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LOS OJOS SON EL ESPEJO DEL ALMA/5

29 octubre 2013

Juan Valls Juliá

En contra de esta actitud decidida, confiada y realmente costosa, hemos de considerar lo que atenta contra la dignidad humana del niño. ¿Os parece un tema molesto o difícil de tratar? Considerad otros momentos: capones, tirones de pelo, revolcones sin previo aviso, comentarios ofensivos a algún defecto; estos y otros parecidos, dentro de los positivamente malos.

Dentro de los negativos por descuido, encontraríamos: permitir al niño ser sucio, desarreglado, desconsiderado con las personas que le cuidan; hacerle partícipe de conversaciones o problemas superiores a su capacidad; servirse de él como objeto más o menos decorativo, sin tener en cuenta su inteligencia y un gran número de cualidades que recibió con la vida.

Podemos preguntarnos cómo conseguiremos que realmente tenga esta dignidad humana. Me parece una buena repuesta la siguiente: enseñándole a cuidar los pequeños detalles, las cosas pequeñas que se suceden a lo largo del día. Pienso ahora en el esfuerzo grande que ha de poner una madre para hacer que su casa sea un hogar luminoso y alegre, cuando en tantas ocasiones no se dispone ni de lo necesario; hay que hacer milagros con lo que se tiene.

El niño sabe apreciarlo y aprenderlo; comprende perfectamente lo que es la dignidad humana: limpieza, orden, cariño, alegría, laboriosidad, espíritu generoso y ánimo emprendedor.

El deseo de todo buen profesor es conocer lo mejor posible a sus alumnos, aceptarlos tal y como son. Con las técnicas de enseñanza individualizada, resulta más eficaz. Esto es lo que me contestaba Xavi, profesor de los dos primeros cursos escolares. Con gran sentido práctico, sabía aprovechar las numerosas consultas de los niños en su trabajo, para comentar con cada uno de ellos asuntos personales o familiares. Poco a poco, día a día, se estaba enterando de lo que sus alumnos pensaban, cómo eran sus padres, su familia, cuáles eran sus aficiones y dificultades.

Él no me negaba lo difícil que esto resulta -lo sé por experiencia-, pero igualmente me reafirmaba lo eficaz que es.

Los chicos acababan de salir de clase para ir a tomar el tren. Solo quedaban César, de ocho años, que ciertamente había perdido a sus hermanos (o estos lo habían perdido a él). Su profesor, al verlo lloroso, le preguntó por qué no se iba. Su respuesta fue tajante: “No tengo dinero”. “Bueno, toma 12 pesetas y vas a coger el tren”, le respondió el profesor, sonriente, para darle ánimos.

En efecto, el chico se fue corriendo y no se habló más del asunto. Al día siguiente, en un momento cualquiera, en pleno trabajo, César se acercó al profesor y le dijo: “Mire, para Ud.” Y le alargó las doce pesetas que le debía.

Juan es un niño de seis años que tiene un aspecto tranquilo, pero posee una gran capacidad de entusiasmo y de trabajo. Le encanta trabajar, pero por otro lado no quiere hacer las cosas mal y a deshora.

Por eso, es muy frecuente verlo cómo se queda mirando al profesor, como reflexionando, y al final le dirige preguntas como esta: “Ahora tengo que ir a buscar este cuadernillo, ¿verdad?”

Juan no se impacienta si el profesor no le contesta, a causa de su trabajo con otros niños que le absorben la atención. Vuelve a repetir la pregunta hasta que le queda claro, y se va con ilusión a hacer lo que debe.

Tres momentos en los que se palpa la confianza mutua. En estos ejemplos y en los de los distintos artículos que voy escribiendo, la confianza es una actitud permanente, que reviste varias formas: optimismo, simpatía, estima, comprensión y aceptación. Muchas caras o facetas de un mismo hermoso cristal natural. Por lo tanto, quizás valga como resumen decir que necesitamos llenarnos de estas virtudes si nuestro deseo es hacer una educación de calidad. Con palabras de un profesor experto:

“El considerar la confianza como actitud educativa permanente siempre me ha parecido bien. Es un tema obligado en las entrevistas con los padres y en los diálogos entre educadores. Sobre esto, recuerdo que me sorprendió agradablemente la orden que un profesor le daba a un niño. En sus palabras había firmeza, claridad. Se entendía perfectamente lo que debía hacer. Sin embargo, su tono era cariñoso, confiado, yo creo que paternal.”

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One Comment leave one →
  1. Clara permalink*
    29 octubre 2013 8:04

    ¡Qué buen artículo!

    Me gusta

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