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REVELACIONES PRIVADAS, APARICIONES: LO QUE AFIRMO Y LO QUE NIEGO

16 diciembre 2013
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Santuario de Medjugorje

“No extingáis el Espíritu;

no despreciéis las profecías;

examinadlo todo y quedaos con lo bueno”

(1 Tes 5,19-21).

Vivimos un tiempo de asombrosa proliferación de revelaciones reales y fingidas. Desde mi observatorio, el pistoletazo que dio arranque a este maremágnum es la renuncia del querido Benedicto XVI.

Hay que tener bien claro que ninguna revelación privada obliga a la fe, ni siquiera las reconocidas por la Iglesia, como esta misma enseña. Menos obligarán las que no están reconocidas, y menos las que, además de no estar reconocidas, no nos aportan ningún signo, ninguna garantía. En el último escalón se encuentran las que la Jerarquía ha declarado espurias.

Hablo de signos. Las revelaciones no se creen gratuitamente. Signos son, en efecto, los que dan en la Escritura los profetas, los Apóstoles y, sobre todo, el que menos obligación tenía, que es Jesús, y da el signo que se constituye en el centro de todo: su Resurrección. Por lo mismo, yo estoy en mi completo derecho de exigirlos a quien quiera que yo le crea una revelación. Si alguno argumenta que Jesús solo resucitó al final, yo contesto que, mientras tanto, iba haciendo milagro tras milagro.

Sépase, por la historia de las apariciones y sobre todo por la Biblia, que los signos son, prevalentemente, milagros. Es normal. Y contaba un profesor mío que lo había llamado una mujer, diciendo: “Oiga, Padre, que se me ha aparecido la Virgen y me ha dicho la fecha del fin del mundo, que es (tal)”. El profesor le preguntó por los signos, las garantías, cómo podía creerlo, y la otra -como suele suceder en estos casos- montó en cólera, a lo cual mi profesor reaccionó contestando: “Claro, es que, mire usted: el otro día me llamó otra mujer, y también la Virgen le había anunciado la fecha del fin de los tiempos, y era otra…” Es normal.

Existen, ante las revelaciones privadas, tres actitudes que deben evitarse. La primera es la de quienes las creen casi por sistema y sin mucho preguntar, y hasta, algunos, van buscándolas con ansia férvida de coleccionista morboso.

La segunda es la de los que las rechazan en bloque y a priori. Perdonadme que copie un párrafo de un artículo que no llegó a publicárseme:

“Si va a decir verdad, a menudo las actitudes de negación de las apariciones, en último análisis, tienen tristemente que ver con aquella actitud, de la que tanto se ha quejado Joseph Ratzinger antes y después de su entronización, que rechaza, por principio, toda posibilidad de intervención de Dios en este mundo y en esta historia; el Papa suele mencionar, sobre todo, la doctrina de la concepción virginal de Jesús y la de su resurrección corporal e histórica. ‘El racionalismo moderno no soporta el misterio’, dijo en una ocasión Juan Pablo II (‘Carta a las familias’, 19). Rechazar esa posibilidad divina es una opción de principio –es decir, infundamentada y que no dialoga- que se niega a aceptar la posibilidad de intervención por encima de las leyes por parte de Aquel mismo que ha creado las leyes. Joseph Ratzinger habló muy claro, remitiendo al final del párrafo a la pretensión kantiana: ‘Querer, por una parte, eliminar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y, por la otra, querer tener la satisfacción de permanecer en el campo del mensaje bíblico, no conduce a nada. No satisface ni a la lealtad de la razón ni a la exigencia de la fe. No se puede tener simultáneamente la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la razón pura’. Se impone la elección’ (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”, Madrid: Movimiento Cultural Cristiano, 2007, pp. 59-60). Como Papa, se ha referido muchas veces a esta importante cuestión. No solo el mundo debe ser abierto a Dios, como el Papa insistentemente reclama; también la religión (y su corazón, la liturgia) está en dolorosa medida secularizada. Y una religión donde no hay lugar para lo sobrenatural (como las apariciones) no es, en nuestra modesta opinión, una religión; es otra cosa bastante más decepcionante para quienes acudieron a nosotros porque buscaban ‘algo más’.”

La tercera actitud (sigo citando), “la actitud de distanciamiento de las apariciones porque ‘no han sido reconocidas por la Iglesia’, excepto en el caso de que haya pronunciamientos expresos en contra, es una actitud de tan laudable como mal entendida fidelidad al Magisterio de la Iglesia, aunque solo sea porque este –y quizá en estas cuestiones de modo particular- suele ir precedido del sensus fidelium (‘sentido de los fieles’) y necesita comprobar afluencias, conversiones (las nuestras), milagros; y al mismo tiempo, nos tememos, ese distanciamiento que se ampara en el paraguas del Magisterio –utensilio que en modo ninguno se ha pergeñado para estos usos- hace patente una deplorable indiferencia ante el hecho de que el Señor haya podido querer decirnos, de nuevo, una palabra de salvación; y si lo ha hecho, es porque estábamos necesitándolo. El tan decantado ‘yo sólo creo en Lourdes y en Fátima’ por la seguridad de los reconocimientos magisteriales equivale a utilizar el Magisterio para despreciar otras iniciativas de la Virgen; y eso no parece la verdadera fidelidad al Magisterio, sino sólo a algunas breves regiones de su contenido. La palabra de salvación de una aparición mariana será -todos lo sabemos- una palabra que no puede añadir nada a la Palabra, y ‘el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación’ después de la revelación en Jesucristo ‘haría agravio a Dios’ (S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, 2, 22). Pero no vemos cómo no aceptar que el querer insistir la revelación privada en la penitencia, en la oración, en la conversión, no hace ningún agravio al hecho de que todo ello está definitivamente dicho en la revelación pública, única normativa; antes bien, al ponerse a su servicio, nos ofrece, a favor de esa revelación pública, un testimonio más, y eso automáticamente es, de modo inverso, un testimonio a favor de aquella revelación privada. En otras palabras, no sabemos en qué lejana galaxia encuentran algunos la contraposición.”

Sobre esta última actitud ha habido ya una controversia en este blog. Un interviniente, buen amigo, que la adoptaba, opinaba que lo contrario era “anticipar el juicio de la Iglesia”. No es así. El juicio de la Iglesia sobre una revelación o aparición, sin ser la seguridad de la Revelación, ni del dogma, ni de la verdad de fe, etc., es una gran seguridad; pero puede estar precedido de la fe prudencial: personas que hoy -por ejemplo- creen o creemos en Medjugorje, pero dejaremos de creer si mañana la Iglesia dice que no puede ser, porque los mensajes contravienen la revelación pública que está en la Escritura y en la Tradición y se nos comunica en la Iglesia. Mi fe “prudencial” condicionada es un grado inferior a la fe que presto al Magisterio eclesial. Con ella, no anticipo el juicio de la Iglesia, porque no creo como creeré si -eventualmente- la Iglesia reconoce el fenómeno: creo en un grado menor; y lo hago porque la Iglesia me lo permite.

Y es importante entender esto. La fe tiene grados; la fe tiene modalidades. Nadie cree en el agua bendita como en la Santísima Trinidad. Nadie cree en la Revelación pública como en las privadas (o no debiera). Nadie cree en los relatos bíblicos como en la historia familiar que nos cuenta un camarada. Y en todas esas cosas que he mencionado solemos creer, pero, por favor, en cada una de una manera.

Queda por comentar la primera actitud. Yo soy malo. Y como soy malo, si alguna persona me viene contándome algo de una revelación que ha tenido, o siquiera leído, yo lo escucho un rato, y a continuación le pregunto: “Está bien, sí. Y dime una cosa: ¿Cuánto tiempo has pasado hoy leyendo la Sagrada Escritura?”

No cabe duda de que, a las alturas en que nos encontramos, se han producido multitud de revelaciones e inventado otra multitud. Nadie puede abarcarlas todas, como no sea un especialista (digamos René Laurentin), y todavía con limitaciones. Nadie debe atender a todas las revelaciones y leerlas y seguirlas. El hecho de que pueda haber un mensaje del Cielo en la revelación privada que se me propone es, ciertamente, una muy seria cosa; pero, por muy amante de la cultura que se sea, ¿alguien ha comprado una tarde todos los libros de una librería? Cuestión de limitación, y me parece evidente.

En mi opinión, lo que nos cumple es acudir a conocer y reverenciar las revelaciones y apariciones que, por las razones que sean, el Señor nos empuje a cultivar (acaso ninguna), y las demás, dejarlas. Y no lo digo a humo de pajas. Lo digo, entre otras cosas, por la mentalidad enfermiza que muchas personas crían cuando se abalanzan, voraces, sobre multiplicidad de apariciones y demás; y eso les hace daño y a menudo comienzan a distanciarse de la Iglesia: por lo que he visto os hablo. Lo digo también, entre otras cosas, porque quien se acerca a una devoción está obligado a estudiarla, y eso quiere decir tiempo, esfuerzo, consulta y oración, sobre todo esa oración en la que muy probablemente el discernimiento no será fácil ni rápido; y un aspecto ineludible del estudio es el estudio de las pruebas, de las garantías, normalmente milagros, porque solo cuando nos convenzamos de la autenticidad verdaderamente podremos empezar. Y esto no es fácil.

Queda una cuestión, que enlaza a perfección con lo que acabo de decir. Hablamos de estudio. Quien os habla, a pesar de tener mucha fe, es muy racionalista. Lo suyo son -con mucho amor- muchos silogismos; y en la diaria oración, fácilmente hace teología… No se arrojaría de un avión con un paracaídas que Dios le entregara. Y esto está descubriéndolo poco a poco. El otro día le contó Dios que “el Espíritu es la Verdad” (1 Jn 5,6), y entonces supo que no había ningún problema con “los otros”…

“Los otros” son los del Espíritu. Los que me escandalizan cuando me dicen -como alguien me dijo hace poco- “el Espíritu Santo es sentimiento”, que ahora empiezo a ver que tiene una punta de razón. Ellos se tirarían del avión sin paracaídas.

Hay muchos videntes que elaboran concepciones en las que hacen completo descuento de la razón; lo cual equivale también a prescindir del Espíritu Santo, ya que Él ha presidido, no solo la redacción de la Escritura y la formación de la Tradición, sino también los dos mil años de Magisterio y ¡también! de teología que han desembocado en lo que sabemos hoy. Sí, sí: la teología también la guía el Espíritu Santo, aunque no digo que del mismo modo que la Revelación y el Magisterio. Yo soy el de los silogismos, las citas, las inferencias…: lo que se puede hacer con un humano cerebro. “El Espíritu es la Verdad”. Hay que dejar espacio a los dos. Yo me preocuparé por aumentar en Espíritu, y preocúpense muchos por abrir los libros.

Benedicto XVI fue uno de los mayores abanderados de los derechos de Dios y uno de los mayores paladines de la causa de la razón. Dijo en una ocasión: “La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana”. También dijo que “obrar en contra de la razón sería impropio de Dios” o “iría en contra de Dios” (no encuentro la cita). No hay contraposición entre la fe y la razón, sino complementariedad, como dice Juan Pablo II en Fides et ratio (escrita por Ratzinger), porque las dos son una decisión de Dios; porque son las dos alas con las que el espíritu humano se eleva a la verdad y a Dios…, que es la Verdad.

Al cabo, me pregunto yo, una guerra sorda, pero real, entre los iluminados visionarios carismáticos y los pensadores y teólogos ¿no será reproducir de nuevo, ahora dentro mismo de la pobre Iglesia, los enfrentamientos entre la fe y la razón en los que, supuestamente, no creemos?

El antagonismo entre los videntes y los que reflexionan no es obligado, ¡qué había de serlo! Otro profesor mío acaba de publicar un libro en el que hace -veré cómo- el admirable intento de un encuentro entre las mariofanías y la teología. En su caso, se limita a Fátima, pero me parece muy valioso aunque solo fuera como tentativa, por ser más o menos pionera, si es que, como él afirma -y aquí quería yo llegar-,

“el hecho o el fenómeno de las apariciones marianas no ha sido integrado en las reflexiones sistemátcas de la teología. Ni siquiera, aunque pueda parecer sorprendente, en los tratados de mariología. Es como si se diera por supuesto que su derecho de ciudadanía se encontraba en el amplio y ambiguo campo de la religiosidad popular, no en el de la teología académica y científica […].

“La teología debe dejarse visitar por esas experiencias tan profundamente humanas y eclesiales. Y a la vez las devociones populares deben ser visitadas por la teología. En ese encuentro se produce la sorpresa. El núcleo del Mensaje de Fátima refleja, desde distintos puntos de vista, el corazón mismo de la revelación” [1].

Pero hablamos de Fátima, que es seguramente la revelación privada con más garantías eclesiales que existe.

Si alguien quiere algo, lo primero es exhibir sus credenciales. A partir de ahí, empezamos a hablar.


[1] Eloy Bueno de la Fuente, El mensaje de Fátima (La misericordia de Dios: el triunfo del amor en los dramas de la historia), Fátima-Burgos: Santuario-Monte Carmelo, 2013, pp. 12-13).

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  1. Marichu Valiente Lund permalink
    19 diciembre 2013 23:10

    El Espíritu Santo ilumina y dirige, desde siempre, al hombre y su relación con Dios (Padre), y desde la Encarnación, la relación del hombre también con el Hijo. Por supuesto que a través de la razón se establece parte de esa relación, pero una relación necesita también de experiencia, de certeza. En esta experiencia y certeza, el Espíritu Santo es vital.

    Yo confío, me fío de mi padre si tengo claro que me quiere con locura. Por una parte, analizo su comportamiento, y por otra, dejo que me abrace, que me diga lo que me quiere, porque disfruto llenándome de su amor.

    Esa certeza, esa experiencia de amor y vida, ese encuentro…

    Ese es el Espíritu Santo. El abrazo que nos llega y nos sostiene, nos ilumina la mente y nos ensancha el corazón.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu.

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    • 20 diciembre 2013 2:06

      Marichu la Valiente vuelve a visitarnos con su probada veteranía orante. Qué triste que no lo haga más a menudo.

      Y estamos de acuerdo en lo medular de lo que dices, oh Marichu, con Valentía. Repito lo que digo en el artículo: yo necesito abandonarme más en el Espíritu -por cierto, me prometiste un artículo sobre Él-, y otros deberán abrir los libros.

      Hay, en efecto, una exagerada cantidad de gente -casi todos los católicos- que se crean problemas de vida, a veces angustiosísimos y gravísimos, porque no conocen la doctrina. Como si una persona viene a decirte que ha pecado de pensamiento impuro, y lleva seis meses sin comulgar y triste…, y resulta que no fue más que una tentación en la que no consintió. Podría poner ejemplos que amargan toda una vida, pero aquí de la prudencia.

      Fíjate, ahora, en lo que dices: “A través de la razón se establece parte de esa relación, pero una relación necesita también de experiencia, de certeza”. Aquí surgen dos preguntas:

      1. ¿Acaso no hay certeza en la razón? ¿Es la experiencia inmediata, el roce, a lo Tomás Apóstol, la única certeza? Porque negar la certeza en la razón abona lo mismo tu subrayado sobre el Espíritu Señor (por sublimación) que las tesis de los materialistas (por degradación). ¿No hay certeza (en cada una, a su modo) en las ciencias, en la filosofía, en la teología? ¿No la hay, en realidad, en los argumentos que a buen seguro tú misma das cuando hablas con los increyentes?

      Permíteme, Valiente Marichu, que te copie las palabras del querido Benedicto que aduje en el artículo: “La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana”. “Obrar en contra de la razón sería impropio de Dios” o “iría en contra de Dios” (no encuentro la cita)”; de hecho, a B. XVI se lo conoce como “el Papa de la razón”. Y eso es porque entendió bien el Concilio, y supo y quiso abrazarse con la modernidad, y como renunciemos a la razón, eso es a todas luces imposible.

      2. ¿Acaso no hay experiencia en la razón? Yo digo que sí, al menos por dos motivos. En primer lugar, la razón no es un laboratorio de paredes de cristal y señoritas de esquelética osamenta que, vestidas de bata verde y esterilizada, evolucionan entre tubos de ensayo con ojos atentos para que nada esté fuera de lugar. ¡Que no! La razón, que acabará o no posándose en un tratado aburridísimo o apasionante (Ratzinger) de teología, viene de muchos libros, pero viene también -y quizá sobre todo- de lo que ha destilado la vida y de los posos de reacción, de entusiasmo, de amargura o de desdén que se han entremezclado con las lecturas y las no lecturas.

      Y en segundo lugar, quienes habéis leído un poco -un mucho- sabéis que ponerse en contacto con todo aquello es una brava, apasionante y definitiva experiencia. Habéis leído cosas de Benedicto. ¿Habéis leído “Jesús de Nazaret”? ¿Y no habéis visto el cielo encerrado en unas páginas? ¿No habéis hecho, allí mismo, la experiencia del mismísimo Espíritu Santo? ¿No habéis comprendido a la perfección que, detrás de esas páginas, se escondía un hombre, el autor, que es mucho más santo que sabio, mucho más contemplativo que futuro doctor de la Iglesia?

      Marichu: Estamos de acuerdo en lo medular. ¿Se puede alguna vez estar de acuerdo en todo?

      Reza todo lo bien que sabes para que yo me tire, ya sí, con los paracaídas del Espíritu Santo. De esa divina Paloma que tiene su nido en el amoroso Corazón de María. Gracias. Y déjate ver.

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      • Mar permalink
        20 diciembre 2013 22:49

        Don Miguel, creo que efectivamente estamos de acuerdo en lo medular, pero permíteme hacer un apunte más.

        La existencia de Dios puede ser un hecho racional. La existencia de Jesús es absolutamente histórica. La existencia de Jesús Hijo de Dios también puede ser argumentada y razonada. La Salvación particular, de cada uno de nosotros, sentirse uno salvado en el corazón…, eso es una experiencia del alma, un encuentro con Jesús Resucitado, que automáticamente te transforma. Por eso le llamamos Señor y Dador de Vida. La vida se puede estudiar, pero lo mejor es vivirla.

        Ahora bien, es cierto que después del encuentro está muy bien el conocimiento del otro, es necesario y además gustas de conocer, tienes deseo y anhelo de saber.

        “Jesús de Nazaret” es un libro para saborear y llevar al encuentro.

        Benedicto XVI, un Ungido.

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      • 21 diciembre 2013 0:56

        Ahora Mar:

        Siempre -como en cualquier conversación- convergiendo y divergiendo, y siempre en la necesidad de puntualizar cosas que nos parecen importantes.

        La existencia de Dios puede ser un hecho racional, pero como no intervengan el corazón y la fe, nos quedaremos en el Dios racional de Aristóteles, el Primer Motor Inmóvil por el que jamás dio nadie la sangre ni nada; y nuestro Dios es, sin embargo, Primer Motor Inmóvil. El Dios de Aristóteles, si se quedara en eso, no me cambiaría la vida, me aportaría tanto como su inexistencia.

        Sobre todo: No se puede equiparar la Salvación con el sentirse salvado. Primero, porque la Salvación de la persona singular tiene lugar, radicalmente, en la Parusía, y a su manera entre la muerte y la Parusía. No es cosa de sentirse bien en un rato de oración: es cosa de que el Rey me siente en sus rodillas. Segundo, porque muchos no se sienten en gracia (la salvación, la dejamos para el Día), y lo están: como el ejemplo que te ponía ayer del de los pensamientos impuros. Y otros muchos se sienten muy congraciadísimos consigo mismos y encantados de haberse conocido, y no conocen ninguna necesidad de salvación, cuando van por la vida dejando más pecados de muerte que baba deja un caracol. Es doctrina firme de la Iglesia que nadie puede estar seguro de su salvación.

        Ser salvados no es sentirse salvados. Ser no es sentirse. Ser no es ser sentido. Ser uno santo o pecador o calvo o pobre no es que uno o los demás sientan que lo es; sino que lo sea.

        El sentimiento es extremadamente importante, y el cristianismo es la religión del corazón; pero el sentimiento viene después del ser, y el Dios de nuestra religión, cuando dice a Moisés su nombre, “Yavé”, ese nombre no significa “Yo soy el que siento”, sino “Yo soy el que soy”; y es verdad que hay discrepancias entre los exégetas, pero ninguno propone, que yo sepa, ninguna interpretación relacionada con el sentimiento.

        Él es el Dios de la Creación: el que hace los seres. La Redención no es un hecho de sentimiento -sino de obediencia a contrapelo de todos los sentimientos-, porque el amor no se identifica con el sentimiento: se diferencia muchísimo.

        La Santificación entrega sentimientos, pero no son el contenido de esa santificación; y sabes que los grandes santos han pasado atroces “noches oscuras”: ahí no había un solo sentimiento, y había amores como montañas.

        El Magisterio nos enseña que Dios es inmutable e impasible, y no voy a meterme en tema tan difícil (K. Rahner decía que Él es “impasible en lo que es, pero pasible en lo que asume” que es la humanidad tomada en Cristo, y San Buenaventura decía que Él es “incapaz de padecer, pero no de compadecerse”); pero eso supone que Dios, antes de precisiones, no tiene sentimientos. Por más que a muchos les pasme; y si les pasma y les interesa, pregunten y hablaremos entonces. Por no alargarme tanto aquí.

        Uno no puede “sentirse salvado en el corazón”, porque -la Iglesia no es tonta- existe el versículo evangélico “el que persevere hasta el fin, ese se salvará” (Mt 10,17-22), luego el otro no. Yo puedo sentirme salvado hoy y estrangular mañana.

        Sigo insistiendo en la formación y el Catecismo. Al que llamamos “Señor y Dador de vida”, es al Espíritu Santo.

        Justamente, en cuanto a esa artificiosa oposición de siempre entre vivir y estudiar la vida, yo sigo, terne, diciendo:

        que los libros y el estudio son vida, y parte muy importante de la vida, puesto que en las bibliotecas no ponen ataúdes para leer, y puesto que cuando salga de la biblioteca tendré ojos más profundos para conocer y comprender y querer al hombre y lo que lo afecta;

        que no hay derecho a despreciar a quienes estudian como si se situasen al margen de los problemas del hombre sufriente, puesto que nos aislamos de ese hombre para buscarle los caminos por los que deje de sufrir; por ejemplo, la mariología;

        que si tú, Mar hoy, vas a vivir la vida, como prefieres, a lo mejor vas en coche, y no te puedes imaginar la cantidad de horas de estudio que se han dado cita para que se acabara fabricando tu coche, y hasta el osito de peluche del retrovisor; luego llegarás, acaso, a la tienda… En esa tienda que tú y yo conocemos y que me fascinó como recuerdas, ¿puedes negar que hay millones de horas de estudio que han convergido en todas esas obras, la historia, sus materiales, su confección, la administración económica, las leyes sobre los trabajadores…?

        Todo es estudio, y todos denigran el estudio, porque en España -señores- está socialmente prohibido estudiar, y como decía un profesor mío, “para estudiar, hay que salirse del mapa”: y cada año se pasa seis meses en Roma y se vuelve con un libro. Tiene toda la razón del mundo; yo lo he comprobado escondiéndome, cuando mis mejores días de estudio fueron retirarme (solo) a una hospedería de clarisas.

        Decía José Martí, ¡revolucionario político, artífice de la independencia de Cuba! (eso es vivir), que “pensar es servir”. Decía Ortega que “de lo que hoy se empieza a pensar depende loo que mañana se vivirá en las plazuelas”. Mientras España nos desprecia, los estudiosos sabemos que estamos sirviendo a cada hombre de España. Ellos siempre nos llamarán egoístas: nosotros, entre tanto, los miraremos amorosos desde la ventana de nuestra biblioteca…

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  2. Pablo permalink*
    23 diciembre 2014 21:59

    Buen artículo, Don Miguel. Destaco la actitud “Yo ya tengo la Biblia, no me hacen falta más revelaciones”. Estoy casi seguro de que es la actitud que más disgusta a Dios. Tienen la Biblia, pero creo que no han llegado al punto de “No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5,19-21). Porque ahí la Biblia que tanto aman les está diciendo que hagan lo contrario de lo que dicen…

    Respecto al Espíritu. Por vivencia propia, y por otras personas con las que nos topamos, sabemos que Dios actúa en cada persona, en su historia personal, de manera palpable. Si tienes el corazón abierto, eres capaz de verlo. Si no, quizás ni te enteres. Pero Dios actúa. Y al igual que a uno lo llama a ser sacerdote, a otro al matrimonio, a otro a monje, a otro a crear un movimiento dentro de la Iglesia, otro a entrar en la Renovación Carismática, etc., a otros María los llama a formar parte de su Ejército, a través de sus revelaciones. Y uno, en su interior, sabe a lo que está siendo llamado. Los signos y milagros ayudan, pero la llamada se siente en el espíritu. Pero para eso hay que estar completamente abierto.

    La actitud de esperar signos y milagros es prudente, pero me recuerda un poco a la actitud de Tomás. La verdadera fe es la de un niño, la que no requiere de pruebas. La que cree en los Reyes Magos.

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  3. 24 diciembre 2014 2:52

    Queridísimo Pablo, vas a hacerme escribir un poquito.

    A/ A propósito de los que, de forma harto simplista, se creen en el deber de menospreciar las revelaciones privadas porque ya tenemos la pública (que no es la Biblia, como tú dices, sino la Biblia y la Tradición), sé que no hago daño a nadie si, omitiendo el nombre, copio hoy y aquí una carta que quise escribir, y entregar en mano, a cierto teólogo, días después de una conversación en la que él había expresado que era de esa postura.

    Miguel Ruiz Tintoré
    Facultad de teología

    Prof. Dr. D. ***
    En mano

    20 de marzo de 2014

    Admirado Don ***:
    Es mucho atrevimiento hacer esto siendo yo un aprendiz y usted quien es, pero le ruego unos momentos de atención y, si decide considerarlo una chiquillada, papeleras tendrá.
    Comprenderá que si valoro -no solo creo- las revelaciones privadas que sean reales, y estas son intervenciones del Señor, más frecuentemente de la Santísima Virgen, a veces de los santos, en favor del pueblo de Cristo y del mundo, ha de preocuparme la comprobación repetida de que los pastores no tienen -a mi modo de ver- la consideración de ellas que corresponde tener; cuando estos pastores son teólogos, las consecuencias son más vastas. Se está obstruyendo -cuando son revelaciones reales- la acción de Dios.
    El argumento presentado es irrebatible, pero no definitivo: la Palabra que es Cristo es toda la Revelación; ergo, para valorar esa Revelación, parece que hay que arrinconar el resto.
    No es definitivo.
    1. Uno se pregunta, en primer lugar: si eso fuera todo, y si hablamos de apariciones reales, ¿lo ignoran Jesús, María y los santos cuando se aparecen?
    2. Uno se pregunta también otra cosa. Si nos encontramos con que las revelaciones no hacen más que insistir en lo que dijo el Maestro, ¿no habrá que darles las gracias, por un lado, en nombre de ese postulado -la revelación en Cristo- por el que se creía estar legitimado para relegarlas a un lugar de penumbra? Ahí están Fátima y, también, Medjugorje -en esta creo yo, lo mismo que cree Benedicto XVI [me llegaron dos anécdotas que lo confirman, pero nada me garantiza su real veracidad]-, y no hicieron o hacen más que insistirnos en la penitencia, la conversión y la oración. Creo que sería muy difícil encontrar un solo mensaje de Medjugorje en el que la Señora no exhortara, específicamente, a la oración, exactamente como el evangélico Pablo del “sine intermissione orate”.
    Habrá, sí, que alegrarse de que conduzcan al Evangelio (“Haced lo que él os diga”) -y se entiende que jamás hablaré de obligación de creer [en las revelaciones privadas]-; y además, entiendo que, si refuerzan el Evangelio, “eo ipso” quedan legitimadas ellas mismas; digo en cuanto al contenido, porque del reconocimiento eclesiástico verá que hablo también. Las revelaciones privadas auténticas deben situarse lejanísimamente por debajo del Evangelio, pero ser entendidas como un recuerdo -nos hace falta- del Evangelio, como un eco que no permita que lo olvidemos, o, si le gusta la imagen, como el índice del Bautista que señala y dice: “Este es el Cordero de Dios”.
    Y así, Don ***, recapitulo mis expuestas y falibles opiniones de principiante -selección de otras muchas al respecto- en estas afirmaciones: rechazar o menospreciar, en nombre de la Revelación pública y normativa, las revelaciones privadas que ofrezcan garantías es tanto como poner obstáculos a la difusión del Evangelio en nombre del mismo Evangelio y es “apagar el Espíritu” (2); es, además, prescindir del hecho de que, si realmente tales revelaciones ofrecen garantías, son decisiones del Cielo (1) a las que los pastores debemos servir, siempre diciendo, como saben decir los santos: “Tú sabes más”. [Y siguen dos párrafos que huelga copiar aquí.]

    B/ Hoy -como te conté- soy mucho menos racionalista que cuando preparé el artículo, y más abierto al Espíritu cuando decide hablar sin garantías; lo cual no quiere decir que antes le diera la espalda, ni que hoy renuncie al raciocinio. Por eso hoy puedo comprender más a quienes se me presentan con cosas sobrenaturales, como “la llamada en el espíritu” para “formar parte de su Ejército”, el de la Gloriosa Capitana. Se puede estar abierto. Pero niego que haya que “estar completamente abierto”. Por ese camino se pierden muchos, y ahí tengo mencionados a los que se van por el sumidero de todas las revelaciones sin meterse a preguntar. Hay que leer los testimonios, cuestionarse su veracidad, preguntarse por lo más frecuente, que son los milagros, etc. Otra actitud podría evidenciar una ingenuidad perjudicial; y por el camino del cielo que son algunas apariciones, muchos son -mire usted- los que han ido infierno, o al menos al psiquiatra. Y eso no lo quiere la Mamá.

    “Uno en su interior sabe a lo que está siendo llamado” ¡o no lo sabe!, y conocerás muchos casos de personas que han pasado largo tiempo discirniendo su vocación.

    ¿Me mencionas a Tomás? Muy bien. Recuerda algunas cosas: primero, que su confesión de fe al meter la mano en las Llagas -o no meterlas, porque no consta- fue -y me lo comentó el decano de la facultad, un gran biblista- la mayor profesión de fe, no sé si de todo el Evangelio o de aquellos momentos de la Resurrección; debe de ser equivalente lo uno y lo otro. En efecto: la confesión de Tomás fue: “¡Señor mío y Dios mío!” Tengamos en cuenta que ya “Señor” significaba “Dios”. Tengamos en cuenta que, sin fe, lo máximo que hubiese podido decir es: “¡Jesús!” Tengamos en cuenta que, por eso y por si tocó resucitadas las Llagas del asesinado, sobre la incredulidad conversa de Tomás la Iglesia basa en gran medida su fe en la Pascua: esa Iglesia que tiene ojos en los Apóstoles y oídos en todos los demás. Y no dejes de notar cuantísima gente, hoy, en el momento de la Consagración de la Santa Misa, repite justa y adorante: “¡Señor mío y Dios mio!”

    Cierto que el Tomás que aquí cuenta es el que exigía pruebas, y cierto que Jesús le dijo: “Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20,27). Reconozco que Jesús se lo reprocha; pero no dejes tú de reconocer que, con todo y con eso, le ofrece las Llagas para el experimento.

    Y eso ¿no será porque comprende esa incredulidad, aunque no la justifica? ¿No será que percibe la necesidad humana de algunas comprobaciones ante ciertos hechos?

    No me parece pecado indagar los hechos, salvo ciertos extremos. Jesús, en el Evangelio, prodiga los milagros y las evidencias, y dice: “Ya que no me creéis a mí, creed a las obras” (Jn 10,38).

    C/ A propósito del niño de los Reyes Majos, voy a ponerte un problema. Imagina que la mamá le dice que existen, y el papá, que no. ¿Qué hará? Primero, angustiarse mucho. Pero correrá a preguntar a otras personas, hoy día se lo preguntará a San Google, empezará a fijarse en cuántos Reyes Magos hay en las calles comerciales… Esa es la situación que tenemos cuando se nos convida a una aparición…, y eso es lo que tenemos que hacer.

    Y he de decirte también -mi querido y vapuleado Pablo- que a mí la fe del niño no me parece meritoria. Se le dice una cosa, y la cree. No le cuesta. No. Eso no vale nada. La fe que merece la pena y, por Jesucristo, la gloria es la que sigue manteniendo el Santo Job, o, en moderno, el que pierde el trabajo, la salud, la mujer, la casa… y sigue cantando las alabanzas de Dios.

    D/ Conclusión bien clara: cuando por la razón que sea -si nos ocurre, que es el caso menos frecuente- parezca que el Señor nos encamina hacia una revelación privada, no seamos racionalistas que quieran la demostración al milímetro, ni seamos espiritualistas que se crean cualquier cosa. Mi propuesta es: estudiemos las señas de credibilidad, pero estudiémoslas con el Espíritu Santo.

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    • Pablo permalink*
      26 diciembre 2014 12:42

      Cuando digo “uno en su interior sabe a qué está siendo llamado”, no me refiero a la vocación. Sabemos que esa es una cuestión peliaguda que hay que rezar. Me refiero a una llamada inicial a algo superior. No sabes muy bien adónde vas, pero sabes que te has apuntado a algo. Creo que muchos que han ido a Medjugorje podrían explicar mejor esto que yo no consigo explicar muy bien.

      Y claro que hay que indagar, pero, como dices tú, tanto con la razón como con el espíritu. Y con mucha prudencia.

      Efectivamente, Jesús no juzga a nadie que no crea sus revelaciones privadas. Y, como dices, comprende perfectamente esa inclinación humana a pedir pruebas. Por eso en todas sus manifestaciones muestra pruebas, ya sea por los frutos producidos o por milagros. Pero el problema radica en que mucha gente ni con esas pruebas es capaz de ver que es real. Más de un cristiano no cree en Medjugorje por el hecho de no estar aprobado por la Iglesia. No es pecado, ni está mal, pues obedecen a la Iglesia. Pero, siendo sincero…, más pruebas no puede dar la Virgen… Incluso la propia Iglesia, no negando estas apariciones después de tanto tiempo, algo está queriendo decirnos. Hoy en día, como en la época de Jesús, hay muchos ciegos guiando a otros ciegos. Y en la época que nos ha tocado vivir, vamos a vivir momentos en los que, por mucho que diga nuestro obispo, no vamos a poder hacer lo que nos pida, pues no conviene obedecer a un ciego que te lleva por el camino de la perdición. Cito a Mons. Atanasio Schneider, obispo auxiliar de Kazajstán:

      “Los cardenales, obispos, sacerdotes, familias católicas y jóvenes católicos tienen que decirse:’Me niego a ajustarme al espíritu neopagano de este mundo, aunque sean obispos y sacerdotes los que lo difundan; no aceptaré su uso falaz y perverso de la misericordia divina y del ‘nuevo Pentecostés’; me niego a ofrecer granos de incienso ante la estatua del ídolo de la ideología de género, ante el ídolo de los segundos matrimonios, de la cohabitación; aunque mi obispo lo haga, yo no lo haré; con la gracia de Dios, elegiré sufrir en lugar de traicionar la verdad plena de Cristo sobre la sexualidad humana y el matrimonio'”.

      Fuente: http://statveritasblog.blogspot.com.es/2014/11/entrevista-completa-mons-athanasius.html

      Respecto a la Fe del niño. Personalmente, la considero la fe más meritoria de todas. ¡Ya nos gustaría a nosotros tener esa fe! Es una fe que no es nada fácil de lograr. La fe que dices tú también me parece sublime. De hecho, si alcanzas esa fe, estás cerca de ser como un niño que confía en absoluto en su Padre, pase lo que pase, digan lo que le digan los demás. Ya te puede decir tu papá que no existe Dios, que no le vas a creer, pues lo tienes bien clarito.

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      • 27 diciembre 2014 4:27

        Parece, Pablo, que estamos de acuerdo en casi todo. Sobre todo, en la siguiente regla de oro ante las revelaciones privadas: abrirnos al Espíritu, pero abrir también los libros.

        Nos dices: “Más de un cristiano no cree en Medjugorje por el hecho de no estar aprobado por la Iglesia. No es pecado, ni está mal, pues obedecen a la Iglesia. Pero, siendo sincero…, más pruebas no puede dar la Virgen… Incluso la propia Iglesia, no negando estas apariciones después de tanto tiempo, algo está queriendo decirnos”. Dejemos aparte el hecho de que no me parece adecuado el término “aprobar” -la Iglesia no concede permiso a la Señora para aparecerse, por ejemplo porque ella no lo pide-, y creo que se ha de hablar de “reconocer”.

        Sobre los que no creen en revelaciones privadas por no haberlas reconocido la Iglesia, tienes tres largos párrafos, en el artículo, cuando comento la actitud tercera. Pero no digas que obedecen a la Iglesia, si la Iglesia no ha dado ninguna indicación. Di que obran con recta intención, pero erróneo criterio.

        Pero no te preocupes si la Santísima Virgen da tantas pruebas, y muchos buenos cristianos no creen en Medjugorje. En tus dos valiosas apostillas precedentes, o al menos en la primera (segundo párrafo), tú mismo dejas claro que las revelaciones privadas no son para todos, lo mismo que no lo es ser sacerdote, el matrimonio, el monacato, el carisma de fundar o la llamada a la Renovación Carismática. Las revelaciones no son para todos, y creer o no creer es una decisión libre.

        Me dirás que con tantas pruebas es también de sentido común, y sí. Pero para aquellos a quienes el Espíritu quiera acercar a tal revelación. A otros los ha encaminado a otra, y a la mayoría, a ninguna. “Contra facta non valent argumenta”: recorre tres mil buenos cristianos, y verás cuántos de ellos se ponen al cobijo de una revelación privada.

        A propósito del reconocimiento de Medjugorje, ha habido alguna o algunas comisiones de la Santa Sede que han estudiado el hecho, y la conclusión que sacaron es que (hasta la fecha en que hablaban) no había engaño ni nada contrario a la fe o la moral; aproximadamente. Lo que ocurre es que no hay manera de pronunciar un reconocimiento formal mientras las apariciones sigan. Ha de ser cuando terminen. Imagina, si no, que mañana se reconocen, y pasado mañana, un vidente dice algo contrario al depósito de la fe.

        Ahora bien, a mis orejotas ha llegado que San Juan Pablo II, al principio, contestaba: “¿Oran? ¿Ayunan? ¡Dejadles ir!” Ha llegado también que Benedicto XVI (no sé si siendo Papa o después) una vez contestó: “Por sus frutos los conoceréis…”, y otra: “¡Solo hace falta ir…!” Pero las fuentes, he de decirlo, no son muy firmes: tertuliejas de poco fuste y comadreos del c. e.

        Y creo que tiene, efectivamente, no poco significado que la Iglesia no haya dicho nada (evidentemente, estos testimomios que acabo de dar, no son oficiales, y los pareceres de las comisiones, entiendo que tampoco). Significa que, en tantísimas apariciones, jamás se ha pronunciado palabra que se saliera de la fe de la Iglesia; si se hubiera pronunciado, Roma habría tenido que hablar.

        Querido Pablo, no me parece bien tu arremetida contra los obispos. No tengo una bola de cristal para prever el futuro; pero lo que es hoy, en nuestro entorno (digo España, Europa digo), los obispos tendrán cada uno su saco de defectos; pero son -si yo no me equivoco- casi inexistentes los que guían al pueblo de Dios por sendas que se separen del Evangelio. Y en lo que se refiere al futuro, quiero recordarte, además, que tampoco tú tienes esa bola.

        Y al niño, lo dejamos con su fe, “porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 19,14). Pero en cuanto pueda, a abrir librotes tocan.

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  4. 19 junio 2015 10:20

    Y para los embaucadores –que hacen mucho daño y son legión, mucho más en Hispanoamérica que en España-, os sirvo estas palabras de Jeremías:

    “Los profetas profetizan mentira en mi Nombre. Ni los envié, ni les di órdenes, ni les hablé. Falsas visiones, sortilegios, fantasías y engaños de su propia cosecha es lo que os profetizan. Por tanto, esto dice el Señor a los profetas que profetizan en mi Nombre sin que Yo los envíe (…): ‘A espada y de hambre acabarán tales profetas. Y el pueblo a quien ellos profetizan será tirado a las calles de Jerusalén, a causa del hambre y la espada, y no habrá quien les dé sepultura, ni a ellos, ni a sus mujeres, ni a sus hijos, sino que les echaré encima sus iniquidades’” (Jer 14,14-16).

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    • 23 junio 2015 18:15

      Hace un tiempo, salió un artículo desenmascarando los falsos mensajes de María de la Divina Misericordia. Lo puse en un sitio donde comenta la gente que sigue esos mensajes, para que se enteraran, se informaran, y me borraron el comentario. A pesar de que por fin ha quedado al descubierto, siguen defendiéndola y tapándose los ojos.

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    • 16 mayo 2016 17:52

      [Manolo apostilla mis palabras del 29 de junio.- Miguel]

      Querido padre, no pude resistirme a la tentación de comentar en este punto, porque el texto de Jeremías que cita, leído así, sin más, siento que está como sacado de contexto, pues Jeremías, le da como una explicación a YAVÉ, le dice que: v. 13 “¡Ah, Señor! Mira que los profetas les dicen: Vosotros no veréis la espada ni pasaréis hambre, porque yo os daré una paz duradera en este lugar”. Es entonces cuando el Señor le responde al profeta: “El Señor me respondió: Es falso eso que los profetas profetizan en mi Nombre; yo no los envié, no les di ninguna orden ni les hablé. Visiones engañosas, vana adivinación, fantasías de su imaginación: eso es lo que ellos profetizan para vosotros. Por eso, acerca de los profetas que profetizan en mi Nombre sin que yo los haya enviado, y que andan diciendo: No habrá espada ni hambre en este país: Así habla el Señor: ¡Por la espada y el hambre serán aniquilados esos profetas! Y aquellos a quienes ellos profetizan serán arrojados por las calles de Jerusalén, a consecuencia del hambre y de la espada, sin que haya nadie para enterrarlos, ni a ellos, ni a sus mujeres, ni a sus hijos ni a sus hijas. Yo derramaré sobre ellos su propia maldad” (Jer 14:14-16).

      Lo que quiero puntualizar es que, si leemos con detenimiento, los falsos profetas le están diciendo a la gente que no va a pasar nada, que esas son exageraciones, que Dios es tan misericordioso que perdona todo, etc., que los castigos, anunciados por Jeremías, por los pecados del pueblo denunciados por el mismo profeta, no van a ocurrir porque “Dios no castiga” (me viene a la mente un cierto debate que hubo hace algunos meses atrás, justamente sobre si “Dios castiga o no”, por Facebook y varios otros medios, entre Alejandro Bermúdez, el gerente de Aciprensa , y un apologeta que tiene su página de apología, cuyo nombre no recuerdo. Dios es todo Misericordia, ¿les suena todo esto en la actualidad?

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      • 16 mayo 2016 23:22

        Pero, Manolo, me parece el suyo mucho esfuerzo para no hacer más que ampliar la información. Porque yo hablé de embaucadores, y ahora usted nos cuenta el contenido de esos embustes. Para el caso en que estamos, da igual.

        Y, por lo demás, ciertamente Jeremías lanzaba sus así llamados, por antonomasia, trenos jeremíacos a los profetas de idilios y beatitudes. Hoy lo que predomina entre los embaucadores es el género calamitoso, apocalíptico, milenarista, con indefectibles profecías sobre el Anticristo -que, por supuesto, ya está entre nosotros, como que se han despachado con él esa mañana un café con leche y unas magdalenas de ciruela-. Si al lado está -inaccesible al desaliento- el simpático vendedor del Atalaya, de los testigos de Jehová, que son los que lo pintan todo paradisíaco, ¿se lamentarán los profetas de la magdalena -que todavía se consideran católicos- de que -sobre todo en América- mucho personal se pase de tripulación?

        Por lo demás, si usted quiere reeditar el debate sobre el castigo, yo no tengo inconveniente. Simplemente debo recordar que soy incapacidad de brevedad.

        ¿Castiga Dios? Gracias a Dios, sí.

        Dios no castiga en el infierno. “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4). Sondear el misterio del infierno es lo mismo que sondear el misterio insondable de nuestra libertad. ¿Cómo puede Dios, no solo crear, sino incluso mantener continuamente, una libertad que acaso yo empleo para pecar continuamente con unos pecados por los que su Hijo muere? Porque resulta que Dios absolutamente nunca manda a nadie al infierno, sino que pone infinidad de medios para evitarlo; pero la ley de libertad que imprimió en el hombre, esa no se la ha quitado un instante a nadie. Y son los hombres, y no Dios, quienes escriben la sentencia de condenación, cuyas palabras son los pecados suyos.

        Y así, irse al infierno es lo más contrario a la voluntad de Dios que se puede imaginar. Yo me imagino a Dios, ante ese pecador que ha rechazado miles de auxilios y se endurecido en una vida contraria a su felicidad y la de Dios, me lo imagino en el último momento, delante de Dios con la mochila puesta, y a Dios diciéndole: “Mira, hijo mío: Tú eres mi hijo, y desde la eternidad había soñado cosas mucho mejores para ti. Pero, ya que te empeñas, yo no voy a tocar tu libertad. Apriétate bien los correajes de esa mochila, y vete. Perdóname, de todos modos, si yo me quedo en este rincón, llorando por lo que pudo haber sido y no fue, llorando por tu fracaso y por el mío”.

        Ahora tengo que introducir mi concepto de “castigo”. Castigo no es venganza, sino infligir un mal o privar de un bien con el fin de hacer el bien a ese a quien, en apariencia, hacemos un mal. Creo que pocos serán los que no estén de acuerdo, y con esa premisa, pregunto ahora:

        ¿Castiga Dios en el purgatorio? Sí. Pero el purgatorio no debe ser pensado en relación con el infierno, como un paralelo, sino en relación con el cielo, como una rampa de acceso; porque es una preparación para entrar en el cielo quienes murieron sin pecados graves, pero sin tener totalmente limpio el vestido para el banquete. Pienso que puede pensarse que el purgatorio es una misericordia de Dios extremadamente grande, ya que podría permitir la condenación de estos señores, ¡como que llevan encima ofensas a Dios, que son leves por la materia, pero son infinitamente graves porque son ofensas a Dios!

        ¿Castiga Dios… en la tierra? Sabe usted, Manolo, que hay mucha gente que anda diciendo que el infierno es esta vida. Lo dicen porque lo han oído por ahí y suena bien; pero, además, no nos cabe otra que reconocer que lo que la mayoría de nosotros llegamos a sufrir en esta tierra es demoledor. Y esto no es una opinión; más bien es un dato.

        Pues bien: Yo diría que esta vida no es el infierno porque lo que se sufre en el infierno no puede ser comparado con lo máximo que pueda sufrirse aquí; y porque el infierno es eterno; y porque no tiene salida, mientras que aquí estamos para forjar nuestro destino posmortal. Son grandes diferencias.

        Ahora bien: la Iglesia nos enseña que Dios nos envía sufrimientos en vida previendo que pasaremos un período largo o corto de purgatorio, y los sufrimientos de esta vida, en comparación, son preferibles a los del purgatorio. Así -entiéndase- los que sufrirán en el purgatorio sufrirán menos o sufrirán menos tiempo, o incluso, supongo, los sufrimientos de la tierra relevarán por completo del purgatorio. Lo que no me han dicho nunca, pero supongo, es que estos sufrimientos de la tierra han de ser vividos cristianamente -y cuanto más, mejor-, o si no, no sirven. Como mínimo, con resignación, que es bien poco decir.

        Y -recuerde usted el concepto de castigo, que creo que aceptará- también Dios, qué duda cabe, nos inflige a menudo castigos con el objetivo puesto en una rectificación de conducta. ¿Cuántos no han encontrado a Dios en una enfermedad, pongo por caso?

        Y aquí podemos recapitular. Y preguntar: ¿No le parece a usted que todos esos castigos son ejercicio de Misericordia? ¿No es misericordia el castigo de un padre, infligido oportuna y adecuadamente, que lo hace llorar una tarde, pero acierta a transmitirle el valor -pongo por caso- de la obediencia?

        Quedamos en que la misericordia y el castigo no se contradicen; antes bien, la primera demanda el segundo. El amor no puede desentenderse del bien, y unos padres no se quedan tranquilos mientras su hijo sigue siendo toxicómano. Cuando hace falta, la misericordia de Dios se expresa en el castigo que estábamos necesitando.

        ¿Dónde más puede castigar Dios? No tenga nadie la duda: Dios puede castigar en el blog de un curita de Burgos que mete unos discursos que ponen miedo.

        Pues, ya en calidad de culpable, me pido un tifus antes que el purgatorio. Oigan.

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  5. 23 junio 2015 21:05

    Ya me enteré, por terceras voces, del final de la tal vidente. Y estaba persuadido de que eso no iba a hacer cambiar un ápice a sus fanáticos; en efecto, sin emplear la palabra, en el artículo hablo de fanáticos, y cuando digo: “…la mentalidad enfermiza que muchas personas crían cuando se abalanzan, voraces, sobre multiplicidad de apariciones y demás; y eso les hace daño y a menudo comienzan a distanciarse de la Iglesia: por lo que he visto os hablo”, me refería, precisamente, a un seguidor y divulgador de las revelaciones de esa buena señora; y es harto posible que publique la historia que se ha seguido en las relaciones entre este hombre y servidor de ustedes).

    Al cabo, “si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos” (Lc 16,31), cuanto menos porque su vidente cae del podio. Siempre tendremos, para todo, una excusa más. Siempre, para todo, podremos inventar un argumento.

    Profeta frente a profetisa, lo que está claro -si nos apartamos de cuentecillos tortuosos- es que el que ha acreditado Dios con su poder es Francisco, no la sujeta esa. Si el problema, en realidad, es que el modo de hacer del Papa no les agrada, es, ciertamente, muy otro problema. Que no lo camuflen, porque entonces son ellos los protagonistas de las historias tortuosas.

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    • 23 junio 2015 21:15

      Si fuera solo que no les agrada… Porque puede no gustarte algo que haga o diga, pero lo que hace esta gente con el Papa es más que eso. Yo digo que van a hacerlo santo ya en vida.

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      • 24 junio 2015 9:57

        Yo personalmente pienso que la talla humana y espiritual de Francisco está muy por encima del alcance de los enanos.

        Y hay que tener en cuenta su talante de gran conciliador. Ayer hablaba yo con uno que lo conoció en Buenos Aires, y me contaba que, al mismo tiempo, se enfrentaba con todo el mundo (o con mucho mundo), pero lo hacía con esa actitud suya, y esa sonrisa que era y es un hospital entero, y por eso nunca llegaba la sangre al río.

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    • 16 mayo 2016 18:57

      Con respecto a María de la Divina Misericordia, debo decir que yo me encontraba alejado de la Iglesia en esa época y, estando convaleciente en mi casa, fui a dar con “El libro de la Verdad”, como le llamaban, y comencé a leerlo. De esta lectura me vino la necesidad y el deseo de volver a mi Madre, la Santa Iglesia Católica.

      En honor a la verdad, esta mujer ha sido muy duramente criticada y tenida por “falsa profetisa” ella misma, por haber afirmado categóricamente que el siguiente papa a Benedicto XVI (que es lo que se colegía del contexto de las lecturas de sus “mensajes”) sería el Falso Profeta. Mas le atribuyo, por lo menos en mi entorno y las personas que he conocido que leyeron este libro, el mérito de poner sobre el tapete de la mesa temas que hasta entonces no había escuchado tan claramente esbozados o tratados para el público en general, como: “el gran aviso”, el hablar de la “Segunda Venida de Jesús” como algo inminente y todo un reflorecer del estudio de las postrimerías y del libro del Apocalipsis, que, a partir de entonces y desde entonces, con mucha más seriedad y profundidad y hasta nuestros días, se sigue llevando a cabo, y ya no solo por sacerdotes y teólogos, sino por gente común, laicos, gente de la Iglesia que ha tenido que enfrentarse en algún momento a estos temas por ser algo de cada día…

      Yo no sé… “Dios escribe derecho con renglones torcidos”… He dejado de leer y seguir estos mensajes por el gran rompedero de cabeza que me significaban y la gran inquietud de espíritu que me sobreviene, aun ahora que lo comento, pero bien pudo valerse Dios, no sería la primera vez (tenemos el caso de los exorcismos en que los demonios son obligados a hablar y desenmascarar sus propias trampas y mentiras por orden de Jesús o María Santísima), que Dios se sirviera de un “enemigo” para despertar a su “pueblo dormido” (“Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte…”, del himno de Vísperas). Le atribuyo ese mérito de haber despertado en muchos, yo entre ellos, un vivo interés y estudio desde entonces sobre estos temas, sin afirmar para nada, por ello, que creyera que son verdaderos esos mensajes, en su momento así lo creía, pero por las razones aducidas de inquietud, etc., los he dejado de lado: también debo reconocer que me ha traído muchos quebraderos de cabeza respecto del papa Francisco, pues ha llenado de prejuicios a muchos, algunos hasta ahora siguen envenenados por esos textos, confieso que he tenido que rezar mucho al respecto y conversar con otras personas al respecto, reflexionar, pedir luces y leer a otros videntes que me han ayudado a comprender el papel del papa Francisco para nuestros días, dura tarea le ha tocado: la de ser el guía del “Resto Fiel”, tema tan desarrollado en el A. T., siendo zarandeado por los “tradicionalistas” por un lado, como por los progresistas/modernistas por el otro, pero él, el papa Francisco, encarna la esencia de la Iglesia que Jesús se está preparando para la nueva época, época del Reinado Eucarístico de Jesús en el mundo:

      Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe.

      Es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que recitamos cada día en el Símbolo de los Apóstoles, y cantamos en la Misa Solemne. “Et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos.”

      Es un dogma bastante olvidado. Es un espléndido dogma poco meditado.

      Su traducción es ésta: el mundo no continuará desenvolviéndose inde­finidamente, ni acabará por azar, dando un encontronazo con alguna estrella mostrenca, ni terminará por evolución natural de sus fuerzas elementales -o entropía cósmica, como dicen los físicos-, sino por una intervención di­recta de su Creador.

      No morirá de muerte natural, sino de muerte violenta; o por mejor decir -ya que Tú eres Dios de vida y no de muerte-, de muerte milagrosa.

      El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas, sino que es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente Creación, Redención, Parusía.

      Los personajes son los albedríos humanos. Las fuerzas naturales son los maquinistas. Pero el primer actor y el director de orquesta es Dios.

      “Varones galileos, ¿qué estáis allí mirando al cielo? Este Jesús que habéis visto subir al cielo, parejamente un día volverá a bajar del cíelo”, dijeron los dos ángeles de la Ascensión.

      Ese será el desenlace del drama de la humanidad: “Videbunt in quem transfixerunt” (“Mirarán al que enclavaron”).

      El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su Primera Venida, o Encarnación. Si no se lo entiende, no se entiende nada de la Escritura ni de la historia de la Iglesia. El término de un proceso da sentido a todo el proceso. Este término está no solo claramente revelado, mas también minuciosamente profetizado. Jesucristo vuelve pronto.

      Ven, Señor Jesús,
      Oh Señor Jesucristo, ¿por qué tardas? ¿qué esperas
      para mostrar al mundo tus divinas banderas,
      y arrojar tu mensaje de luz sobre las fieras?”
      (“¿Cristo vuelve o no vuelve?”, de Leonardo Castellani)

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      • 17 mayo 2016 1:37

        Querido Manolo: Me da alegría que se entusiasme usted de esa manera con la segunda venida de Cristo. El contenido primordial de la escatología es ese “día del Señor”, y en él vamos a resucitar. Y yo digo siempre: Si tenemos esa perspectiva, y la bienaventuranza que esté gozando el alma se hará enormemente mayor cuando el cuerpo, resucitando, se incorpore a ella (al alma, a la bienaventuranza), ¿por qué hablamos tanto del cielo, que es un estado provisorio y -desde el punto de vista dicho- incompleto?

        Pero no es la perspectiva que adopta usted. Usted lo plantea en el aspecto cosmológico de fin del mundo. Y ahí tengo yo donde morder.

        Benedicto XVI insistía seguro en que uno de los primeros males de la Iglesia era el no haber sabido acompasar el paso con el ritmo de la historia, de la cultura, de la ciencia. Un solo ejemplo: hasta fechas muy tardías, eran muchos los católicos que no creían en la evolución (dejando aparte que hoy, en la forma clásica del evolucionismo, no cree, me parece, nadie). Se puede no creer en la evolución por un razonamiento científico, nunca por uno religioso; lo mismo que -desde este punto de vista- se puede no creer en el Bautismo, pero por razones religiosas y no por un teorema de la física cuántica.

        Y a un obispo, recientemente, le preguntaron: “Usted ¿cree en la evolución?” Y el obispo, porque quisiera parecer “moderno” o porque así fuera la verdad, contestó: “Evidentemente”. Le hicieron la misma pregunta a otro obispo, el cual respondió: “Yo no soy científico”. ¿Cuál es la respuesta más inteligente? Me parece claro que la segunda, toda vez que les estaban preguntando como obispos. El segundo vino a decir: “Vino, en la taberna, y a mí no me venga con estas”.

        A la Iglesia, en relación con el evolucionismo, le corresponde decir lo que ya dijo: que la fe exigía creer en un Dios creador y que infunde el alma de cada persona. Si hay o no evolución, dirímase en otra sede, no en la Santa.
        Si usted, ahora, se pone en contra de las opiniones de los científicos acerca del fin del mundo, hace lo que deplora Benedicto XVI. Mire: Galileo dijo en su proceso, con toda razón, que “la Biblia no nos enseña cómo va el cielo, sino cómo se va al cielo”.

        Y además, es fácil admitir, en esto como en todo, una causa sobrenatural (la acción de Dios) y una o más causas segundas (la acción de los hombres, en este caso más bien el encontronazo con la mostrenca -que me ha gustado el adjetivo-, la entropía cósmica). ¿O es que Dios no puede provocar el encontronazo o la entropía, y entonces tienen razón los científicos en lo que es terreno suyo, y los teólogos en los que es su terreno?

        La mezcla de planos es nefasta. Tradicionalmente se ha realizado al contrario, por injerencia de la filosofía y -peor- de la física en la teología. Los resultados han sido desastrosos.

        No vale, Manolo, no vale decir: “Las fuerzas naturales son los maquinistas. Pero el primer actor y el director de orquesta es Dios”, cuando líneas arriba se ha negado todo valor a los procesos naturales.

        Yo siempre tocando las narices.

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  6. 28 junio 2015 12:27

    Buenas. Me encuentro hoy con las siguientes palabras, pertenecientes -nada menos- a la constitución dogmática “Lumen gentium” (n.º 12), del Vaticano II:

    “El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13.15) (…).

    “El mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5,12 y 19-21).”

    Seguramente os servirá. Un abrazo.

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    • 31 marzo 2016 23:39

      Apostilla muy posterior.- Un testimonio más: “Es importante esta postura de San Juan de Ávila [doctor de la Iglesia] , dando más crédito a los que no se apoyan en las visiones y particulares revelaciones, y todo esto, porque con solo ellas, uno puede engañarse a sí mismo (…).

      Por lo tanto, ni los sentimientos, ni siquiera las revelaciones o visiones, escapan del ámbito de la fe, ya que sin el saber de la fe, que sobrepasa todo saber, y nos da la más alta certidumbre, porque sus verdades participan de la verdad de Dios, podrían ser siempre un motivo de engaño. Sin fe siempre quedaría la duda de que esa experiencia del amor de Dios sea válido o no, una invención humana o no.

      Además, para San Juan de Ávila ni siquiera las revelaciones son de por sí evidentes. Recordemos cómo incluso (…) recomienda a Santa Teresa que no se fíe del todo, pues aun en las buenas podría andar también mezclado el demonio. Lo mismo aconsejaba a aquellos que querían ver con los ojos del cuerpo a Jesucristo en la Eucaristía (…):

      “Más haces en creer a las palabras de Dios sencillamente que crees que está allí Jesucristo, porque lo dijo Él; más cierto, que si con los ojos lo vieses; y mucho más, porque en esto puede haber engaño, de que se pueden engañar tus ojos, pensando que ven, no viendo nada, u en la palabr de Jesucristo no” (Sermón 41,23).

      (Francisco Javier Díaz Lorite, “San Juan de Ávila, experiencia de fe”, Dulcinea, Madrid (2), 130-131).

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  7. 14 mayo 2016 3:05

    Querido amigo Manuel: Le agradezco su confianza, e incluyo la paciencia de leer el artículo; me da la impresión de que las apostillas, no las ha leído, y le recomiendo que lo haga, porque sacará luz. Paso a responderle, pero ¡cuidado! Soy bastante meticuloso…
    Por lo demás, he visto que la mejor forma de responder es la que empleo con algunos corresponsales de la internet: la repuesta dentre del texto; y luego usted, si quiere seguir la conversación, puede mandármelo de la misma manera. Vamos allá, con este tema difícil siempre y siempre peliagudo.
    —————–

    He llegado aquí acuciado por una pregunta que me traspasaba el alma y el corazón, de resultas de compartir en un whatsapp de mi parroquia cierto mensaje que me parecía que describía perfectamente la situación actual que se vive por un lado en la Iglesia y, por otro lado y en particular, en mi comunidad parroquial; como consecuencia, fui interpelado por una hermana de dicha comunidad que me llevó a hacerme la pregunta siguiente: “¿Para qué Dios va a enviarnos mensajes, visiones, profecías, etc., si no tenemos obligación de creerlas?”

    14/5/2016.- No puedo saber si esta hermana tenía algún interés particular en que ustedes creyeran; yo prescindo del problema, pero usted plantéeselo. **1**

    Por lo demás, aquí hay dos cosas implicadas:

    a) Quisiera saber cómo fue la formulación exacta de esa frase, porque, como está, parece que tal pregunta es una “petición de principio”, esto es: da por supuesta la respuesta. En efecto, antes que creer en esas apariciones, tenemos que tener en la mano los elementos de juicio razonables y suficientes. Mientras no los tengamos, no procede creer; procede, si acaso, buscarlos, si es que la manifestación carismática nos atañe, como es el caso, o nos interesa, o si sentimos que el Espíritu Santo desea que busquemos. Es decir: no ya para tener obligación de creer ese mensaje, sino incluso para poder hacerlo, he de saber que es tal mensaje de arriba. **2**

    b) La anterior era una respuesta sobre la lógica de la pregunta. Declaro, no obstante, que me parece que la intención no era esa; sino decir: dado por supueto que tal y tales revelaciones sean ciertas, ¿cómo puede decirnos la Iglesia que aun así la creencia es libre, incluso si se trata de revelaciones como la de Fátima, que seguramente es la que más reconocimientos magisteriales cuenta? Bien. Dígasele a mi querida hermana que lo que dice la Iglesia es verdad, no porque uno esté o no de acuerdo, sino porque lo dice la Iglesia, es decir, Dios que habla por su medio.

    Y dicho eso -que es lo principal-, tomaremos la pregunta por el rabo, y diremos: Si hay obligación de creer a estos videntes por estar enviados por Dios, entonces, ¡Dios de lo alto! Si se diría que, hoy por hoy, hay más de ellos que santos en el cielo… No es razonable.

    Todavía una puntualización sobre reconocimientos magisteriales: cuando la Iglesia reconoce (no digáis aprueba) una manisfestación carismática, lo que significa ese reconocimiento es: lo que aquí se ha dicho concuerda por completo con la doctrina católica; y no: aquí se ha aparecido la Santísima Virgen. Porque, como Iglesia, no lo sabe, al menos a menudo: no estuvo allí.

    Y si así son las cosas, la Iglesia puede avalar con su reconocimiento la manifestación, pero no hay manera de imponerla como creencia obligatoria. Porque ayuda mucho, pero en nada es necesaria, dicho en términos teóricos (porque, en la práctica, puede ser muy necesaria una manifestación mariana en Medjugorje que conmueve al mundo entero en era de increencia).

    De manera que: siendo la fe de la Iglesia la que está inconfundiblemente definida, estos fenómenos deben ser entendidos como le digo yo al profesor en esa apostilla: ayudas al Evangelio; y despreciar las auténticas en nombre del Evangelio vale tanto como despreciar al Evangelio en nombre del Evangelio.

    De esta primigenia pregunta, se me generan infinidad más, pero el meollo en el fondo, me parece -y creo que se tocó en el artículo-, es el hecho de que, de este modo, Dios irrumpe en nuestra historia, en nuestra vida, y parece que hay la creencia errónea de que Dios ya nos dijo todo lo que tenía que decirnos “en su Hijo”, y ahora echó a andar la maquinaria de la salvación por una especie de sistema automatizado de ajuste o no a lo que nos ha dejado dicho en la Biblia, y entonces ya no es necesaria más su intervención, como que Dios ya hizo todo lo que tenía que hacer por nosotros, y ahora es nuestro problema.

    14/5/2016.- Ciertamente, Dios gobierna el mundo con su Providencia ordinaria -que, por ejemplo, nos mantiene en el ser- y con la extraordinaria, y los milagros se realizan todos los días a punta de pala. Recuerdo a un cura amigo a quien contábamos algo de un amigo que curaba por la oración, y el cura contestó: “Sí, a mí no me sorprende que la gente haga milagros; a mí me sorprende que no los hagamos nosotros”.

    Pienso que, lo mismo que no es obligado creer en una aparición dada, no lo es creer -de entrada y por principio- en ninguna, pero eso no es razonable. Se roza aquí el interesante tema de la relación de la libertad con el sentido común.

    Este es uno de los planteamientos que me hago y a los que llego. Pero siento que hay más cosas que nos impiden llegar a comprender el por qué de estas manifestaciones, el por qué Dios actúa de este modo, suscitando videntes, mensajeros, profetas, etc. Pienso que está mal entendida la proposición del “cierre de la Revelación Pública con la muerte del último apóstol”: ahí suelo percibir, aunque no sé bien clarificar, una cierta trampilla que pone el enemigo en el corazón de muchos sacerdotes y personas de bien que, por ello, llegan a la conclusión de que no es necesario creer a tal o cual vidente, etc. Entonces yo me pregunto ¿para qué entonces Dios se gasta en suscitar semejante experiencia? ¿Para qué sigue queriendo enviarnos mensajes, si no vamos a escucharlos?

    14/5/2016.- A mí, Manolo, me parece que puede haber cierta contradicción entre su perplejidad ante esos envíos de lo Alto y la seguridad con que la afirma. Porque, dese cuenta, sus preguntas finales, como la de la hermana de su parroquia, parten de una respuesta tomada de antemano, pero, en este caso, sin la rebaja que a la hermana le hago luego.

    Lo del cierre de la Revelación pública pertenece a la doctrina irreformable de la Iglesia. Ahora bien, es el cierre de la Revelación pública. Nadie podrá escribir otro Evangelio (ni que cuente exactamente loo mismo que uno de los cuatro). Pero la revelación privada sigue abierta, y a menudo, a borbotones. Pero te advierto también: de toda la inabarcable floresta de las revelaciones, las auténticas son una parte muy pequeña; el hombre tiene mucho afán de notoriedad, y el demonio sabe mucho.

    Sigo en mis razonamientos y me digo: “Pero si Dios manda estos mensajes es porque los necesitamos, es porque es necesario que nos lo hagan ver, etc.”, y se me vienen a la mente varios pasajes bíblicos, como Oseas cuando dice: “Mi pueblo perece por ignorancia”, no sabe, no conoce… “Si ellos callan, las piedras hablarán…” ¿Quiénes son “ellos”? ¿No serán los sacerdotes y los que tienen la misión de mantener preparado al pueblo con las velas encendidas y con aceite de resguardo? Entonces, como ellos callan, “debo suscitar gente de entre los más humildes y despreciados: generalmente son pastorcitos o amas de casa sencillas u hombres de una vida totalmente normal”, porque mis sacerdotes callan…

    14/5/2016.- Bien podrías tener razón.

    Pero, ante todo, siempre me hago una pregunta que, me parece a mí, es el núcleo del asunto, y me parece que no se le presta atención hasta cuando se lee y comenta la Biblia misma, y esta pregunta es: “¿Es verdad esto? ¿Dios está hablándonos directamente a nosotros de tal lugar, de tal parroquia, de tal situación? ¿Es verdad que Dios se está manifestando?” Para mí, dar respuesta a esta primera pregunta, aunque quizás no sea la primera respuesta a la que se llegue, creo que es la respuesta a la que queremos llegar, pero la mantenemos de fondo, buscando indicios, signos, señales que nos clarifiquen, que nos iluminen, que nos ayuden a discernir la procedencia de tal manifestación;

    14/5/2016.- ¿Y eso no está bien? Jesús dio infinidad de signos para que se pudiera creer en Él. Buscarlos es la actitud humana ante quien se me presenta como portador de un mensaje divino.

    luego creo que llega el momento en que debemos decidir: si esto viene de Dios, entonces debo prestar mayor atención a lo que me dice, exige, aconseja, pide en el tal mensaje o a través de tal vidente…, y este me parece que es otro de los problemas que plantea la proliferación de estas manifestaciones, que si vienen de Dios tenemos que prestarles atención y modificar algunas cosas de nuestra vida, de nuestro proceder, etc., y muchas veces no queremos hacerlo…

    14/5/2014.- Ya lo dice el Evangelio de San Juan: “Vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen” (Jn 3,19-20).

    En mis investigaciones personales al respecto, he llegado a esta “definición” que me pareció muy clarificadora:

    “¿QUÉ SON LAS REVELACIONES PRIVADAS?
    Publicado el 27/10/2012 por Y María del Getsemaní

    “(HABLA NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO)

    “‘… No te angusties. Las Revelaciones Privadas, que les llaman, no son Biblia, sino amorosas acotaciones que se dan a nuestros Amados durante un tiempo, en una circunstancia específica. Sabes que de ninguna manera pretenden agregar, corregir o sustituir la Palabra Eterna, Sería ridículo, absurdo y hasta aberrante que se pretendiera eso. Pero es como el Cielo Amoroso gusta de explicitar y explicar, durante cierto momento histórico y a veces desde cierto lugar en especial, al que recibe y por él, a los demás. Así que no te angusties.’

    “Gracias, mi amado Jesús.”

    14/5/2016.- Me gusta la imagen: acotaciones vienen a ser notas a pie de página hechas en la Biblia.

    (21 de octubre de 2012)

    —————————-

    (HABLA EL ESPÍRITU SANTO EMMANUEL.)

    “Quiero que medites tranquilamente y despacio en esto: La revelación no es mas que un recordatorio de lo que desde hace ya mas de dos mil años se les mostró.

    “No esperen algo nuevo, en sus sociedades vacías y sedientas de novedades, no lo hay. Lo novedoso es encontrar La Santa Palabra, La Verdad, y permanecer en ella.

    (5 de marzo de 2012)” http://tambienestuya.com/?p=127

    He encontrado mucha claridad en estas palabras… Me queda más tinta en el tintero, pero lo dejo aquí para no alargarlo. Le agradezco su artículo, que me pareció sincero, honesto y concienzudo, gracias.

    14/5/2016.- Y yo le agradezco susnotas y que abra en esta su casa el alma para confiarnos sus perplejidades; me complace su interés por el estudio, y le aseguro que me gustaría una respuesta, y así, entre nosotros y quien quiera agregarse, a ver si vamos comoponiendo una trenza de pensamiento traspasada de sentido sobrenatural y de sentido común. Un abrazo, y que la Virgen lo custodie.

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    • 20 mayo 2016 16:08

      [Paeniteor…! ¡Me arrepiento…! No volveré a usar el sistema de respuesta dentro del mismo texto, porque los otros lectores acabarían haciéndose un lío y, además, es inevitable que tuviesen la sensación de que esto es coto cerrado en el que no pueden participar. Adaptaré, pues, las respuestas de D. Manuel (dejando su texto intacto) y añadiré las mías, pero repito: cualquiera puede participar.]

      DICE, PUES, DON MANUEL:

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      • 20 mayo 2016 17:10

        [He dejado en el texto del 14 de mayo unas cifras entre asteriscos; remiten al mismo número en esta apostilla.

        **1** Acá siento que no me entendió del todo: soy yo el que estaba interesado en que creyeran, la hermana descartó, aparentemente, lo que le planteé, pues encontró cuestionamientos hacia la fuente y ya por ello lo dejó de lado, como más adelante le amplío.

        **2** Bueno padre le copio todo el mensaje y las respuestas de la hermana de comunidad:

        El mensaje que les compartí fue el siguiente:

        “5 de Mayo del 2016
        Fiesta de María Refugio del Amor Santo
        Aniversario XIX
        03:00 A.M.

        De pronto llega Nuestra Señora como Refugio del Amor Santo. Dice: “Hija Mía, nada podía detenerme hoy en Mi festividad. Alabado sea Jesús.”

        “Todas las cosas se conjuntan ahora como las piezas de un fino vestido, y el Ministerio está alcanzando su potencial. Tú sigues siendo valiente frente a la oposición, y te lo agradezco. El Amor Santo –amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo– no significa permitir que tu prójimo vaya por el camino de la perdición porque le agrada. No. Significa que, por amor, lo corriges invitándolo de regreso al sendero de la salvación. Eso es lo que hacen estos Mensajes una y otra vez. El Cielo no suaviza las palabras para proteger egos o reputaciones.”

        “Así que hoy te digo que existe una diferencia entre ser socialmente aceptable y espiritualmente formado. Ser socialmente aceptable significa que agradas a las personas con tu apariencia, acciones, creencias y palabras. Todo tu ser y tu vida concuerda con lo que más le gusta a la sociedad. Ser espiritualmente formado significa que tus pensamientos, palabras y acciones, ante todo, agradan a Dios.”

        “Mientras más espiritualmente formada sea una persona, menos se preocupa de ser socialmente aceptable. En el ámbito de ser socialmente aceptable se están permitiendo demasiados pecados hoy día. Nosotros, como guerreros del Amor Santo, tenemos que confrontar estos errores, sin importar lo poco popular que puedan ser nuestras opiniones espiritualmente formadas.”

        “Hija Mía, Yo siempre te daré a ti, y a todos los que se aferren al Amor Santo, la gracia de ser espiritualmente formados y de permanecer en la verdad. A nadie negaré el refugio de Mi Corazón, el cual es el Amor Santo.”

        Más claro, me parece imposible…”

        La citada hermana me escribe: “Estas alocuciones… ¿Quién las recibe?” a lo cual le respondo: “Fuente: http://amorsanto.com/

        Ya en privado esa hermana me vuelve a enviar lo siguiente:

        “El Papa sobre “videntes”: La Virgen no es jefa de oficina de correos Al presidir la Misa este jueves en la capilla de la Casa Santa Marta, el Papa Francisco explicó que el espíritu de la curiosidad mundana, que busca saber por saber y cosas cada vez más extrañas o inusuales, aleja de la verdadera sabiduría, la gloria, la paz y la belleza de Dios.www.aciprensa.com
        https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-sobre-videntes-la-virgen-no-es-jefa-de-oficina-de-correos-19458/TOTUS TUUS

        Contra Nueva Era: Ministros del amor santo (Rosario de los No Nacidos) CUIDADO con sus mentiras!!contranewage.blogspot.com
        http://contranewage.blogspot.com.ar/2012/08/ministros-del-amor-santo-rosario-de-los.html?m=1

        Seamos cautos.”

        Y aquí comenzó mi investigación por ejemplo en el libro de Adolfo De Tanquerey que se llama “Compendio de teología ascética y mística” en el apartado que habla sobre las revelaciones privadas, y también en la introducción del célebre “Libro Azul” del padre Stefano gobbi: “A los sacerdotes hijos predilectos de la Santísima Virgen”, por encontrar en la introducción a dicho libro unas hermosas acotaciones y guía sobre cómo haberse con el tema de las locuciones interiores, más precisamente en el apartado que le llama “Parte Segunda: Criterios Teológicos para la comprensión del libro”.

        Respecto al citado texto del papa que la hermana me comparte yo ya lo conocía, no así, el texto de los documentos en contra de la citada revelación privada del amor santo.com.

        Yo le respondí de la siguiente manera: “Creeme que lo soy, pero la fuerza de esas palabras, vienen de lo alto, leé algunos mensajes, te vas a dar cuenta la fuerza que tienen en frases tan sencillas, eso no puede venir del demonio. Conozco esa homilía del papa. No es New Age, quedate bien tranquila de eso.” Su respuesta no se hizo esperar y fue la siguiente:
        “Leí algunos de los msj y x eso no me cierra… Además, me parece q al contradecir al Papa no estamos haciendo iglesia
        En el ámbito privado podés hacerlo, sos libre de decidir tus actos, xo no difundir algo q la Santa Iglesia no acepta…

        Esto tomalo como una corrección fraterna Manolo, va con afecto.

        Reflexionalo x favor. Cariños”

        Mi respuesta fue esta: “Mira, no he leído nada que vaya en contra del papa, de hecho, ese mensaje que compartí…, yo voy a misa, me confieso, me esfuerzo por mantener el estado de gracia, esas palabras me parecen iluminadoras (las que compartí) ¿no te parecen que describen una realidad que vemos a diario? Recordemos: “Sopesadlo todo y quedaos con lo bueno. No extinguir el Espíritu” lo dice San Pablo.”

        Y aquí es donde empezó mi verdadera reflexión y cuestionamiento ¿para qué Dios se va a gastar en dar los mensajes Si no los podemos creer? ¿Qué sentido tiene entonces que existan mensajeros, videntes y profetas? Pero lo que más me llama la atención de este cuestionamiento es que, en realidad, ni siquiera se fija en lo que el mensaje dice sino, que, directamente ataca a la fuente, es decir, me pregunta sobre la fuente, me dio la impresión de que ni siquiera leyó el contenido, sólo investigó la fuente de dónde provenía. Cómo encontró esos documentos contrarios ya descartó el mensaje en sí.
        Y, a mí, en particular me impactó el contenido del mensaje, ni pensé en la persona que lo recibió, porque lo que me dice el mensaje es tan potente (así lo siento yo) en esa comparación entre 2 frases compuestas tan sencillas, pero tan actuales: “socialmente aceptable” y “espiritualmente formado”. En este punto, esto es lo que tengo para ampliarle cumpliendo con su deseo expresado en el punto a).

        Debo aclarar que, de esta situación surgieron esas preguntas que me llevaron a profundizar, para tratar de entender, para tratar de comprender el problema que tienen los “hombres de hoy” para aceptar estos fenómenos místicos y asimilar la situación, busco respuestas para brindar posibles soluciones en la práctica sobre estos temas. Yo, personalmente, creo en varias revelaciones privadas, las hago material de estudio, las medito, las tengo presentes todo el tiempo (por ejemplo: las de María Valtorta, las de Ana Catalina Emmerick y las de Sor María de Jesús de Agreda recientemente descubiertas por mí con asombro de la riqueza de tal revelación, que, a su vez, clasifico si se me permite el atrevimiento, en revelaciones sobre la Vida de Jesús, porque a lo largo de estos años he descubierto que hay varios tipos de revelaciones privadas, otras, como las aprobadas por la Iglesia de La Salete y Fátima son más apocalípticas y hablan más sobre nuestros tiempos y un cierto “final de los tiempos”, “fin de los tiempos”, etc.) buscando las señales de los tiempos, los signos de los tiempos; mi experiencia me indica que, las verdaderas revelaciones privadas son Evangelio en acción, Evangelio en el siglo XXI, Evangelio viviente: “La revelación no es más que un recordatorio de lo que desde hace ya más de dos mil años se les mostró.” “amorosas acotaciones que se dan a nuestros Amados durante un tiempo, en una circunstancia específica… es como el Cielo Amoroso gusta de explicitar y explicar, durante cierto momento histórico y a veces desde cierto lugar en especial, al que recibe y por él, a los demás.” Esto me ha parecido de una claridad pasmosa, no lo he visto definido tan clara, concisa y sencillamente en ningún manual de Teología ni nada por el estilo, hasta acá clarísimo, ahora lo que yo busco, porque sigo percibiendo ciertos problemas, que son los que trato de comprender, ¿cuáles son las limitaciones o no sé qué cosa, que experimentan las personas, que les impiden acercarse a este tipo de “instrumento” (o sea las revelaciones privadas: ya sean visiones, locuciones o revistan la forma que sea) usados por el Cielo para dirigirse, hoy día a nosotros?

        Me he nutrido de estas revelaciones al punto que he ido a algún sacerdote a plantearle una proposición que vi formulada por la beata Ana Catalina Emmerick y recientemente en un testimonio aún más antiguo en “La Mística Ciudad de Dios” de Sor María de Jesús de Agreda, y tal proposición era que “Satanás no supo que Jesús era Dios, sino hasta el momento en que Éste bajó a los infiernos” el sacerdote al que se lo planteé me dijo que “sí, que el demonio sabía, etc.” A raíz de su respuesta ya no me atreví a comentarlo con otro sacerdote, para evitarme algún que otro problemilla, pero ahí me quedó la certeza de esta afirmación para mí mismo nomás. Después de esto, estando leyendo el libro de José Luis Martín Descalzo “Vida y Misterio de Jesús de Nazaret” afirma este sacerdote lo mismo que estas dos monjitas, citando a San Gregorio, si mal no recuerdo, diciendo que “La humanidad fue como la carnada por la cual el demonio mordió el anzuelo de la divinidad y, al igual que el pez, fue sacado del agua, así el demonio mordió el sebo de la humanidad de Cristo.” O algo parecido, lo estoy citando de memoria por no encontrar la cita.

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  8. 20 mayo 2016 17:52

    Querido Manolo, a lo que dice de que “la fuerza de esas palabras viene de lo alto” por su rico contenido, mi opinión es exactamente la contraria: ni esas frases son tan ricas -un buen periodista las escribiría fácilmente-, ni el criterio para discernir puede ser el interno positivo. Me explico: contenido interno negativo: el vidente niega la virginidad de María, asunto concluido. Pero en positivo, a mí alguno me dijo alguna vez, como argumento para probar la inspiración de la Biblia, que ningún ser humano podría escribir un libro tan bello. Era evidente que no había leído (por ejemplo) el libro de los Números, que tendrá el valor que tenga, pero es árido como piedra pómez.

    Yo acepto algunos criterios externos. El Señor aparece en el Evangelio con la difícil encomienda de decir que es el Hijo de Dios, y hay un momento en que dice: “Creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10,38). Y: “Las obras que yo hago, esas dan testimonio de mí” (Jn 5,36). Y: “Si expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11,20). Etc. El gran instrumento apologético de Jesús son los milagros. Por consiguiente, me considero en el derecho de esperarlos -si no de exigirlos- en el caso de cualquier otra manifestación carismática que reclame mi atención. Aunque muchas veces sea difícil la comprobación.

    La famosa “homilía del Papa” no fue tal homilía, sino unas breves palabras sueltas. Tampoco, según parece entender tu inteligente hermana de comunidad, daban para clausurar todas las apariciones y cerrar los santuarios de Guadalupe, Fátima, Lourdes, Santa María la Mayor, etc. Simplemente -y por ahí hay que prestar mucha atención-, o mucho me equivoco, o criticaba a aquellos que viven buscando una aparición tras otra; ya hablé en el artículo. Tengo una corresponsal de esas de impacto que me manda diariamente tres o cuatro. Se van directamente por el agujero. Ese simplista “me parece que al contradecir al Papa no estamos haciendo Iglesia” habla poco en favor de la capacidad de esta señorita o monja o lo que sea.

    Porque, además, resulta que, bien superficialmente, te autoriza en el ámbito privado (“podés hacerlo, sos libre de decidir tus actos”), y te reprime en el público. Pero vamos a ver: si el Papa dice una cosa, hay que cumplirla, ¿no? En un ámbito y en el otro. Tú eres libre (ante los demás) de obrar como quieras: yo no puedo obligarte; pero no lo eres ante Dios y ante tu conciencia, porque ahí no hay -como ante los demás- pluralidad de posibilidades, sino una sola posible elección, que es la que ordena la conciencia. Y esto no hay que compararlo con esos superficiales “ámbitos” público y privado, porque no tiene nada que ver: es un corte de la libertad en profundidad, y puedes verlo mejor en este artículo:

    https://soycurayhablodejesucristo.wordpress.com/2012/11/13/libertad-la-libertad/

    Ciertamente, si el Magisterio de la Iglesia prohibiese atender a las revelaciones privadas sin distinguir, estaría dándole órdenes al cielo de que se quedase quietecito entre nube y nube. A tanto no llega su autoridad. Como ni tampoco es correcto decir que la Iglesia “aprueba” una aparición de la Virgen. Sigo creyendo que, al menos bajo algunos puntos de vista, la Santísima Virgen es superior a la Iglesia.

    Por lo que se refiere a las dificultades del hombre actual con las revelaciones privadas, le contaré las que tengo yo… Primero, que son demasiadas; todos los días llegan a mi c. e. demasiadas apariciones para ser verdad… Así de sencillo se lo pongo. Segundo, que el ambiente que suele rodear al vidente presunto, así como su misma manera de vivir, es demasiado “místico”. Mire: en un retiro que no dirigía yo, en un momento determinado se me dio la palabra. Y yo dije muy clara y muy sencillamente que la vida cristiana no está hecha cuando ya hemos rezado, que el cristianismo no es rezar, y rezar es un medio indispensable, pero en todo cabe exageración. Un poco menos que esto dije, pero ¡ya está bien de misticismos que nada saben de los pobres!

    Por último. Dice usted: “Yo, personalmente, creo en varias revelaciones privadas, las hago material de estudio, las medito, las tengo presentes todo el tiempo (por ejemplo: las de María Valtorta, las de Ana Catalina Emmerick y las de Sor María de Jesús de Agreda”. Ojo, Don Manuel, que lo veo deslizarse por la rampa del exceso, del exceso que hubiese criticado el Papa en su homilía. ¿Por qué no dedica ese esfuerzo a estudiar la Sagrada Escritura, a meditarla, a tenerla presente todo el tiempo, y lo que quede, para las revelaciones privadas? Esto es muy serio.

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    • 22 mayo 2016 5:33

      Querido padre, leo todos los días las lecturas de la Misa, trato de meditarlas, reflexionarlas, rezarlas, vivirlas, suelo rezar alguna hora de la Liturgia de las Horas. Cuando estas “revelaciones privadas” son verdaderas, padre, lo conducen a uno al seno de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, lo llevan a uno a frecuentar más los sacramentos de la Confesión y Comunión, lo llevan a uno a rezar más y hacer examen de conciencia habitual, lo llevan a uno a la Biblia, al magisterio y a la tradición: uno aprende a apreciar las tres vertientes del depósito de la fe. Esto es uno de los grandes criterios para discernir estas manifestaciones: es una gran señal de que viene de Dios, según aquello de Jesús: “Ahora bien, si Satanás expulsa a Satanás, lucha contra sí mismo; entonces, ¿cómo podrá subsistir su reino?” (Mt 12:26), y sus paralelos en los otros Evangelios.

      Repito esa definición que encontré, justamente, en una revelación privada, que me ha parecido la mejor definición: “Las Revelaciones Privadas, que les llaman, no son Biblia, sino amorosas acotaciones que se dan a nuestros Amados durante un tiempo, en una circunstancia específica. Sabes que de ninguna manera pretenden agregar, corregir o sustituir la Palabra Eterna, sería ridículo, absurdo y hasta aberrante que se pretendiera eso. Pero es como el Cielo Amoroso gusta de explicitar y explicar, durante cierto momento histórico y a veces desde cierto lugar en especial, al que recibe y por él, a los demás.”

      ¿Acaso las homilías de los sacerdotes no son también algo parecido a esto que dice esta definición?: “amorosas acotaciones que nos hacen, desde la Palabra de Dios, y atendiendo a las diversas circunstancias de la comunidad, en un tiempo y geografía, lenguaje específico para ese entorno de personas que lo escuchan”?

      Pero lo que implica el hecho de que Dios deba enviar “revelaciones privadas” es, me parece, el paso siguiente en el desarrollo de la reflexión, porque este hecho, de ser verdad, está implicando que los que están encargados de llevarnos esta Palabra de Dios no lo están haciendo, o no lo están haciendo bien, o -aún peor- se resisten a hacerlo etc. Encuentro en la revelaciones hechas al padre Gobbi unas razones que le da la Virgen de por qué se dan estas cosas y cada vez más, como bien ud. señala: “En primer lugar, este Movimiento mío se propagará por doquier y reunirá de todas las partes del mundo a mis Sacerdotes predilectos que, impulsados por la fuerza irresistible del Espíritu Santo, responderán y se reunirán en el ejército de mis Sacerdotes llamados a ser fieles solo al Evangelio y a la Iglesia (…). En la oscuridad, que el espíritu del mal habrá difundido por doquier, entre las muchas ideas erradas que, esparcidas por el espíritu de la soberbia, se afirmarán por todas partes y serán seguidas casi por todos, en el momento en el cual en la Iglesia todo será puesto en discusión y el mismo Evangelio de mi Hijo será anunciado por algunos como leyenda, vosotros, Sacerdotes a Mí consagrados, seréis mis hijos fieles. / Fieles al Evangelio, fieles a la Iglesia” (La Virgen a los sacerdotes, sus hijos predilectos, 4 de enero de 1975). “Cuanto se narra en el Evangelio de Lucas forma parte de un episodio que sucedió verdaderamente; es historia verdadera; no una leyenda, un género literario (…). ¡Cuántos episodios se explican como leyendas o géneros literarios! y ss.” [no entendemos este y ss., Manolo.- P. s.: nos lo ha aclarado en la apostilla siguiente] (25 de marzo de 1982).

      He aquí, yo creo, por qué el Señor envía cada vez más estas revelaciones privadas, no ya tan solo para anunciar los acontecimientos próximos -profetizados por la misma Biblia, incluida la gran apostasía-, sino también para preservar el depósito de la fe.

      Pues, como se le queja la Virgen -como acabo de citar- al padre Gobbi, algunos cuentan los episodios bíblicos como leyendas; otros los narran como un cuento que tiene un mensaje, etc.; ni hablemos de los que se las ingenian para no hablar ¡jamás! de las postrimerías: infierno, pecado, purgatorio, muerte, juicio, etc., ni aun cuando el texto mismo de la Liturgia del día habla expresamente de ello; sino que todo lo refieren al hermano, “a los pobres”, como bien ud. dice también (pero en este punto a mí siempre me resonó esa frase de Jesús: “a los pobres los tendréis siempre entre vosotros, pero a Mí no siempre me tendréis”); por otro lado, la mayor pobreza que veo hoy en día es la pobreza espiritual: las personas no aman a Dios, se ha perdido el sentido de lo sobrenatural: hasta para las “empresas” netamente espirituales se cuenta con las solas fuerzas humanas, olvidándose ante todo que “somos ciudadanos del cielo”; me acuerdo de un episodio de la vida de Don Bosco que nos ponderaron una vez como un ejemplo a seguir, y era que, alguien que vio a Don Bosco ir por la calle a algún lugar le preguntó: “¿Adónde va, Don Bosco?”, y este le respondió, con total naturalidad: “al Cielo”. El que nos lo narró nos ponderaba esa obsesión, ese deseo ardiente de la Patria celestial en el Santo, que no perdía ningún momento de vista la meta).

      Ahora bien, ¿por qué no estudiar estas manifestaciones? Le traigo a colación, al respecto, una queja que le hacía el mismo Jesús a Monseñor Ottavio Michelini: “…Han rechazado mi Evangelio, han distorsionado mi verdad, no han creído a las almas víctimas, a las que he hablado. En sus palabras he puesto el sello de mi gracia; han resistido a todo. / He dictado a María Valtorta, alma víctima, una obra maravillosa. Yo soy el autor de esta obra. Tú mismo te has dado cuenta de las rabiosas reacciones de Satanás. / Tú has comprobado la resistencia que muchos sacerdotes oponen a esta obra que, si fuera, no digo leída, sino estudiada y meditada, llevaría un bien grandísimo a muchas almas. Ella es fuente de seria y sólida cultura. / Pero, frente a esta obra, a la que está reservado un gran éxito en la Iglesia renovada, se prefiere la basura de tantas revistas y de libros de presuntuosos teólogos” (Tú sabes que te amo, 19 de septiembre de 1975).

      Pero le voy a traer a colación un testimonio más que valioso, pues proviene de un eminente teólogo y mariólogo, como es el padre Gabriel María Roschini O. S. M.:

      “Hace ya medio siglo que me ocupo de Mariología: estudiando, enseñando, predicando y escribiendo. Hube, por tanto, de leer innumerables escritos marianos de todo género: una verdadera Bi­blioteca Mariana. Con todo, me creo en la obligación de confesar candorosa­mente que la Mariología resultante de los escritos, editados y por editar, de María Valtorta ha constituido para mí una auténtica re­velación. Ningún otro escrito mariano, y ni aún la totalidad de los escritos marianos por mí leídos y estudiados, fueron capaces de darme de la Obra Maestra de Dios una idea tan clara, tan viva. Por lo demás, está bien que se sepa que yo no he sido un fácil admirador de la Valtorta. En efecto, también yo me conté, en un tiempo, entre quienes, sin un adecuado conocimiento de sus escritos, dibujé una sonrisita de desconfianza para los mismos. Mas, una vez leídos y ponderados, hube —como tantos otros— de reconocer lealmente que me mostré inconsiderado en exceso y así debo concluir: “Quien quiera conocer a la Madonna (una Ma­donna en perfecta sintonía con el Magisterio eclesiástico y, en particular, con el Concilio Vaticano II, con la Sagrada Escritura y la Tradición eclesiástica), lea la Mariología de la Valtorta». A quien, por tanto, pretendiese ver en esta mi aseveración uno de esos hiperbólicos «slogan» publicitarios, no tengo que darle sino esta única respuesta: “¡Lea y juzgue después!”

      Esto está nada menos que en la Presentación, por el mismo autor, del libro: Nuestra Señora en los escritos de María Valtorta, del citado padre.

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  9. 23 mayo 2016 3:49

    Querido padre, con el “y ss.” quise decir: “y siguientes”.

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    • 23 mayo 2016 10:40

      Gracias, Manolo. De momento no te contesto, porque ansío que algunos más se sumen a la conversación.

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      • 25 mayo 2016 7:21

        Querido Manolo:

        Perdone si pensé en lo que no era. Así está mucho mejor. Pero comprenda que tantas revelaciones tan estudiosamente seguidas me olieron a exageración. Todavía, después de lo que me dice, yo pienso para mí si no sería mejor que, de sus lecturas religiosas, las revelaciones privadas fuesen del orden de un libro de cada siete. Porque hay muchas cosas que leer: vidas de Cristo, relatos de la Pasión, tratados y libros espirituales sobre la Sagrada Eucaristía, multitud de cosas sobre la Santísima Virgen (y es imprescindible el “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen”, de San Luis María Grignion de Montfort, que estos días estoy publicando en audio en el blog y que le enviaré con gusto), vidas de santos, obras de santos, y si digo “etc.”, me he quedado muy corto.

        Las revelaciones no están acaparándolo del todo; pero yo le deseo que lo acaparen aún menos.

        Los sacerdotes, al menos en mi patria, sí predican la Palabra. Si lo hacen poco o mal, es otra cuestión. Yo voy, ahora, a romper una lanza para ayudar a comprenderlos, que no a justificarlos. Si alguno, después de la lanza rota, me contesta: “Pero eso no es excusa, pero igualmente está mal”, sepa que no ha entendido el sentido de mis palabras: también yo digo que está mal, pero, al decir que no es justificable, añado que sí es comprensible. Menos por unos que no faltarán: los que exigen todo de los otros, y de sí nada.
        Yo hablo de los sacerdotes de mi España, Manolo. Se trata de un clero alarmantemente envejecido (la media del país superará sin duda los 65 años). Los seminarios están prácticamente vacíos o cerrados. Nos las habemos con un pueblo mayoritariamente acristiano, que nos combate o nos ignora; las celebraciones están progresivamente más vacías a cada señora mayor que muere, dado que es -casi- el único público que tenemos (el que no influye en la sociedad). No tenemos casi manera de acercarnos a la gente joven, que opta por rehuirnos.

        Venimos de la mentalidad del Catecismo, y hemos de carearnos con nihilistas, posmodernos, relativistas y cínicos de toda laya, de forma que ni entendemos ese lenguaje, ni ellos pueden entender el nuestro…, aunque el nuestro sea así de siempre, y el de ellos haya nacido ayer. Casi toda la cultura, en casi todos los medios de comunicación, es adversa al cristianismo. Desde hace algún tiempo, están multiplicándose los actos públicos antirreligiosos, como procesiones de escarnio (con figuraciones que es mejor no describir), una exposición con 200 y pico Formas Consagradas robadas en la Comunión en las iglesias y colocadas en el suelo formando la palabra “pederastia”. Aparte, cada vez son más los ayuntamientos que cambian los nombres religiosos de las calles, en otros se prohíbe toda manifestación religiosa, toda participación de un cargo municipal en acto religioso, la de un cargo eclesiástico en acto municipal; si no han variado los datos, superamos los 310 abortos diarios,

        Ante esto, ¿quién está libre del desánimo? Y quien se desanima empieza a decir la Palabra de Dios con una voz más tenue, con un paso más lento y una desconfianza más grande de los frutos. Y ahora, mi crítico de antes, que no venga a decirme que si hacemos oración lo superamos todo. Es verdad. “Quien no hace oración no necesita demonio que le tiente” (Sta. Teresa). Y, sobre todo, estas crisis descritas, esta problemática, nunca es causa para el derrotismo: es condición de él, es pretexto; porque el hundimiento se produce cuando acontece esa crisis y lo coge a uno bajo de oración.

        Pero quien quiera comprenda, aunque no justifique. Me parece importante que se sepa distinguir: justificar es dar razones para acabar concluyendo que una conducta es buena. Comprender es decir que algo está mal y añadir: “Yo, en su lugar, también lo habría hecho”. Quien quiera comprenda.
        A propósito de lo que dice de las interpretaciones del Evangelio, es ciertamente muy posible que se haya abusado de la teoría de los géneros literarios, sin duda se ha abusado de los métodos histórico-críticos, etc.; pero no debe olvidarse que, en su debida dimensión, forman parte de una ciencia dedicada al estudio de la Biblia; a conocer mejor el mensaje divino. No es poca cosa. Y luego, si se ha abusado, mal por los que han abusado.

        No entiendo bien la alusión al v. “a los pobres siempre los tendréis entre vosotros”, etc.

        Y, luego, tengamos cuidado. Muy a menudo los que dicen que la mayor pobreza es la espiritual se fundan en esto para no hacer limosna. Y a lo mejor tampoco hacen nada por remediar la espiritual. No lo digo por usted, Manolo. Pero escuche lo que dice San León Magno:

        “Quizá existan algunos ricos que, aunque no suelen ayudar a los más necesitados de la Iglesia, sin embargo, guardan otros mandamientos divinos y estiman que ante sus diversos méritos de virtud y probidad, es leve que les falte la misericordia. Pero esta es de tanta importancia que sin ella las demás, aunque existan, para nada sirven. Pues aunque uno sea fiel, casto, sobrio, y esté adornado de otras virtudes principales e insignes, sin embargo, si no es misericordioso, no merecerá la misericordia. “Bienaventurados -dice el Señor- los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)” (S. León Magno, Sermón 10).

        También los que dicen que la pobreza que prioritariamente hay que remediar es la material pueden descuidar el aspecto espiritual de la caridad. Y tampoco me extrañaría verlos sin dar un duro a una obra social. Hablar sabemos todos. O, si así lo quiere, “una cosa es predicar, y otra dar trigo”, como se dice por estas tierras de pan llevar.

        Luego, Manolo, si argumenta el estudio de las revelaciones con otra revelación (la de Michelini), me quedo como estaba, a no ser que ya creyera en las revelaciones de Michelini. Lo que me pone unas ganas golosonas de leer a María Valtorta es el testimonio de Roschini; precisamente porque a este ya lo conocía, y de él puedo fiarme. Es, seguramente, el mayor mariólogo del s. XX.

        Que la Virgen Santa me guarde a Manolo.

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  10. molinadaza permalink
    23 mayo 2016 23:00

    Ufff…

    He leído tanto que ando un poco perdido. Soy simple, suelo tender a ser escueto, carezco de la sabiduría que da el estudio y tampoco sé escribir muy finamente.

    Voy a dar mi opinión, la de un iletrado, al menos en teología, pero en cambio, la de un enamorado de Dios (bendito sea por siempre).

    He conocido y escuchado revelaciones de primera mano de un par de mujeres a través de las cuales supuestamente hablaba la Virgen María. Arrastraban cierto número de gente, siempre pendientes de dichas locuciones… Al final, las dos cayeron en el orgullo, la vanidad y el creerse superiores al resto de los mortales.

    ¿Qué quiero decir con esto? Que debemos andar con cuidado. También Satanás se vale de estas cosas para introducir ponzoña, duda y temor y, cómo no, distorsionar y difuminar la auténtica y única verdad que por Cristo fue revelada. Es más inteligente y sabio que nosotros.

    He leído a María Valtorta y me emociona, cómo no; sobre todo en lo que atañe a la descripción de la pasión. Tremendo, todo lo que sufrió mi pobre Señor… y lo que aún sufre por causa nuestra. Pero si alguien quiere conocer la auténtica dimensión de la Virgen María y su importancia, que lea a San Luis María Grignion de Montfort. Para mí, roza la excelencia y eleva mi espíritu hasta niveles insospechados.

    Creo firmemente que una revelación no puede aportar nada sobre la verdad revelada. Puede que dé detalles y que derritan nuestro corazón al conocer algún punto más sobre la vida de nuestro Señor o de nuestra gloriosa Madre. Por eso, primero y sobre todo, debemos acudir a la fuente, al mismo Cristo, y solicitar con un corazón encendido a nuestra Madre que nos lleve hacia Él.
    Si el énfasis sobre las revelaciones nos aleja una milésima de la fuente original, ¡cuidado! Podemos acabar dando más importancia a estas revelaciones que a las Sagradas Escrituras. Recordemos que Dios nos habla a través de ellas.

    El amor a Dios y al prójimo es el mandamiento que nuestro Señor nos dejó. “Amaos unos a otros como yo os he amado”… ¡Ahí es nada! Ese es nuestro objetivo, nuestro fin, nuestro camino y nuestra vida. “Amarás a Dios sobre todas las cosas, con toda tu alma, con todo tu corazón con todas tus fuerzas”. Difícil tarea para el hombre, imposible diría yo, si no fuera por la gracia. Dios nos pondrá lo que haga falta, pero requiere de nuestra voluntad. Hace todo por el hombre, pero nada sin el hombre. Dios envía a su Hijo, que se entrega por nosotros, y el Hijo pone el medio más extraordinario para que alcancemos la salvación, el medio más directo para llegar a su Sagrado Corazón, la Santísima Virgen María. Amémosla, volquemos nuestras fuerzas y empeños en tan magnífica misión.

    Solo se conoce a quien se trata, con quien se habla. Solo conoceremos a Dios con la oración, pues no hay otro medio para hablar con Él. Es en la oración donde debemos poner nuestros mayores esfuerzos y afanes. Seamos esclavos de su amor y dependamos solo de Él. Es en esos momentos de encuentro personal con Dios, de silencio, cuando mejor se nos revela. Él desea habitar nuestro corazón, pero solo si somos capaces de prescindir de nosotros mismos, de abandonarnos en Él y de desear hacer su voluntad antes y mejor que nada.

    Nuestro objetivo es la santidad, esa es nuestra lucha, y la Virgen María, el medio mejor y más eficaz que Cristo nos ha regalado para alcanzarla.

    Uno de los santos que más me gustan es San Agustín. No se apoyó en revelaciones, solo en el Evangelio. Un santo más reciente, al que tengo un especial cariño, San Pio de Pietrelcina, tampoco estuvo a la escucha de revelaciones particulares y alcanzo un nivel de santidad impresionante. No son necesarias, eso creo, para alcanzar la santidad. ¿Pueden servirnos? Sí. Pero cuidado, no son, ni mucho menos, lo importante. A veces me suenan un poco a la pregunta de aquellos que decían a Cristo: “¿Por qué, pues, mandó Moisés darle carta de divorcio y repudiarla?” Y Él les dijo: ”Por la dureza de vuestro corazón, Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres…” Quizá por eso existan algunas revelaciones particulares, por nuestro duro corazón. No nos basta su palabra, su sacrificio, su amor inmenso…: buscamos más.

    Jamás nos perseguirá Satanás a través del Evangelio: en él nos habla Cristo. Pero sí está detrás de muchas de esas revelaciones privadas. Huyamos del maligno como de la peste o peor aún. Si no tenemos la sabiduría de Salomón, confiemos solamente en las revelaciones que la Iglesia ha dado como buenas, porque Cristo es su cabeza (de la iglesia), y aferrémonos a nuestra Madre como el bebé lo hace, consagrémonos a su Inmaculado Corazón, pues no hay mejor medio para no caer en el engaño de estos últimos tiempos (y de cualquier otro). Este es mi consejo, el de un pobre inútil que ha estado poseído por el maligno y librado por la gracia de Dios (bendito y alabado sea por siempre).

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    • 25 mayo 2016 22:16

      Muchas gracias, Molinadaza, por darnos tu visión. Solo tengo una cosa que comentar, y está en tu último párrafo.

      ¿Hace falta la sabiduría de Salomón? ¿O la Virgen suele aparecerse a simples, y el Señor dijo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25)?

      Lo que hace falta no es ser sabio, sino cotejar los datos, lo cual, en contra de lo que decía en el artículo (porque uno también tiene derecho a evolucionar), puede no ser tan difícil. Yo veo en Medjugorje una afluencia extraordinaria de peregrinos, veo conversiones fulminantes, veo que se extiende el santo ayuno…, y tengo suficiente para la única fe que me es posible, y por lo mismo, la única a la que aspiro: una fe prudencial, dispuesta a cambiar inmediatamete si un día el obispo del lugar nos dice que aquello va contra el “depositum fidei” en algún punto.

      En esto, quizá el problema es que muchos no consideran que existen diversos tipos de fe: desde la fe que yo deposito en los efectos del agua bendita, o en la última aparición del más remoto país remoto, hasta la fe en la Santísima Trinidad, la creación, la Redención, la santificación, la Cruz, la Eucaristía, la Virgen, etc. Esto último pertenece a la revelación pública y normativa; lo primero no, y por eso puedo moverme entre aquellas cosas con más desenvoltura, y depositar una fe por la que jamás daré la vida; por lo normativo, en cambio, el martirio es obligatorio, al menos en ciertos casos.

      En resumidas cuentas, mi querido Molinadaza: esperar el veredicto del obispo del lugar para empezar a admitir determinado fenómeno carismático está, en mi opinión, de más; y eso vale tanto para los listos como para los tontos. Un abrazo.

      Le gusta a 1 persona

  11. 26 mayo 2016 3:17

    Comparto lo que viene a ser una aparición más de la Virgen María aprobada por la Santa Madre Iglesia Católica.
    http://www.religionenlibertad.com/las-apariciones-virgen-san-nicolas-argentina-aprobadas-como-49797.htm

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  12. 26 mayo 2016 9:04

    Buenas. Una especie de dudilla…

    Decía Manolo que “cuando estas revelaciones privadas son verdaderas, lo conducen a uno al seno de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana…”, pero también había dicho antes que MDM lo condujo a él a la Iglesia, y sabemos que es falsa.

    Así que me imagino que Dios se vale de cualquier cosa para tocarnos el corazón, y no por ello tiene que ser una revelación verdadera.

    ¿Será así, Miguel, o no?

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    • 28 mayo 2016 16:35

      Pues ya que el padre me señala como quien le debe responder, trataré de hacerlo, hermana.

      Primero que nada, no me había percatado de esta dicotomía. Muy perspicaz, hermana, pero me ha hecho reflexionar ud. Pero, sí, llego a la conclusión que ud. afirma al final de su apostilla: “Dios se vale de cualquier cosa para tocarnos el corazón, y no por ello tiene que ser una revelación verdadera”. De hecho, lo he afirmado en la misma apostilla sobre MDM: “Yo no sé… ‘Dios escribe derecho con renglones torcidos… He dejado de leer y seguir estos mensajes… pero bien pudo valerse Dios, no sería la primera vez (tenemos el caso de los exorcismos en que los demonios son obligados a hablar y desenmascarar sus propias trampas y mentiras por orden de Jesús o María Santísima), que Dios se sirviera de un “enemigo” para despertar a su ‘pueblo dormido’…

      Para comenzar a responder, voy a traerle una cita del libro “Mi ángel marchará delante de ti”, de George Huber; en la pág. 27 escribe:

      “En una página fuerte de ‘L’Iniposture’, Georges BERNANOS describe el poderío del demonio sobre las facultades del hombre y los límites que Satán encuentra en la inviolabilidad de la voluntad y, sobre todo, en el poder de la gracia. ‘Por muy sutil que sea el enemigo, su más ingeniosa malicia no podría alcanzar el alma sino dando un rodeo, como se puede forzar una ciudad envenenando sus aguas. Engaña el juicio, mancilla la imaginación, conmueve la carne y la sangre, utiliza con arte infinito nuestras propias contradicciones, confunde nuestras alegrías, hace más profundas nuestras tristezas, falsea las acciones y las intenciones en lo más secreto de sus conexiones, pero incluso cuando ha conseguido trastornarlo todo así, no ha podido destruir nada’. De nosotros mismos ha de conseguir el supremo consentimiento, y no lo tendrá hasta que Dios haya hablado a su vez. Por más que haya querido retrasar la gracia divina, esta debe brotar, y espera este brotar necesario, ineluctable, con un terror inmenso, pues su trabajo paciente puede ser destruido en un instante. Dónde caerá el rayo, él lo ignora” (https://www.scribd.com/doc/144645681/Angeles-y-Demonios-Georges-Huber).

      Exactamente eso, “Dios se vale de cualquier cosa para atraernos hacia Sí”. Cuando era adolescente, un día fui a Misa y descubrí que la chica que me gustaba iba a esa misa. Comencé a ir a misa todos los domingos. Hasta que un día me di cuenta de que ya no iba solamente por la chica, sino que el Señor me estaba conquistando, seduciendo; entonces entré en el grupo juvenil, y acá sigo, habiendo pasado hasta por un noviciado en la Compañía de Jesús, buscando mi vocación. Hoy soy padre de cuatro hermosos niños: he tenido mis idas y venidas, pero no he podido jamás apartarme del todo de la Iglesia.

      San Pablo nos dice en la Primera Carta a los Tesalonicenses: “No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas” (1 Tes 5:19-22). La clave está en el v. 21: “examínenlo todo y quédense con lo bueno”, porque “Dios escribe derecho con líneas torcidas” y se vale hasta de su enemigo, pues “sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom 8:28). Además, el demonio es un ser creado, es una creatura de Dios (Dios lo creó ángel, pero él eligió ser demonio, rechazando a Dios), y como tal no es creativo, es, como lo decían algunos santos padres, “el mono de Dios”: copia, calca lo que ha visto o conocido de Dios y la creación; por ende, aun en sus acostumbradas insidias, oculta algo de verdad, de la Verdad de Dios, solo que él las tergiversa, las arropa con un sentido distinto, las ensucia, enturbia, etc. Esta es la razón, creo yo, del valor que tiene esa frase de San Pablo: “examinadlo todo” a la luz de Dios, a la Luz de la Palabra revelada, a la luz de la Tradición y a la luz del Magisterio, y “quedaos con lo bueno”, como decíamos dos párrafos más arriba: “Dónde caerá el rayo, él lo ignora”

      Y para ilustrar un poco más, le traigo una cita del padre Jean Lafrance en “La Oración del Corazón” que puede servir a nuestros propósitos:

      «Máximo, un santo griego del siglo IV, escuchó un día en la iglesia el pasaje de la carta de san Pablo, en la que el apóstol recomienda orar sin cesar. El joven se impresionó tanto, que pensó que no había nada mejor que seguir este consejo. Salió de la iglesia, se fue a los montes cercanos y se impuso el deber de orar continuamente. Como cualquier aldeano griego de su época, conocía el padrenuestro y unas pocas oraciones más. Empezó pues, a recitarlas sin parar. De momento, se sintió muy feliz. Oró, estuvo con Dios y encantado; todo parecía maravilloso hasta que, gradualmente, el sol desapareció en el horizonte; el frío y la noche no tardaron en hacerse presentes y, con la noche, se dejaron oír una serie de ruidos inquietantes: crujido de ramas bajo las patas de las fieras de ojos brillantes, luchas entre las bestias salvajes en las que las más fuertes matan a las más débiles, etc. Se sintió entonces verdaderamente solo, una pobrecilla criatura en un mundo en el que reina el peligro, la muerte, la carnicería; comprendió que estaba perdido si Dios no venía en su ayuda. Dejando a un lado el padrenuestro y el credo, hizo lo mismo que Bartimeo y gritó: ‘Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí.’ Gritó de esta manera toda la noche, pues las fieras y sus brillantes ojos no le permitieron pegar ojo. Cuando apuntó el alba y todas las fieras salvajes volvieron ya a sus guaridas, se dijo: ‘¡Ahora, voy a poder orar!’, pero sintió de pronto hambre. Quiso coger frutos, se acercó a los setos, pero pensó que podían ocultar ojos brillantes y uñas aceradas. Avanzó, pues, con prudencia repitiendo a cada paso: ‘Señor Jesucristo, sálvame, ven en mi ayuda, sálvame, Señor, ven en mi ayuda, protégeme.’

      »Años después se encontró con un asceta muy anciano y de mucha experiencia que le preguntó cómo había aprendido a orar sin cesar. Máximo le respondió: ‘Creo que ha sido el diablo el que me ha enseñado.’ El anciano le dijo: ‘Creo entender lo que quieres decirme, pero quisiera estar seguro de no engañarme’. Máximo le explicó cómo se acostumbró poco a poco a los ruidos y a los peligros del día y de la noche. Luego cómo vinieron sobre él tentaciones, tentaciones de la carne, tentaciones del alma, de la sensibilidad, y, un poco más tarde, ataques más violentos del demonio. En fin, que no había un solo instante, del día o de la noche, en el que no tuviera que estar llamando a Dios y gritando: ‘¡Ten piedad, ten piedad, socorro, socorro, socorro!’
      Luego, un buen día, al cabo de catorce años, se le apareció el Señor; en el mismo instante se adueñaron de él la calma, la paz y la serenidad. No le quedó ningún temor de las tinieblas ni de las dificultades ni del diablo: ‘Había comprendido, por fin —continuó Máximo—, que hasta que el mismo Señor no interviene, soy, irremediablemente, totalmente, impotente. Por eso aun en medio de la serenidad, de la paz y de la alegría, he seguido diciendo: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí’. Aprendí que sólo hay paz de corazón, apaciguamiento de la carne y rectitud de la voluntad en la misericordia divina» (Mons. Antoine Bloom, L’école de la príére, 1972, págs. 102-105 (La Oración del Corazón)], p. 100).

      Pues la afirmación de este monje me parece que dice con la mayor claridad que Dios puede valerse de cualquier cosa para atraernos hacia Sí.

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  13. 26 mayo 2016 21:54

    Aunque me diriges a mí la pregunta, es obvio que le corresponde a Manolo.

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