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HOMOSEXUALES: LA IGLESIA OS AMA

1 febrero 2014

Queridísimos homosexuales, lesbianas, transexuales:

Os quiero con todo mi corazón.

En un artículo anterior (Lo que falla es lo elemental), se me escapó una expresión, brava y torera, dirigida al presidente del gobierno: “Mariconadas, las justas”. Brava y torera cuanto denigratoria para vosotros, y por eso tengo, necesariamente, que pediros perdón; no me di cuenta, y solicito vuestra comprensión, porque os he ofendido yo, que no soy  nadie.

Ciertamente, no os haría ningún bien si os ocultara la posición segura que tenemos respecto de la homosexualidad, y sobre ella tengo que deciros unas palabritas. Pero, así como no hay amor sin verdad, tampoco hay verdad sin amor. Y yo quiero deciros mi verdad y mi amor, para daros así el amor completo, el cual es -y os pido que lo creáis- completamente sincero.

Algunas verdades sobre la homosexualidad

Sin ser entendido en el tema, he leído sobre él, he tratado a personas homosexuales, tengo alguna experiencia. De ello os hablo: de lo que no sé, no puedo. Reconozco mi ignorancia y también la posibilidad de error.

Pero quiero advertir que, en general, lo que expongo no son opiniones. Son datos comprobados por la ciencia y por la vida misma. Contra facta non valent argumenta; sino que se empieza a argumentar y a opinar a partir de la recogida de los datos. Y notaréis que recojo los datos de la poca ciencia que sé, de la poca experiencia que tengo y de la calle que he pisado, y cuando doy alguna valoración moral (pocas), me cuido de que se note la diferencia. Os certifico, por último, que no digo nada de lo que no esté seguro.

1. Homosexualidad-conducta homosexual. No son lo mismo (dato). El homosexual que se abstiene no tiene culpa de nada; tiene grandísimo mérito, y nosotros creemos que Dios lo ama especialmente (juicio). Añadamos que esa abstinencia es perfectamente posible, y que son muchísimos los que la practican (dato).

2. El homosexual sufre. Y a mí me lo han contado algunos. No hay que dejarse engañar por quienes presentan la homosexualidad como una fiesta. En general, el homosexual sufre en soledad una angustia fortísima; desearía cambiar, y no sabe cómo, ni siquiera sabe si puede; desearía amar a una persona del otro sexo y tener hijos. Y, mientras tanto, sufre muchísimo.

3. Inviabilidad de las uniones homosexuales. Se demuestra en la práctica. Esas uniones duran muy poco. Es fácil de entender. No hay una complementariedad (en lo psíquico, lo físico, lo sexual, lo genital, etc.). No hay fecundidad; “un hijo es un amor hecho visible”, dijo Novalis, y el hijo son la madre y el padre vueltos uno, y viene a multiplicar el amor de ambos. Los homosexuales no pueden tener eso. La unión homosexual es una ficción de matrimonio que no puede prosperar.

4. Los colectivos homosexuales dominantes faltan a la verdad. Porque presentan una imagen de la dura homosexualidad que nada tiene que ver con la realidad; todo es alegre, todo es festivo, todo es un derecho. Y todo es igual que la heterosexualidad (cuando es lo opuesto). Da igual todo. Esto es optativo. El problema es que nos lo creemos, y que muchos homosexuales toman todas esas ficciones por modelos. 

5. La homosexualidad ¿es una enfermedad? Unos se niegan a admitirlo. Otros argumentan que es enfermedad genética e incurable, y concluyen que pueden ejercer. La ciencia sabe hoy perfectamente que la homosexualidad es una enfermedad psiquiátrica, seguramente una neurosis de autocompasión[1] que tiene mucho que ver con una excesiva identificación con el progenitor del otro sexo, también con carencia excesiva de hermanos y compañías del propio sexo, con condiciones familiares que llevan a complejos de inferioridad o frustración, con la inconsciente tentativa de superarlos con la integración en la pandilla, con el anhelo de ser reconocidos por el líder de esa pandilla para confirmarse a una misma o uno mismo por medio de una igualdad que supera la inferioridad, etc.; todo el proceso (que resumo de memoria, pero la bibliografía que os daré os detalla) puede derivar en la homosexualidad.

Esta enfermedad se cura, y hay especialistas, incluso geniales. Ordinariamente, se trata de psiquiatras o psicólogos. Es incalculable el número de personas que han pasado de los sufrimientos que decía a la consulta de estos señores, y en acaso dos años se han casado, tienen algún hijo y no les cabe la felicidad en el cuerpo. Pero a un psicólogo o psiquiatra, hay que escogerlo con lupa. Sobre todo, jamás acudáis a un psicoanalista, y si os dice alguno que la homosexualidad no es problema, vosotros -que queréis combatirla- buscad otro sin creer al que lo dijo.

Doy ahora una impresión personal que habrían de confirmar o desmentir los especialistas. Hay otros homosexuales que no han seguido ningún proceso como este. Yo creo que lo son por simple elección; no tienen ninguna pulsión psicológica, sino ganas. Puede ser que se hayan hastiado por mucha práctica heterosexual, o circunstancias parecidas. Me parece, en fin, que ejercen la homosexualidad sin ser homosexuales.

Homosexuales: la Iglesia os ama 

1. Así es. Muchos de vosotros odiáis a la Iglesia porque os dice su verdad -que entenderéis que llamemos la verdad-. Yo admito que lo que no debe repetirse -pero en ningún cristiano- es la bravata mía de ayer, y aquí estoy reconociendo mi pecado. Hace mucho tiempo que pienso que deben terminarse tantas alusiones y chistecitos estúpidos contra los homosexuales, porque no somos mejores por hacer llorar a más. Recientemente lo ha recordado el Papa, pero eso está en la entraña misma del ser cristiano con Francisco y con todos los demás.

No hay amor sin verdad. No hay verdad sin amor. No deben hacerse los chistecitos, que son (supongamos) verdad sin amor. No debe amarse sin decir la verdad. Si el médico -homosexuales queridos- tiene un paciente con cáncer, ¿ha de decirle: “Está usted bien; váyase a casa”? ¿Admitís ese amor que tranquiliza y mata?

La Iglesia no desea vuestra tranquilidad, porque no desea vuestra muerte. Creo que hay más amor en deciros que todo eso -cuando lo es- es pecado, y cómo y por qué, que en deciros “no pasa nada” para que, en vida, sufráis, y tras la muerte, lo que pueda pasar. Es una de las mejores formas de amor: el que consiste en decir la verdad; la que pica, luego cura.

Y lo del respeto hay que entenderlo bien. Estaréis de acuerdo: la mayoría de las veces, el respeto no es respeto, sino indiferencia. Si veo un niño a quien van a atropellar, ¡empujón al canto! Y eso es respeto, aunque se rompa las piernas; el otro respeto equivale a matarlo. Y el otro, lo de mariconadas, las justas, justifica mi penitencia.

2. Diga lo que diga, la Iglesia no os juzga, acusa ni condena. Nuestro principio es odiar a muerte al pecado y amar al pecador hasta la muerte. Y perdonad que os llame pecadores, porque este no es artículo para ese término y porque el juicio es solo de Dios. Decir “practicar la homosexualidad es malo” no es decir “los que practican la homosexualidad son malos”, sino decir “no practiquéis la homosexualidad”; y a los que la practiquen, no los llamamos malos, antes bien nos abrimos de brazos para acogerlos y ayudarles. Nuestra fe nos prohíbe juzgar, porque solo Dios juzga. Y, por último, ¿no son los enfermos precisamente objeto de especial amor para cualquiera y para nosotros?

3. Debemos respetar vuestra libertad, aunque nos parezca tan mal cómo la ejercéis. Esto debe ser explicado. Mirad, por favor, ¡Libertad la libertad!, y entenderéis que entendemos que la libertad no es “yo hago lo que quiero”, sino “yo hago lo que debo porque quiero”. Dicho de otro modo: yo decido lo que hago, y nadie humano puede coaccionarme (salvo ciertos límites); pero yo no puedo decidir cualquier cosa.

Como sabéis, sabemos que no podéis decidir practicar la homosexualidad. Pero no tenemos ningún derecho a coaccionaros. Lo que hemos de hacer es acercarnos a vosotros, con fraternidad, con amor, de igual a igual y cervecita de por medio, y proponeros nuestra visión sin una sola palabra -ni pensamiento- de condena. Eso podemos hacerlo y debemos hacerlo. Porque el amor sin verdad no es amor, y la Iglesia os ama más de lo que pensáis.

Un abrazo estremecido de un pecador gordinflón.

Quisiera que notarais cómo, continuamente, he podido exponer juicios y doctrina que justifican nuestra actitud frente a la homosexualidad (ejercida), los cuales se basan en la naturaleza humana y no en razones religiosas “sin más”. Han faltado todo lo que podido. Han faltado, incluso, las muchas circunstancias que pueden hacer de atenuantes para el homosexual, etc. He intentado solamente brindaros reparación y cariño y respeto. No debo de ser mejor que vosotros.

Saber más

 


[1] Cfr. Gerard van Aardweg, Homosexualidad y esperanza, que cito en “Saber más”.

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5 comentarios leave one →
  1. Álex permalink
    5 febrero 2014 21:05

    ¡Apreciado Miguel! !No te compliques la vida, y toma ejemplo del Papa Francisco: «¿Qué tengo que decir de un homosexual que busca sinceramente a Cristo?»

    Que es una enfermedad, es muy discutible; que está mal planteada no ofrece duda, como también las relaciones heterosexuales hoy día. ¡Es un mal del consumismo!

    La enjundia del tema viene cuando tratamos de vocación matrimonial entre homosexuales. Allí sí que duele, y es la vocación mayoritaria frustrada y tornada en vicio y desazón por el choque entre Iglesia y sociedad materialista.

    Opinión mía, que amé, y desde entonces me abstuve de todo excepto del amor a Cristo.

    Me gusta

  2. 8 febrero 2014 14:22

    Muchísimas gracias, Álex, y ojalá que nos veamos cuando vuelva por ahí.

    Yo he escrito un artículo que se titula «Homosexuales: La Iglesia os ama», y he tenido que decir que no es amor “el que tranquiliza y mata” y recordar, por tanto, verdades que intranquilizan y hacen bien. Yo he hablado de amor.

    Y es lo que pasa cuando se habla del amor completo, y no de flores: que la gente se queda con la parte negativa, que tú solamente te refieres a lo que indico como objetivamente negativo para la persona y que el otro día me llegó por el “Google+” (aquí lo habría publicado) un comentario que me decía “Iros a la mierda hijos de puta”.

    Pero como el objetivo del artículo no era insistir en la verdad, sino recordar nuestro amor, no voy a responder a lo que me dices, porque desvirturíamos el tema. No hay verdad sin amor, y a mi, hoy, me interesaba más subrayar la segunda palabra.

    Déjame decirte solo que lo que citas del Papa lo tienes situado e interpretado en el último artículo que cité.

    Agradeceré tus futuras apostillas.

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