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PALABREJAS FELICES SOBRE LA NAVIDAD Y NUESTRA DULCE INMACULADA

29 noviembre 2013
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Inmaculada de Isabel Guerra (pinchad aquí)

“AL DIOS DE MI ALEGRÍA Y DE MI JÚBILO” (Sl 43,4)

PALABREJAS FELICES SOBRE LA NAVIDAD Y NUESTRA DULCE INMACULADA

De inmediata aparición en “Escritos ARVO” (Casablanca Comunicación,Salamanca) (ver también María, en el gen número uno y Máquina de maravillas, o el Rosario rezado de verdad). En esta ocasión, he variado algunas cosas.

De los tres enviaré gratuitamente ejemplares impresos a quienes me los pidan, merced a la generosidad de Casablanca. 

 

«¡Oh plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre, en que vivía,

ved la Palabra entrando, por María,

en el misterio mismo del pecado»

(himno O Crux fidelis).

            Recóndito misterio laterá, sin duda, en esta Navidad que, aunque es tan de nosotros, es de tantos queridos no cristianos que, año tras año, se dejan conmocionar en ella el corazón. Recóndito misterio. Y absténgase nuestra razón de querer abarcar los misterios, porque un Dios que nos cupiese en la cabeza no sería Dios. Pero es Él mismo quien nos entregó la razón para que nos acercásemos lo posible a los misterios, y Él mismo quien nos entregó la Biblia para ser el primero en acercárnoslos. Desistir en el nombre de Dios de entender lo posible vale tanto como rechazar a Dios. Y prescindir de María equivale a cancelar la Navidad; y a olvidar su Concepción Inmaculada, lo llamaré escupir sobre la belleza.

El decreto increíble 

            Sabed, señores, que de Dios al hombre media una distancia infinita, como que ante el Perfecto somos casi la nada. “Y el Verbo se hizo hombre” (Jn 1,14); “tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Flp 2,7). El Infinito recorrió con humillación infinita la distancia infinita que lo separaba del hombre. ¿Se haría usted mosquito trompetero para salvar a los mosquitos trompeteros? Lo de Él supera eso más allá de límite.

            ¿Por amor? Por amor. Pero hay que mirar qué movió al amor a esa jugada. Puede que, sin pecado, también se hubiese encarnado el Verbo, pero hubo pecado. El queridísimo Benedicto XVI nos ha enseñado que el pecado se puede perdonar y se perdona por Cristo (si hay arrepentimiento y propósito), pero no se puede ignorar. Hay que repararlo. Después del episodio de Adán y Eva, no se podía seguir como si tal cosa.

            Y hete aquí, lector atónito, un insoluble problema. Precisamente porque Dios es infinito, el pecado tiene una gravedad infinita y el hombre no puede repararlo. Y aunque por la materia hay imperfecciones, faltas, pecados leves y pecados graves, no obstante, por ser ofensa a Dios, el pecado más leve -como robar un penique o decir la mentira más pequeña- es más grave que si muriesen todos los habitantes de la tierra…; eso enseñaba el B. Card. Newman. No deja de ser una manifestación del principio que enseña que la menor realidad del orden sobrenatural es mayor que la mayor del orden natural, como enseña Santo Tomás.

            El hombre, pues, debía, como ofensor, reparar a Dios, pero no podía; Dios no tenía ningún sentido -en justicia- que reparase, porque ¡era el ofendido!; pero podía. Solo el hombre debía, solo Dios podía. Y he aquí que se reúne en sesión extraordinaria el Augustísimo Trino Consejo del Padre, el Hijo y el Espíritu, y adopta el decreto más maravilloso, que a nosotros jamás se nos habría ocurrido: el Hijo se hará Hombre sin dejar de ser Dios. Y de este modo, siendo Hombre cumplirá lo que el hombre debe, y siendo Dios, ese cumplimiento será eficaz, o, como dice también Benedicto XVI, la reparación alcanzará a Dios. ¡Única solución, Solución infinitamente adorable! En Cristo, el hombre ofrece su reparación a Dios, pero solo ha podido ocurrir desde la iniciativa por la que, en Cristo, Dios se ofrece al hombre para eso mismo.

            La Redención abarca mucho más, pero eso -la expiación vicaria, el llevarse nuestras culpas- es lo nuclear, y aquí no hace falta seguir.

            Así es que dijeron los Padres que “solo se redime lo que se asume”. Había que ser “perfecto Dios y perfecto hombre”; una Encarnación de verdad, y nada de ser como un hombre. ¿Excepción? El pecado -Jesús no tuvo el original ni cometió ninguno-, porque un pecador no es reparador, sino todo lo contrario; recordad el escalofriante cataclismo infernal y subversión pavorosa del orden de la naturaleza que es cualquier pecado de cualquiera. Hasta digo que no es una excepción en su condición humana, porque el pecado no es humano, sino lo más antihumano; lo normal es lo de los dos inmaculados, Jesús y María: no cometer ni uno; y todos los demás somos la excepción.

            Y es que en el decreto de la Redención, juntamente con Cristo y dependiendo de Cristo, estaba desde el primer momento su madre. La tuya. ¡María!, la “hija de su Hijo” (Dante) o la madre de su Padre. Luego os he de contar. Pero para ser hombre hay que tener madre, y además esa madre María -luego os he de contar- hizo mucho más que dar a luz, criar y educar.

            Diréis que, puestos así, padre también hay que tener; pero San José fue padre, aunque de modo especial: “La sombra del Padre”, según Juan XXIII; padre a la manera elegida por Dios, que quiso una madre virgen: si San José no hubiese respetado esa virginidad, ¿qué? Jesús es hijo de la virginidad de María y de la virginidad de José. Ya San Agustín dijo que José fue más padre de Jesús que los demás padres. ¿Queréis más?

Daré un premio a quien me diga que alguna vez vio un belén sin San José. O quizá un coscorrón por mentiroso.

Ayer recé el Rosario 

            Y los demás días también, ¡no te fastidia! Pero el Rosario no es recitar, sino apropiarse los misterios contemplando.

            Era sábado, y me vi contemplando el nacimiento de Jesús. Mi apropiación fue hundir el cabezón entero en el pesebre, para besarle a mi Niño de azúcar los pies, y los hombros, y las orejas, y las mejillas, y todos los brazos que encontrara, y hasta, mil y mil veces -¡y cómo les gustaba a sus padres!-, los labios que iban a enseñarle el amor a la tierra, y a instaurar el sacramento del perdón (el sacramento de la alegría), y en fin, esos labios que han sido capaces de besar a su madre… casi tantas veces como yo, pero con cuerpo, eso sí.

            Y luego fui a la madre, y le lloré que me besara ella…, y ella me besó tantas veces, y no sabéis cómo besa ella, y no conocéis su estilo de abrazar, y fue tan dulce y tan único, que no hay que irse nunca de Belén. San Juan de Ávila también estuvo:

              «No haya ninguno que con su pensamiento no los visite al menos a la mañana y a la noche cada día; y postraros delante del Niño y de la Virgen bendita, y besarle los pies y ofrecerle alguna cosa; rezadle algún rosario o pensar alguna cosa devota. Vámonos todos ahora, así como estamos aquí, al portal de Bethlem, donde la Virgen mora.»

Oh Dios, Amor, Amor, Amor

San Juan tiene unas palabras que podrían ser el título de todo el Nuevo Testamento: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16). Los hombres llevaban toda la historia edificando la familia, la sociedad y todo sobre el amor, y aún pudo llegar Uno -fue en Navidad- a enseñarles qué era amar. Amar es salvar muriendo sin culpa en una Cruz. La Pasión de Cristo es la Pasión del Corazón de Cristo, y aquello tan atroz que le hicieron al cuerpo brotó de su Corazón, y también el Corazón sufrió muchísimo más que el cuerpo. “La muerte es el único don de cuya generosidad nadie puede tener ninguna duda”, oí decir, porque cualquier otro puede ser interesado; quien muere no gana nada. Amar no es besar, y menos si beso por la emoción que a mí me reporta. No hay más amor que el que sabe sangrar.

            Por eso Navidad, pues que enseña el Catecismo que “El Verbo se encarnó para salvarnos” (457) y otros fines que parece ser que se incluyen en esa salvación, en su sed acezante de nuestra felicidad aquí y allí, en amor, amor, amor. Y -dice el Catecismo- Jesús revela el amor de Dios: aquello tan ardorosamente infinito que, de no, sería como remotísima estrella: veríamos un pálido destello; Dios se nos perdería de la vista. Por eso Navidad.

            “Despierta, hombre: por ti, Dios se hizo Hombre” (San Agustín). Reconoce ahora mismo que, como yo, tienes miedo de Dios todos los días. Aun sin quererlo, lo sientes como un rival de tu felicidad. Pues despierta, porque Él es tu única posibilidad de felicidad en esta vida y en la otra. Dijo (otra vez) Benedicto XVI que Él “no quita nada y lo da todo”. No te digo “sé bueno” ni “pasa por el tubo”; te digo “sé feliz”. No te recuerdo los Mandamientos: entiéndelos tú en el abrazo de Jesús y los besos de María: amor, amor y amor.

La otra que solo amó

            Su y tu madre, la “llena de gracia” (Lc 1,28), del Espíritu Santo, de luz, está tan repleta de luz, que no puede tener sombra; por eso es inmaculada, porque no cabe la sombra: ni tuvo pecado original un instante, ni cometió un solo pecado.

             Te gustará saber por qué. El argumento clásico dice: Dios pudo, Dios quiso, luego Dios lo hizo. También: “¿Quiso y no pudo? No es Dios. / ¿Pudo y no quiso? No es hijo. / Digan, pues, que pudo y quiso.” En la concepción de María, “el altísimo prepara su morada” (Sl 45,5). Dios no tenía entrañas para preparar a su Hijo una madre pecadora; y no solo por Jesús: por ser su madre, María es asociada, cooperadora de su Redención desde la Encarnación hasta la Cruz: “con Él y bajo Él” (¡menudo honor!), es reparadora, mediadora, corredentora. Y si decimos que el Redentor no puede tener pecado, ¿tiene lógica que lo tenga la corredentora? En fin: Dios la hizo hermosa para escogerla, y luego la escogió porque era hermosa. Y recuerda que esa madre inmaculada que a Jesús regalaba era la misma madre tuya, y Jesús te lo descubriríadespués en la Cruz (cfr. Jn 19,25-27).

La belleza sale cara

            Ese es el problema de que la vida -con sus arrugas- sea tan bella porque su Autor nos ame: que su amor compromete. Que ahora tenemos la irrenunciable obligación de ser felices. ¡Ay, qué desgracia! Y de serlo cumpliendo lo que Él manda para ser muy felices aquí -con arrugas- y torrencialmente felices Allá. ¡Ay, qué desgracia que Dios me busque ansioso -en este pesebre, en la Cruz, en la Eucaristía, en el confesonario, en la Iglesia, en el pobre…- para hacerme caricias y cosquillas!

            Caricias, sí: Él por la derecha y la madre por la izquierda. ¡«Vámonos todos ahora, así como estamos aquí, al portal de Bethlem, donde la Virgen mora»!

            No me perdáis el tren de la Navidad. Sentenció Silesius: «Fuera Dios mil veces nacido: si no nace en ti, estás perdido».

Cuatro cosinas para no olvidar.- Acude en familia a Misa de Gallo y confiésate. Acuérdate del pobre. Pon el belén en casa y el trabajo. Cuelga en casa la balconera con el Niño Jesús.

Balconera navideña: asomar la alegría cristiana a la sociedad pagana.

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2 comentarios leave one →
  1. lugolaw permalink
    19 diciembre 2013 1:08

    Feliz Navidad, Padre. Gracias por su tiempo y su dedicación por mantenernos informados y activos en los asuntos que realmente importan. Dios lo siga bendiciendo. ¡Adelante!

    Me gusta

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