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BRAMO EN LA NOCHE POR LA REBELIÓN-I

12 enero 2014

¡Qué difícil es construir un país diferente con gente tan indiferente!

(Alguien)

 Os pido que, para entender este bramido, leáis las apostillas al artículo precedente, “Sois unos indignos. Por lo del aborto lo digo.”

He contestado hasta ahora solo a lo que me parecía necesario, porque quería pasar unos días en espera de nuevas apostillas que pudieran caer. Ni una. Era para tomar mis pequeñas conclusiones de lo que pasara o no. Las he tomado. En ellas intervienen lo dicho por “Como una Piña” y mis propias reflexiones de mucho tiempo. Si alguien se considera en el deber de denunciarme a la policía, hágalo y duerma tranquilo. Pudiera ser.

No os creáis lo que os creéis

Declaro, ante todo, que me parece que solemos tener una impresión totalmente falsa de la realidad española, según la cual nuestra sociedad no sería católica, sería pro-abortista en alto porcentaje, tendría las opiniones más “avanzadas” (avanzadas en el interior de la caverna) sobre los asuntos sexuales, etc. Vengan aquí los sociólogos (si no están comprados) y díganmelo, pero mientras tanto, seguiré creyendo que el pueblo español que come garbanzos (oh Galdós), ese pueblo es en su parte más grande católico y, por acabar de decirlo todo, normal. Y si digo “en su parte más grande”, no digo “en su noventa por ciento”. Los números, el sociólogo, y yo, a lo mío.

Lo que nos perjudica de hecho y además nos distorsiona la visión es el hecho de que, en cambio, no son normales -en general- los políticos, los que tienen el dinero, los periodistas -verdaderos emperadores-, los artistas, los intelectuales -por más que, si lo fueran, buscarían la verdad, y la Verdad se deja descubrir-, toda esta fauna: los que influyen, los que marcan la pauta; aquellos que, al oírlos hablar, nos hacen pensar, inconscientemente (y eso es lo peor), “hay que ser así, porque este señor es importante”.

En suma: los corrientes somos los normales; los que “corremos” o abundamos somos los que nos ajustamos a la “norma” de ayer, de hoy y de siempre. O mucho me equivoco. Por su parte, los anormales “corren” poco, pero pesan mucho. Y bajo su peso nos hunden.

Sí soy de un pueblo de bueyes

Y bien, dentro de esos normales (casi todos los españoles), la mayoría estamos como “Como una Piña”: cabreados. ¿Para cuándo una rebelión como la de los Macabeos, que el Espíritu Santo quiso ensalzar en dos libros dos de la Biblia? No digo, para que no me regañe mi obispo, que la rebelión tenga que ser violenta. Pero bramo, en la noche y sin respeto, por una soberbia, arrogante y arrebatada rebelión sedicente, y si puede empezar esta noche, mejor que mañana la necesitamos. ¡Ojalá fuesen verdad los versos de bronce de aquel Miguel Hernández, poeta y doliente!:

“No soy de un pueblo de bueyes,

que soy de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España”.

Ojalá fuesen verdad, como en un tiempo lo fueron: pero ya no podrán repetirse, porque es el nuestro un tiempo de mansos bueyes anestesiados que abajan la testuz ante el poderoso y que besan el palo con que les pegan.

Despertar a la España prostituida

Si lo estamos viendo claro, lo del problema de la anestesia, ¡despertemos de ella! “Si quieres que tus sueños se hagan realidad, ¡despierta!”, en palabras de otro. Hemos de despertar, y hemos de hacer despertar, y estoy y muchos de vosotros estáis haciendo despertar, a la España anestesiada que los facinerosos de arriba han rendido después de prostituirla como a mujerzuela despreciable, y que han sembrado de leyes que trivializan el dar la muerte a los niños, y el enseñar a los que de ello escapan, en el aula que yo pago, cómo se consuma un plácido y deleitoso fornicio, y cómo hay obligación estricta de la química anticonceptiva, y cómo es imperativo el uso del condón, y cuán mala es la Iglesia porque defiende a las víctimas y porque dice sin ambages la verdad. Estamos cabreados, sabemos que hay que despertar y queremos despertar. Pero luego, nos encontramos con muchos obstáculos.

No tratemos de abarcar todo. Ni sé ni puedo. Pero propongo, de mi cuenta, una cosa, y a partir de lo que expresa mi único interlocutor o interlocutora, otra. Primero lo mío, y si es dama, que perdone.

No dejéis que continúen anestesiándoos

Lo mío es que no nos dejemos anestesiar más; y, con ello, que despertemos a los que de nosotros dependen para que estén alerta, porque hay enemigo, y el enemigo dispara, y nosotros jugamos a la vida como si no supiésemos que nos la quieren quitar.

¿Y cómo se hace eso? Me parece que lo que cuenta es tener una mentalidad crítica positiva, y por ahí empiezo:

Mentalidad crítica positiva. Es el seso de quien sabe estar en todas partes con la conciencia despierta de que las formas de hacer, hablar, pensar y sentir que lo rodean pueden agradarle o parecerle incorrectas o falsas, o a veces degeneradas. Digo “positiva” porque no somos enemigos de nadie -yo, de la mentira y de la estupidez- y porque pertenecemos a este tiempo y sociedad. Cuidado con segregarse. Si no estamos en la masa, nunca le serviremos de fermento: y seguirá todo igual. Positiva, por última, porque es cierto que nuestro tiempo también tiene grandes valores que apreciamos.

– Como consecuencia, pensamiento propio. Si es cierto que nuestros días se caracterizan por el pensamiento único, pensamiento débil, pensamiento TV-dirigido, nosotros debemos formarnos nuestra personal visión de las cosas. Pero “propio” no significa que lo elaboremos nosotros todo -muy estúpidos seríamos, con tantos siglos de tradición ya hecha-, sino que lo vertemos en nuestro propio crisol para decidir nosotros la forma que darle.

– De lo anterior se desprende la necesidad terminante de leer libros. Cuantos más, mejor. Los medios electrónicos tienen excelentes potencialidades, pero son preocupantemente superficiales. Sabéis qué poco os cuesta dejar de leer un artículo porque es largo; o qué poco se profundiza, en estos aparatos, en las cuestiones; etc. No deberíamos dejarnos deslumbrar por más tiempo.

– Se desprende también la necesidad de seguir el magisterio del Papa y de los Papas anteriores. Esto vale también para quienes de vosotros no compartís mi fe; porque sois libres de creer o no lo que leéis, pero mientras leéis, se os precipitará encima una tradición de dos mil años que es un aluvión de sabiduría imposible de valorar; y cada encíclica es un embudo por el que se vierten en nuestra mentalidad infinidad de saberes desde Jesucristo hasta el último que habló -aunque debería contar el Antiguo Testamento-. La enseñanza sobre la divinidad es una insuperable escuela de humanidad.

Posición activa ante los medios de comunicación. Sabemos que son los grandes instrumentos de los poderosos para colocarnos sus intereses o sus productos, y para ello usan continuamente la mentira. Deforman lo que narran, actual (por intereses) o pasado (por ideologías). Inculcan lo que a los rebeldes nos rebela. Y yo pregunto, cabreadísimos: ¿por qué, cuando sale una escena de cama, no os cabreáis y apagáis inmediatamente el aparato? ¿Con qué derecho permitís que vuestros hijos vean lo que contraría vuestras creencias y educación? ¿Con qué derecho lo veis vosotros? Luego, cuando abrimos un periódico, nuestra primera pregunta debería ser: ¿a quién pertenece este periódico? ¿A qué intereses sirve? Otra cosa es ser ingenuos, incautos o inconscientes.

Quiero, en definitiva, que no sigamos dejándonos engañar, ni manipular, ni tomar la cabellera, porque eso lo hacían los indios hasta que los mataron. Y quiero que vuestros hijos crezcan aprendiendo de vosotros a ser críticos y no manipulables, y justamente dice un amigo pedagogo que el ideal de un padre es educar a su hijo de tal modo que algún día le lleve la contraria.

Ah amigos, ha quedado para la próxima vez lo que extraigo de las manifestaciones de mi interlocutor o interlocutora. Que no es poco importante, porque mi impresión es que él, ella o ello no se ha dado cuenta de que al mismo tiempo plantea el problema y la solución, cual si de una novela policíaca se tratara.

Bramo, en la noche y sin respeto, por una arrebatada rebelión.

Y me parece que, ahora, lo mejor para llamar a la policía es el 088.

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