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“BLOGUEROS CON EL PAPA” DEFIENDE EL ABORTO-IV: OTRO ENFOQUE PARA DESENREDAR LA MARAÑA

29 noviembre 2013

Reproduzco otra aportación crítica, que Barcelonavida amablemente me adelanta, sobre el artículo, mucho más abortista que humanista, patrocinado y publicitado por “Blogueros sin el Papa”. La temática sigue centrada en torno a estos, pero se trata de los últimos peldaños que nos quedan para despedirnos de las medianías y trepar hacia la Verdad. La Polar es lo que importa. 

Tenéis los precedentes pinchando aquíaquí aquí. Y no os perdáis el sentido común y la reflexión profunda que tanto agradezco al autor del presente artículo. A mí, lo que me fascina llega cuando presenta su ARGUMENTO MATEMÁTICO EN CONTRA DEL ABORTO, absolutamente irrefutable para cualquiera.

LA MORAL DE “BLOGUEROS CON EL PAPA” SE VA POR “LOS DESAGÜES” 
El sujeto de mi entrada anterior (pinchad) publicó en “Blogueros con el Papa” una entrada que suscitó la polémica en la que anduve. Llegó a ser retirada, por lo que hacía referencia a la misma sin copiarla. Dado que “Blogueros” la ha vuelto a colgar, aquí copio la versión -que en su día también enviaron por correo electrónico- y paso a comentarla. Los hechos están relacionados con esta noticia.
Os aconsejo que no hagáis caso de los colores de texto hasta que la hayáis leído; los he puesto yo para mi comentario posterior.
Blogueros con el Papa
Los desagües
Posted: 24 Jun 2013 02:46 AM PDT
[Ilustración]
También en otras épocas el aborto y el abandono de los recién nacidos eran prácticas corrientes. El mundo pagano, el mundo de los ídolos, no conocía a Dios. La vida no tenía valor. La insensibilidad era el principal pecado de aquellas sociedades paganas.
También hoy vivimos una situación cultural semejante, especialmente por lo que se refiere a la insensibilidad. Baste pensar en los bebés rescatados en los últimos días, arrojados por sus madres a los desagües. Hace una semana sucedió en China; ayer, en Alicante (España). “No tenía suficiente dinero para abortar”, diría la mujer, cuando la detuvo la policía.
“Es una ignorante”, comentaba uno, “puesto que el aborto está al alcance de todos los bolsillos”.
Ciertamente, ella era una ignorante y también quien hizo ese comentario. El problema no es económico, sino cultural. Es el valor de la vida el que se está siendo arrojando por las alcantarillas. No hay una diferencia radical entre abortar y arrojar al recién nacido por un desagüe. Legalmente la hay, pero no desde el punto de vista moral. La insensibilidad no está sólo en esa joven madre -a la que no se puede juzgar- sino a la sociedad que empuja a las madres a desembarazarse de sus hijos.
Urge una cultura de la vida que no “criminalice” a las madres sino que sacuda las conciencias de todos cuantos contemplan el aborto como algo bueno. “El aborto tiene que existir y son las mujeres las que tienen que decidir”, declaraba ayer una actriz en un programa televisivo. Tal como está planteado, parece que se esté animando a las mujeres a elegir bien, es decir, a abortar. Hablan de libertad de elección, pero en ningún momento se les ocurre plantear la posibilidad de animar a las mujeres a que den a luz a sus hijos.
¿Es posible cultivar una cultura pro vida la mismo tiempo que se subraya la libertad de la mujer para decidir? Éste es uno de los puntos clave de la cultura pro vida. Si la respuesta fuese negativa, entonces las campañas en favor de la vida podrían aparecer como un ataque a la libertad de las mujeres. Si la respuesta es afirmativa, cabe entonces defender a la vez la vida y la libertad, como bienes que no se excluyen, sino que se exigen mutuamente.
Hay quien afirma que la vida sería un bien de tal envergadura que no puede ser manipulable ni negociable. Es cierto. La dignidad de la persona consiste precisamente en eso, en la necesidad de ser tratada como un sujeto y nunca como un objeto. Pero es cierto sólo cuando hablamos de la vida de una persona concreta. No podemos jugar con la vida de ninguna persona como moneda de cambio, pero aquí estamos ante otro problema. Estamos intentando precisamente que las mujeres que han engendrado una criatura comprendan y actúen de acuerdo con este principio. No sólo está en juego el bien del nasciturus, sino también el de la madre gestante.
En el terreno moral, es cierto que no podemos decir a esa mujer: “eres libre para abortar”, porque la libertad no debe ser nunca presentada como un pretexto para pecar. Se le debe decir, en cambio: “eres libre para acoger la vida que hay en ti” y encontrarás en la sociedad la ayuda que necesitas.
En el terreno de las libertades políticas, es necesario defender la libertad de la mujer para que tome la decisión en conciencia.
Yo acabo de criticar a una actriz por ser hipócrita, al sostener esta tesis: “El aborto tiene que existir y son las mujeres las que tienen que decidir”. En realidad no le importa nada la decisión que tome ella: parece más bien defender el aborto y secundar la cultura de muerte y el negocio de sangre que se cela detrás de ella.
En el terreno político, por tanto, no quiero ser hipócrita: defenderé la libertad de la mujer, incluso cuando toma la decisión terrible de abortar. No aplaudiré su conducta ni la legitimaré de ninguna manera. Pero intentaré comprender a la mujer y procuraré estar a su lado, no para recriminarla sino para ser de ayuda y consuelo. Si confundo el terreno moral con el de las libertades políticas, entonces podrán decir de mí que soy un hipócrita: en el fondo no me importaría nada la libertad de la mujer y mi apuesta por la libertad sería simplemente estratégica.
Llevo varios años asombrándome de la hipocresía de algunos políticos. Se les llena la boca con la libertad de la mujer, pero se indignan con la existencia de movimientos pro vida que no sólo buscan promover una cultura de la vida sino también defienden la libertad de las mujeres para que puedan libremente actuar de acuerdo con sus conciencias. Red madre es una de esas magníficas iniciativas en las que se promueve una auténtica cultura pro vida. Contra este tipo de iniciativas sólo los hipócritas pueden estar en contra: los hipócritas de “izquierdas” y los de “derechas”. Los primeros porque defienden una libertad para abortar; los segundos, porque toda libertad es para hacer el bien. Esta última afirmación pertenece al ámbito de la ética y no al de la política.
Esta mañana, en facebook, he tenido conocimiento de otra estupenda iniciativa que busca informar a las jóvenes madres gestantes y resuelve las dudas que se les pueden presentar a la hora de tomar esa decisión a la que la cultura de la muerte parece abocarlas: Una página informativa que vale la pena dar a conocer.

Comentarios

He dejado en color verde las partes de la argumentación que considero conductoras en el discurso y en color rojo aquellas que contienen valoraciones de aspecto moral de especial significación en el contexto. Comprendo que la conjugación de uno y otro aspecto debiera ser completa para llegar a una exposición correcta de lo que se pretende transmitir, pero ya hay algún gazapo en esto, como veremos.

Desde el punto de vista moral, existe una patente diferencia entre un aborto intencionado y el abandono de un hijo recién nacido con intención de matarlo y hacer desaparecer su cadáver. Naturalmente que la hay. No es lo mismo someterse a un verdugo que haga el trabajo sucio y suavice mucho la situación mediante una anestesia física y otra para la conciencia, que el actuar a sangre fría y enviar a tu hijo a la muerte, cuando lo estás viendo y tocando. Ambas actuaciones son de materia gravísima, pero se realizan en circunstancias muy diferentes y bajo unas posibilidades opuestas. Nadie va a pegar los fragmentos necrosados de feto descuartizado y resucitarlo, pero sí puede encontrarse al bebé expósito con vida… Muchas cosas se pudieran tomar en consideración, mas basta con ver la diferencia entre que un hijo no ha nacido y otro sí, circunstancias que cambian en mucho la naturaleza del acto, aun cuando su intención sea la misma: matar al hijo para deshacerse de él.

Otro gazapo considerable es el que se ha colado con la matización de que “sólo es cierto [que la libertad de una persona debe ser tratada como sujeto y no como objeto] cuando se habla de una vida en concreto”.  Está muy claro, el autor no tenía ninguna intención de despreciar a una civilización entera o a toda la humanidad, no ha pensado en la implicación ética que pueda haber en los genocidios que nos han aterrorizado en la historia. Supongo que quiere decir que no podemos plantear la posibilidad de la abstracción y hay que interpretar que quien dice “una” dice “varios cientos de miles o millones de vidas en concreto”. Es un error perfectamente comprensible, por lo que sigo sin prestarle mayor atención.

Y hay un tercer gazapo, que ha quedado en color verde porque no sé mezclarlo con el rojo, pero tiene importante peso específico en la valoración moral: “Los segundos, porque toda libertad es para hacer el bien. Esta última afirmación pertenece al ámbito de la ética y no al de la política.” Dice. Y sobre esta aseveración y la de que los de izquierdas “defienden una libertad para abortar”, sustenta una dicotomía entre lo político y lo ético que voy a refutar, yendo ahora a la letra que he dejado en color verde.

Si las etiquetas de “izquierdas o derechas” suponen una verdad absoluta e innegable que conforma la naturaleza humana, la mayoría de personas no existimos. Esto para empezar. Porque esta distinción es completamente irreal y no encuadra a un solo humano que haya poblado la tierra. Y es de entender, somos irrepetibles. Sabiendo que en su actuación difieren ambos componentes del espectro político de su ideario y de su esencia misma, no sabríamos por dónde tomar estos términos. Y necesitados de una concreción para sistematizar nuestras actuaciones (que no es la política nada más), no podríamos optar por otra que la del bien, si deseamos el bien.

Pero no figura el “lado del bien” en el ámbito parlamentario o civil; se presupone que todos -seamos de izquierdas, derechas o centro- lo buscamos. También se presupone que rechazamos el mal.

Llegando a este punto se impone un uso imprescindible de la moral para dirimir la cuestión de si podemos faltarle en nombre de la política. Sería necesario hacerlo para dar sentido al párrafo. Concluyo por tanto que la moral es inseparable de la política.

“Si confundo el terreno moral con el de las libertades políticas, entonces podrán decir de mí que soy un hipócrita: en el fondo no me importaría nada la libertad de la mujer y mi apuesta por la libertad sería simplemente estratégica.”

Defínanse como se quiera los términos “libertad”, “política” y “libertad política” . Pero quedan expuestos a una prueba de verdad: será la definición aceptable cuando comprenda la idea (aunque sea en modo vago) de que a través de la política o por el uso de la libertad, podemos orientar nuestras acciones hacia el bien y someterla a unas reglas que redunden en beneficio de todos. Y esto es imposible conseguirlo en modo amoral.

Cualquiera de las circunstancias que atañen a la naturaleza humana (libertad, dignidad, Trascendencia, mismidad, consecuencia, espiritualidad…) son fuente de nuestra moral, por lo que sería incoherente deslindarla de ella.

La libertad “política” no existe. Es la libertad a secas, desempeñada en uno de los innumerables ámbitos en que debe ejercitarse, ni más ni menos. ¿Por qué le vamos a dar un tratamiento diferente a la libertad “moral”?

Obviamente, la afirmación de que la libertad debe deslindarse forzosamente de la moral supone por sí misma una limitación que lo único que consigue es eliminar la libertad misma en muchas circunstancias, por lo que no puede conformar una premisa, pero pasando esta evidencia por alto, encontramos que la aplicación tampoco da un buen resultado: ese deslinde de la libertad y la moral lo lleva a cabo el autor -como él mismo dice- “para no ser hipócrita”. Hipócrita es aquel que actúa en contra de sus creencias o convicciones, movido por los resultados que pueda obtener y aun manifestando extremos contrarios o no compatibles con los que verdaderamente profesa. Quien cree que la moral tiene un valor fundamental (los cristianos somos de esos y el autor es cristiano), no puede omitir los fundamentos en la construcción. Máxime, cuando ni siquiera es necesario.

Lamenta el autor la indiferencia como causa de los males del aborto o del abandono criminal, pero no promueve más que la indiferencia cuando erradica la moral de la política. ¿Conseguirá acaso su fin? No sé, no sé. Por si acaso, actuaré yo de otra manera…

Digo:

Que seré indiferente ante la vida de un hijo, que su libertad me importa tanto como la de su madre y que por esto, no puedo consentir que se entienda la política como un compartimento estanco, en donde la moral no tiene nada que ver. Si matan al hijo antes de nacer, ya no será libre. Tampoco su hijo, ni sus nietos, ni sus tataranietos… ¿Sigo? No puedo. Internet tiene una limitación, no sé cuántas veces se puede escribir “ni sus… tal” sin llenarlo hasta que reviente. Pero ¿sabemos cuántas personas descienden de una, de aquí al final de los tiempos? Pueden ser millones, trillones… O ninguna, porque al fin y al cabo, no sabemos cuándo se acabará el mundo. Como no quiero que mi desprecio sea infinito, tomo en consideración todas estas libertades, que pesan tanto como la de la gestante contemporánea. Y encima, descubro que lo mismo puedo hacer si prescindo completamente de la moral, por simple equiparación matemática.

¡Huy, qué poquito estábamos respetando la libertad hasta hacer esto!.

Y sigo:

Pero no puedo salirme por la tangente. Acabo de adquirir un compromiso moral, por lo que no voy a despreciar en absoluto la libertad de la gestante. Ni en el ámbito político, ni en el personal. Jamás “obligaré” a nadie a parir: esto es contrario a mis principios pro vida. Pero parirá.

Y lo hará, porque pongo el mismo empeño en que acepte la mujer su maternidad como en que lo haga sin presiones por mi parte, usando algo intrínseco en todos nosotros, que es el amor. Me dejo de conciencias que yerran o dejan de errar, cuando no están en el momento propicio de tomar una decisión. Ya trabajarán más tarde, cuando todo haya pasado y se encuentren en mejores circunstancias.

Voy y descubro que esto tampoco es exactamente moral, que encima, se puede hacer aunque se tenga el “parrafito” grabado en la frente.

Fíjate: Habíamos exterminado toda una estirpe por no pararnos a pensar un poco. Os garantizo que el amor puede esto y mucho más. Me lo ha enseñado la experiencia.

De todas formas, una libertad política sin moral podría liberar a terroristas, darles armamento y encargar atentados sin ningún problema. O podría legitimar la quema de conventos y matanza de religiosos, el asesinato del mismísimo Papa y de todos sus sucesores. ¿Por qué no?

Pues porque no es libertad, ¡vaya perogrullada! Como no es libertad la de decidir por la vida de tu hijo, o la de permitir que otros lo hagan.

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3 comentarios leave one →
  1. Juan Eusebio D. permalink
    3 octubre 2014 15:45

    Un tantico abstruso el escrito (me he acordado de los krausistas). Soy licenciado en filosofía, y leyéndolo me perdía. No sé quién dijo que la claridad es la cortesía del filósofo, y pienso que no sólo del filósofo; además la claridad es cortesía -respeto- hasta con uno mismo. Algunas frases hacen que me incline a pensar que el autor ¿no sabe lo que se dice? (¡Pues debería saberlo o callar…!)

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