lo malo es que lo veo en supuestamente católicos, que se tiran esas palabras unos a otros.

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  5. 18 julio 2017 21:08

    Así será; yo no lo había percibido, pero no por eso dejo de tocar todos los días con las manos que hay muchos fanatismos entre nosotros; y la palabra “fanatismos” no es palabra que divida, porque se aplica por igual a unos y otros.

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    • 18 julio 2017 21:09

      Y quiero aprovechar este momento para decir que, aunque me identifico todavía con el contenido de mi artículo, he podido comprender que muchas palabras que dividen, desgraciadamente, son necesarias. ¿Cómo nombraríamos, si no, a las “derechas” y a las “izquierdas”? Idealmente tengo razón, pero el asunto es que, a menudo, la realidad está -como en el caso de las izquierdas y las derechas- antes que las palabras, y otras veces, son las propias palabras las que imponen estados de conciencia: como tu mencionado adjetivo “ultracatólico” (y aunque venga, según creo, del inglés).

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